Acercamiento al taoísmo desde un texto sufí

Una de las actividades más placenteras para los alumnos de centros de estudios dedicados a Asia es la realización de trabajos comparativos; cotejar diferentes creencias y culturas entre sí, extrayendo sus diferencias, descubriendo sus mutuas influencias. El siguiente trabajo, realizado durante el segundo año universitario para la materia “Corrientes de Pensamiento Chino”, implica ciertamente una contraposición de culturas, pero no es exactamente un trabajo comparativo. Más bien deberíamos catalogarlo como una especie de ejercicio, debido a la imposición de explicar una doctrina en base a un texto de diferente cuna.

Introducción

El presente escrito intentará explicar de forma muy general los diferentes aspectos constitutivos de la doctrina taoísta. Sus primeras ideas rectoras, nacidas en un contexto campesino, se fueron ampliando y profundizando a lo largo de un intenso período de desarrollo que la posteridad dividió en tres grandes etapas o estadios.

La cronología de esta evolución no será sin embargo aquí, motivo de análisis. Pero a los fines de cubrir esta omisión, se ha anexado un prólogo al trabajo, brindando una brevísima reseña de las características más distintivas de estas tres etapas.

Ya refiriéndonos al trabajo en sí, se ha elegido a manera de ilustración un pequeño cuento, extraído del acervo cultural de otra civilización, en este caso, la musulmana, y, dentro de esta, el movimiento sufí. El motivo de la elección extrínseca es deliberada: la historia será simplemente una excusa para la explicación; de haberse optado por una historia taoísta, esta estaría brindando, per se, datos que son de nuestro menester explicar.

Cabe aclarar que este traslado es posible debido a que la filosofía taoísta no se atiene al contexto chino (si bien su concepción es netamente china). Además, como parte constitutiva de la cultura china, comparte con ésta su natural pragmatismo, hecho que posibilita su aplicabilidad a cualquier forma de comportamiento cultural.

Por último, habría que precisar que el taoísmo, lo mismo que el budismo, tienen en China dos enfoques, el religioso y el filosófico. Aquí al referirnos al taoísmo, nos limitaremos a éste último.

Las tres fases del taoísmo: breve reseña

El libro Breve historia de la Filosofía China[1], de Feng Youlan, referencia obligada para quienes pretenden adentrarse a la cosmovisión china del mundo, divide a la filosofía taoísta en tres grandes fases. Esta partición tiene como objetivo la demarcación de una corriente evolutiva. El primer movimiento, establecerá un planteo que él mismo intentará responder, aunque no sin omisiones. La segunda forma, más abarcativa, cubrirá los puntos oscuros de la primera, pero en su explicación también podrán hallarse falencias. La tercera y última fase, sanará las deficiencias de su predecesora, esta vez sí cerrando el círculo de manera perfecta o ideal; y así no dejará abierta la puerta a la posibilidad de una cuarta etapa (al muy posterior Neotaoísmo no podemos considerarlo como tal).

A cada fase, Feng Youlan refiere un autor representativo por excelencia. Para la primer etapa el mayor exponente será Yang Zhu, en la segunda cumplirá ese rol Lao Tsé, y para la última, las ideas atribuidas a Zhuangzi serán las más emblemáticas.

Los primeros filósofos taoístas eran hombres pesimistas, que aborrecían del mundo, y por ello buscaban por sobre todas las cosas “preservar sus vidas, y evitar daños”. El método que proponían era el escape, la huída de la sociedad.

Pero como podemos imaginarnos esto no acababa con los problemas: uno podía morir o dañarse también en medio de la naturaleza (¡la naturaleza también es parte de este mundo del que quieren escapar!).

