Las cavilaciones que dan forma al presente artículo surgen de una frase concreta escrita por Mircea Elíade en su “Historia de las creencias…” según la cual el aporte de los conquistadores semitas a la cosmovisión sumeria consistió en haber puesto un acento más pronunciado sobre el hombre. A la luz de las principales creaciones culturales (los mitos teogónicos, cosmogónicos y antropogénicos) de Sumer y de sus correlatos acadios y babilónicos, intentaremos derivar las consecuencias de ese aporte. Por motivos de comodidad y espacio, los relatos míticos sólo serán referenciados.

Sumer y una antropología optimista.

Sumer fue un pueblo de origen desconocido que llegó, probablemente desde el norte, en tres oleadas sucesivas para asentarse en la zona de la baja Mesopotamia. Hablaban un idioma que no puede ser explicado, por lo que se descarta su afiliación semítica e indoeuropea. La primera de estas migraciones se produjo hacia el 4000 a.C., cuando las aguas del diluvio recién se habían retirado, durante el período de Al-Ubaid (cca. 5250 – 3500 a.C.). Se establecieron en el asentamiento que da nombre al período, y allí inventaron la rueda de alfarero y se dedicaron al comercio del excedente agrario por cobre, haciendo entrar a la región en el calcolítico (cca. 4000 – 2000 a.C.). La segunda oleada se produjo durante el período de Uruk (cca. 3500 – 3100 a.C.), en cuyas excavaciones se encontraron restos de glíptica y la primera escritura pictográfica conocida por el hombre.[1] Durante la tercer migración, en el período de Djembet Nasr (cca. 3100 – 2900 a.C.) la escritura pasó de ser pictográfica a ser cuneiforme y fonética. Durante los siguientes períodos, el proto-dinástico (cca. 2900 – 2700 a.C.) y el dinástico temprano (cca. 2700 – 2334 a.C.), sus innovaciones siguieron siendo destacables, (como la creación de las primeras escuelas, o una rudimentaria democracia, la evolución de las ciudades-templo en ciudades-estado, y de éstas en imperio), lo que parece justificar la denominación que le dan algunos académicos de “cuna de la civilización”.[2]

A pesar de la gran cantidad de documentos epigráficos hallados, no hay textos que nos hablen directamente de la teogonía sumeria. Sin embargo, ésta puede ser reconstruida a partir de fragmentos de la siguiente forma: en el principio había una marisma indiferenciada, las aguas primordiales a las que aluden los mitos de varias culturas, representada por la diosa Nammu. Nammu es la madre que engendra cielo y tierra, An y Ki, los principios masculino y femenino. Éstos, unidos en hieros gamos, dan nacimiento al dios Enlil, un dios atmosférico, que separa a sus padres. An se eleva, y Enlil se lleva a Ki consigo hacia la tierra. Hasta aquí tenemos una teogonía por completo identificada con la cosmogonía, ya que, si bien An es el dios del cielo, también es el cielo; y si bien Ki es la diosa de la tierra, también es la tierra en sí.

En cuanto a la antropogonía, se mencionan cuatro relatos diferentes. Uno, en el que los hombres brotan de la tierra como plantas; otro describe al Adamu creado por dioses artesanos a partir de arcilla, la diosa Nammu modela su corazón, y Enlil, como dios atmosférico, le insufla la vida; un tercer relato pone la creación del hombre en manos de la diosa Aruru, también a partir de arcilla; y por último, el cuarto relato narra cómo los hombres fueron creados a partir de la sangre de dos dioses Lamga inmolados a tal fin.

Podemos ver con claridad que la consecuencia inmediata que se deriva de cualquiera de estos mitos es que el hombre comparte la sustancia divina. O al menos, si no la comparte, el hombre participa de ella, ya sea por haber brotado o haber sido formado a partir de ella (recordemos aquí que teogonía y cosmogonía se identifican), o aún más patente, por el hecho de haber sido creado a partir de la sangre divina. Vemos de esta forma que, si bien la intención original de los dioses en cada relato fue crear servidores para aliviar sus tareas, no existe una distancia infranqueable entre los dioses y el modo de ser humano. La conciencia de alteridad con respecto a la divinidad era mesurada de una forma que hoy nuestra tradición monoteísta no nos permite comprender.

