Existen quienes creen que los grandes sabios sólo pueden existir en el remoto pasado. Sin embargo, uno de los hombres más brillantes de la humanidad, surgido de esa cuna prolífera e inagotable de lumbreras que es India, caminaba por esta tierra hasta hace apenas tres décadas atrás. Jiddu Krishnamurti no adhería a ninguna religión, no tenía compromisos con ninguna escuela de pensamiento, ni seguía ninguna tradición dogmática -y hasta aquí no pareciera distar mucho del ser nihilista del mundo actual- pero era una persona sumamente religiosa, absolutamente comprometida con la búsqueda de la Verdad y con una mecánica propia de trabajo introspectivo.

Si Oriente le criticó a la filosofía occidental su olvido del Ser, de la búsqueda de la Verdad, del Quid; si Occidente minorizó el pensamiento oriental por considerarlo falto de coherencia lógica y de aplicabilidad al mundo “real”; Krishnamurti supo suplir tales falencias con las virtudes aparentemente incompatibles de ambas civilizaciones.

El vehículo de transmisión de sus enseñanzas fue el diálogo. Las constantes pláticas que mantuvo con personas de diferentes disciplinas y trasfondos culturales se convirtieron en auténticas aventuras del descubrir, meditaciones sobre la estructura y naturaleza de nuestra conciencia, revelaciones de los verdaderos cimientos sobre los que descansan nuestras creencias. El desencadenante temático de estas charlas exploratorias resultaba totalmente secundario; bajo su guía, la seriedad asumida en el proceso de investigación llevaba a los interlocutores a una comprensión que trascendía el mero discurso.

Sombras tal vez de esa realidad vívida y siempre en tiempo real, muchos de sus libros consisten en desgrabaciones de estas conversaciones. El extracto que transcribimos a continuación, por cortesía de la Fundación Krishnamurti Latinoamericana, corresponde a la obra “Comentarios sobre el Vivir”, la cual reúne, en tres volúmenes, una larga serie de breves pláticas, precedidas siempre por bellas descripciones, escritas por el propio Krishnamurti, de los momentos previos a cada reunión.

Martín Lo Coco

¿QUÉ ES EL AMOR?[1]

La niña que vivía al lado estaba enferma, y había llorado intermitentemente  todo el día y hasta bien avanzada la noche. Esto venía sucediendo desde hacía tiempo, y la pobre madre estaba agotada. Había en la ventana una plantita que ella solía regar todas las tardes, pero durante los últimos días se la había descuidado. La madre estaba sola en la casa —excepto por una sirvienta bastante torpe e ineficiente—, y parecía no saber qué hacer, pues la enfermedad de la niña era evidentemente grave. El médico había venido varias veces en su gran automóvil, y a la madre se la veía cada vez más triste.

Había en el jardín una platanera que se regaba con el agua de la cocina, y la tierra que la rodeaba estaba siempre húmeda. Sus hojas eran de un verde oscuro, y había una muy grande, de casi un metro de ancho y mucho más de largo, que hasta ahora no había sido rasgada por los vientos, como las demás. Oscilaba muy suavemente en la brisa, y sólo la tocaba el sol por el oeste. Era un espectáculo maravilloso el de las flores amarillas formando círculos descendentes sobre un largo tallo curvado. Aquellas flores pronto serían tiernos plátanos, y el tallo engordaría mucho, pues crecerían en él tal vez docenas de plátanos ricos, verdes y pesados. De vez en cuando, un brillante abejorro penetraba por entre las flores amarillas, y varias mariposas negras y blancas se acercaban a revolotear en torno a ellas. ¡Parecía haber tal abundancia de vida en aquel bananero!, en especial cuando el sol se derramaba sobre él y la brisa agitaba sus grandes hojas. La niñita solía jugar a su alrededor, rebosante de alegría y de sonrisas. A veces caminábamos juntos un corto trecho por la vereda, mientras la madre vigilaba, y luego regresaba corriendo. No nos entendíamos, pues nuestras palabras eran diferentes, pero eso no le impedía hablar; y hablábamos.

Una tarde, la madre me hizo señas para que entrara. La niña estaba en los huesos; sonrió débilmente, y después cerró los ojos, completamente extenuada. A ratos se adormecía. Por la ventana abierta llegaba el ruido de otros niños, que gritaban y jugaban. La madre era incapaz de hablar, y ya no le quedaban lágrimas. No se sentó; permaneció de pie junto a la pequeña cama. Se respiraban en el aire desesperación y anhelo. De repente entró el médico, y me despedí, con una silenciosa promesa de volver.