La segunda etapa considerará que la mayor causa de sufrimiento radicaba en el desconocimiento de los constantes cambios que operaban en esta naturaleza. Por ello hará hincapié en el esclarecimiento de las leyes que subyacen en la mutación de las cosas. Conocer esas leyes, y adaptar nuestro hacer a ellas, equivalía a manejar los cambios en nuestro provecho. Aún así, siendo uno una persona, era inevitable desconocer ciertas cosas que terminarían dañándonos, sin hablar por supuesto de la ineludible muerte. El problema parecería entonces no tener solución.

Sin embargo, la última fase utilizará esa observación necesaria de los cambios, propia del segundo período, y la elevará hasta que esta alcance el punto de vista más alto, el Qi Wu Lun, es decir, un “ver las cosas a la luz del Cielo”. Este mirar estaba ya más allá del juego de contrarios en el que los cambios se suceden, incluso del de nacimiento-muerte. Superando entonces la muerte, igualándose con lo sin forma, con el Tao. Uno ya no adolecía de los problemas fundante de esta filosofía.

Durante su desarrollo, varios serán los conceptos que el taoísmo irá modificando o encontrándole nuevos matices. Sin embargo, existe una idea que no se modificará en ninguna de sus diferentes etapas. Es, además, el concepto que pone nombre a esta filosofía: el Tao. “Los taoístas pensaban que, como existen las cosas, deben existir aquello de donde nacen las cosas. Este `aquello´ es designado por los taoístas como tao, palabra que, sin embargo, no es un nombre (…) Es decir, no dice nada de aquello de donde nacen todas las cosas.”[2]

La relación de los filósofos taoístas con el inmodificable concepto irá variando. En la primer etapa considerarán que estarán más cerca del Tao alejándose de los hombres (los hombres son cosas que crean cosas; esta re-creación implica un alejamiento del Tao, en tanto Creador). En la segunda fase los filósofos se detendrán a observar como este Tao opera a través de las cosas. En vez de escapar de aquello que niega al Tao, lo mirarán detenidamente. Pero la observación del no-Tao requiere de un observador posicionado en un lugar distinto a éste. Y lo único más allá de las cosas es el propio Tao. La tercera etapa buscará entonces la fundición con este Tao; buscará mirar este mundo, con la mirada del Tao.

Cuento sufí: “La Mochila”

El Mulá Nasrudín se encontraba en las afueras de Isfahan, descansando debajo de un árbol, cuando vio aparecer a un mochilero.

-¿Dónde vas extranjero? – le preguntó cortésmente

-En realidad no lo sé – contestó el caminante – ando en busca de felicidad. No necesito trabajar pues he cosechado una considerable fortuna, la vida no me ofrece mayores desafíos, y nada me satisface.

Sin decir nada, de un salto, Nasrudín arrebató la mochila del desconocido y escapó a toda prisa.

La víctima corrió detrás de él con todas las fuerzas de su alma. Pero el Mulá conocía bien el lugar, y todos sus atajos, así que no le fue difícil dejarlo atrás.

Al llegar a una carretera Nasrudín abandonó la mochila y se escondió detrás de un arbusto.

Un rato después llegó el desesperado viajero, que no podía dar crédito a sus ojos al ver a su mochila en medio del camino. Así que corrió hacia ella, la tomó y comenzó a saltar de alegría.

Entonces, el Mulá salió del arbusto y le dijo: -esa es una manera de crear felicidad.

Acercamiento al taoísmo desde un texto sufí

La historia que acabamos de leer es una historia sufí cuyo autor es anónimo. A los fines de este trabajo, sin embargo, pretenderemos “olvidar” este dato, y concebirla como una obra realizada por un filósofo taoísta.

Volver a recordar no obstante su verdadero origen, servirá, al finalizar la exposición, para observar la gran adaptabilidad del taoísmo a cualquier contexto cultural.

nota01

 

El cuento comienza así:

El Mulá Nasrudín se encontraba en las afueras de Isfahan,

Aunque no pueda aseverarse bajo qué contexto nacieron los pensadores taoístas, se suele consensuar en la idea de que estos debieron ser personas que se alejaron de las ciudades, de los centros de poder. Hombres que se alejaron de los hombres. Por eso, si uno se encontrara en la búsqueda de un taoísta nacido en Isfahan, debería buscarlo siempre en las afueras de esa ciudad, lejos de las muchedumbres.

