La paz debe ser construida sobre bases sólidas y valores compartidos

Por Tzipi Livni, Canciller israelí

En su discurso ante la 61º Asamblea General de Naciones Unidas realizada el 20 de Septiembre de este año, la Canciller israelí, Tzipi Livni, aprovechó que coincidiera con la víspera del Año Nuevo Judío y del Día del Perdón para cumplir con la tradición judía de hacer teshuvá (retorno) y poner en practica el auto examen, la plegaria, el juicio y la renovación. El concepto de reflexión es adecuado no sólo para la fe. También debe existir un tiempo de reflexión para las naciones. Livni pidió utilizar este tiempo y este encuentro para mirar, profunda y honestamente, el mundo en que vivimos; el mundo tal como es y como podría ser.

“Las Naciones Unidas surgieron de los horrores de la guerra y ofrecieron una visión de un nuevo y pacífico mundo. Pero vemos el sufriente pueblo de Darfur; vemos –a lo largo del planeta- el derramamiento de sangre y la violencia  y sabemos que éste no es, aún, el mundo en que vivimos.

Nuestro planeta permanece desgarrado por el conflicto. En su seno, es un enfrentamiento de valores, una batalla de ideas. Es un choque sobre si debo respetar o rechazar al otro; entre el conflicto entre la tolerancia y la tiranía, entre la promesa de coexistencia y lo irremediable del odio.

Lo vemos expresado en Internet y en sitios de plegarias, en aulas y en salas de redacción, en los campos de batalla y en los pasillos del poder. Este es el desafío de nuestro tiempo.

Nosotros, el Pueblo de Israel, vivimos durante muchos años en la primera línea de ese choque. Nuestra nación sintió su furia; nuestros soldados combatieron y murieron en sus batallas. Un antiguo pueblo, en el corazón de Medio Oriente -grande en historia,  aunque pequeño numéricamente- nos constituimos en blanco constante para aquellos que se oponen a nuestra mera existencia.

Enfrentamos este conflicto en diferentes frentes: como judíos, contra las oscuras fuerzas del antisemitismo; como israelíes, contra los enemigos de nuestra dignidad de Estado, y como miembros del mundo libre, contra los mercaderes del terrorismo global.

En este enfrentamiento fuimos guiados por dos valores centrales encarnados en nuestra Declaración de Independencia y que dan forma a nuestra identidad nacional: el primero: que Israel, con Jerusalén en su núcleo, es el Hogar Nacional del Pueblo Judío, su refugio frente a la persecución, su primera y última línea de defensa. El segundo: que Israel es una democracia, que los valores de justicia, paz y humanidad –que fueron  expresados por primera vez por los Profetas de Israel- son  parte integral del sentido de misión de nuestra nación.

Compartimos idénticos valores que la comunidad de Estados democráticos. Estamos listos y orgullosos de ser juzgados por ellos. Esos costos nos son propios. Pero demasiado a menudo hay una brecha entre la percepción y la realidad. Muy frecuentemente, Israel no es visto por su creatividad única y por su espíritu emprendedor, por su contribución -más allá de su tamaño- a las ciencias y la literatura, al desarrollo de lo humano y a la innovación. En muchas partes del mundo somos vistos principalmente a través de la lente del conflicto árabe-israelí. Y muy a menudo, ese cristal es distorsionado. Para muchos, este conflicto es retratado como un enfrentamiento entre David y Goliat, en el que Israel es percibido, injustamente, como Goliat. Pero esta imagen simplista ignora el hecho que Israel permanece como una democracia amenazada, en una región hostil.

Tenemos por necesidad la capacidad de defendernos, pero siempre estamos  obligados a utilizarla teniendo en cuenta nuestros valores. Y aún, enfrentamos a un enemigo que desea utilizar todos los medios a su alcance para asesinar sin límite y sin distinción.

En esta situación cada muerte inocente es una tragedia. No hay diferencia entre las lágrimas de una afligida madre israelí y una desolada madre palestina. Pero hay una diferencia crítica –y moral-  entre terroristas, que persiguen a civiles, y soldados que hacen blanco en terroristas mientras intentan evitar la muerte de civiles.

Para proteger su integridad, la comunidad internacional debe sostener esa distinción moral básica. Terrorismo es terrorismo; incluso cuando se lo denomina Resistencia. No puede ser justificado ni equiparado con las acciones de aquellos que buscan solamente defenderse a si mismo.