El sol empezaba a ponerse, por detrás de los árboles, y las enormes nubes que flotaban sobre él habían adquirido un brillo dorado. Allí estaban los cuervos habituales. Un papagayo llegó chillando y se aferró al borde de un agujero en un gran árbol seco, con la cola apretada contra el tronco; vaciló, al ver a un ser humano tan cerca, pero un instante después desapareció por el agujero. Había unos pocos campesinos en el camino, y pasó un automóvil lleno de jóvenes. Un ternerito nacido hacía una semana estaba atado al poste de una valla, mientras su madre pastaba cerca. Bajaba por el camino una mujer con un bruñido recipiente de bronce sobre la cabeza, y otro apoyado en la cadera; traía agua de la fuente. Solía pasar todas las tardes; y especialmente en aquel atardecer, con el sol poniente de fondo, era la tierra misma en movimiento.

De la ciudad cercana llegaron dos hombres jóvenes. El autobús los había traído hasta la parada, y habían hecho a pie el resto del camino. Trabajaban en una oficina, dijeron, y por eso no habían podido llegar más temprano. Llevaban ropa limpia, que no se había ensuciado en el viejo autobús, y entraron sonriendo, pero con cierta timidez y una vacilante actitud de respeto. En cuanto estuvieron sentados, dejaron de mostrarse tímidos, aunque todavía no estaban muy seguros sobre cómo expresar con palabras lo que pensaban.

¿Qué clase de trabajo hacen?

“Estamos ambos empleados en la misma oficina; yo soy taquígrafo, y mi amigo, contable. Ninguno de los dos hemos ido a la universidad, porque nuestros medios no lo permitieron, y no estamos casados. No ganamos un gran sueldo, pero, como no tenemos responsabilidades familiares, para cubrir nuestras necesidades ya nos basta. Si alguno de los dos se casara, sería otro asunto”.

“No somos muy cultos —añadió el segundo— y, pese a que leemos algo de literatura seria, no se trata de un estudio con profundidad. Pasamos mucho tiempo juntos, y durante las vacaciones volvemos a casa de nuestras familias. En la oficina hay muy pocas personas que se interesen en cuestiones serias. Un amigo común nos trajo el otro día a oír una de sus charlas, y a continuación preguntamos si podíamos verlo a usted. ¿Puedo preguntarle una cosa, señor?”.

Claro que sí.

“¿Qué es el amor?”.

¿Quiere una definición? ¿No sabe lo que significa esa palabra?

“Hay tantas ideas sobre lo que debería ser el amor que se vuelve todo un poco confuso”, dijo el primero.

¿Qué clase de ideas?

“Que el amor no debe ser apasionado, sensual; que debe uno amar a su prójimo como a sí mismo; que debe amar a su padre y a su madre; que el amor debe ser el amor impersonal de Dios, etcétera. Cada cual da una opinión según su parecer”.

Prescindiendo de las opiniones de otros, ¿qué cree usted? ¿Tiene también opiniones sobre el amor?

“Es difícil poner en palabras lo que uno siente —replicó el segundo—. Creo que el amor debe ser universal; uno tiene que amarlo todo, sin prejuicio. Es el prejuicio lo que destruye el amor; es la conciencia de clase lo que crea barreras y divide a la gente. Los libros sagrados dicen que hemos de amarnos unos a otros, y no hacer del amor algo personal y limitado; no obstante, esto a veces nos resulta muy difícil”.

“Amar a Dios es amarlo todo —agregó el primero—. Sólo existe el amor divino; lo demás es carnal, personal. Ese amor físico impide el amor divino; y, sin amor divino, cualquier otra clase de amor es un mero trueque, un intercambio. El amor no es sensación. La sensación sexual ha de controlarse, disciplinarse; por eso estoy en contra del control de natalidad. La pasión física es destructiva; en la castidad reside el camino hacia Dios”.

Antes de seguir adelante, ¿no creen que debemos descubrir si todas estas opiniones tienen alguna validez? ¿No vale tanto una opinión como otra? Prescindiendo de quién sea el que opina, ¿no es la opinión una forma de prejuicio, una predisposición creada por el propio temperamento, la propia experiencia y la forma en la que casualmente a uno se le ha educado?

“¿Cree que es malo tener una opinión?”, preguntó el segundo.

