LEYENDAS VIETNAMITAS

Extrañas solidificaciones, transformaciones y apariciones se dan cita en esta segunda entrega de leyendas vietnamitas, correspondientes a la región de Annam, corredor central del país, donde los tranquilos campos de arroz, vieron pasar milenios de constantes guerras.

Introducción
En nuestra edición Nº 3 del mes de Diciembre, presentábamos dos leyendas vietnamitas. He aquí nuestra segunda entrega, con tres nuevos relatos, provenientes todos de la región de Annam. El territorio que se corresponde con el actual Vietnam, tuvo históricamente un división tripartita. Al norte, en el delta del río Rojo, encontramos la región de Tonking, donde se gestó la primer cultura del bronce de todo el Asia sudoriental. Cercana a China, fue ampliamente sinizada. Al sur del país, otro delta, el del río Mekong, era territorio de los pueblos chams, siempre en disputa territorial con los vietnamitas hasta terminar siendo, finalmente anexados (hoy componen la minoría étnica más importante del país). Estas dos regiones estuvieron conectadas entre sí por un delgado corredor, Annam, valle angosto pero sumamente fértil, bendecido además por un mar de incalculable riqueza ictícola.

Valle vietnamita

Valle vietnamita

La afabilidad de la geografía fue motivo de ambición por parte de los aguerridos chams por el sur, y por los chinos desde el norte. Siempre lista a dejar la azada y tomar la espada, para al minuto siguiente abandonar el armar y volver a sus tareas de labranza, la población de Annam forjó un carácter mixto y paradójico de firme obstinación y dócil fatalismo. La primera de las historias nos sumerge en esta actitud vietnamita, que fue el tormento de los norteamericanos. Una joven fuerte y tenaz, que a fuerza de espera se transforma en piedra. Las desgracias forman parte de su vida y le otorgan una digna terquedad.
Los annamitas, como vietnamitas sureños, estaban más cerca de la impronta sudoriental que sus parientes del norte. Las concepciones animistas, que caracterizan a todo el Sudeste Asiático, colocaba a la población en estrecha relación con animales y espíritus de distinta naturaleza, tal cual podemos apreciar en las siguientes historias. El segundo relato nos habla de una extraña transformación zoo-antropomórfica, que busca encontrar una suerte de igualación entre dos formas aparentemente antagónicas: el refinado arte del joven poeta y la realidad grotesca de su musa inspiradora.
El tercer relato, también alude a un letrado. Vietnam terminará posicionándose en una situación de preeminencia cultural por sobre sus vecinos sudorientales en razón de la influencia que China ejerció sobre su país durante más de un milenio. Esta última historia refleja la lucha entre las nativas creencias animistas y la sínica importancia de la erudición.

La roca de la “mujer que espera”.
Cerca de Lang-Son se alza una enorme roca que los annamitas de aquella región llaman de “la mujer que espera”. Se cuenta, en efecto, que hace mucho tiempo vivía en aquellos parajes una niña a la cual sus padres daban muy mala vida, haciendo que ejecutase toda suerte de trabajos humildes y bajos, llegando hasta a golpearla. Un día la madre le dio con un palo tan brutalmente en la cabeza, que le causo una gran herida, de la que le quedó una cicatriz oculta por el pelo. La muchacha, sin poder sufrir más tan cruel vida, huyó, refugiándose en un desierto, en donde creció y se hizo una mujer.

Allí su vida fue tranquila. Hallaba el alimento necesario, vivía en una cueva que había acondicionado y se encontraba tranquila, sin temer nada, como hasta entonces sucediera. Un día vio llegar a un viajero cuyo rostro demudado mostraba enorme cansancio. Lo atendió con hospitalidad y escuchó el relato de sus desventuras.

– Mi familia – dijo el viajero – era rica y disfrutábamos de grandes comodidades. Mas en una inundación perdimos casa y bienes, y yo determiné emigrar, buscando un lugar mas amable. Pero me perdí y vine a dar en este desierto desconocido.

La muchacha lo consoló y le ofreció hospitalidad.

Al cabo de algún tiempo, la convivencia dio lugar al amor y se unieron en matrimonio. Un día el marido estaba acariciando el pelo de la mujer y noto la huella de la cicatriz. Le preguntó aquél de qué accidente tenía esta cicatriz, y ella contestó:

– Tuve una infancia desgraciada. Mis padres me golpeaban casi diariamente. Un día me hirieron con un palo en la cabeza, y de esa herida me quedó esta cicatriz. Pocos días después huí de mi casa y me refugie aquí.

Mientras la joven decía estas palabras, el viajero iba palideciendo, hasta sentir una angustia mortal. Recordaba que, siendo él niño, había visto golpear a una hermanita de esa manera y que después le dijeron que había muerto devorada por el tigre. Comprendió que había tomado como esposa a su misma hermana. Mas no dijo nada. Al cabo de algunos días, pretextó un viaje y partió, para no volver jamás. La pobre muchacha esperó pacientemente; pero fueron pasando los días, los meses y los años. Y al fin murió, y su cuerpo se transformó en piedra. Y esa piedra es “la mujer que espera”.

