Cuentos laosianos II

Muchas veces una terrible carencia es subsanada o equilibrada con dones especiales. Tal es el caso de Laos, único país del sudeste asiático que debió forjar su subsistencia en constante lucha con una geografía sin litoral. Su pueblo, encontró en lo narrativo, la frescura y la profundidad de visión que la naturaleza le negaba. Tierra de paso, Laos ha jugado un papel de corredor interno dentro de la península de Indochina (“el corredor del corredor”), y resultado de tal situación ostenta una literatura tan variada como profusa. En esta segunda entrega de breves relatos laosianos, ofrecemos al lector tres nuevas historias. Una fábula que no desemboca en ninguna moraleja sino que se trata más bien de un relato etiológico. La historia de un rey bendecido por Indra que debe luchar con el Dios que se niega a rendirle pleitesía. Y, finalmente, un cuento-enseñanza budista, en donde un hombre piadoso se niega a dar nada por seguro. De manera extrañamente azarosa, lo relatos parecieran seguir la historia religiosa del país laosiano: de comienzo animista, un glorioso período hinduista, y, postreramente, una conversión total al budismo.

Perro y cerdo[1]

Una vez, un granjero crió un cerdo y un perro para que lo ayudaran con el trabajo. Un día que debió ir al pueblo, les dijo al cerdo y al perro: “Debo ir al pueblo. Ustedes dos vayan a arar el campo, e intenten terminar antes de que yo regrese”. Perro y cerdo obedecieron. Cuando llegaron al campo, el cerdo dijo: “Este es un campo muy grande. ¿Por qué no nos dividimos el trabajo?” “Muy bien”, dijo el perro, “yo haré una mitad, y tú la otra. Tú empieza, y cuando termines, me avisas”.

El perro, entonces, se recostó a dormir una siesta mientras el cerdo comenzó a arar el campo diligentemente: “Oink, oink, oink…” Cuando terminó su mitad, llamó al perro: “Perro, ya he terminado con mi mitad. Ahora es tu turno”. “Oh, cerdo, ¿podrías continuar arando tú el campo? Yo no me siento bien. Tengo dolor de cabeza”.

El perro siguió durmiendo y el cerdo continuó arando el campo hasta haber casi terminado. Entonces llamó al perro nuevamente: “Perro, ya casi he terminado. ¿Cómo te sientes?” “Oh, cerdo, ¿puedes continuar arando tú? Yo no me siento bien. Tengo dolor de estómago”.

Así que el perro siguió durmiendo y el cerdo continuó trabajando hasta terminar de arar todo el campo. Entonces llamó nuevamente al perro: “Perro, ya terminé todo. ¿Cómo te sientes?” “¿Has terminado? Ya me siento mucho mejor. ¿Qué hay de tí?” “Yo estoy exhausto”, dijo el cerdo. “¿Y por qué no tomas una siesta? Yo, mientras tanto, haré un poco de ejercicio”.

Así que el cerdo tomó una siesta y el perro corrió por todo el campo hasta el anochecer. “Cerdo, despierta y vayámonos a casa antes de que oscurezca”.

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Templo del perro en Vientiane, Lao

Cuando llegaron a su casa, el granjero les preguntó: “¿Han terminado de arar el campo?” “Claro”, dijo el cerdo. “Yo debí hacer todo el trabajo, padre. Siento dolor en todo el cuerpo”, dijo el perro. “¡Qué! Yo fui el que hizo todo el trabajo”, dijo el cerdo. “El perro no hizo nada, sólo durmió todo el día”. “No, yo fui el que hizo todo el trabajo. El cerdo durmió hasta que yo lo desperté”.

Perro y cerdo comenzaron a reñir. El granjero, fastidiado, gritó: “Dejen de pelear. A ver, vayamos a comprobarlo al campo. El que haya hecho todo el trabajo, habrá dejado sus huellas desparramadas en el suelo por todo el lugar”.

