Cuando ya creíamos olvidado a Salgari, y relegadas sus aventuras de piratas y militares ingleses a nuestra más temprana juventud, LoCoco vuelve a transportarnos a la isla de Borneo de ese siglo XIX, cuando James Brooke inauguraba en Sarawak la dinastía de los rajás blancos. El racismo, la excentricidad y la crueldad de los colonialistas europeos en Asia resultan hasta hoy día dificultosamente admitidos por las metrópolis. Si es que aún no se puede aspirar siquiera a un reconocimiento de tantos años de humillación y despojo, permítasenos entonces recurrir a la descarga de los pobres y los impotentes: el humor.

 

– “¡Jesús, María, José y el asno!”. Se quejó Brooke tras leer la carta y automáticamente se llevó la mano a la cabeza como anticipando una jaqueca que con seguridad le sobrevendría.

No era para menos, las cosas últimamente no le estaban resultando fáciles al rajá de Sarawak.

El monzón del sudoeste había llegado hacía más de tres meses y no parecía tener ningún interés en retirarse. Los guerreros ibans de la corte, utilizando a Saleh como intérprete, se apuraron a aclararle al rajá que nada podía hacerse al respecto pues no se trataba sino del “terrible soplo de Selulat Antu Ribut, el Espíritu del Viento”.

– “¡Pues avísenle a ese buen hombre que va a agotar sus pulmones divinos!” – vociferó el rajá enloquecido, y al escucharse se sintió satisfecho de su ocurrente respuesta.

Las miradas desconcertadas de los ibans eran prueba de que tanto el humor inglés como su lengua, les eran totalmente ajenos.

En realidad no eran los pulmones de Selulat Antu Ribut lo que el rajá temía agotar, sino sus propias reservas de metálico, pues tenía sus barcos mercantes atascados en China, imposibilitados de regresar a la isla debido al mal clima.

Para colmo de males, una nueva banda de bugis había decidido tomar una las islas del Riau, justo frente a la bahía de Sarawak, como base de sus operaciones navales. Los aldeanos de las zonas costeras, quienes se hallaban bajo la protección del rajá, habían sido sucesivamente visitados por estos hombres y despojados con igual sistematicidad de sus posesiones. Según comentara Brooke a sus pares ingleses

– “El problema con los piratas es que se creen dueños de nuestros bienes. Y no es posible hacerlos entender que poseemos jurisdicción sobre las tierras que hemos encontrado”.

Saleh, el lacayo, se río para sus adentros:

– “Que encontraron antes de que sus dueños las pierdan.” La lógica natural de los nativos era uno de sus rasgos característicos.

Desde entonces, los campesinos se rehúsan a pagar impuestos a la corona; esta vez, con justa razón.

El único refugio que encontraba el rajá al caos reinante era su residencia, y en ella la actividad que más placer le brindaba: alimentar a su chillona mascota, un pavo real de exquisito plumaje, a quien había bautizado con el nombre de Sir Raffles. El tonto animal resultaba totalmente apático a la admiración que le profesaba su dueño –como cabría esperar-. Pero de alguna manera misteriosa intuía que se le había otorgado visa para pasearse por todo el palacio, y no había rincón en la planta baja sobre el que no depusiera su marca aviaria. El asunto fastidiaba sobremanera a la familia real y su cortejo de sirvientes, aunque no sabían qué resultaba más irritante, si el vociferante animal -a quien se les había prohibido interrumpir el paso- o las acaloradas pláticas del rajá tendientes a convencerlos de las bondades de su mascota.

Por la mañana, Sir. Raffles había amanecido sobre uno de los divanes de la Gran Sala, y al parecer de lo más hambriento. El propio rajá se entretenía saciando el apetito de su emplumado amigo, cuando oyó al mastín ladrar intensamente; ello podía significar sólo una cosa: que su fiel sirviente, Saleh, estaba arribando al palacio. El can tenía una predilección especial por los talones huesudos del delgado malayo. El paje logró finalmente deshacerse de su persecutor e ingresó al palacio. Algunos instantes después le tendía a su amo, en bandeja de plata, un sobre recién llegado desde Bengala. La carta, escrita en perfecta caligrafía, evidenciaba la pluma cultivada de Lord Charles John Canning, Virrey de la India. Al parecer, su sobrino había partido de Calcuta días atrás, haciendo de su llegada a Sarawak un hecho cierto, y para peor, inminente.