"..su cuerpo se transformó en piedra. Y esa piedra es `la mujer que espera“

«..su cuerpo se transformó en piedra. Y esa piedra es `la mujer que espera“

La cerda que se transforma en mujer.

Ly-Phan era un estudiante cuya vida estaba entregada al cultivo de la poesía y de la música. Caminaba, en las tardes, por las umbrosas avenidas del bosque, soñando en sus poemas, y por las noches, cuando la Luna llenaba de un blanco resplandor todas las cosas, iba a una colina cercana a su casa y allí pasaba las horas con su laúd, tocando dulces melodías. Una de estas noches, con la apacibilidad del sitio y la dulzura de la música, se había quedado como medio dormido. De pronto sintió que alguien se acercaba. Abrió los ojos y vio, sorprendido, que una dama bellísima se sentaba junto a él, saludándole y declarándole su admiración por lo bien que tañía el laúd.

– Os oigo muchas noches y siempre he tenido deseos de venir junta a vos; pero algo que puede más que yo me ha impedido hacerlo.
El estudiante, extasiado, respondió que era para él un placer como nunca había tenido el haber encontrado a tan bella dama.
– He buscado la belleza en mis poemas y me ha venido súbitamente como una golondrina que vuela sin saber de donde viene.
Después siguió declarando su admiración en palabras encendidas, hasta que persuadió a la bella dama a que le acompañara a su casa, haciéndolo ella con gusto.

A la mañana siguiente, cuando aún no había amanecido del todo, la hermosa señora quiso marchar. Ly-Phan se esforzó en retenerla; pero ella se negó a quedarse más tiempo. Entonces el estudiante se quedó con un zapato, como recuerdo de aquel encuentro. La dama le suplico, llorando, que se lo devolviera: pero el estudiante, riendo, no quiso, y ella hubo de partir con un pie descalzo.

Horas después, Lu-Phan salió de su casa y vio que en el suelo había un rastro de sangre. Siguiéndolo, llego hasta una porqueriza, en donde vio a una cerda tendida en el suelo y a la que le faltaba una pezuña que le había sido arrancada. La pata sangraba. Volvió el estudiante, lleno de turbación, a su casa, y vio que el lindo zapato de la dama se había convertido en una pezuña de cerdo.

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Ejemplar de cerdo vietnamita El origen del cólera.

El origen del cólera.
En los límites del reino de Tren Luang, de la dinastía de los Tran, vivía un letrado cuyo nombre era Van Di Thianh, hombre de gran virtud, que no temía a los demonios.

En ese tiempo los espíritus malos se reunían en bandas y frecuentaban las tabernas y los malos lugares para emborracharse y satisfacer sus malas pasiones. Si se tenía la desgracia de encontrarlos, se caía enfermo. En fin, que causan innumerables daños y nadie podía enfrentarse con ellos.

Cuando Di Thianh se enteró de esto, montó a caballo y se dirigió al sitio en donde se encontraban esos espíritus, que, sabiendo quién era, huyeron a su llegada. Pero el sabio los llamo y les dijo:
– Vosotros, que sois buenas gentes, caídas desgraciadamente en el estado en que os encontráis, no temáis de mí. Quiero daros buenos consejos.
Los espíritus hicieron que el letrado se sentara y ellos lo hicieron a los pies de Di Thianh. Éste continuó:
– ¿Qué es lo que os proponéis haciendo tanto daño? Si queréis aumentar vuestro número, estáis en un error. Cuando más aumentéis, menos encontraréis alimentos; habrá más muertos y menos gentes para ofrecer sacrificios.
Los espíritus contestaron que obraban así por necesidad y por su desgracia, a que nadie quería darles de beber ni de comer.

Apenas los demonios habían terminado de hablar, Di Thianh empezó a comer, y comió con tanto apetito, que todos se maravillaron. Los espíritus se dijeron: “Este hombre es digno de mandarnos”. Y le propusieron que fuera su jefe. Di Thianh no acepto; pero más adelante fue obligado por el rey del infierno a aceptar. Y murió.

Poco después de morir se apareció a un amigo que habitaba en un país lejano. Y le dijo que era el jefe de una legión de demonios que con el nombre de “cólera” iba a devastar el mundo. Y le aconsejaba que regresase a su país natal, para morir al lado de sus amigos y parientes. El amigo preguntó a Di Thianh si podría salvarlo del cólera. Di Thianh contestó que le era imposible; pero que le podría indicar un medio gracias al cual se salvaría de la peste.

Ese medio era colocar en el patio de su casa una enorme cantidad de vinos y alimentos, sobre los cuales los demonios se precipitarían. Después no tendría sino prosternarse delante de ellos.

El amigo siguió los consejos de Di Thianh, y cuando los demonios deshicieron el mundo, se salvó él y su familia.

Todos los cuentos fueron publicados en:
GARCÍA DE DIEGO, V., Antología de leyendas de la literatura universal, Tomo II, Labor, Madrid, 1953.

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