El parecido de los hombres y los dioses operaba en ambos sentidos. Por un lado, los dioses eran semejantes a los hombres, eran dioses antropomórficos, necesitaban alimentarse, podían morir, tenían emociones y estaban expuestos a sufrir los cambios políticos del panteón. Por el otro, los hombres se parecían a los dioses en cuanto que eran sus imitadores y, por lo tanto, sus colaboradores. Pensemos sin ir más lejos en el contexto ritual, donde todas las culturas repiten (imitan) lo hecho por sus dioses in illo tempore para asegurar la continuidad de la armonía cósmica (colaboran). En Sumer, además, los hombres debían colaborar en mantener la armonía observando los Me, especie de modelos de conducta que, como las ideas platónicas, eran preexistentes en el cielo. La observación de estos mandatos, que superaban la cifra de cien, aseguraba el buen funcionamiento no solo social, sino también cósmico. La asistencia de los hombres se hace patente también durante el ritual de Año Nuevo, en el cual el rey participaba de un hieros gamos con una sacerdotisa que personificaba a la diosa Inanna, a fin de fijar el año que empezaba, es decir, de crear un nuevo ciclo anual.

Tal vez podemos corroborar esto último en contraste con un cuarto tipo de relato mítico, del cual el sumerio es el primer ejemplo que se conoce: el mito del diluvio. Si bien la tablilla no menciona cuáles fueron las causas de la destrucción de la humanidad, podemos deducir a la luz de los relatos posteriores que se debió al agotamiento cósmico y a una humanidad decadente. Lo que sí se menciona en la tablilla, y esto es curioso, es que junto con la humanidad debía ser destruida la institución de la realeza. Y esto puede deberse a dos motivos: uno, la realeza, en su función civil, no aseguró el cumplimiento de los Me por parte de sus súbditos, y por lo tanto, los hombres y el cosmos se volvieron decadentes; dos, en su función religiosa, no realizó de forma correcta los rituales de Año Nuevo que debían renovar el cosmos. En cualquier caso, los hombres no colaboraron con los dioses, lo que justificaba su destrucción. Sin embargo, por intercesión divina, el rey Zisudra se salva del desastre y es trasladado al Dilmun (paraíso) por ser “humilde, sumiso y piadoso”. Nótese que no se menciona que fuera un rey justo, virtud que sólo puede ser ejercida entre pares y no hacia una jerarquía superior. ¿Quién es más humilde, sumiso y piadoso que el hombre que sirve a los dioses, es decir, que colabora con ellos?

Hasta aquí podemos afirmar que en la cosmovisión sumeria tanto el cosmos como el hombre participaban de la sustancia divina, por lo que primaba una teología y una antropología positivas, optimistas si se quiere. Ahora bien, el período de esplendor sumerio fue seguido por doscientos años de dominación acadia, luego de los cuales resurgió, pero sólo por unas breves décadas, para terminar de desplomarse bajo yugo babilónico para siempre.

El aporte semita.

En 2334 a.C. Sargón unificó las tribus semitas de Mesopotamia bajo su mando, conquistó el flamante imperio unido bajo la figura de Lugalzaguesi, y fundó el Imperio Acadio. Este hecho, lejos de ser una línea de ruptura con la civilización sumeria, estuvo marcado por un proceso de asimilación que se caracterizó por la continuidad cultural de ambos períodos.

No podemos distinguir si este proceso de asimilación, seguramente promovido por la necesidad de Sargón de legitimar política y religiosamente su imperio en el pasado, fue lo que llevó al cambio de cosmovisión acentuando la perspectiva del hombre, o si los pueblos semitas conquistadores ya tenían esta característica cultural. Lo cierto es que dicho cambio se atestigua en las creaciones míticas posteriores, como por ejemplo lo podemos ver en el Enuma Elish, el relato babilónico sobre la creación.

