CIELOS, INFIERNOS Y PARAÍSOS: el más allá según lo concibieron diferentes culturas

Pensador, narrador, músico y escritor, Alejandro Dolina es una figura representativa del Buenos Aires artístico y literario. Su curiosa incursión en la historia de la humanidad, lo llevó a meditar también sobre las diversas civilizaciones del continente asiático. Fiel reflejo de sus lecturas, su último libro, “Bar del Infierno”, abunda en cuentos referidos a la cultura china. Pero su interés por oriente es de larga data. En el año 1997, la tristemente desparecida revista La Maga publicaba la conferencia que Dolina realizaba entonces en la Biblioteca Nacional bajo el título de “Cielos. Catálogo de los paraísos en las diferentes culturas”. Las visiones sobre el más allá de las culturas sumeria, hebrea, hindú, egipcia, azteca, musulmana, persa y hasta de los indios pampas era descrita y comparada en la forma particularmente porteña de la narrativa doliniana (él preferiría catalogarla de “criolla”), para terminar desembocando en su visión personal del Paraíso.

Transmitimos a continuación, para regocijo de los lectores de Seda, el texto completo de la conferencia, por gentileza del Sr. Alejandro Dolina, y el Sr. Carlos Ares, Director de la Revista La Maga.

Martín Lo Coco

La existencia de una región en donde los bienaventurados residen después de muertos ha aparecido en casi todas las civilizaciones más o menos concretas. Sin embargo, la geografía de estos distritos ha sido descrita de modos distintos por los profetas y visionarios de cada cultura.

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Las primeras nociones que nos llegan del más allá están desprovistas de toda idea de recompensa o castigo, son simples lugares de reunión y permanencia de todos los muertos, sin distinción, los buenos y los malos. Las formas son distintas pero hay algo en común, una atmósfera inquietante; no había tormentos pero tampoco felicidad.

Vamos a ver qué sucedía en Mesopotamia. Dicen que cuando se murió Enkidú, el amigo y sirviente de Gilgamesh (protagonista de la primera epopeya de la que se tiene noticias), el héroe Gilgamesh mandó a cavar un agujero en la tierra para que el espíritu de Enkidú pudiera salir. Esto revela una cosmología inocente, alguien se muere y basta con cavar un agujero en la tierra para que el muerto salga. Tanta suerte tiene esta inocencia cosmológica que Enkidú sale, cosa que no le sucede a muchos –que le salga el amigo por el agujero- y cosa que no le sucede a muchos cosmólogos, menos inocentes que Gilgamesh.

Las visiones de Enkidú

Después de salir, Gilgamesh le pregunta a su amigo cómo son las cosas en el más allá y Enkidú es reticente. Sin embargo, hay indicios de que su cuerpo está roído por la polilla y lleno de polvo, a lo cual responde que los que son desgraciados en vida también lo son allí; dice también que es vana cualquier esperanza de huida porque guardan el lugar siete murallas: como lugar de donde uno piensa huir no parece muy recomendable. Enkidú cuenta que no importa si uno fue malo o bueno, porque los pecados se pagan en vida. Decían los muchachos de Caldea: “Soy pecador, por eso estoy enfermo”. Ellos creían que las recompensas o castigos de los dioses venían, en cualquier caso, en vida.

Siguiendo con las visiones de Enkidú, en el infierno o en ese lugar donde se congregaba a los muertos mandaba una diosa que no abandonaba a sus presas: Eleshkigal, la hermanita de Ishtar –mucho más conocida que ella-, también llamada Ashtarté. Estos lugares mesopotámicos, también llamados Elaralu (parece el nombre de un hotel de segundo orden) están, como corresponde a cualquier infierno, al poniente, más allá del desierto. Esto es constante en todas las civilizaciones antiguas: el lugar donde residían los muertos estaba siempre al Oeste, para lo cual no hay que ser demasiado vivo, la alegoría con el sol es clara. Una cosa interesante es que los mesopotámicos creían que la Tierra era más extensa de Este a Oeste que de Norte a Sur. Tenían razón.

Cuando nacieron los asirios le dieron un matiz más terrorífico a este lugar, a este más allá. Una tablilla de Asur, del siglo VIII antes de Cristo, cuenta una visión que tuvo un príncipe, el príncipe Kumba. En esta visión el más allá se ha poblado de dioses monstruosos. Ahí están Nedu, el guardián cabeza de león, pies de ave y manos humanas; Mamitu, cabeza de cabra, manos y pies humanos; el Defensor del Mal, cabeza de ave; el Llevarrápido, un lindo nombre para un dios, que también tenía cabeza de ave. Fácil es relacionar estas nuevas maldades con el rigor militar de los asirios que, entre otras costumbres del mismo tenor, les arrancaban los ojos y la piel, o les cortaban las manos. Era gente así… Pero aun en este lugar todavía no hay nada que permita distinguir a los buenos de los malos.