Pero ¿por qué se alejaban de la gente? Los taoístas tempranos, al contrario de los confucionistas, no buscaban ser mejores ciudadanos, no se molestaban en ayudar al prójimo, por el contrario, como tenían un pensamiento negativo y desesperanzado del mundo (“El mundo es un torrente agitado, ¿habrá quien lo cambie?”[3]), no le veían el sentido a tal acción. Esto era tan así que, como diría el libro de Mencio refiriéndose a Yang Zhu -el primer pensador taoísta de relevancia- un taoísta que “hubiera podido beneficiar al mundo entero arrancándose un solo pelo de su pierna, no lo habría hecho”[4]. El mundo era algo a ser evitado. Escapar de él, y convertirse en ermitaño, era entonces la mejor opción.

Pero, por supuesto, no se trataba de ermitaños comunes. De hecho, eran maestros: “mulá” significa “maestro”. No eran personas ordinarias, sino filósofos que explicaban, a través del pensamiento, su actuar. Paradójicamente eran reacios a la adquisición de conocimientos. Los taoístas eran ¡filósofos que desconfiaban de la filosofía!

El Mulá Nasrudín se encontraba en las afueras de Isfahan, descansando debajo de un árbol,

Estar lejos de los hombres y cerca de la naturaleza eran dos caras de una misma moneda. Zhuang Zi, un filósofo correspondiente a la tercera etapa del taoísmo ponía mucho énfasis en esta distinción entre lo natural y lo humano. Para los taoístas lo mejor que podía hacer un hombre era no hacer nada[5]. Puesto que el actuar sólo lo alejaba más de la naturaleza. Y la felicidad era sólo posible para quien viviera plenamente en concordancia con la naturaleza. Cabe aclarar que para este tercer momento del taoísmo, en este vivir el Tao, ya no existía distinción entre naturaleza interna y externa.[6]

Descansando bajo el árbol, el Mulá Nasrudín, cumplía perfectamente con estos dos preceptos taoístas: el de permanecer en contacto con la naturaleza, y el de no actuar.

A la vista de un confucionista este hombre tirado a la sombra, más que un maestro, parecería un inútil. Pero esta observación no hubiera ofendido a Nasrudín, al contrario ¡él mismo la hubiera confirmado! En efecto, los filósofos de la primera fase del taoísmo apreciaban por sobre toda las cosas, su propia vida. Y creían que la mejor forma de conservarla era siendo un inútil a los ojos de la sociedad. Decían que ¡la inutilidad les era muy útil!

El Mulá Nasrudín se encontraba en las afueras de Isfahan, descansando debajo de un árbol, cuando vio aparecer a un mochilero

Nasrudín estaba quieto, y algo apareció a su vista. Los taoístas piensan que el mundo es un constante cambio, basta quedarse quieto unos instantes para que algo mute delante de nuestros ojos. Pero aunque todo cambia hay algo que permanece inalterable.[7]

Mirar los cambios desde lo que no cambia era algo buscado por los taoístas. La forma que tenían de hacerlo era no optando, no juzgando. Así, la aparición del mochilero ante los ojos de Nasrudín podría ser visto por éste negativamente en tanto interrumpía su descanso, o por el mochilero positivamente en tanto se cruzaba con alguien, en esos parajes solitarios, a quien podía consultar. Pero ambas posiciones, eran relativas al hecho en sí, que no era ni positivo ni negativo. Nasrudín comprendía ello, y de esta forma miraba desde un punto de vista más alto. Un punto de vista que está más allá de las clasificaciones, de las relatividades, que no se ve afectado por ellas, que no depende de ellas.

