En el presente trabajo se construyen de a poco una serie de puntos en común entre los pueblos originarios de nuestro país y la antiquísima tradición coreana, para de esta manera poder permitirnos reflexionar sobre aquello que, ajeno a primera vista, podría encontrarse finalmente en nuestras propias raíces.

1) Cultura coreana y mapuche

– Chamanismo

Aunque en primera instancia nos resulte imposible, o hasta forzado realizar algún tipo de asociación, no quedan dudas al decir que la cultura coreana y la cultura mapuche logran conectarse a través de la antiquísima tradición chamánica. Cada una, por supuesto, le da los aspectos característicos del entorno en el que se encuentra, pero el rol de la mujer en esta actividad continua intacto.
Pak Yong-ok expresa lo siguiente en un artículo sobre el desarrollo temprano de la península coreana: “antes del principio de la historia todas las almas vivientes no tenían otra opción que participar de la faena colectiva de cazar y reunir alimentos (…) El nombre del juego en aquel tiempo era la supervivencia (…) Los humanos no podían permitirse el lujo de la desigualdad de sexos”[1].  Esta cita nos cuenta que los trabajos de la tierra, recolección y pesca para el abastecimiento en la península, eran compartidos en forma equitativa entre el hombre y la mujer. Mediante este proceso igualitario se fueron conformando entonces las antiguas chamanas coreanas. Si bien el oficio de chamán no era exclusivamente femenino, poco a poco las mujeres fueron acumulando prestigio y respeto, resultando en una mayoría al imponerse como oficiantes de ritos y celebraciones de culto a los antepasados, o pedidos para obtener buenas cosechas y fortuna. Si bien cada región de Corea otorga variados nombres a cada una de sus representantes chamanas, generalmente se suele identificar a las oficiantes como mudang.

Mudang (chamana coreana)

Mudang (chamana coreana)

En las ceremonias nunca se encuentra ausente la kidae o ayudante de la chamana, quien se encarga de la percusión en la música ritual. Acostumbra además cantar junto a la oficiante, y si bien este puesto no es siempre ocupado por mujeres, sí es verdad que nuevamente resultan una mayoría.

Changgu, principal tambor de percusión coreano, utilizado a su vez en diversas ceremonias.

Changgu, principal tambor de percusión coreano, utilizado a su vez en diversas ceremonias.

La “gente de la tierra” o mapuches se asientan especialmente en las provincias argentinas de Río Negro, Chubut y Neuquén y también en la zona al centro-sur de Chile. Aunque hay comunidades varias dispersas e otras regiones del país, y muchas de ellas sufrieron ya un proceso de aculturización occidental en diversos grados.
En el pueblo mapuche se pudo observar una transformación similar a la de la península coreana: tanto hombres como mujeres ofician como autoridades religiosas, pero las mujeres con el tiempo se impusieron en el oficio.
La machi, chamán femenino, es la encargada de los cultos, curaciones y también se le da el nombre de “Sabia” por su gran conocimiento. Las machis sufrieron las persecuciones españolas que las identificaban como “hechiceras”, lo cual bastaba para ser consideradas herejes y recibir por ello condena.

Machi (chamana mapuche)

Machi (chamana mapuche)

En esencia, la ceremonia ritual realizada por ambas chamanas posee los mismos fines cotidianos: curar enfermedades, pedir por las buenas cosechas, alejar a los malos espíritus, o iniciar a una joven aspirante a chamán. Tanto la mudang como la machi pueden comenzar su trance con el incesante ritmo de los tambores changgu y kultrún respectivamente, ayudándose, si la situación lo requiere, con la ingesta de plantas alucinógenas.

 Kultrún, instrumento de percusión utilizado en los rituales donde participa la machi.


Kultrún, instrumento de percusión utilizado en los rituales donde participa la machi.

– Matriarcado

Como una continuación del punto anterior referido al chamanismo, podemos decir que tanto la tradición mapuche como la tradición coreana comparten un estilo de vida basado en el matriarcado. Sobre el tema se expone, enfocado en la sociedad mapuche, lo siguiente:

“Había un alto desarrollo del sentido de justicia en una comunidad. La gente intentaba evitar violencia y quería vivir en paz. Ellos trabajaban respetando las estaciones y en todo caso estaban muy apegados a la naturaleza. Respetando los misterios de la naturaleza, ellos tenían grandes éxitos en la agricultura. Eran las mujeres las que practicaban esa forma de procurar alimento y los hombres se dedicaban a la caza. Ahí se ve muy bien la repartición adecuada de los deberes en la vida social”. [2]

Si lo comparamos con lo mencionado por Pak Yong-ok al inicio de este trabajo, encontramos que la concepción del nacimiento de un matriarcado tanto aquí como del otro lado del mundo, es esencialmente igual. La repartición de roles para la supervivencia de las comunidades va, como observamos, conformándolas al punto de terminar moldeando un carácter que en este caso particular, resalta la participación femenina en la vida cotidiana. Si bien no estaríamos errados al decir que en Corea el matriarcado se ha presentado con una intensidad probablemente mayor a la de los pueblos mapuches, la mujer en su función de llevar adelante la familia y economía hogareña, además de ser dueña de la imagen de la fertilidad, ha sabido entonces hacerse de un lugar importante.