Hebreos, hindúes y egipcios

En el Seol de los hebreos pasaba algo parecido: tampoco se arreglaban allí las cuentas de esta vida. El Seol era una inmensa cavidad que tenía forma de pozo. Allí había barro, silencio, polvo y gusanos. También en el pueblo judío la justicia divina se ejercía sobre la Tierra. Para qué juzgar entonces después de la muerte, si ya se lo había hecho antes.

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En la India, por ejemplo, se habla del hoyo Karta, nombrado en esa especie de italiano de Oriente, el idioma que hablaban en la India. El Karta es el hoyo, el bauna es la prisión, al muerto le decían preta, que es una especie de lunfa del Oriente.

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Los egipcios tenían una burocracia complicadísima, antes que nada la burocracia de ultratumba, en donde se mezclaba el ejercicio de una justicia con el cumplimiento de extenuantes fórmulas rituales. Allí el peor castigo era la reducción del individuo a la nada mediante la destrucción de sus componentes. A esto lo llamaban “segunda muerte”, y si bien habla de un atisbo de justicia (recuerden aquella balanza en la que se pesaba el corazón del finado para ver si había sido piadoso) eran más importantes las fórmulas, los formularios que había que llenar, que la conducta, como sucede en la justicia de este mundo.

Los tres ciclos aztecas

Aquí en América, los pueblos mesoamericanos, desconocieron en absoluto la idea de una redención personal. Las virtudes morales del muerto no garantizaban tampoco su entrada en el paraíso; en cambio el modo de morir determinaba las características de la vida de ultratumba.

Hemos contado algunas veces que los aztecas tenían tres cielos. Al cielo oriental iban los guerreros muertos en batallas y los sacrificados en el templo, que eran muchísimos dada aquella costumbre que tenían los aztecas de sacrificar personas para garantizar la continuidad de un universo inestable, propenso a la destrucción, que se sostenía únicamente con un combustible: la sangre humana. Los guerreros muertos y los sacrificados iban al cielo oriental, como he dicho, y no obtenían allí placeres muy considerados. Parece que al amanecer las almas se congregaban para acompañar al sol hasta el cenit; después de cuatro años podían optar por un regreso a la Tierra, como mariposas o pájaros cantores.

Al cielo occidental, en cambio, iban las mujeres muertas al dar a luz y podían regresar a la Tierra como mariposas nocturnas o instalarse en las encrucijadas y devorar niños. Les preguntaban, supongo: “¿Usted qué prefiere, ser una mariposa nocturna o instalarse en las encrucijadas para devorar niños?”.

Al cielo meridional iban las almas elegidas por Tlaloc, el dios de la lluvia; eran los que habían muerto ahogados, fulminados por un rayo, suicidándose, o por enfermedades relacionadas con el agua. Se trataba de un jardín de mala muerte.

Los que no alcanzaban a colarse en las regiones precitadas podían esperar un destino todavía peor, estaban obligados a marchar al cielo septentrional. En este caso solamente el viaje duraba cuatro años, el alma atravesaba ocho submundos hasta encontrar su destino en el noveno. Allí, los cadáveres recibían minuciosas instrucciones que les daban los sacerdotes y eran provistos de comida, sal, estandartes de papel y hasta un perro: el desagradable Xoloitzcuintli, que más bien parece un chancho. Los muertos estaban obligados a cruzar ríos caudalosos, atravesar montañas cuyas laderas chocaban entre sí; tenían que eludir ráfagas de dardos, trepar por rocas quebradizas, ahuyentar jaguares, pero al fin de esta penosa jornada llegaban al lugar de las tinieblas donde obtenían como recompensa el olvido.

Los poderosos carecían de todo privilegio en el más allá. Cuentan incluso que Moctezuma, ante la amenaza de los españoles, consideró la posibilidad de refugiarse en el mundo subterráneo y mandó entonces unos mensajeros en misión indagatoria. Regresaron con malas noticias. Dijeron: “Lo que en el mundo es goce, allí es tormento; si Moctezuma viera ese lugar quedaría helado de terror”. El asistente malicioso no podrá evitar la sospecha de que los mensajeros procedieron con mala fe. Todo hace suponer que no fueron al país de los muertos, sino que permanecieron holgazaneando por allí para luego transmitirle al emperador un mensaje inventado. Como quiera que sea, esta clase de astucia no es la más conveniente para encarara este informe.

