HOMENAJE A ROBERTO FONTANARROSA

Hay pocos creadores que pasan a formar parte de nuestra historia personal. Esos a quienes uno siente casi como amigos. Los que de adolescentes tuvieron la fortuna de leer a Cortázar saben de lo que hablo, otro caso se da con los fanáticos del cine de Woody Allen. El 19 de julio se nos fue “el negro” Fontanarrosa y desde Seda decidimos homenajearlo como lo hicimos también en vida, recomendando y difundiendo su literatura.

Damián Blas Vives
Director editorial
Ex librero

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“El negro” opina sobre las aulas
Por Damián Blas Vives y Ana Da Costa

Allá por el 2005 nos cruzamos con “el negro” en la Feria del libro. Ya nos conocíamos de una entrevista anterior, pero como en el país se hablaba de la educación, como cada tanto se suele hacer, decimos molestarlo con un par de preguntas.

-¿Cuáles son las falencias que encontrás en el sistema educativo?

-¡Ese es un tema larguísimo…! Encuentro falencias no sólo en la lectura. Por ejemplo, hay preguntas que nunca me han podido contestar o  no me han convencido: “¿Por qué carajo los chicos tiene que ir tan temprano a la escuela?”. Me refiero a los que van al turno mañana. Yo digo que una de las causas de que el país esté así, es por el resentimiento que hemos ido acumulando todos en tener que levantarnos en pleno invierno, a esa hora cuando es de noche todavía, con un frío de cagarse para ir a la escuela. Porque si vos decís: vamos al cine, a jugar al fútbol, o salimos de viaje, es una cosa placentera.

El otro día me contaba un taxista que el chico iba al jardín de infantes y se tenía que levantar a las seis y media de la mañana. ¿Te imaginás a ese chico? ¡Va a ser más malo que las arañas cuando sea grande!

Todos lo justifican diciendo  “Entran a esa hora porque tienen doble escolaridad…”. Pero, ¡por qué no se van a cagar, viejo! ¡Que vayan dos horas más tarde, que almuercen dos horas más tarde y que los de la secundaria, del segundo turno, vayan más tarde!

-En tu trabajo diario, ¿también es un tema levantarse temprano?

-Sí, eso me generó un rechazo, creo incluso que todo lo que he hecho en mi vida ha tenido la dirección de levantarme tarde. O sea, yo me levanto a las nueve y media y a la mierda. Lo puedo hacer porque no trabajo en función de equipo, yo leo los diarios, y me pongo a trabajar las ideas y después mando la tira.

-¿Qué fallas hay respecto a la lectura en los colegios?

-Mirá, yo veo que pasan muchas maestras acá por el stand de la Feria del Libro y me dicen “Yo trabajo los cuentos tuyos”, y yo digo “¡Mierda, así esta la Educación!”, o si no te dicen “Mi hijo lo único que lee es esto”.

Yo creo que el humor tiene un gancho particular, no el mío, sino el de cualquiera. El humor tiene un cierto atractivo que por ahí hace que vos privilegies esos textos antes que leer otra cosa.

A veces se dice “La gente empieza a leer los diarios por los chistes porque son cortitos”. En principio, técnicamente son cortitos, como un título. Pero si vos tuvieras acá atrás, en lugar de todos chistes cortitos, una historieta enorme con mucho texto, no sé si lo leerían primero. Tal vez, lo guardan y cuando llegan a la casa lo leen.  Se supone que los chistes por ahí te pueden causar gracia. No sólo porque son cortitos, sino porque te pueden causar gracia.

Entonces, ¿qué pasa? A mí me queda la impresión de que en la escuela secundaria, fundamentalmente,  además de que vos tenés que leer cosas espantosas, podés divertirte con otro tipo de lectura. En mi caso, yo era de los que me gustaban materias como historia, geografía o lengua; pero no quería saber nada con química, física y matemática, obviamente ¿no? Pero es cierto que, a veces, las lecturas que me hacían consumir… ¡Como El Mío Cid Campeador suponete!

Yo no te pido que hagas concesiones, pero por lo menos para engancharlos haceles leer otra cosa, algo que les interese, o que esté referido a los adolescentes, a la problemática de ellos, o que les cause gracia. ¿Qué carajo tiene que ver El Mío Cid Campeador con lo que están viviendo los chicos?

Vos le podés decir a tu hijo que lea, pero si él no te ve a vos leyendo sospecha. ¿Cómo? ¡Este me dice a mí que lea y él no lee nunca! Ahora, si te ve leyendo media hora, una hora, dos horas dice “¡Puta, se debe divertir con esto!” Le debe provocar alguna curiosidad, ¿no?.

-¿Los docentes deberían revertir la metodología de enseñanza?

-Y sí… Además, parece que hay una intención de cumplimentar programas, no sé con qué finalidad. Aparte, hay otra cosa que me llamaba la atención. Cada tanto, aparecen notas en los diarios y la gente dice: “Mirá lo que pasó en el ingreso de tal Universidad, rindieron 400 y 395 quedaron afuera. ¡Y las cosas que contestaron! Mirá lo que contestan…”. Y hay como una tomada en joda, una sorna con respecto a los estudiantes. Yo me acuerdo de una cosa que decía mi viejo: “Mirá, si en un curso rinden 30 tipos y 5 fallan, es muy factible que esos tipos tengan problemas de educación, de aprendizaje, sean vagos, le importe un carajo, que sé yo… Ahora, si fallan los 30,  el problema es del profesor”. Claro, porque  si a mí un profesor me enseña inglés durante 20 años y yo digo que la palabra “yes” significa gato, el problema es de este hijo de puta que no me lo enseñó bien, ¿no?. A menos que yo sea un retardado total, ¿viste? Entonces me parece que el problema es más de los profesores que de los alumnos.

