Habiendo analizado en el número anterior el relativismo de disciplinas como la asiriología; en esta oportunidad el autor, poniendo como ejemplo concreto el análisis de la figura fundadora de la dinastía Ming, se centra en el problema de la subjetividad del historiador. Hecho tan evidente cuando abordamos realidades cercanas, pero a la vez tan desdibujado cuando intentamos acercarnos a culturas tan lejanas como las de Asia.

Al parecer, con excepción de Kublai Khan, los emperadores Yuan no pudieron encontrar quien tuviese suficiente cintura política para hacerse cargo del Imperio y la dinastía sucumbió debido a desordenes administrativos de orden burocrático e inflacionario. La corrupción de distintos funcionarios, tanto mongoles como musulmanes, se hizo sentir de manera expansiva, como así también lo hicieron la hambruna, las expresiones religiosas mesiánicas y los núcleos de insurrección que con el tiempo comenzarían a ganar territorio.

Las zonas liberadas fueron cada más: en las provincias colindantes con Shandong la masa insurgente fue de origen campesino, en la llanura central y en el Anhui dominó la sociedad secreta de los bonetes rojos, mientras que otro foco revolucionario surgió de los obreros de las salinas, remeros y contrabandistas de sal del bajo Yangzi. De este desorden es de donde surgió oportunamente el nuevo imperio. Esta situación fue de carácter inédito en la civilización china, tanto es así que Jacques Gernet afirma que: “…por vez primera en la historia, los movimientos de origen popular desembocarían en la fundación de una dinastía sin que hubiera ruptura entre la época de la insurrección y la que vendría después.”[1] Esto se debió probablemente a que estos movimientos de disidencia focalizaron sus esfuerzos en paliar la anarquía creada por la administración Yuan. La organización política, administrativa, económica y militar comenzaron a funcionar con normalidad en las zonas liberadas incluso antes de expulsar definitivamente a los Yuan.

De este escenario tempestuoso es de donde surgió quien fuera el fundador de la dinastía Ming: Zhu Yuanzhang, nacido en 1328, quien reinaría de 1368 a 1398 con el nombre imperial de Hongwu («vasta fuerza militar»).

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Zhu Yuanzhang; Hongwu

Su padre era obrero agrícola itinerante en Anhui y su madre hija de un maestro hechicero; por su parte, Zhu Yuanzhang, habiendo padecido el hambre de pequeño había aprendido a leer y escribir gracias a unos sacerdotes budistas. La coyuntura lo había llevado a probarse distintos trajes: mendigo, campesino, lavador de oro, etc., hasta que durante el hambre de 1344 se convirtió monje para salvar la vida, quedando bajo la influencia de las tradiciones mesiánicas antes mencionadas, ya que la orden a la que ingresara se trataba de una secta budista antimongola llamada la secta del “loto blanco”. El resultado fue su transformación en un guerrero rebelde, superando en violencia a sus competidores en la región del bajo Yangtsé.

En 1348 lideró una banda de insurgentes que se hizo lo suficientemente fuerte bajo su mando como para tomar el dominio de una pequeña ciudad del noroeste de Anhui. Aliado luego a las tropas de los bonetes rojos comenzó a recolectar victorias: en 1359 ocupó Nanking y su región; entre 1360 y 1362 ocupó las provincias de Jiangxi y del Hubei; en 1363 se encontró dominando toda la China central y al año siguiente decidió proclamarse príncipe del reino de Wu (Wuguowang). Entre los años 1365 y 1367 eliminó a sus rivales del bajo Yangtsé y del Zhejiang, Zhang Shicheng y Fang Guozhen. Para entonces la revolución de Zhu Yuanzhang ya había dejado de ser un foco de insurgencia para incluir en su avance a los distintos estratos sociales.

En 1368 obtuvo la ayuda de eruditos confucianos para realizar proclamas y rituales en exigencia del mandato celestial, tomó Pekín, expulsando a los mongoles fisíparos definitivamente del país y construyó en Nanking una gran capital, en donde fundó la dinastía de los grandes Ming, siendo coronado su primer emperador.