Los vikingos y los griegos

El paraíso de los vikingos estaba reservado también para quienes encontraban la muerte en el combate; morir de viejo o morir en la cama era un deshonor para los nórdicos. Al final de cada batalla las walkirias recorrían el campo y trasladaban a los muertos al Walhala, un vasto salón techado de escudos de oro y provisto de quinientas copas. Se ve que era un salón grande… Cada mañana los bienaventurados salían a un campo que había por allí y combatían; al cabo de la jornada todas sus heridas se curaban, los miembros cercenados volvían a sus lugares y quienes habían muerto en la batalla resucitaban. Así día tras día. No parece tampoco un paraíso muy deseado: pasarse combatiendo toda una vida para morirse uno y tener que combatir por la eternidad.

Los griegos tampoco alcanzaron a perfilar una región venturosa. Los Campos Elíseos eran apenas un barrio del Infierno, y nada nos induce a creer que los virtuosos encontraron allí delicia alguna. Cuando Ulises conversa con las sombras de los héroes muertos todos afirman que es preferible ser esclavo en la Tierra que rey en el infierno. Sin embargo, en épocas tardías sobrevivieron testimonios que parecían mejorar el destino ultraterreno de los muertos, pero se trata de reformas insatisfactorias. Estaban Minos, Radamantes, Sarpedon, que tres jueces. Se pensaba: “Si hay jueces tiene que habar una recompensa, un castigo, si no para qué hay jueces”. Pero las recompensas eran insatisfactorias. Los condenados vivían muy cerca de los bienaventurados, si es que puede llamarse bienaventurados a las sombras de este barrio residencial que eran los Campos Elíseos.

El paraíso según Mahoma

Acerca del paraíso musulmán, donde sí hay recompensa, nos remitiremos a noticias de un viajero. Por supuesto, se trata de Mahoma. Las noticias las dio él mismo a los coraichitas; parece que poco antes de la hégira el profeta, acompañado por el arcángel Gabriel, trepó por una escala luminosa cuyo primer peldaño estaba en Jerusalén y recorrió los jardines de Alá. De ahí es que sabemos que hay siete cielos.

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El primer cielo es de plata y las estrellas cuelgan de la bóveda sostenidas por cadenas de oro. En cada estrella hay un ángel como centinela que impide que los demonios invadan los territorios sagrados. También hay animales de toda clase que son en verdad espíritus celestes que asumen tales formas para interceder ante Dios por el destino de las bestias; entre ellos sobresale un gallo enorme cuya cresta casi toca el segundo cielo, cada mañana su canto melodioso despierta a todas las criaturas excepto al hombre (el canto de los gallos terrestres no es sino una pálida imitación de este gallo platónico).

El segundo cielo es de acero bruñido; sólo se sabe que Mahoma pudo conversar allí con Noé.

El tercero está hecho de piedras preciosas. Allí está el Ángel de la Muerte, una criatura cuyos ojos están separados por setenta mil jornadas de camino y que se ocupa de mantener al día un libro en el cual se anotan los nombres de quienes nacen y se borran los de quienes mueren.

El cuarto cielo es de plata fina; un ángel, cuya altura es de quinientos días de camino, derrama ríos de lágrimas causadas sin duda por la maldad de los hombres.

En el quinto cielo, que es de oro, vive el Ángel de la Venganza, cuyo aspecto es adecuadamente horroroso.

El sexto es de una piedra transparente; el ángel que atiende allí es mitad de nieve y mitad de fuego, se ocupa de tareas de vigilancia.

En el séptimo cielo Mahoma se encontró con una criatura de angélica dimensión –era más grande que la Tierra-, tenía setenta mil cabezas y en cada una de ellas había setenta mil bocas y cada boca hablaba setenta mil lenguas que cantaban la gloria de Dios. Nos cuesta calcular que el número de idiomas que presupone esta cosmología es exactamente setenta mil al cubo lo que significa que hay más lenguajes que criaturas vivientes.

Conviene conocer algunos otros detalles: a la derecha del trono divino crece el árbol Cedrat, sus ramas son más extensas que el espacio que separa el Sol de la Tierra, hay multitud de ángeles en sus sombras y unos pájaros inmortales repiten versículos del Corán. Sus frutos son suaves y dulces, uno solo de ellos podría alimentar a todos los seres vivientes. De sus semillas provienen las huríes, unas jóvenes de altos senos destinadas a complacer a los creyentes; se dice que su virginidad se restaura después de cada acto amoroso, otros sostienen que una sola gota de saliva bastaría para endulzar el agua de los mares. Del árbol Cedrat nacen cuatro ríos, dos de ellos terminan su curso en la Tierra, se trata del Éufrates y el Nilo. Hay también otro árbol que tiene tantas hojas como habitantes en el mundo, y en cada una de ellas hay escrito un nombre, durante la noche de Kadir el árbol se agita y caen algunas hojas, las personas cuyos nombres no estén escritos en tales hojas morirán durante el siguiente año. Un detalle final del paraíso musulmán: todos visten de verde.

