Bitácora de una estadía en Pekín, colección de notas de una viajera contemporánea. En las siguientes líneas podemos observar a través del punctum barthesiano utilizado por la autora, las impresiones que genera la cotidianeidad post turística de una alteridad tan extrema como la de Pekín. La traducción de Amalia Sato, realizada especialmente para Revista Seda, rescata el vuelo poético de estas instantáneas escritas en portugués. El carácter del sueño – entre Oriente y Occidente fue publicado por Maria Lúcia Verdi en edición de autor.

IV – HÁBITOS

Cruzo la calle distraída y por poco me alcanza un gargajo. Sí, habré oído la preparación que lo antecede, pero no la registré como una señal de alerta. El hábito de escupir todo el tiempo, la naturalidad con que se liberan los sonidos del cuerpo, de acuerdo con los preceptos de la medicina tradicional. La suciedad que domina los lugares públicos, contrabalanceada por la artificial asepsia de los lugares por donde circulan los extranjeros. El modo como se complacen en limpiarse las fosas nasales detenidamente, en cualquier lugar – todo deriva de otra noción de limpieza, de asco, de salud, de naturalidad. No puedo, sin embargo, justificarlos. Una vez, durante el intervalo de un concierto, vi a una linda muchacha ocuparse con detenimiento de las cavidades de su nariz. Repugnada, me entregaba a observarla, absorta. No sé adónde me conducía la escena.

El recorrido del pensamiento. Mozart y el absurdo.

Beijing Hotel, Beijing, 2003.

Beijing Hotel, Beijing, 2003.

VIII – PUNCTUM

Me dirijo hacia la salida del parque. Es la hora de la cena, queda poca gente. A cierta distancia, veo a dos muchachos sentados en un banco que conversan, las únicas personas en los alrededores. Debo pasar por delante de ellos para dirigirme al portón más próximo. A medida que me aproximo, me doy cuenta de que la conversación gira en torno del objeto que está sobre las rodillas de uno de ellos, algo blanco. Lo miran detenidamente. Cuando mi visión capta la tela blanca veo, incrédula, que es una bombachita de mujer. Pero Dios mío, ¿de qué se trata? Miro y vuelvo a mirar la bombachita sobre las rodillas del muchacho, abierta, amorosamente extendida. Alrededor de ella los árboles, la alameda, la noche sobre el parque.

¿Estarían discutiendo sobre el modelo, dos pequeños comerciantes? La bombachita me pareció nueva. Pero ¿por qué estarían discutiendo las especificaciones y perspectivas de venta de una única y trivial pieza de ropa en ese lugar, a esa hora? Por otro lado, al acordarme de la radical diferencia de pensamiento y costumbres de los chinos, me digo ¿por qué no?

De repente, lo insólito se revela, como el límite para la interpretación. Si hubiera podido comprender una palabra de lo que decían, sin duda habría descifrado la charada. Aquí todo aparenta pertenecer a la esfera pública y muy poco a la privada. Al andar en bicicleta las mujeres no se cuidan en absoluto por esconder la bombachita; tantos actos que, para nosotros, pertenecen a la intimidad, se realizan sin ninguna discreción. Llego a imaginar que un amigo podría mostrar a otro la bombachita de la mujer amada que lo abandonó como si se tratara de su pañuelo, de su foulard.

Aun así, es muy extraño. ¿Y si fueran un par de perversos y la pieza fuera parte de un juego erótico de a tres? ¿O serían dos homosexuales? Me doy cuenta, entonces, cuánto desconozco el velado erotismo chino. Es aberrante para nosotros, era perfecto para ellos, la conocida perversión – considerada un refinamiento – que consistía en mutilar los pies de las mujeres de la clase alta con la esperanza de que ellas se acostumbraran a los monstruosos pequeños falos calzados en delicadísimas zapatillas de seda bordada, transformados en objetos de adoración.

No tengo cómo saber qué estaba haciendo aquella bombachita expuesta de aquella manera. Tal vez aquí incluso sea aceptable un gesto como éste, entre dos grandes amigos. Uno de ellos, sin saber cómo expresar con palabras el tamaño de su amor, queriendo hablar de su esencia, viendo sin cesar el cuerpo de la amada, la blanca bombachita en su cuerpo, todo lo que ha quedado de ese amor, la vería como la mujer misma, etérea, desmaterializada, acostada sobre sus delgadas piernas.