Ming no es un término toponímico sino una denominación dinástica, y significa brillante, claro. Algunos autores han querido ver en esta definición la continuación y triunfo ideológico del maniqueísmo (en chino ming-chia “brillante doctrina”), que continuó germinando con sus enseñanzas en la secta del “loto blanco”, pero aunque tentadora como afirmación, lo cierto es que carecemos de documentación que nos permita aseverar semejante cosa.

No conforme con haber liberado su país de los usurpadores mongoles, en 1369 Zhu Yuanzhang – “Hongwu”, tomó la ciudad Shangdu (Kaiping) en Mongolia oriental; en 1370 cercó a los ejércitos mongoles en Mongolia; en 1371 reconquistó Sichuan; en 1372 Gansu. Diez años después en 1382 retomó el control de Yunnan donde subsistía todavía un núcleo de tropas mongolas. En 1387 finalmente reunificó toda China. La expansión vino con­firmada en el exterior por la gran victoria de Buinor en 1388 en Mongolia del noreste; la adhesión a China por parte de la dinastía coreana de los Yi fundada en 1392 y las expediciones a Asia Central y a Asia del sureste. Esta política que buscaba restablecer el prestigio y la seguridad de China en Asia Oriental prosiguió hasta mediados del siglo xv.

Tras la unificación uno de los problemas más importantes a solucionar por el pueblo chino fue el caos económico que quedó como saldo de la guerra y de la explotación mongola anterior a la revolución. Tierras, diques y canales se encontraban en mal estado, abandonados o destruidos por toda la región.

Entre 1370 y 1398 la recién nacida dinastía Ming, bajo la dirección de Hongwu, se enfrentó al esfuerzo titánico de la reconstrucción económica.

Aunque, como veremos luego, por su formación y sus orígenes, Hongwu sentía una desconfianza natural por los funcionarios ilustrados, es interesante que en cuanto a lo ideológico, tanto él como el resto de la dinastía Ming decidieran desarrollar una política confuciana en cuanto a lo económico. Esto quiere decir que privilegiaron la agricultura por sobre el comercio (recordemos que en el confucianismo el comercio estaba mal visto), a pesar de que como política económica esta estructura confuciana se encontraba en esa época perimida a nivel internacional. En este sentido Jacques Gernet[2] compara el esfuerzo por restaurar la agricultura durante el reinado de Hongwu, al emprendido por la República Popular China luego de la liberación de 1949.

Jacques Gernet

Jacques Gernet

Durante los primeros veinte años, Hongwu desarrolló una impresionante campaña de irrigación y control de aguas, recuperación de tierras y forestación en la mayoría de las provincias. Para 1395 se construyeron o repararon 40.987 embalses a lo largo de todo el país, importantes extensiones de tierra fueron puestas nuevamente en cultivo y las zonas devastadas o abandonadas fueron repobladas por medio de programas de traslado poblacional. Los inmigrantes recibieron amplios lotes para trabajar la tierra con ayuda del estado (exención de impuestos durante largos periodos).

Este crecimiento le hizo posible a Hongwu aumentar el impuesto en grano, mientras que durante la ocupación mongola el mismo se elevaban a 12 millones de Shi (7 millones de quintales), en 1393 llegó a 33 millones de shi (20 millones de quintales).

En cuanto a la reforestación, algunos historiadores consideran que la cantidad de árboles plantados durante la administración de Hongwu osciló en los mil millones.

Este crecimiento agrario aseguró a la población china, que venía padeciendo una importante taza de mortandad por las hambrunas, una forma elemental de subsistencia. El éxito de esta política se vio reflejado en el crecimiento demográfico.