Así que todos fueron al campo. “Mira, padre, mira todas mis huellas”, dijo el perro. Había huellas de perro por todas partes. “¿Dónde están mis huellas?”, preguntó el cerdo. “Sí, ¿dónde están tu huellas, cerdo?” preguntó el granjero. “No has trabajado en absoluto. De ahora en más, te alimentaré con afrecho y deberás permanecer en el lodo. Perro, tú eres bueno, así que puedes comer arroz y lo que sea que yo coma, y te quedarás en casa conmigo”.

Desde entonces, el cerdo come sólo afrecho y vive en el lodo, y el perro come arroz y duerme en la casa.

El rey sapo[2]

A los reyes de Inthapatthanakhon les nació un hijo meritorio que era tan feo como un sapo. El príncipe se llamaba Khankhaak, que significa justamente sapo. Cuando Khankhaak tenía veinte años de edad, Indra vino para hacerlo apuesto, darle una hermosa esposa, y construirle el más espléndido castillo. Dándose cuenta de los méritos del príncipe, el rey abdicó a su trono para permitirle a su hijo convertirse en rey.

Phya Khankhaak se convirtió en un rey poderoso, con todos los reyes de los países humanos, demoníacos, animales y angélicos como sus protegidos. Todas las criaturas del universo venían a pagarle tributo a Phya Khankhaak, pero se negaban a pagar tributo y rendir pleitesías a Phya Thaen, el dios de la lluvia. Este comportamiento humillaba tanto a Phya Thaen, que se puso furioso contra Phya Khankhaak. Phya Thaen se negó, entonces, a permitir que la naga jugara en el lago de su país en el cielo. Como resultado de esto, el universo entero se enfrentó a la catástrofe de la sequía.

Después de preguntarle al rey de los Nagas por la causa de la sequía, Phya Khankhaak organizó un gran ejército de humanos, animales, demonios y ángeles y marchó con ellos al cielo para luchar con Phay Thaen. Luego de una larga, peligrosa y milagrosa batalla, Phya Khankhaak ganó. Entonces, él enseñó a Phya Thaen a ser justo y conceder la lluvia al Universo cada temporada. Tras disfrutar el cielo de Phya Thaen durante algunos meses, Phya Khankhaak volvió para gobernar felizmente la fértil tierra.

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“El enseñó a Phyan Thaen a ser justo y conceder la lluvia al Universo cada temporada”

Cada tanto, Phya Khankhaak volvía a recontar la historia de cómo él lideró un gran ejército para luchar contra Phya Thaen y de cómo disfrutó de pasar algún tiempo en el cielo después de su victoria. Más tarde, mucha gente reconstruyó el camino de Phya Khankhaak al cielo, y fueron a aprender toda clase de magias y poderes. Todos volvían a la tierra y comenzaban a probar sus nuevas habilidades. Los hombres lucharon hasta que todos en la tierra fueron completamente destruidos. Los cadáveres se apilaban y se convertían en montañas. Luego de la masacre en masa de los pueblos, los cuerpos muertos se convirtieron en una montaña, y una parra gigante creció al pie de esa montaña hasta alcanzar el cielo de Phya Thaen. Phya Khankhaak disparó su flecha mágica a la parra, que la destruyó por completo, y también destruyó a todo lo demás (presumiblemente, también al mismo Phya Khankhaak). Entonces, la raíz de la parra se desintegró y dejó un gran cráter en la tierra. Más tarde, el cráter se convirtió en el lago que fue llamado Nongkasae.

El yerno piadoso[3]

Nai Dee era un granjero rico. Sus campos de arroz se extendían en todas direcciones. Pero Nai Dee no aprobaba a su nuevo yerno, Thid Kham. Thid Kham era un hombre muy piadoso. Había pasado muchos años en el monasterio y todavía conservaba algo de su naturaleza piadosa. Un día, mientras el suegro y su nuevo yerno caminaban, Nai Dee comenzó a fanfarronear.

“¡Mira todos estos campos! ¡Todo esto es mío! El arroz está recién plantado, pero cuando llegue la cosecha, seré un hombre muy rico”.

Thid Kham observó el campo de arroz y habló con cautela.