2) Cultura coreana y andina

La historia nos cuenta  que el Imperio Inca, con base en Perú, extendió sus territorios y los integró en el nombre de Tawantinsuyu. A su vez, y para una mejor organización, el territorio fue dividido en cuatro regiones principales, correspondiéndole a la zona norte actual de nuestro país el nombre de Collasuyu o “país colla”. Aunque no las únicas, Jujuy y Salta fueron las dos provincias argentinas mayormente ocupadas por los incas, y es allí, en la zona andina, donde aún hay rastros de esa cultura ancestral influenciada por el viejo imperio.

– La Pacha Mama: deidad femenina

Sin alejarnos demasiado del tema tratado en el punto anterior, no podíamos dejar de mencionar a la deidad por excelencia del norte de nuestro país. Algunas fuentes indican la posibilidad de que los incas hayan tomado el culto a la Pacha Mama de los pueblos instalados previamente en el NOA (diaguitas, kollas, y otros). Para los antiguos incas, Mama Ocllo (hija del dios sol Inti) era la verdadera Madre Tierra dueña de los rebaños, y la Pacha Mama no era más que una deidad menor asociada simplemente con la fertilidad. Existen relatos montañeses que describen a la diosa como una mujer “bella, alta y fuerte, de tez morena y pómulos salientes, que no se deja ver”. Sin embargo, otros relatos la encarnan en una “viejita muy pobre, huraña pero a veces humilde”. Más allá de esto, la Pacha Mama sería para nuestros paisanos del noroeste el equivalente a la Madre Tierra de los incas. Los primeros frutos de una cosecha, el primer trago de chicha, es decir, prácticamente todo lo primero que se obtiene en cada una de las actividades de los pueblos, es ofrecido a la Pacha Mama. En los lugares remotos donde sólo algunos lugareños llegan con facilidad, se pueden hallar montículos de piedra en honor a esta deidad. Los pastores dejan pequeñas ofrendas, desde coca hasta aguardiente. Realizar estas acciones concretará una más grande y mejor cosecha, y evitará daños, así como también ayudará en el parto de las mujeres.

La fiesta de la Pacha Mama se celebra el 1º de agosto a cielo abierto, y la ceremonia contiene los siguientes elementos: músicos (sus ejecuciones varían de acuerdo a la ceremonia), ofrendas (el guía espiritual o chamán las elige, suelen ser alimentos y hojas de coca), y banderas (las llamadas whipalas, que en breve explicaremos más detalladamente). Se ha mencionado que, de acuerdo a la ceremonia, los músicos o las ofrendas pueden variar, y esto significa que toda festividad recuerda a la Pacha Mama, pero su ceremonia exclusiva es la que se lleva acabo cada 1º de agosto. Si bien encontramos muchas similitudes con los rituales coreanos, donde la música y las ofrendas son indispensables, las conexiones visibles serán tratadas a continuación.

– Whipala: significación de colores e identidad

Los incas dieron mucha importancia a los colores como símbolo de identidad, y fue de esta manera que nacieron las whipala. Las whipala son banderas de intensos colores que representan a cada uno de los cuatro suyus o regiones en las que se dividía el Imperio. Aunque a simple vista nos parezcan completamente iguales, el orden de los siete colores que las componen varía en cada suyu, y cada uno de los colores significa algo en particular. La diagonal que atraviesa el centro de la whipala posee aquel que representa a la región. En el caso del Collasuyu, el color es el blanco, como podemos observar en la whipala correspondiente. La significación de los colores es la siguiente:

• Blanco: el tiempo, trabajo, reciprocidad, transformación y arte.
• Verde: el don de los recursos naturales, la economía y producción andina.
• Azul: el espacio cósmico, el infinito, los cielos.
• Violeta: el estado, el pueblo, la organización social.
• Rojo: la Tierra y el Hombre Andino.
• Naranja: la sociedad, la cultura, la educación y la salud.
• Amarillo: la energía, la doctrina de la Pacha Mama, la dualidad.

