TRES CUENTOS DE BORNEO

Claros espejos de una sociedad heterogénea, estos tres relatos, propios de la isla de Borneo, sorprenden por su diversidad de formas e influencias. Pero dejan entrever a la vez y paradójicamente, un similar sentido del humor, una compartida frescura, una común naturalidad.

Los cuentos que siguen a continuación han sido extraídos de la copiosa tradición oral de los pueblos que habitan la isla de Borneo. Resulta menester aclarar que la escritura llegó tardíamente a la región insular del Asia sudoriental, proveniente de India. Su adopción fue incluso más postrera,  pues sólo cuando las ciudades costeras se transformaron en centros internacionales del comercio, la población se vio urgida de una forma escrita de lenguaje que simplificara sus tareas administrativas. Así, mientras la historia daba sus primeros pasos en las urbes cosmopolitas, en el interior de las islas, la tranquila vida campesina era absolutamente ajena a tales necesidades. Fue a partir de las llamadas kampung (villas o aldeas) que los malayos[1] forjaron durante siglos su cultura y sus valores. Es también allí donde debemos enmarcar los tres cuentos que Darío Durban ha traducido para ustedes.

Las aldeas funcionaban de manera autosuficiente, donde sus integrantes llevaban a cabo tareas comunales y luego disponían de una importante cantidad de tiempo para destinar a lo social, lo lúdico, lo recreativo [2]. La capacidad ociosa en el mundo malayo fue el abono propicio para el surgimiento de una casi infinita variedad de formas orales, preservadas en su diferenciación gracias a una geografía selvática y abrupta que limitaba el intercambio y las prácticas exogámicas. Bajo este razonamiento es casi imposible evitar una sonrisa al saber que, durante el período colonial, los británicos catalogaron a los malayos como “holgazanes” debido a la gran cantidad de horas de “inactividad” que estos se empecinaban en mantener. Tal categorización, peyorativa y equívoca, se mantiene hasta nuestros días; y esto no resulta sorpresivo en tanto una parte considerable de la población malaya mantiene su forma ancestral de vida, mientras el mundo moderno desprecia, por considerarlo improductivo, el tiempo libre[3].

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Es bajo tal consideración que el primer cuento viene a cobrar un significado particular, en tanto nos habla de una tribu que “deja todas sus tareas para el día siguiente” (¡antítesis de la trillada frase de la modernidad “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”!)[4]. Aún detrás de una historia que pareciera no buscar otra cosa que poner en ridículo el comportamiento despreocupado de una tribu vecina, podemos observar cuestiones tales como la característica climática de la región, y como esta, en su monotonía, refuerza la captación particular del tiempo que poseen los isleños. Como nos afirma Groslier, “Se pueden entrever (…) efectos del ambiente natural. En primer lugar el factor tiempo. A lo largo del año, los días y las noches tienen casi la misma duración, y el sol, puesto que estamos bajo los trópicos, parece recorrer uniformemente todos los puntos del cielo. La conciencia asiática del tiempo se basa en gran parte en esta apariencia física. (…). Igual, uniforme, sin principio ni fin, la duración parece volver eternamente sobre sí misma en lugar de huir como en Europa. Más que un tiempo que pasa, es un tiempo que se despliega.” [5]

El segundo cuento, comienza con otra notoriedad geográfica sin cuya consideración supondríamos que la frase “partieron en su bote hacia su granja” es errónea. A saber, que en el sudeste asiático, los caminos más utilizados son los ríos y mares, puesto que, como un conocido refrán malayo afirma, en aquellas regiones “la tierra separa y el agua une”.

Mas la historia completa nos recuerda en mucho a los famosos y divertidísimos cuentos-enseñanza sufíes que tienen por actor principal al Mullá Nasrudín, y que buscan poner en evidencia, tal como expresa Idries Shah, la “sabiduría de los idiotas”, la actividad externa de los derviches y sus métodos característicos de pensamiento.

Es en este punto necesario aclarar al lector que los sufíes jugaron un rol muy importante en el proceso de islamización del sudeste asiático. Poseían mucho más en común con los indígenas sudorientales que aquellos musulmanes ortodoxos llegados desde Medio Oriente. Por otra parte, notará el lector que el personaje de nuestro cuento se llama Saleh, nombre árabe curiosamente coincidente con el del gobernador musulmán más antiguo conocido en el Asia sudoriental, el sultán Malik al Saleh.