“Suegro, eso no es seguro. El arroz crece bien ahora, pero podría venir una inundación y arruinaría la cosecha. Recuerda lo que dijo el Señor Buda: Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro”.

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Nai Dee y su yerno Thid Kham caminando por los campos de arroz.

Al suegro no le gustó escuchar eso. Estaba enojado, pero guardó silencio. Algunas semanas más tarde, los dos salieron a caminar de nuevo por los campos.

“Mira, Thid Kham. No hubo ninguna inundación. El arroz está ahora floreciendo. Esta será seguro una buena cosecha”.

Pero Thid Kham todavía era cauteloso.

“Eso no es seguro, suegro. Sí, el arroz está floreciendo. Pero los insectos podrían venir y comerse el arroz antes de que sea cosechado. Recuerda lo que el Señor Buda ha dicho: Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro”.

Revista Seda
Nai Dee y su yerno Thid Kham caminando por los campos de arroz.

Su suegro estaba furioso de escuchar esas palabras de su yerno. Esperó hasta que el arroz colgaba pesado y maduro del tallo. Entonces volvió a caminar junto a Thid Kham por los campos.

“Ahora terminarás con tus tontos dichos. Mira, el arroz está maduro. Las inundaciones no llegaron. Los insectos no vinieron. Esto es seguro. Soy un hombre rico”.

“Yo no creo que esto sea seguro, suegro. Puedo ver que el grano está maduro. Pero aún no está cosechado. El fuego podría arrasar los campos. No, debes recordar las palabras del Señor Buda: Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro”.

El suegro apenas pudo mantener la compostura. Tan pronto como el arroz estuvo cosechado y almacenado en los graneros, trajo a Thid Kham para que lo viera.

“Ahora mira. No hubo inundación, no hubieron insectos, no hubo fuego. Esto, ahora, es cosa segura. Puedes verlo por tí mismo”.

Pero Thid Kham aún dudaba.

“Sí, puedo ver el arroz. Pero aún podrían venir los ratones y comérselo. Debo insistir en las palabras del Señor Buda: Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro”.

El suegro estaba furioso. Ordenó que cocinaran un poco de arroz e hizo traer a Thid Kham a su casa.

“Aquí tienes, Thid Kham. El arroz creció, floreció, maduró, fue cosechado y puesto en un granero. Nada malo le ha sucedido. Ahora, al menos, debes admitir que esto es algo seguro. Come un puñado de arroz y lo verás”.

Thid Kham tomó el tazón de arroz y lo acercó a su boca. Estaba a punto de probarlo, cuando hizo una pausa.

“Suegro, puedo ver que el arroz creció, maduró, fue cosechado y almacenado. Todo eso es verdad. Pero debo repetirte las palabras del Señor Buda: Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro».

El suegro ya no pudo contener su ira. Estiró su mano y golpeó el tazón de arroz, arrojándolo de las manos de Thid Kham al suelo.

“Entonces vete de mi casa. Nunca dejarás de decir esos dichos tontos”.

Thik Kham recogió el tazón de arroz lentamente y miró a su suegro. “Puedes ver por ti mismo la sabiduría de las palabras de nuestro Señor Buda”, dijo Thid Kham. “El arroz se plantó, floreció, maduró, fue cosechado, almacenado, fue cocinado, y casi estuvo en mi boca. Y así y todo, no llegué a probarlo. Seguramente, nadie en este lugar puede dudar de la verdad de este dicho: Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro».

Finalmente, el suegro estaba callado.

“Sí, es verdad. Dai dai nai lok luan anijang. Nada es seguro”.

Traducidos del inglés por Darío Seb Durban y Alice Keiller


[1] Recontado por el Dr. Wajuppa Tossa y Prason Saihong.
Extraído de www.seasite.niu.edu/lao/multimedia/dog&pig.htm

[2] Extraído de www.seasite.niu.edu/lao/LaoLiterature/Lao_traditional_literature/the_toad_king.htm

[3] Extraído de www.seasite.niu.edu/lao/culture/jakarta_text.htm#JitjunKoka

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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