Miembro notable de la elite intelectual conocida como la generación del 80, defensor del laicismo educativo y promotor de la creación del Registro Civil y del Matrimonio Civil, Eduardo Wilde emprendería, durante la década de 1890, viajes por Europa, Asia y Norteamérica. Sus impresiones quedarían registradas en sus obras Por mares y por tierras y Prometeo & Cia., a este último título pertenecen los dos textos reproducidos a continuación y que pueden entenderse como parte de esa concepción estetizada que el Occidente del siglo XIX tenia del reino del sol naciente y que Guillermo Quartucci menciona como “japonería”.

El nuevo paraíso terrenal

Se llama Korakoyen, y merece su nombre; es un jardín, un bosque, un sitio agreste transportado a la ciudad de Tokio e incrustado en medio del enjambre de sus casas. Korakoyen significa “jardín y placer en el futuro” pero dando a futuro el sentido de “eternamente duradero”. Tiene trescientos cincuenta años; algunas de sus plantas provienen sin duda del Paraíso terrenal, donde a la sombra de su ramaje tropical, pecaron probablemente nuestros padres. Perteneció durante siglos a la familia Tokugawa y en él vivieron varias generaciones de la estirpe, cuyo actual representante es el marqués nuestro amigo. Ahora está a cargo del Departamento de la Guerra, habiéndolo cedido al gobierno sus legítimos dueños, cuando se destruyó el régimen feudal en el Japón. No le iguala en bellezas ningún pedazo de la tierra conocido; tiene cincuenta y tres puntos de vista clásicos y otros tantos paisajes diferentes. Las rocas, los vegetales y las aguas se han dado la mano para formar sus delicias; grandes y añosos árboles, enanos y floridos arbustos, ramajes en forma de pagodas, monumentos de verdura, sabanas de helechos, hojas grandes y chicas de mil colores, troncos mutilados, céspedes y jardines, selvas de bambúes, chozas, templos y cabañas, rocas y vertientes de agua se confunden y se mezclan en la dilatada extensión, presentando los accidentes artificiales tal semejanza con los naturales, que estos a su vez parecen copia de aquellos. Aquí una piedra grabada por un abuelo secular y colocada en un abra al pasaje de un arroyo, lleva esta inscripción: “Fuente siempre duradera” como quien dice “de la eterna vida”; y tras del abra comienza el bosque espeso destinado a las cacerías, con sus ciervos y jabalíes preparados para la aristocrática diversión. Allí, desde un puente de piedra, arco de líneas purísimas, padre tradicional de todos los puentes, se oye el ruido del torrente que forma un lago alrededor de sus estribos y debajo de los árboles cuyas ramas han sido apartadas, en obsequio del sol y de la luna y de la tímida luz de las estrellas, permitiendo a un sector del firmamento reflejarse en las aguas. Y más lejos, desde una piedra tendida de borde a borde, en el precipicio, se asiste a la salida de un arroyo por la hendidura triangular y subterránea de la roca vecina, inmutable y eterna; luego sigue el pequeño río recién nacido, serpenteando, para ir a simular en otros sitios, manantiales primitivos cuyas aguas presurosas se precipitan en cataratas sin espuma, como cortinas y filamentos de cristal, corriendo en adelante a saltos por las piedras hasta el gran lago que las recibe sereno y las somete a la ley del reposo en su profunda masa. Sobre una y otra colina se levantan templos y glorietas rodeadas de árboles inclinados hacia el valle. Uno de los templos muestra en su interior colores vivos de doscientos años en dibujos artísticos, sus muros decorados, su piso de porcelana y sus Budas impasibles desde el principio del mundo. Otro contiene dos figuras humanas, dos estatuas de madera de maravilloso trabajo; allí están desde tiempo inmemorial sin detrimento, sin una falla en las fibras de su cuerpo. Afuera un extenso balcón se avanza en las alturas para mostrar un panorama de sueños y visiones. Por fin, una de las casas señoriales, metida entre los bosques, a la vista de los lagos y praderas, nos abre sus puertas y nos ofrece en sus viviendas hospitalarias, un té sabroso que no requiere azúcar, servido con galantería y con afecto por los dueños, descendientes de cien generaciones nobles y antiguas.
La casa es una joya de madera pulida, limpia, bruñida; las puertas o más bien las partes movibles, corren en sus ranuras al más ligero empuje; los techos lucen sus tirantes cortados y ajustados matemáticamente, y su fondo de paja tejida entre los huecos, o sus tablas brillantes en los cuadros.
Mil varillas finísimas cuyo conjunto hace el efecto real de los cristales, forman cortinas que dejan pasar la luz a través de sus mallas más o menos apretadas, en cambiantes opalinos o jaspes de claroscuro, según las mueve el viento.
Al dar la última mirada en señal de despedida al Paraíso perdido para la familia Tokugawa, en doliente espectáculo místico, triste y de extraño deleite a la vez, los árboles muertos se ofrecen a nuestra vista. Allí están como antepasados, protegiendo con su presencia a las nuevas generaciones, herederas del lujo de la vida, ostentosas de verdura, frescas de brisas matinales, jóvenes y alegres. Los arbustos son los nietos; los árboles gigantes, los padres o los mayores sobrevivientes de la familia, mientras ellos, los antepasados, con la sombra lineal, rígida y tiesa de su tronco ya inflexible, permanecen de pie como guardianes, inspirando veneración e imponiendo recogimiento.
No han querido sepultarse, no, ni recostar sus flancos en la tierra; se sustentan erguidos sobre sus raíces muertas, clavadas en el suelo y su elevada estatura, resistiendo a los vientos sin doblarse ni troncharse, da ejemplo de fortaleza a su larga descendencia. El hacha no ha osado tocarlos ni el fuego siquiera ennegrecerlos. ¡Son las reliquias del antiguo parque!