-¿Dónde vas extranjero? – le preguntó cortésmente

-En realidad no lo sé – contestó el caminante –

Aunque las cosas cambian constantemente, las leyes que hacen cambiar a las cosas no son cambiantes. Lao Tse, el mayor filósofo del segundo estadio del taoísmo, definirá al sabio como aquel que conoce estas leyes y opta por adaptar sus actividades a ellas. El hombre ignorante, en cambio, es un ciego que vaga sin rumbo y, debido a ello, sólo conseguirá desgracias.

Nasrudín es un conocedor de las leyes que rigen las cosas (los taoístas las llaman “invariables”). Sin embargo, el mochilero, las desconoce. Camina por esta vida, sin conocer sus reglas. Por eso es un extraño para la vida. Por eso Nasrudín lo llama “extranjero”.

-En realidad no lo sé – contestó el caminante – ando en busca de felicidad.

Para los taoístas la felicidad era el resultado del desarrollo de las capacidades naturales, llamadas “de” (aquello por lo que uno es lo que es). Si el “de” del mulá fuera enseñar, el hecho de hacerlo le brindaría la experiencia de la felicidad.

Sin embargo se trataría de una felicidad relativa, en tanto necesitaba como condición sine qua non que la enseñanza tuviera lugar.

Según los filósofos de la tercera etapa del taoísmo existe otra felicidad: la absoluta, aquella que no depende de las distinciones. Esta felicidad está asociada con ese mirar desde “el punto de vista superior”, al que nos referimos anteriormente.

No necesito trabajar pues he cosechado una considerable fortuna, la vida no me ofrece mayores desafíos, y nada me satisface.

“No hay mayor desastre que no estar contento con lo que uno tiene, no hay mayor falta que la de tener deseo de adquirir”[8] – decía Lao Tse, y esta idea taoísta se adaptará más tarde al budismo, con su concepción del deseo como el desencadenante del sufrimiento del mundo.

El mochilero, antaño, había corrido tras la riqueza; y aunque la había alcanzado, la felicidad que suponía hallaría en ella se le había escapado. Para los taoístas esto era esperable, ya que los tesoros raros (en este caso el vivir sin trabajar), ponían traba a la conducta correcta (aquella que sólo se atiene a lo necesario y natural)[9]. Siendo la conducta ante las cosas, y no las cosas en sí, lo que realmente brinda felicidad a la personas.

Sin decir nada, de un salto, Nasrudín arrebató la mochila del desconocido y escapó a toda prisa.

Nasrudín, como Lao Tse, conoce las leyes que rigen el cambio de las cosas. Sabe que, “la reversión es el movimiento del Tao”[10], es decir, que “si una cosa desarrolla ciertas cualidades extremas, estas invariablemente revierten para convertirse en sus contrarios”[11] . Para el ignorante, los cambios (es decir, el paso de una cosa a su contrario) es desestabilizante. Para un taoísta, es la regla; por eso puede moverse fácilmente entre los opuestos sin perderse. A los ojos del resto de la gente, su actitud resulta inexplicable e inesperada.

Con un solo movimiento, el mulá, hasta entonces espectador, pasa a ser protagonista, revirtiendo con ello también las variables del caminante, cuya conformidad, seguridad e insatisfacción, se transmutan en sus contrarios.

La víctima corrió detrás de él con todas las fuerzas de su alma.

El mochilero nuevamente se lanza en pos de de sus deseos. Esto era para los taoístas sinónimo de pérdida del “de” (nosotros, los occidentales, diríamos que “perdimos el alma”).

El verdadero taoísta, en cambio, buscaba permanecer cercano a su esencia. Para ello era necesario que las realidades externas no lo perturbaran, “no lo sacaran de sí”. Y esto, lo lograba de dos formas: bien manejando los efectos, bien utilizando su razón para dominar la emoción.

Conociendo las “invariables”, el taoísta, si quería permanecer en un estado, evitaba llegar a su extremo, y por el contrario, si quería cambiar, se aproximaba a él.