De modo que no resulta erróneo aproximarse a este cuento como si de un cuento sufí se tratara, y a tal fin me sirvo citar al mismo Idries Shah : “Los relatos-enseñanzas se cuentan en público (…) Casi nunca se utilizan con propósitos didácticos. Sin embargo, se considera que las ´dimensiones internas´ de los relatos de enseñanza son capaces de revelar, de acuerdo con la etapa de desarrollo del estudiante, más y más niveles de significado. Esta teoría de que ´uno puede trabajar sobre diferentes niveles del mismo material´ no es familiar para mucha gente, que prefiere que una historia contenga un solo mensaje o tenga un solo uso”.[6]

La diversidad de lecturas y de herramientas puestas a disposición del lector, resultan aún más evidentes en el tercer cuento. El relato es fiel exponente del eclecticismo propio del habitante sudoriental, que ha sabido sumar diferentes creencias sin descartar ninguna totalmente, a la vez que creando de esa mixtura una forma propia que lo caracteriza.

A manera de ejemplo, tomemos del primer párrafo la idea de una serpiente pitón que es cortada y, como consecuencia de ello, el país se ve cubierto de agua. La referencia posee una ascendencia india de larga data. En los mitos indios, las serpientes son mostradas de forma negativa reteniendo las aguas y causando por ello grandes sequías. De modo que la función del héroe indio será matar al animal. Durante el proceso de indianización del sudeste asiático, este mito fue adoptado por los pueblos autóctonos. Pero en esta región, es la abundancia de agua y no su escasez el problema. De allí que las serpientes fueron positivizadas y divinizadas pues, al retener las aguas, evitaban las inundaciones. El héroe, de esta forma, no era ya enemigo de la serpiente, sino su consorte.  El acto de cortar una serpiente se transformó así en una ofensa contra la divinidad, traducida en la liberalización de las aguas hasta entonces tan generosamente retenidas.

Sin ánimo de ofenderlo, mi querido lector, corto aquí de manera tajante mi humilde presentación, y lo libero de su atención tan generosamente sostenida, para que pueda usted volcarla, ya sin más, sobre los tres bellísimos cuentos de Borneo.

Martín Lo Coco

Una historia con moraleja

La siguiente es una fábula con moraleja. Es contada por los Barawan sobre sus vecinos, los Sebops, ambas tribus Klemantan, quienes, según dicen, siempre dejan todas sus tareas para el día siguiente.

Una noche húmeda, Kra, el mono, y Raong, el sapo, estaban sentados bajo un tronco quejándose del frío. “Kr-r-r-h”, decía Kra, y “Hott-toot-toot”, decía el sapo. Ambos coincidieron en que al día siguiente deberían cortar un árbol Kumut y hacerse un abrigo con su corteza. A la mañana siguiente el sol brillaba cálido, y Kra brincaba por las copas de los árboles mientras Raong trepaba a un tronco y disfrutaba del sol. Entonces Kra bajó y saludó: “¡Hola compañero! ¿Cómo la estás pasando?” “Oh, hermosamente”, respondió Raong. “Bueno, ¿y qué con el abrigo que íbamos a hacer?”, preguntó Kra. “Olvídate del abrigo”, dijo Raong, “lo haremos mañana. Estoy muy a gusto ahora”. Así que disfrutaron del sol durante todo el día. Pero, cuando cayó la noche, comenzó a llover, y otra vez ambos se sentaron bajo el tronco a quejarse del frío. “Kr-r-r-h”, decía Kra, y “Hott-toot-toot”, decía Raong. Y nuevamente coincidieron en que debían cortar el árbol Kumut y hacerse unos abrigos con su corteza. Pero en la mañana el sol brillaba cálido otra vez. Y otra vez, Kra brincaba por las copas de los árboles y Raong se sentó a disfrutar del sol. Y nuevamente, Raong dijo: “Oh, olvidémonos del abrigo, lo haremos mañana”. Y todos los días fue lo mismo, y hasta este día Kra y Raong se sientan bajo la lluvia a quejarse del frío, y lloran: “Kr-r-r-h” y “Hott-toot-toot”.

La historia del muchacho estúpido

La siguiente historia klemantan ilustra el gusto de este pueblo por lo cómico.