Otra política creada por el fundador de la dinastía Ming fue la del reparto funcional de la población. En la China del emperador Hongwu, la sociedad se dividió en tres grandes núcleos ocupacionales hereditarios y obligatorios: La familia de campesinos, la familia de soldados y la familia de artesanos. Es decir que el rol social de cada ciudadano estaba impuesto por nacimiento. Éstos núcleos ocupacionales dependían de tres ministerios, cada uno de los cuales controlaba una parte de la población del imperio y poseía autonomía fiscal y administrativa y sus propios tesoros, depósitos, graneros, arsenales, etc. Estos ministerios fueron: el de Finanzas, del que depen­dían las familias campesinas que proporcionan el grueso de los impuestos (hubu), el del Ejército (bingbu) y el de Obras Públicas (gongbu).

Este reparto funcional de la población se distribuyó geográficamente de la siguiente manera: Las familias del ejército se distribuyeron principalmente en las regiones fronterizas y en las costas; las familias de artesanos ocuparon principalmente su lugar en las zonas de las grandes capitales, en donde cumplirían turnos de trabajo obligatorio en los talleres imperiales y, por último, como es obvio, la familias de campesinos ocuparon las regiones de producción agrícola.

En este punto es fácil observar que si bien el anhelo de Hongwu fue mantener un control centralizado sobre el Estado más grande y más diversificado de mundo recuperando las políticas autóctonas, también se valió de categorías sociales impuestas por la administración mongola, ya que las profesiones hereditarias eran uno de los princi­pios del sistema político y social de los Yuan. Ésta distribución poblacional en tres “castas” fue practicada hasta comienzos del siglo XV, cuando se desintegró rápidamente debido a causas internas. Los cambios de estatus se hicieron cada vez más frecuentes y las familias del ejército, cuya condición era considerada como una de las peores, disminuyeron tan rá­pidamente que fue necesario reclutar mercenarios.

En cuanto a la organización fiscal, se implementó un sistema de autogestión denominado Tijia, el cual se organizó de manera que diez familias fuesen responsables ante la administración y se encarguen de repartir equitativamente entre sus miembros impuestos, trabajos obligatorios, asegurando de manera colectiva el mantenimiento del orden público. Como es de prever el sistema de tijia, como la gran mayoría de sistemas de autogestión tratados de implementar desde que el mundo es mundo hasta el momento, no tardó en corromperse de manera que fue utilizado en provecho propio por los miembros de mejor situación económica, quienes funcionaban como intermediarios entre las poblaciones locales y la administración imperial. Dada la falta de regulaciones legales, no pasó mucho tiempo hasta que las familias más pobres acabaron dependiendo de las familias mejor posicionadas y desde comienzos del siglo XV éstas últimas dejaron de ser explotadoras para ser arrendatarias, mientras que los campesinos desclasados fueron reclutados en su gran mayoría como mercenarios para cubrir las necesidades del ejército desmembrado.

Como ya comentamos, no es de extrañar, teniendo en cuenta sus orígenes, que Hongwu mirase con desconfianza instintiva a las clases letradas a pesar de fuesen éstas quienes le dieran el apoyo decisivo para acceder al trono. En su ansiedad por mantener un control estrecho del gobierno y la administración, Hongwu comenzó por favorecer el reclutamiento y promoción de funcionarios salidos de los medios populares. Hongwu terminó por eliminar los textos neoconfucianos porque a su parecer ponían demasiado énfasis en los derechos del pueblo. John King Fairbank, comenta en su libro China, una nueva historia, que no conforme con esto, en 1380, al presentir una supuesta conspiración de su primer ministro, Hongwu ordenó la decapitación del mismo, la de toda su familia e incluso la de todos los que estuviesen remotamente contactados con ella. Fairbank sostiene que con el tiempo las purgas sobrepasaron las cuarenta mil víctimas, mientras que Jacques Gernet, si bien alude a dicho proceso, no da un número de bajas tan importante y, si bien menciona persecuciones posteriores, se muestra más mesurado en cuanto a la cantidad de víctimas. Luego de la ejecución del primer ministro, Hongwu suprimió el Gran Secretariado Imperial (Zhongshusheng) y colocó bajo su autoridad directa los seis ministerios (Función Pública, Finanzas, Ritos, Ejército, Justicia y Obras Públicas). Así como también inició una reforma de la administración militar que le aseguró un control más estrecho del ejército.