Sin embargo ciertas circunstancias, como por ejemplo la muerte, o la vejez, le eran inmanejables. Ante ellas solo podía utilizar la segunda forma: “dispersar la emoción con la razón”.[12] Se dedicaba a observar lógicamente la necesidad de tal suceso; y a través de este ejercicio de simple lógica, calmaba su agitación.

La víctima corrió detrás de él con todas las fuerzas de su alma.

Pero el Mulá conocía bien el lugar, y todos sus atajos, así que no le fue difícil dejarlo atrás.

El filósofo taoísta suele ser comparado, en su actuar, con el agua. Esta se adapta a la forma que la contiene, y -en el caso, por ejemplo, de un arroyo- moldea su recorrido a través del “camino natural”.

Mientras el hombre común se pierde en las complejidades de su propia ignorancia, el sabio taoísta sigue el camino más simple, el más sencillo, el más directo. El ignorante, enredado en su propia red, no puede seguirlo.

Pero el Mulá conocía bien el lugar, y todos sus atajos, así que no le fue difícil dejarlo atrás.

Al llegar a una carretera Nasrudín abandonó la mochila y se escondió detrás de un arbusto.

Nasrudín llega a una carretera. Las carreteras son los caminos de los hombres comunes. Para los taoístas la vida misma es puro camino. El Tao, es el Tao absoluto, no hay nada además de él. Sin embargo, para quien no vive en el Tao, ciertas cosas parecen ser camino, y ciertas otras perdición.

En la tercera etapa del desarrollo de esta filosofía, los opuestos o relatividades, se desvanecen en aquel que ve desde el punto de vista del Tao. Nada queda fuera de su visión. Incluso más: ¡nada queda fuera de él mismo![13] Para él, la carretera, la mochila, el arbusto, son una mismidad. Pero el mochilero, desconoce esto, permitiendo a Nasrudín ocultarse a su mirada.

Al llegar a una carretera Nasrudín abandonó la mochila y se escondió detrás de un arbusto.

Un rato después llegó el desesperado viajero, que no podía dar crédito a sus ojos al ver a su mochila en medio del camino.

Nasrudín había obrado como un ladrón. Esto hubiera sido impensado en el caso de un confucionista y su rígido sistema moral. Pero el taoísmo escapa a toda coyuntura social. De hecho, durante sus dos primeras etapas, esta filosofía discutió la conveniencia del buen o mal actuar, a los fines del logro de su objetivo. Ellos buscaban por sobre todo preservar sus vidas y evitar los daños (de allí que se suele afirmar que los taoístas de los primeros tiempos fueron egoístas). Descubrieron que para ello, a veces era conveniente obrar bien y otras mal.

Comportarse como un inútil, por ejemplo, podría ser malo o bueno dependiendo de las circunstancias. Podría suceder que, a la hora de salvar su vida, un árbol tenía más posibilidades de hacerlo si su madera resultaba mala para construir (su inutilidad resultaba buena). Sin embargo, también podría ocurrir que, siendo de buena madera, estuviera de pie junto a otro árbol con iguales condiciones pero que además diera frutos; en tal circunstancia sería elegido por el leñador debido a su incapacidad (su inutilidad resultaba mala).

La sustracción de la mochila, resultó en algo tremendamente negativo para el caminante, y su devolución increíblemente buena. Para el mulá, sin embargo, estas acciones no eran ni malas ni buenas per se. Su amoralidad taoísta le permitía jugar con los opuestos y disponerlos a un fin deseado, aquel que más parecía plegarse a su “de”: enseñar.

Así que corrió hacia ella, la tomó y comenzó a saltar de alegría.

La vida resulta siempre sorpresiva para quien no conoce sus reglas. El hombre mundano vive constantemente brincando de emoción en emoción. Para el sabio taoísta, que comprende completamente la naturaleza de las cosas, la emoción no tiene lugar. Sabe que la vida se mueve en opuestos. Quien tiene, dejará de tener. Quien pierde, encontrará. Quien estaba tranquilo, dejará de estarlo. Y quien triste estaba, pronto se tornará alegre. Al taoísta nada lo sorprende, nada está fuera de lo esperado, nada lo desestabiliza.