Un día Saleh y su padre partieron en su bote hacia su granja. “Cuidado con los troncos” (es decir, los troncos flotantes que serán usados como madera y son trasportados por el río), dijo el padre de Saleh. No habían avanzado mucho cuando Saleh gritó: “Veo muchos troncos”. “¿Dónde?”, preguntó el padre. “Pero mira, allí en la ribera”, contestó Saleh señalando la selva. “Oh, tonto”, dijo el padre, “continúa”. Así que siguieron y desembarcaron, y el padre, dejando a Saleh para que cocine algo de arroz en la olla grande, comenzó a cortar árboles. Al rato volvió y encontró a Saleh con la olla puesta boca abajo sobre los leños, y sin nada cocinado. “¿Qué estás haciendo?, gritó el padre. “Bueno”, dijo Saleh, “puse la olla sobre el fuego como me dijiste, pero cuando le puse el agua, se volcó toda arriba del fuego y lo apagó”. “Muchacho estúpido, debías haber puesto la olla boca arriba”. “Pero tu no me dijiste que lo haga”, dijo Saleh.

El padre había hecho mella en su hacha, así que envió a Saleh a casa a buscar una nueva. Saleh partió cantando alegremente, con la hoja del hacha apoyada en la proa del bote. Enseguida, el bote golpeó contra un tronco y la hoja del hacha cayó fuera de borda. “Oh, diantres”, pensó, “pero a no preocuparse, marcaré el lugar”, y desenfundó su cuchillo bruscamente para hacer una muesca en el fondo del bote en el lugar justo donde el hacha había caído al agua. Al llegar al muelle frente a la casa de su padre, se zambulló en el agua para buscar el hacha perdida, y continuó buscándola en vano hasta que su madre salió y le preguntó qué estaba haciendo. “Estoy buscando el hacha que cayó al agua justo donde está esta muesca, cuando venía bajando el río”, dijo Saleh. “Oh, si serás estúpido”, le dijo la madre, y fue a buscar un hacha nueva. Saleh volvió con su padre, que había encontrado un árbol frutal. Le pidió a Saleh que juntara algo de fruta en su canasta mientras él iba a derribar más árboles. Cuando volvió, encontró a Saleh atado con su espalda contra el árbol por su mochila, a la que había puesto alrededor del tronco y luego se la había colocado, mirando al cielo y con sus piernas yendo y viniendo. “¿Y ahora qué?”, preguntó el padre. “Mira, estoy llevándome todo el árbol para evitar problemas”, contestó Saleh, “y estoy mirando a las nubes allá arriba para ver cuán rápido puedo caminar con este árbol atado a mi espalda”.

La historia ibaní de Simpang Impang

La siguiente historia, que es una vieja favorita entre los Iban[7] de Batang Lupar, con sus elementos heterogéneos, servirá para ilustrar sobre las facultades para crear mitos que tiene esta gente amante de la diversión. Nótese que la historia combina las características de un mito de creación, una fábula animal y un cuento de hadas.

Había una vez unas personas que se hallaban buscando vegetales comestibles en la selva, cuando se encontraron con una serpiente pitón[8] enorme, a la que confundieron con un tronco caído. Sentándose sobre ella para cortar sus vegetales, sin querer, la hirieron y causaron que la sangre de la pitón se derramara. Al reconocer la naturaleza de su asiento, esta gente cortó a la pitón en trozos y cocinaron su carne. Entonces, una lluvia pesada comenzó a caer, y continuó lloviendo por días y días, de forma que todo el país se cubrió de agua y sólo la punta del Tiang Laju (el pico más alto del distrito de Batang Lupar) permaneció sobre la inundación. Toda la gente y los animales se ahogaron a excepción de una mujer, un perro, una rata, y algunas otras alimañas, que lograron escalar hasta la cima. La mujer, buscando cobijo de la lluvia, notó que el perro parecía haber encontrado un lugar tibio bajo una enredadera. La enredadera se mecía al viento y esto la hacía rozar contra un árbol, y por eso estaba tibio a causa de la fricción.

La mujer, siguiendo esta pista, frotó la enredadera muy fuerte contra un pedazo de madera y así, por primera vez, produjo fuego. Al no tener esposo, la mujer tomó a la enredadera como pareja, y pronto dio a luz a un hijo, el que era sólo la mitad de un ser humano, pues tenía solamente un brazo, una pierna, un ojo, etcétera. Este niño, Simpang Impang, cuyos únicos compañeros eran animales, a menudo se quejaba amargamente a su madre por ser incompleto.