Según este relato, en el principio existía una totalidad acuática indiferenciada, la cual engendra a una generación de dioses entre los que se encontraban Apsu y Tiamat, los principios masculino y femenino. De la unión de estos dioses nace Anu, entre otros, y de éste, Ea, que corresponden a los dioses sumerios An (cielo) y Ki (tierra). Esta tercera generación de dioses jóvenes a la que pertenece Ea molesta a su abuelo Apsu con sus juegos y risas, por lo que Apsu decide matarlos. Ea, en su omnisciencia, adivina las intenciones de su abuelo y le da muerte primero, toma su lugar como dios supremo, y se asienta en las aguas dulces sobre las que se apoyan las tierras del mundo, a las que da el nombre de Apsu. Es allí donde Ea y su mujer engendran a Marduk, el que será el dios tutelar de Babilonia, y por lo tanto, dios principal del panteón. Mientras tanto, Tiamat, instigada por dioses de la segunda generación, decide cobrar venganza por la muerte de su marido. En este punto, la diosa Tiamat sufre un proceso de demonización. Comienza a crear toda clase de criaturas demoníacas, forma monstruos y serpientes, es decir, va contra su propia naturaleza creativa al crear la destrucción. En este proceso también exalta a Kingu, uno de sus primeros hijos, como dios principal, o en este caso archidemonio, y le entrega las tablillas del destino. Ante la cobardía de Ea, Anu, y el resto de los dioses que temen enfrentarse a Tiamat, Marduk toma la acción y la vence. Le parte el cráneo y la divide en dos “como un pescado”. Con cada una de estas partes forma la bóveda celeste por un lado, y la tierra por la otra, es decir, forma el cosmos. Luego se enfrenta a Kingu, al que también vence y le arrebata las tablillas del destino. Es entonces cuando decide crear a los hombres para aliviar las tareas de los dioses, para lo cual sacrifica a Kingu, le corta las venas, y Ea forma a la humanidad de su sangre.

De esta forma, y en contraste con la teología y antropología positivas sumerias, nos encontramos con un cosmos de naturaleza ambigua. Por un lado, fue creado por Marduk, un dios, pero por otro, la materia de la cual es creado era una sustancia demoníaca, Tiamat. El hombre se encuentra en la misma precaria situación. Si bien Ea es el que forma la humanidad, lo hace a partir de materia corrupta, la sangre de un archidemonio.

Las primeras implicancias que podemos desprender de este hecho son las siguientes: uno, el hombre ya no participa de la sustancia divina, por lo que la distancia entre hombres y dioses se hace mayor. La divinidad pasa a ser lo completamente otro. Dos, el hombre formado por materia demoníaca se encuentra condenado desde el mismo nacimiento a luchar contra su naturaleza para agradar a los dioses. De esta forma se polariza la situación humana. La divinidad es un punto deseable al cual el hombre necesita acercarse, pero por mucho que se esfuerce en imitar a los dioses, su esfuerzo está condenado al fracaso por su misma naturaleza.

Esto da como resultado una antropología pesimista de la cual ni siquiera Gilgamesh pudo desentenderse. A pesar de ser divino en dos terceras partes, el héroe fracasa en su búsqueda de la inmortalidad, en su búsqueda de ser semejante a los dioses.

Así vemos que el hecho de haber cambiado el acento de la cosmovisión a una perspectiva más humana puso de relieve los límites de la capacidad y de las posibilidades del hombre, lo cual creó una distancia infranqueable entre la divinidad y la humanidad. Esta acentuación de la perspectiva humana y la antropología pesimista a la que lleva, tuvieron más tarde sus manifestaciones más cabales en “El diálogo sobre la miseria humana”, de autor babilónico, y en el “Eclesiastés” bíblico.

Bibliografía

Eliade, Mircea; Historia de las creencias y las ideas religiosas, volumen I, De la edad de piedra a los misterios de Eleusis; Ed. Paidós, colección Orientalia; Barcelona; 1999.

Wooley, Leonard; Ur, la ciudad de los caldeos; Fondo de Cultura Económica; México, 1966.

Garelli, Paul; El Próximo Oriente asiático, desde los orígenes hasta las invasiones de los pueblos del mar; Ed. Labor; Barcelona; 1980.

[1] Estrato Nº 4 del Templo de Inanna, en Eanna, Uruk, con fecha hacia el 3300 a.C.

[2] O al menos, una de las cunas de la civilización, junto con las culturas del Valle del Nilo y del río Indo.

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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