Esto es fácilmente sinónimo, para el hombre occidental, de insensibilidad. Sin embargo, nada está más lejos de la verdad. El sabio taoísta es el más sensible de los hombres en cuanto puede sentir las cosas y sucesos de esta vida sin interferencias. Las emociones y prejuicios de la mayoría de los hombres se interponen entre estos y la realidad. Por ello los taoístas buscan descartar las emociones, buscan dejar de lado los conocimientos. Este “olvido” emocional y cognoscitivo, sin embargo, no se trastoca en insensibilidad.

“Los sabios no son personas que se mantienen en un estado de ignorancia original. Durante algún tiempo, ellos tuvieron conocimiento común e hicieron las distinciones usuales, pero más tarde los olvidaron. La diferencia entre ellos y el hombre de ignorancia original es tan grande como la diferencia entre el hombre valiente y el hombre que no teme simplemente porque es insensible al miedo.”[14]

Así que corrió hacia ella, la tomó y comenzó a saltar de alegría.

Nasrudín, desde el arbusto, observó al extranjero dominado en su emoción. Vio que en su excitación, nuevamente se acercaba al extremo: estaba demasiado contento, pronto mutaría en tristeza. Entonces hace un gesto salvador.

Podría haberse ido sin ser descubierto, y el mochilero hubiese seguido igual de ignorante respecto de las leyes que rigen el cambio de las cosas. Sin embargo…

Entonces, el Mulá salió del arbusto y le dijo: -esa es una manera de crear felicidad.

“El ignorante no ve que por más bien que uno guarde las cosas, sean pequeñas o grandes, siempre habrá una oportunidad para perderlas”[15] afirmaban los filósofos taoístas del tercer período. Para el ignorante, encontrar lo perdido es sinónimo de felicidad. Pero ésta es solo una manera crear felicidad. A decir de los taoístas, la más básica, en tanto subjetiva, relativa y, sobre todo, pasajera. Existe una felicidad más allá del juego de opuestos, pero para acceder a esta verdad se necesita una mirada contemplativa. Nasrudín, con un solo giro, instala al mochilero en un estado de perplejidad. Una situación buscada por los taoístas, aunque ellos no hablan de perplejidad sino de un andar “prudente” por el mundo. El hombre prudente – afirman- es dócil, humilde y agradecido. La persona que observa al mundo con prudencia, cae en la cuenta del posible despojo, y se transforma en un ser agradecido de lo que hoy posee. La prudencia se traduce en contentamiento. El hombre que se contenta, vive –precisamente- siempre contento, siempre feliz. Esa es otra forma de felicidad, la felicidad del filósofo taoísta.

[1] FENG, Youlan; “Breve Historia de la Filosofía China”; trs. Wang Hongxun y Fan Moxian; Ediciones en Lenguas Extranjeras; Beijing; 1989

[2] Ídem; pág.129

[3] Ídem.; pág.86

[4] Cit. en Ídem.; pág.88

[5] Ver acerca de la teoría del “wuwei” en Ídem.; pág.136-139

[6] Ver títulos “El punto de Vista Superior” y “Conocimiento del nivel superior” en Ídem. Pág.150-154

[7] Ver subtítulo “La invariable ley de la naturaleza” en Ídem.; págs.131-133

[8] Cit. en Ídem.; pág.136

[9] Ver Ídem. Pág.136

[10] Zhuangzi, Capítulo XL. Cit. en Ídem; pág. 131

[11] Ídem.; pág.131

[12] Ver subtítulo “Emoción y razón” en Ídem; págs.144-147

[13] Ver subtítulo “Conocimiento del nivel superior” en Ídem.; págs.152-154

[14] Ídem.; pág.156

[15] Ídem.; pág.154

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