William Canning no debía tener más de 17 años, pero ya había alcanzado el alto nivel de pedantería que caracterizaba a los personajes de rango de la Corona Británica de las Indias Orientales. Esto resultaba insoportable al rajá, quien como militar se había acostumbrado a que la escala natural de mandos tuviera siquiera cierta relación con la edad. Lord Canning, a falta de descendencia directa, había tenido mucho que ver en el carácter altanero de su sobrino, de quien solía hablar en los círculos sociales como de un “adelantado”. A juzgar por Brooke la única cualidad que el niño había adquirido antes de tiempo, había sido la crueldad. El trato salvaje que el Adelantado había demostrado ser capaz de infligir ya había logrado cierta popularidad entre la clase gobernante. Si bien hasta el momento sólo había martirizado a algunos niños y varios animales pequeños, nadie dudaba que conforme fuera creciendo sus víctimas se irían diversificando, de modo que todos le auguraban un gran futuro en la región.

El rajá detestaba al pequeño William en igual medida que adoraba a su pavo real. Pero mientras no poseía restricciones en su dedicación a Sir Raffles, sí debía moderarse en su trato con el joven. La metrópoli había tolerado hasta el momento su presencia independiente en la isla de Borneo, pero nunca se sabía cuando dejaría de hacerlo, y molestar a alguien tan bien conectado con Londres como Lord Canning era lo último que quería.

En efecto, habían llegado a sus oídos rumores poco gratos sobre el intento por parte del Virreynato de India de entrar en contacto con el sultán de Brunei, para avanzar sobre la parte noreste de la isla. No sería de extrañar que la visita sorpresiva del joven Willliam tuviera que ver con el asunto. Brooke era el nexo lógico entre la Corona y Muda Hassim, el sultán de Brunei, a quien había confirmado en su trono a cambio del control de Sarawak. Ya bastante había tenido que lidiar el rajá con los holandeses por el límite sur, como para tener que compartir ahora la región septentrional de la isla con sus compatriotas.

El sobrino de Lord Charles J. Canning se presentó en el palacio a horas de la tarde. Extraña sorpresa se llevó al observar como un sirviente limpiaba con gran dedicación al alado anfitrión. Era frecuente, por esos tiempos, que los terratenientes ingleses tuvieran uno y hasta dos sirvientes para cada uno de sus perros; pero los pavos reales, hasta donde sabía el joven William, podían arreglárselas solos. Tuvo el desatino de comentar el hecho durante la cena. Lo hizo además con tono risueño, creyendo con ello granjearse la simpatía de los presentes. El silencio que siguió a su ocurrencia se ocupó de desencantarlo. Su inexperiencia, sin embargo, lo llevó a atribuirlo a una falta de interés por los asuntos menores. De modo que decidió embarcarse en los grandes, y solicitó al rajá aquello que tenía por encargo: una carta de recomendación para visitar al sultán de Brunei. James Brooke, que apenas acaba de digerir la broma anterior, perdió enteramente su humor y se limitó a dar un no por respuesta. El tono a sentencia de su negativa, disgustó sobremanera al invitado quien no tardó en retirarse de la sala hacia su habitación. Pero alcanzó a lanzar, en su huida, una mirada amenazante al rajá, y otra a Sir Raffles con el que casi tropieza al salir.

Brooke hizo llamar inmediatamente a Saleh. Los ladridos del mastín pronto confirmaron la llegada jadeante de su hombre de confianza. En voz baja pero terminante el rajá le ordenó que no le sacara los ojos de encima al muchacho, y tratara de mantenerlo a buena distancia de los habitantes del palacio. La aclaración “sobre todo de Sir Raffles y los niños”, dejó algo perplejo al malayo, tanto por contenido como por el orden que el rajá había elegido para nombrarlos. Sin embargo asintió como si de la más normal de las órdenes se tratara, mientras se preguntaba cómo demonios llevaría a cabo la tarea encomendada.