Si queremos proteger nuestros valores, no es suficiente con creer en ellos; debemos actuar de acuerdo a ellos. No hay desafío mayor, para nuestra ética, que la planteada por los líderes de Irán, que niegan y ridiculizan el Holocausto; que hablan, orgullosa y abiertamente sobre  su deseo de borrar a Israel del mapa. Y ahora, por sus acciones, consiguen armas para alcanzar su objetivo, poner en peligro la región y amenazar al mundo.

El momento de la verdad está aquí.

La comunidad internacional afronta una responsabilidad mayor al enfrentarse contra ese oscuro y creciente peligro -no para beneficio de Israel, sino por el suyo propio– de los valores que proclama adherir; por el beneficio del mundo que todos deseamos que nuestros hijos hereden.

¿Qué más necesita ocurrir  en el mundo  para tomar seriamente esta amenaza? ¿Qué más necesita ocurrir para terminar con la duda y las excusas? Conocemos las lecciones del pasado. Sabemos las consecuencias del apaciguamiento y la indiferencia. No hay lugar en este foro para esos líderes. No hay espacio para tal régimen en la familia de las naciones.

Para cualquiera que todavía tenga dudas, la amenaza iraní fue expuesta a todos en el reciente conflicto en Líbano; armado, financiado y dirigido por Irán, Hezbollah secuestró soldados israelíes y tuvo como objetivo ciudades israelíes, aunque su anhelo fue tomar como rehén a toda la región.

Fuera del problema -y por la respuesta misma de Israel- la oportunidad surgió. Pero se necesita mucho más para convertirla en realidad. A Hezbollah no se le puede permitir nunca más amenazar el futuro de la zona. El mundo enfrenta una prueba crítica: asegurar la completa implementación de la Resolución 1701 y la inmediata y segura liberación de los rehenes israelíes.

Tal como nos reunimos aquí pensamos en las ansiosas familias, que tanto anhelan el regreso de sus seres queridos; padres que esperan a su hijo, hermanos a su hermano, la esposa a su marido. Israel no descansará hasta que todos los rehenes israelíes vuelvan de manera segura a los brazos de sus devotas familias y al abrazo de una amada nación. Hagámosles hoy todos la misma promesa.

El año pasado un gran líder de Israel, Ariel Sharon, de pie ante este foro dijo:“Los palestinos siempre serán nuestros vecinos. Los respetamos y no tenemos aspiración alguna de gobernarlos. Tienen derecho a la libertad y a una existencia nacional y soberana en un Estado propio”.

Esta no fue sólo la voz y la visión de un hombre. Esta es la voz y la visión de una nación. No creemos que las relaciones palestino-israelíes sean necesariamente un juego igual a cero. Cada interés israelí no es ajeno a los intereses palestinos. De hecho, existe una visión común que une a israelíes, palestinos moderados y a la comunidad internacional. Sirve a las metas de ambos pueblos y representa la base de una paz genuina y duradera.

En su seno está  la visión de dos Estados, Israel y Palestina, viviendo uno al lado del otro en paz y seguridad. Israel cree en ese enfoque y desde ahí diseñamos nuestros principios para la paz. El primero es inherente a la verdadera idea de dos Estados. Para el Pueblo Judío, Israel fue establecido para ser nuestro Hogar Nacional. Fue la solución para los judíos refugiados y la comprensión de nuestros derechos. Y este es el verdadero requerimiento para el futuro Estado Palestino: un hogar nacional para el pueblo palestino -la solución para los pedidos de palestinos, el cumplimiento de sus sueños, la respuesta para los refugiados palestinos- dondequiera que estén.

Si los líderes palestinos no tienen la voluntad de decirlo, el mundo lo debe hacer por ellos. En lugar de darles una falsa esperanza es tiempo de terminar con la explotación de la cuestión de los refugiados y comenzar a resolverlo sobre la base de la visión de dos Estados, dos hogares nacionales. Este es el único y real significado de la visión de dos Estados. Requiere que cada pueblo acepte que sus derechos se concreten a través del establecimiento de su propio hogar nacional, y no en el hogar nacional de otros.

El segundo principio para la paz se extrae del concepto de vivir en paz y seguridad. Sobre esta  base, la comunidad internacional insiste en que el Estado Palestino que surja al lado de Israel, no puede ser un estado terrorista. Esto es lo último que nuestra problemática región necesita.