La memoria de lo que el amor puede ser
La frase perdida en tu cuerpo
Aquí detenido
Fijado en mi retina.

Yabao Lu Hutong, Beijing 2004.

Yabao Lu Hutong, Beijing 2004.

XII. ¿LOTUS OTRO?

Mi mirada recorta, fija, clasifica, intenta descifrar, selecciona, cose, compara, aproxima, aleja, relaciona. Es con ella que puedo contar en estos laberintos hechos de trazos, entre cantos mudos de sirenas almendradas. La mirada, la intuición, la percepción, la experiencia, las lecturas – precarios instrumentos de una taxonomía de supervivencia.

Intuyo la dimensión de lo que nunca llegaré a saber, creo tener conciencia de lo que permanecerá indescifrado, apenas entrevisto en un sistema de similitudes, simulacros, correspondencias captables. Casi intolerable el conocimiento del límite. No me ilusionaré; esta lengua es interminable, memoria de millares de tonos, millares de diseños que trazan la faz del universo – en ella navego, adormecida en el amplio mar de sus sonidos.

La fantasía de comprender el sentido de lo que veo, de lo que vi, veré, aquí, allá, antes, después, ayer, hoy. No podré realizar la transmutación, no existe alquimia que me haga renacer en esta lengua, flor de este pantano, de este lago, lotus distante. No hay magia que me permita renacer, reconstruir lo que fue, lo que me constituye, me da nombre, me delinea, aunque el tiempo sea lo que no es, aunque el tiempo no fuera este enfrentar permanente, esta angustia de la finitud.

Repito para mis ojos, mis oídos, mi boca, mis manos – las horas existen para que yo aprenda un poco más, para que entienda un poco más la transformación; las horas existen para que el significante venga a mí, espíritu alado, el significado multiplicado, fluido.

Caligrafías, pinturas, los sonidos de los cantos apenas como sonido, el bronce, la cerámica, la porcelana, la pintura, la poesía, la música, la escultura, los jades, las concreciones posibles, salvadoras – la China en mi mano.

Templo del cielo, Beijing, 2002.

Templo del cielo, Beijing, 2002.

XIV –HUTONG

Fin del invierno, todo es gris. Calles iguales y tristes, casas mínimas, estrechas, una pegada a la otra. Aquí, allí, en la entrada de la puerta el rojo estalla en el gris, el dios de la riqueza sonríe. – ¡No vaya a tropezar en el umbral! Carbón apilado geométricamente, bicicletas, basura, todas las deyecciones humanas y flores secas lanzadas en un rincón, un resto de color. Hutongs, no espacios que se abren vertiginosamente, la negación de la autosuficiencia, el olor de lo humano, la náusea incorporada y el permanente sonido de risas. La concentración de la vida y el sentido del mundo – provisorio, aleatorio, sin razón.

Mercado de las pulgas, Beijing, 2002.

Mercado de las pulgas, Beijing, 2002.

XV- SUEÑO

En los bancos enfrente del hotel, varias personas duermen, descansan. En cualquier lugar, a cualquier hora, hay chinos que duermen. No sólo en el subte o en los ómnibus, en los autos estacionados, sino encima de pilas de cajas, entre una entrega y otra; en los rickshaws, durante la espera del cliente; en los bancos de los parques, en el intervalo del almuerzo; en la calle, encima de pedazos de cartón, en el verano amazónico. Es como si aprovecharan toda y cualquier oportunidad para entregarse a la inconciencia, para recobrar las energías, desentenderse de la urgencia del mundo. En mi camino, esta noche de verano caliente, húmeda, casi irrespirable, veo muchas veces cuerpos adormecidos, entregados. Como esculturas de piedra, delgados budas olvidados de sí y de todo.

Todos se parecen, en un sueño absoluto, como sin sueños. El antiguo carácter del sueño está compuesto por la idea/imagen de “bosque”, pero de un bosque que no está en la tierra, sino en las alturas, y por la idea/imagen de “noche”. En un bosque que crece en el aire, durante la noche. El sueño. Los cuerpos tan próximos, la noche en los hutongs. Los pequeños departamentos, el calor, el sonido de los abanicos al apantallar, bambúes. Quiero el sueño de los chinos, la inmersión pura – el silencioso retirarse a un más acá, un más allá casi mineral.

Wang Fu Jing, Beijing, 2004.

Wang Fu Jing, Beijing, 2004.

Traducción del portugués: Amalia Sato

Fotografías de Hugo Mader

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