Decir que es malo o bueno sería meramente otra opinión, ¿no? Pero, si empezamos por observar y comprender cómo se forman las opiniones, tal vez entonces podamos percibir el verdadero significado de la opinión, del juicio, del conformismo.

“¿Tendría la bondad de explicarlo?”.

El pensamiento es resultado de la influencia, ¿no es así? Su pensar y sus opiniones, señor, están dictados por la educación que ha recibido. Dice: “Esto está bien y esto está mal” según el patrón moral de su particular condicionamiento. Por ahora no vamos a ocuparnos de lo que es verdad más allá de toda influencia, o de si existe tal verdad. Estamos tratando de ver el significado de las opiniones, creencias, aserciones, tanto si son colectivas como personales. La opinión, la creencia, la conformidad o discrepancia son reacciones que están de acuerdo con el propio pasado, rígido o expansivo, ¿no es cierto?

“Sí, pero ¿está mal que sea así?”.

Repito: si dice que está bien o mal, se mantiene usted en el campo de las opiniones. La verdad no tiene nada que ver con la opinión. Un hecho no depende de la conformidad o de la creencia. Puede que usted y yo convengamos en llamar a este objeto “reloj”, pero bajo cualquier otro nombre seguiría siendo lo que es. Su creencia u opinión es algo que le ha dado la sociedad en la que vive. Aun cuando, como reacción, se rebele usted contra ella, y quizá se forme una opinión distinta o adopte otra creencia, sigue usted en el mismo nivel, ¿verdad?

“Lo siento, señor, pero no comprendo adónde quiere llegar”, replicó el segundo.

Usted tiene ciertas ideas y opiniones sobre el amor, ¿no es así?

“Sí”.

¿Cómo las ha obtenido?

“He leído lo que han dicho sobre el amor los santos y los grandes maestros religiosos, y, después de reflexionar, he llegado a mis propias conclusiones”.

Que están determinadas por lo que le agrada o le disgusta, ¿no? A usted le gusta, o no le gusta, lo que han dicho otros sobre el amor, y decide qué afirmación es correcta y cuál está equivocada según su propia predilección. ¿No es esto lo que hace?

“Elijo lo que considero que es verdadero”.

¿En qué se basa su elección?

“En mi propio conocimiento y discernimiento”.

¿Qué entiende por conocimiento? No trato de ponerle tropiezos ni de acorralarle; simplemente intento que podamos comprender juntos por qué tenemos opiniones, ideas, conclusiones acerca del amor. Una vez que comprendamos esto, podremos penetrar mucho más hondamente en el tema. ¿Qué entiende, pues, por conocimiento?

“Por conocimiento entiendo lo que he aprendido al leer las enseñanzas de los libros sagrados”.

“El conocimiento abarca también las técnicas de la ciencia moderna y toda la información acumulada por el hombre desde los tiempos antiguos hasta el momento presente”, añadió el otro.

El conocimiento es, por tanto, un proceso de acumulación, ¿no es así? Es el cultivo de la memoria. El conocimiento que hemos acumulado como hombres de ciencia, músicos, tipógrafos, estudiosos o ingenieros nos convierte en técnicos en los diversos departamentos de la vida. Cuando tenemos que construir un puente, pensamos como ingenieros, y este conocimiento forma parte de la tradición, es parte del marco o condicionamiento que influye en todo nuestro pensar. El vivir ―que incluye la capacidad de construir un puente― es una acción total, no una actividad parcial, separada; sin embargo, nuestro pensar sobre la vida, sobre el amor, está determinado por las opiniones, las conclusiones, la tradición. Si la cultura en la que hubiera crecido usted sostuviera que el amor es sólo físico y que el amor divino es un completo disparate, repetiría usted igualmente lo que se le había enseñado.

“No siempre —repuso el segundo—. Admito que es raro, pero algunos de nosotros nos rebelamos y pensamos por nosotros mismos”.

El pensamiento puede rebelarse contra el patrón establecido, pero esa rebelión misma es generalmente producto de otro patrón; la mente sigue presa en el proceso de la tradición, del conocimiento. Es como rebelarse dentro de los muros de una cárcel para pedir más comodidad, mejor comida, etcétera.

Su mente está, pues, condicionada por  el conocimiento, la tradición, las opiniones, y por sus ideas sobre el amor, todo lo cual le hace a usted actuar de cierta manera. Esto está claro, ¿no?