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Lo más sorprendente de la vida ultraterrena de los persas –fueron los primeros en pensar en la idea de recompensa y castigo- es el ejercicio de una arquitectura jurídica. Efectivamente, hay un puente, el Chimbat, que ha sido instalado sobre los abismos infernales. Su anchura y seguridad no tienen un carácter absoluto sino que están sujetas a las prendas morales de quienes lo atraviesan: el justo lo transita fácilmente con paso de murga y arriba al paraíso donde lo espera Ormuz. En cambio el impío se halla ante un camino estrecho y tembloroso que acaba por precipitarlo al fuego eterno donde reina Aariman, el dios del mal. Este es un caso curiosísimo de arquitectura única, hay un puente cuyas formas, están sujetos a las prendas morales del usuario. Esta es una idea prácticamente única en la historia de la filosofía; imaginen ustedes un edificio que fuera cómodo para el justo e incómodo para el impío, un edificio moral: “Departamentos con arquitectura moral, Cali & Moyari Alquila”, va el justo a la inmobiliaria y para él el living mide 18 x 7 pero el mismo living se estrecha para el impío. Esto es bueno porque uno no está seguro de ser un malvado o de ser una persona piadosa, entonces conviene cada tanto atravesar un puente chimbat; cada tanto, alquilar un departamento en esos edificios de arquitectura moral para ver qué tamaño tiene o no el puente. Digo yo, porque nos hemos acostumbrado a construir nuestros propios puentes chimbat, y nuestros propios edificios morales y siempre nos quedan bien, si ser bueno consiste en construir un código moral que crea uno mismo les aseguro que somos todos buenos.

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El cielo de los indios pampas

Los indios pampas no podían llegar al Paraíso; el camino entre el Cielo y la Tierra, que en realidad era la Vía Láctea, fue cerrado para siempre a causa del siguiente suceso: Cha Chao el viejo, el creador del mundo, solía bajar del Cielo para entretenerse en la pampa. Una tarde de puro aburrido amasó con barro unos muñequitos que se le parecían lejanamente, como si fueran una caricatura de la divinidad. Su hermano Gualicho, el espíritu del mal, resolvió jugar una broma y sopló sobre aquellas figuras irrisorias, con ese soplo les dio vida y así nacieron los hombres. Cuando advirtió lo sucedido, Cha Chao se espantó y huyó al Cielo, con su facón cortó la galaxia y aisló para siempre la región celestial. Desde entonces Cha Chao vive solo sin que parezca importarle demasiado el género humano; en cambio Gualicho, el espíritu del mal, el demonio, se quedó en el mundo con los hombres y recibe de ellos toda clase de homenajes.

Aún quedan señales de aquel episodio en este cielo que nos cobija; aún queda la huella de un ñandú que en la confusión quiso seguir a Cha Chao al Cielo y esa huella es la Cruz del Sur. Y también puede verse la marca de las boleadoras que el dios indiferente le arrojó al ñandú, y esa marca es la constelación del Centauro. De manera que de las cosmologías vistas esta es la única que ofrece algunas pruebas… Hay gente que con la palabra pruebas es muy amplia en su criterio, como aquel que decía que los Evangelios tenían que ser cuatro porque cuatro eran los elementos y cuatro las regiones del mundo, y a esto le llamaban razonar.

Los paraísos múltiples de Manuel Mandeb

Por su parte, el pensador de Flores, Manuel Mandeb, razonaba que un paraíso general era absolutamente inapropiado para encontrar la dicha. Es evidente que lo que hace la felicidad de unos promueve la desdicha de otros. En su extenso libro Proyectos para la reforma del Cielo, Mandeb confiesa que la promesa del Edén se le convierte en amenaza ante la posibilidad de encontrarse allí con toda clase de sujetos desagradables, también especula con la casi segura ausencia de sus mejores amigos, y al cabo de una serie interminable de ejemplos el hombre de Flores se decide postular que deben existir tantos paraísos como almas que los merezcan.

Las objeciones son inevitables. Puede suponerse que ciertas dulces presencias han de ser reclamadas en más de un cielo; Mandeb sugiere lisa y llanamente la creación de fantasmas cuyas conductas garanticen la felicidad del bienaventurado. Dice: si Juan es reclamado en más de un cielo, muy sencillo: fantasmas de Juan para tantos cielos como fuera necesario.