La oportunidad se presentó por sí sola. Fue el mismo joven quien pidió verlo, a escondidas del rajá. Algo arrepentido por sus modales, el sobrino del Virrey le solicitó que lo ayudara a cambiar el parecer de Brooke y le entregó algunas monedas para que consiguiera algún lindo regalo con el que presentar sus disculpas. Sin demasiadas esperanzas le prometió igual paga si lograba que el milagroso cambio sucediera. Los ojos del malayo brillaron de ambición pero sus palabras fueron medidas. Aseguró al joven que tendría el regalo para la mañana del día siguiente, y le pidió que no se cruzara con el rajá sino hasta la hora del té, cuando éste se encontrara más relajado y propenso a una reconciliación. Sugirió que salir de caza podía ser una muy buen excusa para ausentarse de la casa hasta ese momento, y se ofreció a servirle de guía; ofrecimiento que el joven aceptó de buen agrado.

Saleh, fiel al rajá, se presentó inmediatamente ante éste y le informó que, bien temprano por la mañana, se llevaría al joven de caza no regresando sino hasta la hora del té. Era avanzada la noche y las palabras del malayo tranquilizaron al rajá. Brooke felicitó a su servidor, y le permitió retirarse a descansar.

El invitado estaba terminando de vestirse para el día de caza cuando llamó Saleh a su habitación. El sirviente traía el obsequio para el rajá. William Canning le ordenó que lo colocara sobre el escritorio, y luego abrió con curiosidad el paquete. Entonces no pudo menos que sonreír. ¡Que bien conocía este paje a su amo! Optimista salió de su habitación, ensilló una regia yegua, y se alejó del lugar en compañía del malayo, quien a duras penas logró salvar sus pies del empecinado mastín.

Por entonces el rajá se disponía a alimentar a su mascota, pero el animal no se mostraba por ningún sitio. Al cabo de media hora su paciencia comenzó a perderse, y todos en el palacio se sumaron a la tarea de encontrar a Sir Raffles. La sospecha de que el Adelantado tuviera algo que ver con el asunto comenzó despacio a taladrarle la mente, y ya para el mediodía era el único razonamiento que le parecía convincente. Aprovechando la ausencia del joven, indicó a una sirvienta que registrara la habitación del invitado. Unos minutos después la criada traía lo que no eran sino pruebas irrefutables de la culpabilidad del menor: un puñado de plumas del pavo real.

El rajá, lleno de odio, escribió una terrible carta a Sir Charles John Canning relatando el asunto y sumó a su envío las plumas del finado Sir Raffles, como prueba terminante de su alegato. A continuación llamó a un sirviente ordenándole su inmediata partida hacia la bahía de Sarawak, y el envío del paquete con el primer barco que zarpara hacia India. Luego aguardó impaciente la llegada del cazador cazado.

El té traído de las plantaciones inglesas de Ceilán ya perfumaba el ambiente de la apacible sala de té del palacio de Sarawak. En torno a ella la familia real se había sentado a disfrutar de la escena que se desencadenaría ni bien se presentara el exterminador de pavos. Los tripulantes de un barco pirata disfrazado de tranquila nave comercial a punto de ser abordados por sus engañadas víctimas no hubieran estado mejor preparados para el acontecimiento. El rajá, ya avisado por sus sirvientes de la llegada del joven al palacio, tenía sus ojos fijos en la dirección por la que éste entraría. Se lo imaginaba en su habitación, descubriendo la fatal ausencia; deslizándose luego vergonzosamente escaleras abajo para suplicar perdón por lo sucedido, y partiendo rápidamente de regreso a Bengala, donde sería castigado por su tío ya anoticiado del tema por el correo.

