El presente artículo no pretende ser un recuento histórico detallado ni una biografía del Profeta. Nuestra intención es, más bien, hacer una breve reseña de la situación y los hechos históricos que precedieron a la Hégira, a fin de comprender un poco mejor por qué este simple suceso, que durante mucho tiempo se consideró como una huída, fue el hito fundante de una nueva era. Este hito se reactualiza anualmente en la conciencia de los musulmanes al realizar la Peregrinación a la Meca (Hadj), hecho que este último año tuvo lugar durante la semana del 28 de diciembre.

Si bien se cree que en tiempos remotos la península arábiga ostentaba un aspecto más favorable que el actual, podemos afirmar que durante los primeros siglos de nuestra era ya se presentaba con condiciones muy parecidas a las que conocemos hoy: una basta extensión inhóspita donde los desiertos de arena se confunden con los de piedra basáltica, no menos áridos. Aunque entonces, probablemente, hubiera más cantidad de oasis o surgieran wadis con más frecuencia, ya se distinguía a toda esta extensa región, la Arabia Deserta, de las franjas más fértiles del norte, de la actual Omán, y especialmente, de la zona correspondiente al Yemen, entonces llamada Arabia Felix.

Desde temprano, la Arabia Deserta estuvo poblaba por grupos humanos de origen semítico que hablaban una lengua emparentada al arameo, es decir, grupos no muy distintos a los que se asentaron en las cercanías de la Medialuna Fértil, pero que, diseminados en pequeñas tribus se adaptaron de forma particular a las condiciones climáticas y de subsistencia, creando de esta forma una cultura independiente de la de los grandes imperios que los rodeaban: el Imperio Bizantino y el Imperio Persa.

Estos grupos desarrollaron un sistema social basado en la estructura tribal y en el nomadismo, en el que tenía especial importancia la subestructura clánica o familiar, y en el cual se organizaban alrededor de la figura de un Sheij, palabra que hace referencia a un hombre de edad y por lo tanto respetable, rodeado por un consejo de notables, los Maylis. Sus descendientes más puros son los actuales beduinos. Obedecían a un precario sistema de solidaridad tribal que los obligaba a vengar los hechos de sangre cometidos contra cualquier miembro de la tribu, y los lanzaba a luchas por los medios de subsistencia.

El aislamiento geográfico de la Península Arábiga les permitió a los nómadas árabes mantener una relativa independencia cultural y, sobre todo religiosa. Adoraban toda clase de rocas y meteoritos, los que transportaban con ellos a través del desierto en tiendas móviles que recuerdan al Tabernáculo del Desierto. Sin embargo, no desconocían religiones como el judaísmo y el cristianismo nestoriano o monofisita, ya que tenían contacto con algunos asentamientos de pueblos fieles a estos cultos.

Esta sociedad logró un paso importante en su desarrollo a partir de la domesticación del camello. Su principal actividad económica, el comercio, se transformó en un comercio caravanero a gran escala a partir de este hecho. Las rutas comerciales surcaban el país de este a oeste, y especialmente, de sur a norte. Esta ruta, a través de la cual se transportaban mercaderías desde la Arabia Felix y el África a Damasco, se volvió especialmente transitada debido a los peligros que implicaba navegar el Mar Rojo.

En la intersección de dos grandes rutas caravaneras se levantaba el asentamiento de Macca. Esta era una ciudad próspera visitada de forma constante por caravanas y comerciantes de todos los rincones de la península, que concurrían a las ferias organizadas allí. Por otro lado, Macca era destino de peregrinaciones religiosas desde antiguo, tal vez desde los tiempos del reino de Sabba.

Fue esta ubicación estratégica de la ciudad lo que lleva a Qurays a invadirla alrededor del año 500 de nuestra era. Habiéndose hecho con el poder político de la ciudad, Qurays obligó a las tribus a dejar allí sus ídolos. Con esto, Qurays logró constituir a Macca en tierra sagrada (lo que significa que no estaba permitido derramar sangre en ella), y logró asegurarse la confluencia obligatoria de las caravanas en la ciudad durante cuatro meses al año para la adoración.

Cuando nació el Profeta, alrededor del año 570, Macca contaba con una gran actividad de culto, que alcanzaba los 360 dioses, casi todos traídos de otros lugares por los caravaneros. Evidentemente, esto representaba un gran negocio para los mequíes, que ostentaban ahora la hegemonía religiosa y política sobre el resto de las tribus. Sin embargo, ya en esa época existían personas preocupadas por una religión más contemplativa, y por una concepción superior de la divinidad: los Hanifes, que sostenían principios religiosos más elevados frente a la hipocresía mequí.

Muhammad era de la tribu de Qurays, pero de una rama decadente, el clan de los Hashemitas. Huérfano de padre a los seis meses y de madre a los 6 años, lo cuidó y educó su tío Abu Talib, padre de Alí.