Por esta razón es que la “Hoja de Ruta” exige el fin del terrorismo. Es por esta razón que la comunidad internacional exigió que cualquier gobierno palestino cumpla con tres condiciones básicas: que renuncie al terrorismo, que reconozca el derecho a la existencia de Israel y que acepte los acuerdos palestino-israelíes existentes. Estos requisitos no son un obstáculo para la paz o para el establecimiento de un estado palestino responsable; son un ingrediente crucial para su concreción.

El fin al conflicto palestino-israelí requiere también acuerdo en una frontera común. Están aquellos que consideran que sólo si pudiéramos volver el tiempo de 1967 todo se resolvería. Pero en 1967 no había Estado Palestino, no había contacto entre la Margen Occidental y Gaza, y no había un compromiso de paz duradero.

Una solución de dos Estados requiere la creación de una nueva realidad que no existió nunca. Para que tenga éxito, ambas partes necesitarán comprometerse y creer en la coexistencia.

¡Si tan sólo pudiéramos finalizar el  conflicto hoy! Pero aprendimos de amargas experiencias que alcanzar una paz duradera no es suficiente. La paz debe ser construida sobre fundamentos sólidos de valores compartidos, no en las arenas movedizas de falsas promesas.

Sin esto, el horizonte político estará siempre fuera de alcance. Vimos negociaciones condenadas a la desconfianza y la frustración. Las visualizamos preparando el terreno para una violencia mayor y no un entendimiento mayor. No podemos permitirnos repetir la experiencia.

Desafortunadamente, la Autoridad Palestina está hoy dominada por una organización terrorista,  que enseña a los niños a odiar y buscar transformar el conflicto de una disputa política solucionable a una confrontación religiosa interminable.

El conflicto palestino-israelí es la consecuencia, y no la causa, de esa ideología de intolerancia y odio. No podemos alcanzar la paz ignorando estas realidades. No lograremos encontrar las soluciones para el futuro, sin estudiar los problemas de hoy. Pero no podemos abandonar la esperanza, y me niego a hacerlo.

En un Medio Oriente donde ser moderado es siempre lo mismo que ser débil, nuestro desafío es autorizar a los hacedores de la paz y desautorizar a sus oponentes. Las etapas de la Hoja de Ruta y las tres condiciones internacionales están pensadas, precisamente, para ese propósito. Pero, mientras el mundo duda en aplicar esas pautas, los extremistas aprovechan la oportunidad. Y si se apacigua, sienten la victoria. Este no es el momento para medidas a medias ni vagas formulaciones. Es el tiempo de exigir que aquellos líderes palestinos que creen en la paz, determinen el futuro en esos términos y no en el vocablo de los terroristas.

Desafortunadamente, no hay atajos en el camino hacia la paz. Pero no estamos interesados en el estancamiento ni es nuestra política.

Es con este espíritu que Israel se embarcó en el doloroso proceso de desconexión para crear una oportunidad de progreso pero, tristemente, recibimos terrorismo como devolución. Y es con este ánimo que me reuní hace dos días con el Presidente Abbas y acordamos darle nuevas energías al diálogo y crear un canal, permanente, para lograr caminos que nos permitan, juntos, avanzar. Las partes no necesitan otro foro para expresar sus diferencias y el único espacio que las resolverá es la mesa de negociación bilateral.

No nos hacemos ilusiones sobre las dificultades que tenemos por delante. Debemos enfrentarlas y no ignorarlas. Pero podemos avanzar a lo largo del camino hacia la paz si tenemos la fortaleza de defender esos principios y el coraje para confrontar a sus enemigos.

En estos días, mientras los judíos se preparan para dar la bienvenida al Nuevo Año, los musulmanes del mundo se disponen para el mes sagrado del Ramadán. Al comenzar dos grandes religiones su camino anual de reflexión y decisión, esperamos que las naciones del mundo también lo inicien.

Las plegarias judías nos dicen que este es un tiempo de decisión, no sólo para las personas, sino también para los Estados: “quién para la espada y quién para la paz, quién para la escasez y quién para la plenitud”.

Estas son palabras reflexivas, pero también palabras autorizadas. El mensaje de estos días especiales es que no hay un futuro predeterminado; ningún conflicto es inevitable. Está en nosotros hacer las elecciones correctas. La historia nos juzgará por ellas.

En palabras del tradicional saludo:

תכלה שנה וקללותיה

 תחל שנה וברכותיה

Puedan las calamidades del último año cesar

Puedan las bendiciones de este nuevo año comenzar.

Shaná Tová.”

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