El Adelantado ingresó finalmente a la sala de la forma más plácida, y ocupó su lugar con la misma pedantería que lo caracterizaba. Era evidente que no tenía intenciones de pedir disculpas ni de exponer el tema en cuestión. Los desilusionados presentes ya creían ver desperdiciada la merienda cuando, para consuelo de todos, el rajá salió al ruedo:

– Sepa que lo esperamos un buen rato ¿algo lo detuvo en su habitación?

– Lamento la tardanza, Lord Brooke. Efectivamente mi retraso de debió a un incidente desagradable que me apena tener que informarle: entre sus sirvientes hay un ladrón.

El rajá no podía creer el tupé del joven. Contestó elevando la voz:

– Pues sepa jovenzuelo, que si le han sustraído algo ha sido bajo mi propia indicación.

El joven se quedó duro por unos cuantos segundos, y luego rompió su inmovilidad estatuaria para tomar un sorbo de té. Unos instantes después dijo tranquilamente:

– Realmente me sorprende su confesión, sin hablar del tono con el que me la hace. Tenía intenciones de ofrecerles mis disculpas por mis modales de anoche, y a sabiendas de su afición por la escritura y los pavos reales había adquirido un bello tintero de plata y unas cuantas plumas de tal ave que pensaba obsequiarle en este momento. Sin lugar a dudas mi tío no se alegrará de conocer la ansiedad que tiene el rajá de Sarawak por hacerse de sus regalos. Claro que, por otra parte, olvidó usted el tintero. Tenga la amabilidad de aguardarme unos minutos, iré por él, tal vez desee estrenarlo escribiendo esa carta que le solicité para el sultán de Brunei –y a continuación el joven dejó la sala con aire triunfante.

El rajá se había puesto de color rojo carmín, abyecto de vergüenza. Totalmente petrificado sólo alcanzó a mirar a su esposa quien entendió enseguida lo que debía hacer. Ella salió de la sala y llamó a Saleh, indicándole que debía cabalgar hasta el puerto a fin de interceptar la correspondencia que el rajá había enviado a Calcuta.

– Haré lo imposible mi lady – contestó el malayo

– Asegúrate de lograrlo y el viernes podrás tomarte el día para visitar tu aldea.

Saleh conocía el territorio a la perfección y no le fue difícil alcanzar la bahía un par de horas más tarde. El barco aún no había zarpado, y el malayo se las ingenió para hacerse del envío del rajá. Al anochecer, ya de regreso y próximo al palacio, se cruzó con el carruaje del sobrino del Virrey. En el medio del camino se detuvieron, y el joven inglés dijo:

– Parto a Brunei, tu empresa ha sido un éxito, aquí tienes tu paga –y entregó al malayo las monedas prometidas.

Luego siguieron viaje en sus respectivas direcciones.

La llegada de Saleh trajo alivio a la familia real. En una mano traía el paquete del rajá, y en la otra al mastín, en cuyas fauces había encontrado rastros de la desaparecida mascota. Si el joven William mantenía su palabra, el incidente nunca llegaría a oídos de su tío. Y la muerte de Sir Raffles había sido resuelta, aun cuando no se había encontrado su cuerpo –“es muy difícil hallar dónde esconden sus presas estos animales” fue el comentario tranquilizador del malayo.

Selulat Antu Ribut fue amainando su terrible soplo durante el día viernes. Por la tarde, cuando Saleh y su familia se encontraban en la mezquita, la calma había vuelto nuevamente a la región. El malayo pidió a Allah que el castigo para el mastín no sea tan severo –“aunque se lo tenía merecido”- agregó. Luego, dejó una limosna más generosa de la habitual, y se retiró con su mujer y sus muchos hijos camino de la aldea.

Ya en la choza, su esposa se dispuso a cocinar, y Saleh dejó que sus hijos dieran vueltas en torno suyo, mientras él armaba con increíble destreza un exquisito abanico de plumas, que obsequió cortésmente a su mujer.

La vida en la aldea se mostraba dulce y placentera. Al fin y al cabo no todos los días comían pavo, y mucho menos pavo real.

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