Aproximadamente a la edad de 40 años, hacia el año 610, Muhammad recibe la visita del Arcángel Gabriel, quien lo exhorta a leer (o recitar) de un libro que le presenta, el Corán. Ante la respuesta del Profeta sobre su incapacidad para leer (Muhammad era analfabeto), el Arcángel lo increpa: “¡Lee! En el Nombre de Tu Señor el Creador, que creó al hombre de un coágulo de sangre”.[1] El Arcángel le ordena predicar (o leer) sobre las dádivas de Allah, que ha enseñado al hombre lo que éste no sabía; y lo insta a volverse hacia Dios y no creerse autosuficiente. En esa oportunidad Muhammad, que creía haber sido víctima de la intervención de demonios, huyó a refugiarse con su esposa Khadhiya.

Durante los próximos tres años Muhammad continuó recibiendo la Palabra de Allah durante trances o estados de “arrobamiento”[2] que se confunden con el ataque epiléptico. Compartió lo que Allah le recitaba a través de su ángel con su círculo más íntimo. Los primeros en escucharlo y aceptar su mensaje fueron su mujer Khadiyah, su primo Alí, y sus amigos Abu Bakr, Utman y Omar. El resto de los primeros creyentes, que no fueron muchos en realidad, eran en su mayoría jóvenes de la clase baja mequí dispuestos a seguir una alternativa diferente al sistema establecido.

Para el año 613 la prédica del Profeta comenzó a hacerse más pública. Sus exhortaciones estaban dirigidas a llamar la atención sobre la inminencia del juicio final, y sobre todo, a reconocer la absoluta unidad y unicidad de Allah.

Pero la shahada se convirtió en seguida en una amenaza para la forma de vida mequí y para el gran negocio que giraba alrededor de la Kaaba. El Dios único de Muhammad atentaba contra el monopolio religioso de la Meca, y se temía que comprometiese las instituciones religiosas que eran base del poder político quraysí. Su profecía generó una tensión creciente y se convirtió en un peligro para él mismo y para sus aún pocos seguidores. La oposición a estos principios no era por una defensa de valores religiosos paganos coherentes y sinceros, sino para proteger el negocio que reportaba la reunión de caravanas y el comercio.

La precaria situación del Profeta se tornó aún más peligrosa después de rechazar a las tres divinidades que había proclamado como eficaces intercesoras ante Allah en los versos satánicos.[3] Además, el descrédito se vio reforzado por la burla a la que se sometió a Muhammad por motivo de la historia del vuelo celestial sobre Jerusalén y luego a través de los siete cielos hasta llegar a la Kabba celeste en un caballo alado. Fue un período difícil, en el que Muhammad salvó su vida en varias ocasiones gracias a la intervención de Abu Talib, jefe de los Hashemitas.

Luego de 9 años de recibir revelaciones, alrededor del año 619, se abre una nueva etapa en la vida de Muhammad, marcada por las pérdidas, ese mismo año, de su tío Abu Talib y de su mujer Khadiyah. Éste fue el Año de la Aflicción.

Cuando ellos murieron, la religión, que se había mantenido en un entorno familiar, se vio obligada a proyectarse a un ámbito más popular. El proceso de revelaciones y conversiones se hizo más claro, y las prédicas más frecuentes, lo que fue percibido por los enemigos de Muhammad. Esto, sumado a que la protección que el clan Hashemita podía ofrecerle ya no era muy fuerte, marca el comienzo del recrudecimiento de la hostilidad contra los musulmanes.

Ante esta situación, y tal vez ante el sentimiento de que ya no había nada que lo atara a Macca, Muhammad comenzó a buscar un destino para establecer su comunidad. Envió grupos hacia la Etiopía cristiana, por la simpatía que sentía por la Gente del Libro. Intentó también en Ta`if, vecina a Macca por el sudoeste y tierra de paganos politeístas. Pero va a ser finalmente en Yathrib donde se le abrirán las puertas.

 

Afueras de Macca

Afueras de Macca

Yathrib se encontraba en ese momento en un proceso de desgarramiento preanárquico. Las tribus judías que tenían la preponderancia económica estaban enfrentadas a las tribus árabes gobernantes. Al parecer, los judíos de la futura Medina amenazaban a los árabes diciendo que estaría pronta la llegada de un Profeta, al cual los judíos seguirían, y que mataría a los árabes. Ante esta situación, un grupo de árabes se contactaron con Muhammad durante una peregrinación a Macca, y le solicitaron que los acompañe a Yathrib para ser mediador y pacificador. La elección del Profeta para esta tarea se debió básicamente a dos factores: primero, Muhammad venía de Macca, ciudad que se encontraba en un estadio sociopolítico superior a Yahtrib y donde la solidaridad colectiva se dirigía al interés general, y no sólo al particular de cada clan; segundo, Muhammad tenía ya reputación de Profeta, por lo que los árabes decidieron acercarse a él antes de que los judíos se enteraran.