Hay que preguntarse entonces si uno tiene sueños para que se cumplan en el Cielo o para luchar por ellos en la Tierra; no solamente para imaginar un paraíso sino por ejemplo para construir una nación. Nos hemos acostumbrado tanto a caminar por las calles del Infierno que sólo soñamos en suspender por un rato nuestros padecimientos. Los sueños argentinos son cada vez más chiquititos: que renuncie un ministro, que baje un impuesto, que nos roben un poco menos.

¿Qué es lo que parece configurar el cielo de nuestro tiempo?, ¿cuáles son los bienes que la gente más parece desear? Bueno, si hemos de guiarnos por los indicios de los medios de comunicación, el Paraíso debe estar lleno de electrodomésticos, de automóviles y departamentos en propiedad horizontal, es un cielo burgués con estrellas de plástico, con ángeles chistosos, como una especie de perpetua fiesta de cumpleaños donde jamás estorban el arte y el pensamiento. Un paraíso de soluciones fáciles para problemas difíciles… y me dirá un tipo, de ahí, del fondo: “¿Cómo?¿Pero no es que el paraíso es parecido a la casa de Susana Giménez?”.

Yo he dicho muchas veces que no hay noticias mejores que las que nos traen el amor y el conocimiento, la delicia de aprender los sobresaltos del amor y en el medio el misterio del arte, y todo esto en el más amplio de sus sentidos. El conocimiento es también la relación con la naturaleza, el hombre que pasea junto a un río está disfrutando de los placeres del conocimiento, no necesariamente debe comprarse un libro; el hombre que mira al cielo también está disfrutando de los placeres del conocimiento… Creo que a lo mejor un gran estadista es aquel que crea las condiciones para que el pueblo pueda disfrutar de estas dichas universales.

Pero ahí viene donde yo no estoy de acuerdo con Mandeb y sus paraísos individuales. El hombre bueno no puede disfrutar del Paraíso si su hermano está en el Infierno. La idea de un paraíso para mí solo mientras se joroban mis mejores amigos es insoportable…

…Pensaba también en otra cosa: me hace gracia la definición de infierno de los pedantes que daba alguien por ahí; parece que los pedantes van al infierno y los mandan a una casa donde no hay tormento alguno. Está bastante bien la casa, sólo que no está la presencia divina; ahí no hay ni gente que batalle eternamente ni camas de clavo ni nada, sólo una casa; y ahí van los pedantes y ya al segundo día empiezan a jorobar con que ese es un verdadero tormento mucho peor que lo físico, que los tormentos morales son los peores y que en realidad la ausencia de Dios es un mal mucho más terrible que cualquier parrilla, y que sería preferible haber sido condenado a las llamas antes de padecer esto y es en ese momento cuando vienen los diablos y los tiran al fuego a todos…

El paraíso que soñó Dolina

Para terminar, quiero decirles que yo he soñado con un Cielo, me he soñado en el Paraíso. Contaré lo que vi en mi sueño agregando algunos goces que faltaban: me vi saliendo con mis amigos más queridos de la Universidad de Salamanca, Don Miguel de Unamuno acababa de darnos clases, caminábamos por un sendero arbolado, a cada instante nos saludaban señoritas maravillosas, una de ellas nos invitó a una fiesta para esa misma noche, supe el nombre de algunos invitados: el hermano Platón, el hermano Shakespeare, el hermano Oscar Wilde, el hermano Miguel Ángel, el hermano Víctor Hugo, habían invitado también a Macedonio Fernández pero no quiso ir… Al cabo de un rato comprendí que el Paraíso estaba rodeado de deliciosos problemas, que existía la incertidumbre y la esperanza y aún el desengaño, pero que todo asumía la más noble de sus formas. Me crucé con mi tío que venía manejando el enorme auto de mi abuelo, supe que la noche anterior habíamos visto cantar a Carlos Gardel y ya cerca del despertar, al final del camino arbolado, unos ojos chinos me esperaban y entonces tuve la certeza de que ese era el paraíso que alguien había preparado para mí, el único posible.

Yo les deseo a todos ustedes que la vida les depare aunque sea un pedacieto de cielo y que en ese pedacito de cielo podamos saludarnos de vereda a vereda y algunos me digan: “¿Ha visto Alejandro?, de modo que así era”.



Revista La Maga; 1º de Enero de 1997; págs.2-4. Texto autorizado para su publicación en Seda por los Sres. Alejandro Dolina y Carlos Ares.

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