“Sí, señor, está suficientemente claro ―contestó el primero―. Pero ¿qué es el amor entonces?”.

Si quiere una definición, puede mirar cualquier diccionario; pero las palabras que definen el amor no son amor, ¿verdad? Buscar meramente una explicación de lo que es el amor es estar aún atrapado en las palabras, en las opiniones, que se aceptan o rechazan de acuerdo con el propio condicionamiento.

“¿No está haciendo imposible investigar qué es el amor?”, preguntó el segundo.

¿Es posible investigar a través de una serie de opiniones, de conclusiones? Para indagar correctamente, el pensamiento tiene que estar libre de la conclusión, de la seguridad del conocimiento, de la tradición. La mente puede librarse de una serie de conclusiones y formar otra, pero eso vuelve a ser una mera continuidad modificada de lo viejo.

¿No es acaso el pensamiento mismo un movimiento de un resultado a otro, de una influencia a otra? ¿Entienden lo que quiero decir?

“No estoy seguro”, dijo el primero.

“Yo no comprendo nada”, contestó el segundo.

Tal vez lo entiendan a medida que avanzamos. Permítanme exponerlo así: ¿es el pensar un instrumento de indagación? ¿Nos ayudará el pensamiento a comprender lo que es el amor?

“¿Cómo voy a descubrir lo que es el amor si no se me permite pensar?”, preguntó el segundo un poco bruscamente.

Por favor, tenga un poco más de paciencia. Ha pensado usted sobre el amor, ¿no?

“Sí, mi amigo y yo hemos pensado mucho sobre ello”.

Si puedo preguntarlo, ¿a qué se refiere al decir que ha pensado sobre el amor?

“A que he leído acerca de él, lo he discutido con mis amigos y he sacado mis propias conclusiones”.

¿Le ha ayudado eso a descubrir lo que es el amor? Ha leído, ha intercambiado opiniones, y ha llegado a ciertas conclusiones sobre el amor, a todo lo cual se le llama pensar. Ha descrito positiva o negativamente lo que es el amor, a veces añadiendo y a veces quitando a lo que anteriormente había aprendido. ¿Es así?

“Sí, eso es exactamente lo que hemos hecho, y nuestro pensar ha contribuido a clarificar nuestras mentes”.

¿Es eso cierto? ¿O únicamente se han atrincherado cada vez más en una opinión? Sin duda, eso que usted llama “clarificación” es el proceso de llegar a una conclusión verbal o intelectual definitiva.

“Exactamente; ya no estamos tan confundidos como lo estábamos”.

En otras palabras, ahora unas pocas ideas resaltan con nitidez en medio de ese revoltijo de enseñanzas y opiniones contradictorias sobre el amor, ¿no es eso?

“Sí; cuanto más hemos analizado toda esta cuestión de lo que es el amor, tanto más clara se ha vuelto”.

¿Es el amor lo que se ha aclarado, o lo que piensan ustedes sobre él?

Vayamos un poco más lejos en nuestra indagación, ¿les parece? A cierto ingenioso mecanismo se llama reloj, porque todos hemos convenido en utilizar esta palabra para indicar ese objeto determinado; pero la palabra “reloj” no es, evidentemente, el mecanismo en sí. De la misma manera, hay un sentimiento o un estado que todos hemos convenido en llamar amor; pero la palabra no es el sentimiento, ¿verdad? Y la palabra amor significa muchísimas cosas diferentes: en cierto momento la utiliza usted para describir un sentimiento sexual; en otro, habla del amor impersonal o divino, o bien afirma lo que debería o no debería ser el amor. Y así sucesivamente.

“Si me permite interrumpirlo, señor, ¿podría ser que todos estos sentimientos sean sólo variantes de una misma cosa?”, preguntó el primero.

¿Qué le parece a usted?

“No estoy seguro. Hay momentos en que el amor parece ser una cosa, mientras que, en otros, parece algo muy distinto. Todo ello es enormemente confuso; no sabe uno a qué atenerse”.

Ése es precisamente el problema. Queremos estar seguros del amor, clavarlo para que no se nos escape; llegamos a conclusiones, y nos ponemos de acuerdo acerca de ellas; lo llamamos por diversos nombres, con sus significados especiales; hablamos sobre “mi amor”, lo mismo que hablamos sobre “mi propiedad”, “mi familia”, “mi virtud”, y confiamos en que lo hemos puesto a buen recaudo, para poder así ocuparnos de otras cosas y asegurarnos de ellas también. Pero, de un modo u otro, siempre se nos escapan cuando menos lo esperamos.