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Whipala correspondiente al área del Collasuyu

Hoy en día, la whipala puede encontrarse plasmada por doquier en las zonas de la Quebrada, como símbolo de pertenencia y unidad de los pueblos del norte. Los colores que la componen son utilizados en distintas combinaciones tanto en las vestimentas como en objetos decorativos. Pero esta no la única función de los colores: según nos cuentan algunas fuentes, las mujeres diaguitas por ejemplo, habrían vestido ropas de colores muy vivos (previo aún a la whipala como símbolo) para dar a conocer si eran solteras, o de colores pardos si se encontraban casadas.[3]
Algunos colores se utilizaban además de acuerdo a las diferentes estaciones, o, como ocurrió con el Imperio Inca, para distinguir rangos mediante una mezcla no sólo de color sino también de diseño. Es decir, los colores no sólo poseen una significación en relación a la cosmovisión de los pueblos, sino que además aportarían una información valiosa sobre cada uno de los habitantes que los componen. Esto mismo sucede también en la península coreana.

Así como la whipala funciona como manto de auto-identificación que cobija a todos los habitantes del norte, los coreanos llevan consigo y muy orgullosamente su hanbok, el traje tradicional que los representa alrededor del mundo.
Durante la Dinastía Choson (1392-1910) la clase aristocrática conocida como yangban solía llevar hanbok en seda de colores brillantes que demostraban su status, mientras que los plebeyos debían conformarse con telas de color blanco, rosados y verdes poco llamativos, gris y carbón. Las mujeres jóvenes acostumbran llevar la chima (falda) del hanbok de color rojo y el jeogori (chaqueta) de color amarillo antes de contraer matrimonio. Luego de la boda, cambiarán su jeogori a un color verde, que las identificaba como desposadas. Mediante la forma de vestir se trataba de mostrar integridad en los hombres y castidad en las mujeres, valores sociales de mucha importancia en la sociedad coreana.

Hanbok tradicional

Hanbok tradicional

– El concepto de dualidad

Resultó llamativo encontrar una coincidencia importante en cuanto a la cosmovisión de ambos pueblos, y esto no fue nada más ni nada menos que el concepto de dualidad.

En la ceremonia que honra la Pacha Mama, los oficiantes son un guía espiritual y una mujer que lo asiste: ambos representan en el ritual, entonces, la esencia de la dualidad que hace posible la vida (el sol y la tierra, el hombre y la mujer, etc). Pero si analizamos esto más profundamente, podemos encontrar que la dualidad andina, si bien se entiende como partes en oposición, éstas son a su vez complementarias. A partir de esa dualidad, el mundo andino realiza una cuatripartición, que bien podemos observar en el mito fundacional de los hermanos Ayar. Básicamente, esta leyenda cuenta cómo cuatro varones (los Ayar) y cuatro mujeres (sus hermanas y esposas, las Mama) fueron partícipes de la creación del Cuzco, cada uno de ellos representando luego las cuatro regiones del Tawantinsuyu. Al mismo tiempo, los dioses masculinos también forman parte de esta dualidad, ya que poseen características femeninas. Asimismo, la dualidad se plasma en la whipala, cuya franja central es el principio de la dualidad uniendo los opuestos, complementándolos.

De la misma manera que en las zonas andinas, sólo basta observar la bandera de la República de Corea para dar cuenta de la presencia de este concepto de dualidad. En ella vemos el círculo central que expresa las ideas del yin y el yang, que respectivamente nos estarían anunciando lo negativo y femenino, y los positivo y masculino, entre otros contrarios. Si bien los elementos son opuestos, son a la vez inseparables y mueven toda la materia del universo, manteniendo un balance y armonía que debe respetarse en todos los aspectos de la vida.

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Bandera de la República de Corea.

2) Contactos con el cristianismo

En el siglo XVI, y con la llegada de los españoles, comienza la evangelización de los pueblos originarios argentinos. Éste proceso fue en extremo violento, pero con el tiempo se llegó a una convivencia un tanto llevadera entre la nueva “religión oficial” (catolicismo) y las creencias ancestrales de los pueblos. Sin embargo, la brutalidad utilizada en las conversiones fue tal que jamás quedó en el olvido, y el avance del cristianismo fue prontamente detenido. El chamán, poco a poco, fue convirtiéndose en el nuevo impedimento, y consecuente blanco, del avance de esta religión foránea. Según comenta Sarasola: “El chamanismo fue, una vez más, el punto de ruptura con la Iglesia. La preocupación por anular las prácticas que tuvieron que ver con él, la llevó a un distanciamiento cada vez más ostensible con los indígenas”.[4]

Si bien con el largo paso del tiempo algunas de las prácticas chamánicas (como la danza) fueron aceptadas en algunas corrientes cristianas, la lucha de los misioneros contra el chamanismo fue dura y constante.