1897.

Inolvidable

Los templos famosos y los mausoleos de Niko (Japón) están situados en la “Montaña sagrada” eminencia en forma de meseta rodeada casi en su totalidad por un aro incompleto de montañas más altas, a modo de circuito de anfiteatro.
Ningún recinto sagrado de la tierra se instaló en mejor paraje ni ostentó mayores encantos; ni jamás el instinto religioso y el culto de los muertos de pueblo alguno, aprovechó con más suerte las bellezas naturales, para crear en ellas obstáculos admirables, ejecutando maravillas de arte, a fin de retardar con múltiple visión y dilaciones preparatorias, el mágico espectáculo sin igual en su género en el orbe.
Ningún palacio encantado, morada de las hadas o los dioses, puede ostentar como estos templos un lujo cuyo simple enunciado, reemplazará todos los elogios del lenguaje humano: ¡Una galería de treinta millas para llegar a sus puertas! ¡diez leguas, más de cincuenta kilómetros, y cuatrocientos años de existencia!
¡Las columnas y la bóveda son los troncos y el ramaje de árboles seculares! En la senda mística proyectan la sombra de sus ramas los viejos cedros robustos, cuya copa bebe el agua en las nubes y la derrama en lluvia sobre la tierra fecunda. Al lado de un ejemplar harto de vida, pero todavía fuerte y vigoroso, yace el tronco seco de su hermano, muerto prematuramente, a la edad de trescientos años; y más allá, otro joven, con solo un siglo de existencia, ha reemplazado a su antecesor llenando el claro.

*

He leído hace poco una fantasía de Tolstoi, copiada sin duda de alguna realidad de su mente, que me ha hecho una verdadera impresión. El maestro de la literatura moderna describe el viaje y la muerte de un hombre y un caballo en una noche de tormenta, en medio de un vendaval de nieve. El tópico es sencillo; el accidente, invariable; el sujeto en acción, siempre el mismo: el viento haciendo volar en torbellino el agua en polvo congelado… y todo ello mezclado con las impresiones reales durante la vigilia, fantásticas durante el seudo-sueño del viajero medio ebrio y adormecido a más por el intenso frío.
El pobre caballo delira también mientras tramita sus últimos momentos de vida, después de haber agotado sus bríos en saltos y carreras, luchando con la borrasca.
Las variaciones tienen por nota dominante el viento y la nieve y los párrafos nuevos, los pasados y los futuros, por tema la nieve y el viento; siempre la misma nieve y el mismo viento y otra vez y cada vez la nieve cayendo y girando impelida por el viento. El autor llega así a determinar una obsesión intensa ¡como la de una melodía deliciosa repetida al infinito!
Pues bien, para dar una idea de la calle sin término de Niko y despertar la impresión que ella engendra, necesitaría reproducir la misma obsesión en el lector.
El peregrino que se dirige a la Santa Montaña, va paso a paso por la senda húmeda, mojada, llena de huecos, atravesada por raíces visibles ahora; se detiene junto a los troncos a escuchar el ruido de las ramas; pasa el día sin reposo y llega a la noche siempre en la misma avenida sin fin, siempre mirando la fila de árboles en un más allá insondable, lleno de espantos y de terrores; fatigado, asustado, aprensivo, desalentado, y después… otra vez la avenida comiéndose las leguas, sin acabar jamás de devorarlas, sucediéndose los claros y las sombras, serpenteando las raíces descubiertas a través de la huella despareja, llena de charcos; y arriba, perdurablemente la bóveda, verde durante todo el día, negra a la noche, sacudida por el viento y rociada por la lluvia… y finalmente… de nuevo la misma hilera de gigantes eternos en su uniforme desolación, incitando a implorar la muerte y concluir con el viajero ya que no se puede concluir el viaje…

*

La falange se corta en un trecho para dar campo a la ciudad de Niko,
pero continúa después en filas compactas, ya en los dominios
del Local sagrado, formando calle a su entrada.
Las vecinas selvas por su parte, junto con el cristal corriente de sus aguas, han extendido el lujo de su flora hasta el desmedido anfiteatro de montañas, y gallardos destacamentos de sus lozanas plantas, se dispersan en el área interna, colgando su follaje sobre las tejas doradas de los techos.
En el centro del anfiteatro están los templos.

1897

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