Esta tendencia del emperador a detentar la suma del poder público y privado en sus manos lo llevó a crear en 1382 una fuerza de seguridad secreta, los Guar­dias con Trajes de Brocado (jinyiwei), especie de policía política que tenían por función espiar a los altos funcionarios.

Zhu Yuanzhang “Hongwu” murió en 1398 habiendo restablecido, al precio de un enorme esfuerzo colectivo, el lugar de China en el mundo y la prosperidad material de sus habitantes. Habiendo creado las instituciones fundamentales de un nuevo imperio nacional, pero habiendo sido también, en igual medida, el punto de partida de todos los vicios políticos y sociales de los que padecerá su dinastía.

John King Fairbank

John King Fairbank

Culminado el resumen del periodo histórico a analizar, es interesante notar como una revolución nacional, llevada a cabo por un personaje de carácter caudillezco, genera desavenencias entre los distintos historiadores. Sería desacertado, desde nuestro punto de vista, analizar un periodo histórico tan lejano con los parámetros políticos de la modernidad occidental. No podemos medir la crueldad de un régimen extemporáneo, tanto en tiempo como en espacio, con la carta de los derechos humanos, tanto más cuando el comienzo de la dinastía Ming dista en pocos años a los excesos cometidos por occidente en las cruzadas. En este sentido, observamos que mientras el francés Jacques Gernet toma una postura por demás comedida, valorizando los aportes y criticando los excesos; el sajón John King Fairbank, describe a Hongwu como: “De aspec­to muy desagradable (…) era brutalmente enérgico y sufría de violentos accesos de cólera y de una suspicacia rayana en la para­noia en relación a supuestas conspiraciones en su contra”, y no duda de calificarlo como un desastre para China.

Lo cierto es que el carácter de la dinastía Ming en su totalidad fue establecido por el genio de su fundador, así como también, el éxito relativo de los siguientes emperadores fue fruto de las políticas implementadas por éste, con sus aciertos y desaciertos. En este sentido, tanto la “paranoia” como la violencia generada por Hongwu y su imperio naciente (recordemos que históricamente a toda revolución libertaria sigue una guerra civil), no pueden más que parecernos, en el peor de los casos, mesuradas en comparación con la paranoia y la violencia generada por los gobernantes de los imperios modernos. Ahora bien, al finalizar el capítulo dedicado a la dinastía Ming, Fairbank desliza una pregunta o consideración, quizás demasiado incómoda para tomar en su libro postura por ella: “Este juicio menospreciativo surge en el contexto de fines del siglo XX, cuando la tecnología y el progreso han provocado en todo el mundo innumerables perturbaciones en todos los aspectos de la vida, sin revelar hasta ahora los principios del orden que podrían postergar la destrucción de la civilización humana. Con el tiempo, el crecimiento autárquico de la China Ming, y la compara­ción de la paz y el bienestar obtenidos, podrían ser considerados por admirados historiadores que viesen una suerte de éxito donde hoy sólo vemos fracaso.”

En las líneas anteriores marqué las nacionalidades de ambos historiadores porque no creo casual que el análisis peyorativo provenga del autor perteneciente al imperio moderno enfrentado políticamente con la China moderna. Con esto no quiero desacreditar la labor de excelencia de Fairbank, pero, como quien dice, el hombre es uno y su circunstancia, cosa a tener en cuenta a la hora de abordar la escasa bibliografía existente sobre estos pueblos distantes.

BIBLIOGRAFÍA:

– Gernet, Jacques, El mundo Chino, editorial Crítica, Barcelona, 1999.

– Fairbank, John King, China, una nueva historia, Editorial Andrés Bello, España, 1996.

– Franke, Herbert y Trauzettel, Rolf, Historia universal volumen 19: El imperio Chino, Ediciones Siglo XXI, México, 1973.

[1] Gernet, Jacques, El mundo Chino, editorial Crítica, Barcelona, 1999.

[2] Ídem

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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