El protestantismo, por su difusión más suave y su canon menos estricto, logró una mayor cantidad de adeptos respecto del catolicismo. En Corea, el cristianismo no católico también goza de gran importancia.

El cristianismo se hizo presente en Corea alrededor del siglo XVIII, y trajo consigo una enseñanza en alguna manera parecida al budismo, el cual había ingresado en el siglo IV d.C y tuvo gran aceptación por parte de los grupos excluidos de la Península. El budismo pregonaba (resumido aquí muy brevemente) que todos los seres poseían una única esencia, y por lo tanto sus posibilidades de salvación serían iguales. Posteriormente al ingreso del budismo, el confucianismo se esparció por toda la región, y con él se minimizó el rol participativo, por ejemplo, de la mujer. El mensaje cristiano sería de igual base respecto al budismo, pero resultaba mucho más profundo: todas las almas de la humanidad eran iguales ante Dios, por lo que la diversidad de grupos no se veía excluida en lo absoluto. Dentro de ese concepto de igualdad ante la divinidad, también se presentaba la posibilidad de una igualdad en cuanto a la educación. Al contrario de lo que sucedió con la tradición chamánica de nuestros pueblos originarios, en Corea se vio reflejada en las acciones llevadas a cabo por Jesús en los relatos, por ejemplo, en cuanto a la curación de enfermos. Estos puntos en común y la necesidad de que los grupos encontraran un apoyo para poder afianzarse en la sociedad, hicieron que desde un principio se registrara una gran cantidad de conversos en la península. Lo que el cristianismo no logró adoptar de las costumbres coreana fue el culto a los ancestros, por lo que su avance se vio entonces detenido.

La mujer, tanto en Corea como aquí, vio elevado su status por efecto del cristianismo.

Aún así, y para lograr suavizar su ingreso a nuevas y desconocidas tierras, el cristianismo supo amoldarse a las tradiciones preexistentes en ellas. En Corea, Jesús pasaba a obtener una imagen búdica y sus acciones, como bien se mencionó anteriormente, eran comparadas a los actos de los chamanes. En el noroeste de nuestro país, el Espíritu Santo se asociaba a un “viento que entra por dentro; un fuego que quema al bicho de la  enfermedad”. Jesucristo sería a su vez Nowet, el Señor de los Animales. La corriente pentecostal logró, además, encajar en la cosmovisión tradicional de los pueblos originarios aquello que se refiere a la destrucción del mundo, resurrección de los muertos y la creación de una nueva humanidad.

Bibliografía

• TAFFETANI, Oscar; ¿Quién es la Pachamama?; Revista Weekend; Bs. As.; 1993

• SARASOLA, Carlos Martínez; Nuestros paisanos los indios; EMECÉ; Bs. As.; 1992

• KOMÁREK, Susanne; El chamanismo en la cultura mapuche, ¿Por qué lo ejerce la machi y no el macho?; archivo PDF en www.sis.unibe.ch (entrada el 24/04/07)

• NAVARRO, Bruno Serrano; Whipala, símbolo de la nación andina; Revista Ser Indígena en http://revista.serindigena.cl; 2005 (entrada el 25/04/07).

• MILLÁN DE PALAVECINO, María Delia; Folklore Argentino: Capítulo VIII, Vestimenta y Adorno; Editorial Nova; Bs. As.; 1959

• S/A; Los Pueblos Andinos en http://www.oni.escuelas.edu.ar/ (entrada el 25/04/07)

• S/A; La Dualidad en el Mundo Andino en http://dualidadandina.blogspot.com/ (entrada el 26/04/07)

• HALLA, Pai Huhm; Kut, Korean Shamanist Rituals; Edit. Hollym; República de Corea; 1998

• PAK, Yong-Ok; Una Historia de las Mujeres Coreanas; Koreana Tomo I, Año II; Seúl; 1990

• Servicio de Información de Corea; Guía de la Herencia Cultural de Corea; Editorial del Servicio de Información; República de Corea; 2002

[1] PAK, Yong-ok; Una Historia de las Mujeres Coreanas, Koreana Tomo I, Año II; págs. 37-48.

[2] KOMÁREK, Susanne; El chamanismo en la cultura mapuche, ¿Por qué lo ejerce la machi y no el macho?; Archivo PDF; pág 12.

[3] Esto según lo expresado en la fuente Los Pueblos Andinos en http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/Campos-Estancias/aboriand.htm, pero no se ha encontrado mayor información al respecto.

[4] SARASOLA, Carlos Martínez, Nuestros paisanos los indios, pág 346.

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