Un día, Simpang Impang descubrió algunos granos de arroz que una rata había escondido en un agujero. Los sacó para secarlos sobre una hoja, a la que colocó sobre un muñón. A esto, la rata exigió sus granos de arroz devuelta. Y cuando Simpang Impang se rehusó a devolverlos, ella se puso furiosa y juró que ella y toda su raza se vengarían de los hombres llevándose todos los granos de arroz por siempre. Mientras discutían, Selulat Antu Ribut, el espíritu del viento, pasó por allí esparciendo el arroz muy lejos por la jungla. Simpang Impang miró alrededor muy enojado y asombrado, pero no pudo percibir nada más que el sonido del viento. Así que planeó con algunos de sus compañeros recuperar el grano del Espíritu del Viento, o por lo menos, preguntarle la razón por la que había esparcido los granos por la selva.

Después de caminar durante algunos días, llegó a un árbol sobre el que se posaban muchos pájaros. Ellos cortaban los capullos tan rápido como el árbol hacía florecer nuevos. Simpang Impang le pidió al árbol que le mostrara el camino a la casa del Espíritu del Viento, y el árbol dijo: “Oh sí, pasó por aquí hace unos momentos, y su casa queda muy lejos por aquel camino. Cuando llegues allí, por favor dile que ya estoy harto de estos pájaros pillos, y que quiero que él termine con mi miserable vida tirándome abajo de un soplido”.

Simpang Impang continuó su camino hasta llegar a un lago, el cual le dijo: “¿Adónde estás yendo, amigo?” Y cuando Simpang le contestó que iba a ver al Espíritu del Viento, el lago se quejó de que su salida al río estaba bloqueada con un gran pedazo de oro, y le dijo que le pidiera al Espíritu del Viento que volara la obstrucción. Simpang Impang prometió hacer el pedido por el lago, y siguiendo su camino, llegó hasta un grupo de cañas de bambú y bananos. “¿Adónde estás yendo, amigo?”, le dijeron. “Estoy yendo a ver al Espíritu del Viento”, respondió él. “Oh, entonces, ¿le preguntarías por favor por qué no tenemos ramas como los otros árboles? Nos gustaría tener ramas como ellos”.[9] “Sí, lo recordaré”, dijo Simpang Impang, y dejando a las cañas y bananos atrás, llegó al hogar del Espíritu del Viento.

Allí escuchó el silbido terrible del viento, y el Espíritu le dijo: “¿Qué quieres aquí, Simpang Impang?” El respondió muy molesto que había venido a exigir los granos de arroz que el viento se había llevado. “Resolveremos esta disputa buceando”, le dijo el Espíritu del Viento[10], y se sumergió en el agua. Pero al ser sólo una burbuja, muy pronto explotó en la superficie. Entonces Simpang Impang llamó a su compañero pez para que buceara por él, y cuando el Espíritu del Viento vio que no tenía oportunidad de salir ganador en esta prueba, dijo: “No, esto no es justo. Lo resolveremos saltando”, y pegó un salto por encima de la casa. Simpang Impang llamó en seguida a su substituto el pájaro, y éste, elevándose del suelo, salió volando hasta perderse de vista. Aún así el Espíritu del Viento no se rindió. “Tendremos otra prueba. Veamos quién puede atravesar esta cerbatana”, y pasó silbando por ella. Entonces Simpang Impang no supo qué hacer, pues ninguno de sus compañeros parecía capaz de ayudarlo. Pero se había olvidado de la hormiga, hasta que una vocecita chillona le gritó: “Yo puedo hacerlo”, y al instante, la hormiga pasó caminando a través de la cerbatana. Aún después de esto el Espíritu del Viento no se rendía. Entonces, Simpang Impang, que estaba muy enojado, tomó a su padre, el Hacedor de Fuego, y prendió fuego a la casa del Espíritu del Viento.

De esta forma, al final, el Espíritu del Viento se retractó de lo que había hecho, y dijo que compensaría a Simpang Impang por los granos de arroz que se había llevado. “Pero”, le dijo, “no tengo gongs ni otras cosas para pagarte, así que te haré un hombre completo con dos brazos y dos piernas y dos ojos”. Simpang Impang aceptó el trato, y se puso muy feliz de verse a sí mismo completo por fin. Entonces recordó los mensajes que traía del árbol y del lago, y el Espíritu del Viento prometió hacer lo que le pedían. Entonces Simpang Impang le hizo la pregunta del bambú y del banano, y el Espíritu del Viento contesto: “No tienen ramas porque los seres humanos están siempre ofendiendo a las costumbres. Muchas veces pronuncian los nombres de sus suegros y suegras, y a veces caminan delante de ellos en la selva, por eso el bambú y el banano no tienen ramas”.