Aunque Muhammad aceptó la propuesta en seguida dada su situación personal en Macca, aún debió esperar a que el grupo de árabes retorne a Yathrib y convenciera a las otras tribus de aceptar la mediación. Al año siguiente, 73 notables de Yathrib se encontraron con el Profeta en la segunda Aqaba, o reunión secreta en la montaña, donde se juraron lealtad mutua y los medinenses prometieron acoger a los musulmanes. Durante el verano de 622 aproximadamente unos setenta musulmanes abandonaron Macca para refugiarse en Yathrib. Cada uno de estos Mohadjer (emigrantes) tomo asilo en la casa de un Ansar (auxiliares)[4].

El clan quraysí se había enterado de las negociaciones que Muhammad mantenía con Yathrib, a la que veían como una ciudad rival. Ante el miedo de que Yathrib se convierta en un enemigo poderoso, ordenan la muerte del Profeta. Debido a que en Macca regía un derecho consuetudinario de protección tribal, por el cual cada clan estaba obligado a vengar los hechos de sangre de todos los otros clanes, deciden que Muhammad debía morir a manos de un representante de cada familia, y que todos deberían dar la estocada final al mismo tiempo. De esta forma, no sabrían quién había dado muerte al Profeta y quedarían librados de reclamar venganza.

Muhammad, atento a esto, huye por la noche del 16 de julio de 622 con su amigo Abu Bakr hacia las montañas. La guardia montada frente a la casa de Abu Bakr es engañada por Alí, quien se hace pasar por el Profeta. Muhammad y Abu Bakr permanecen en las montañas durante tres días para burlar a sus perseguidores. Entonces parten hacia Yathrib en camello. El día 24 de septiembre de 622, a las 12 horas, el Profeta arriba a la localidad de Quba, en las afueras de Yathrib, justo a tiempo para la oración del mediodía.

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Mapa de la travesía del Profeta entre Macca y Medina

En Medina lo esperaba aún una gran tarea, no sólo en lo religioso, sino también en lo político y en lo social. Aquí Muhammad completa su vocación de Profeta como legislador y gobernante. Es en este período medinense de diez años donde se moldea la imagen de autoridad del Islam, que dará la base para las futuras teocracias.

Se ha dicho, y aún es común oír esto, que la Hégira fue la huída del Profeta de Macca para tomar refugio a Yathrib. Pero nosotros no compartimos este punto de vista. Más allá de cualquier análisis etimológico somero[5], el simple recuento de los hechos parece darnos la razón. Muhammad había ya estado en peligro de muerte en Macca, y había tenido ya varios motivos para huir y oportunidades para hacerlo. Pero nunca llevó a cabo este escapismo, debido a su firme convencimiento en su misión profética. Muchas otras veces volvería a arriesgar su vida de forma consciente durante los ataques a las caravanas mequíes. Por otro parte, las circunstancias históricas indican que la emigración fue un suceso premeditado y muy bien planeado.

Algunos años más tarde, en 638 d.C. ó 16 a.H., el segundo califa Omar, ante la necesidad de fechación exacta y unánime que requería la administración de un estado expansivo, toma la Hégira como hito fundante del calendario lunar islámico. Desde entonces, la Hégira atraviesa y se actualiza en la vida de cada musulmán a través del tiempo.

Bibliografía

El Corán; Prólogo y traducción de Jean Vernet, Óptima, Barcelona, 2001.

CAHEN, Claude, El Islam, volumen I, desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio Otomano, Siglo XXI, Madrid, 2002.

HOURANI, Albert, La historia de los árabes, Ediciones B S.A., Barcelona, 2003.

LEWIS, Bernard, Los árabes en la historia, Edhasa, 1966.

WAINES, David, El Islam, Cambridge University Press, España, 1998.

CARATINI, Roger, Mahoma, la vida de un profeta, El Ateneo, Bs. As., 2003.

BUSSE, Heribert, Islam, judaism and christianity: theological and historical affiliations, Marcus Wiener Publishers, USA, 1998.

LANDRO, Fernando, Medio Oriente. Historia, política y cultura, Ciudad Argentina, Buenos Aires – Madrid, 2004.

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[1] Azora XCVI, El Coágulo, El Corán, Tr. de Luis Vernet, Editorial Óptima, Barcelona, 2001.

[2] Ibid.

[3] Versos en los que proclama a al-Lat, Uzza y Manat como intercesoras válidas ante Allah, y que luego desmiente en LIII; 19-23.

[4] Estos dos grupos son considerados como los más antiguos creyentes en la fe, y el Corán les promete tratos especiales: “Los más antiguos, los primeros entre los mohadjeres y los ansares, y los que les han imitado en su hermosa conducta quedarán satisfechos de Dios, como él quedará satisfecho de ellos. Les ha prometido jardines regados por corrientes de agua; permanecerán allí eternamente. Esto es una dicha inmensa”. El Corán 9, 101.

[5] La palabra Hégira deriba de Hiyra, que significa emigración, y no huída. Para ésta se usa hurub.

 

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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