“No entiendo bien todo esto”, dijo el segundo, bastante perplejo.

Como hemos visto, el sentimiento en sí es diferente de lo que los libros dicen sobre él; el sentimiento no es la descripción, no es la palabra. Hasta aquí está claro, ¿verdad?

“Sí”.

Bien, ¿puede usted separar el sentimiento de la palabra y de sus ideas preconcebidas sobre lo que debería y no debería ser?

“¿Qué quiere decir con “separar”?”, preguntó el primero.

Existe el sentimiento, y existen la palabra o palabras que describen ese sentimiento, ya sea de forma aprobatoria o reprobadora. ¿Puede separar el sentimiento de su descripción verbal? Es relativamente fácil separar una cosa objetiva, como este reloj, de la palabra que lo describe; pero disociar el sentimiento en sí mismo de la palabra “amor”, con todas sus implicaciones, es mucho más arduo y requiere mucha atención.

“¿De qué servirá eso?”, preguntó el segundo.

Siempre queremos conseguir un resultado a cambio de hacer algo. Este deseo de lograr un resultado, que es otro aspecto de la búsqueda de una conclusión, impide comprender. Cuando pregunta: “¿De qué me servirá disociar el sentimiento de la palabra “amor”?”, está pensando en un resultado, y por lo tanto no está realmente investigando para descubrir qué es ese sentimiento, ¿no es así?

“Yo sí quiero descubrir, pero quiero también saber cuál será el resultado de disociar el sentimiento de la palabra. ¿No es esto completamente natural?”.

Tal vez; pero si quiere comprender, tiene que prestar atención, y no hay atención cuando una parte de su mente se interesa en los resultados, y la otra en comprender. De este modo no consigue usted ni una cosa ni la otra, y se vuelve cada vez más confuso, más amargado e infeliz. Si no disociamos la palabra —es decir, el recuerdo, con todas sus reacciones―, si no la disociamos del sentimiento, entonces esa palabra destruye el sentimiento; y entonces la palabra, o el recuerdo, es la ceniza sin el fuego. ¿No es esto lo que les ha sucedido a ustedes dos? Se han enmarañado tanto en la red de las palabras, de las especulaciones, que el verdadero sentimiento, lo único que tiene profunda y vital importancia, se ha perdido.

“Empiezo a entender lo que quiere decir —dijo despacio el primero—. No somos sencillos, no descubrimos nada por nosotros mismos, sino que simplemente repetimos lo que se nos ha dicho. Aun cuando nos rebelemos, formamos nuevas conclusiones, que de nuevo habrá que echar por tierra. Realmente no sabemos qué es el amor, sino que meramente tenemos opiniones sobre él. ¿Es eso?”.

¿No cree usted que lo es? Con toda certeza, para conocer el amor, la verdad, a Dios, es necesario que no haya opiniones, especulaciones ni creencias con respecto a ello. Si tiene usted una opinión sobre un hecho, la opinión se vuelve lo importante, no el hecho. Si quiere conocer la verdad o la falsedad del hecho, entonces no debe vivir en la palabra, en el intelecto. Puede tener muchos conocimientos, mucha información sobre el hecho, pero el hecho real es enteramente distinto. Dejen de lado el libro, la descripción, la tradición, la autoridad, y emprendan un viaje de descubrimiento de sí mismos. Amen, y no se enreden en opiniones e ideas acerca de qué es el amor o qué debería ser. Cuando amen, todo se arreglará, porque el amor tiene su propia acción. Amen, y conocerán sus bendiciones. Manténganse apartados de la autoridad que les dice qué es y qué no es el amor. Ninguna autoridad lo sabe; y el que lo sabe no puede contarlo. Amen, y habrá comprensión.

*Extracto, resumen biográfico y fotografía autorizados y cedidos por cortesía de la Fundación Krishnamurti Latinoamericana para la Revista Seda. Está prohibida la reproducción parcial o total de los presentes textos y fotografía sin previa autorización de la FKL (http://www.fkla.org).

[1] KRISHNAMURTI, Jiddu; Comentarios sobre el vivir; Tomo III; tr. Elsa Gómez; rv. Ángel Herraiz; Kairós; Capellades-Barcelona-Cataluña; 2006; págs. 320-330
©1960. K.F.A.

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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