Los cuentos fueron recopilados por Charles Hose
and William McDougall, y fueron publicados en 1913 en su libro
The Pagan Tribes of Borneo, A Description of Their Physical Moral
and Intellectual Condition.

Traducción del inglés por Darío Seb Durban

[1] En esta introducción utilizamos el término “malayo” de forma abarcativa, para referirnos a los distintos grupos que componen el llamado “mundo malayo”. La isla de Borneo se halla en el centro geográfico de esta región cultural, y la mayoría de los especialistas la consideran el lugar de origen de la lengua malaya. A pesar de ello, su marcada diversidad étnica y lingüística, ha llevado a muchos estudiosos a distinguir a su población entre malayos propiamente dichos, dayaks, chinos y otros grupos. El debate académico acerca de qué es malayo es, desde hace tiempo, muy intenso e interesante, pero escapa a los fines de esjta presentación.

[2] Ver foto de típica kampung. Extraída de BAKER, James; Crossroads. A popular history of Malaysia &Singapore; Times Editions; Singapore; 2005; pág. 24

[3] Claro que esto no fue siempre así, incluso en nuestro mundo occidental. Para aquellos que ven en la filosofía clásica el origen de nuestra cultura, resulta bueno recordar que ésta consideraba al tiempo ocioso como absolutamente necesario, en tanto causa o condición de un pensar sin obligatoriedades, el principio mismo de la libertad.

[4] Entre aquella y esta postura, un “cristiano oriental” como Anthony De Mello proponía retrasar nuestras acciones, tomar para ellas más tiempo que el necesario. Una bellísima síntesis entre un occidente hacedor y un oriente contemplativo.

[5] GROSLIER, Bernard Philippe; Indochina y Malaca; tr. Margarita Fontseré; Praxis / Seix Barral; Barcelona; 1962; pág.20

[6] SHAH, Idries; El camino del sufí; tr. A.H.D. Alka; Piados Orientalia; Barcelona; 1992; pág.235

[7] También denominados Dayaks del mar, son un pueblo aborigen de la isla de Borneo, en el archipiélago Malayo; de la zona del estado de Sarawak. Pertenecen a un grupo mayor llamado los dayaks (también dyak), que se divide en seis subgrupos: los penans, los klemantans y los kenyahs, los kayans, los muruts y los ibans, que parecen ser los últimos en llegar a Borneo. Por este mismo motivo es el único de estos grupos que habita la región costera. Desde el punto de vista físico, los dayaks, en general, son el resultado de una amalgama de pueblos chinos, malayos y pigmeos asiáticos. Los ibans, en particular, eran famosos como piratas y conquistadores, y eran los cazadores de cabezas más notables de todos los grupos dayak, aunque esta costumbre se ha perdido cuando fueron convertidos al Islam. (N. del Tr.) (Biblioteca de Consulta Microsoft® Encarta® 2003. © 1993-2002 Microsoft Corporation).

[8] Los reptiles son muy comunes en la isla de Borneo. Forman parte de la cotidianeidad y dan origen a muchas creencias y supersticiones al respecto. Podemos contar a los cocodrilos que infestan los ríos, cantidad de tortugas y diferentes tipos de lagartos, y más de setenta especies de serpientes, muchas de ellas venenosas, entre las cuales encontramos a la pitón, que puede llegar a medir hasta diez metros de largo. (N. del Tr.) (The Pagan Tribes of Borneo, A Description of Their Physical Moral and Intellectual Condition; Charles Hose and William McDougall.)

[9] Este tipo de saludos y encargos a los transeúntes parece ser muy normal entre los Iban.
(N. del A.)

[10] Esta prueba de buceo, y también la del salto, parecen hablarnos de la costumbre que habrían tenido los Iban de resolver sus conflictos y disputas a través de ordalías. La ordalía del agua es común a muchos pueblos. Ella consiste en arrojar al acusado al agua, a veces con una gran roca atada a los tobillos. Si el acusado sobrevive, se entiende que poderes divinos han actuado por él y se reconoce su inocencia. La prueba del salto tal vez remita a otro tipo de ordalía parecida, en la cual el acusado es arrojado al vacío. (N. del Tr.)

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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