2 Cuentos orientales

En la producción de Fontanarrosa abundan los relatos centrados o referidos tangencialmente a Asia. A su historia, a sus corrientes místicas y, sobre todo, a la influencia que éstas han tenido en nuestra cultura. Daniel Divinsky, director de Ediciones de la Flor (editorial en la que “el negro” publico casi toda su obra), nos permitió gentilmente reproducir los dos textos que seleccionamos para la ocasión.

Mi encuentro con Jawaharlal

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Con seis meses de anticipación tuve que gestionar mi cita con Jawaharlal. En realidad yo, hace un año, no tenía la más mínima idea de la existencia de Jawaharlal, el brahmán levítico de la Senda de lo Intangible. Y Tamara me habló de él una tarde en que tomábamos sangría en esa especie de jardín de invierno que tiene en su casa.

Hacía calor, me acuerdo. Tamara, como siempre, estaba sentada sobre ese sillón color caca que tiene, descalza, recostada sobre uno de los apoyabrazos y con las piernas recogidas sobre los almohadones. Siempre le gusta andar descalza. Dice que la hace sentir más libre y la conecta con la energía de la tierra.

Es una mujer interesante, Tamara. Muchos dicen que está absolutamente loca, que se la pasa actuando, que ha compuesto un personaje de languidez permanente, pero así y todo es muy agradable. No sé. A mí me cae bien.

Por supuesto que a María Laura no. Aguanta mi relación con ella porque Tamara ya tiene como sesenta años y descuenta que yo no me voy a encamotar con una mujer tan vieja. Tamara tiene sesenta y los demuestra, son su orgullo.

Siempre dice que jamás ocultaría una sola de sus arru­gas, que las arrugas son como los anillos que indican la edad de los árboles, o como las insignias que muestran el grado de los militares. Tenía puesta una de esas túnicas hindúes que son como de seda y fumaba.

Su casa está siempre llena de plantas, gatos, velas, sa­humerios y música rara. Esa música hindú, que son como ruiditos, como ensayos de los instrumentos antes de empe­zar a tocar.

Pero a mí me hace bien hablar con ella. Nunca supe de qué trabaja o cómo se mantiene pero de todos modos siem­pre me cuenta que come tallos de bambú, como los pandas; soja, pétalos de flores, raíces, bulbos, glóbulos homeopáti­cos, cosas que, en definitiva, no cuestan un carajo y se en­cuentran tiradas por la calle o te las regalan en las verdulerías si comprás un camote. Y yo ya andaba bastante confundido por esa época. Me resistía a aceptar, sin embar­go, que todos mis malestares, úlceras, esofagitis, arritmias, urticarias, se relacionaban con los quilombos que habían empezado a aparecer con María Laura, mi mujer.

-¿Escuchaste hablar de Jawaharlal? -me preguntó Tamara, cuando yo terminé de contarle mi último despelo­te familiar. Le dije que no-. ¿Tampoco leíste nada de él?

Volví a negar con la cabeza. Tamara me explicó que ya mucha gente importante de Buenos Aires, psicólogos, filó­sofos, decoradores, economistas, pintores, viajaban periódi­camente a la India para visitarlo, conocerlo, acceder a la paz interior, recibir una palabra de esclarecimiento o inten­tar captar el sentido misterioso del tiempo.

-Viene ahora -me dijo-. A Buenos Aires.

-¿Ahora?

-En julio. Dentro de seis meses.

-Ah. Falta mucho.

-Según como se vea -suspiró Tamara, sonriendo, ca­si condescendiente-. Lo del tiempo es tan relativo. Tan re­lativo. Deberías reservar desde ya tu turno para verlo. Ma­ñana a más tardar. Es la primera vez que viene al país y todo el mundo está desesperado por consultarlo. Son en­cuentros absolutamente personales, de más está decirlo.

Viene a un hotel cinco estrellas de Buenos Aires y va a es­tar solamente dos días.

-Dos días… Es poquísimo…

-Es tan relativo, lo del tiempo.

Yo, para ser sincero, ya había intentado varias tera­pias de las llamadas alternativas. Mi mundo había empe­zado a resquebrajarse desde esa tarde en que María Laura me tiró por la cabeza con el multiprocesador Kenia en me­dio de una discusión sobre si al jugo de frutas convenía agregarle, o no, leche condensada y nueces secas.

Ella más de una vez había amenazado con agredirme físicamente, pero ésa fue la primera vez que lo intentó en forma abierta. Yo había fracasado ya con el Control Mental. Al principio me pareció interesante, pero me resultaba po­co confiable que el tipo que dictaba el curso fuera el mismo que, tiempo atrás, le había dado un curso de venta de cos­méticos a mi hermana.

No era que yo desconfiara de su versatilidad, pero ese conocimiento suyo de alguien de mi familia no me dejaba muy tranquilo. Confieso que prefería que nadie se entera­ra de esas actividades mías donde buscaba un poco de paz y sabiduría, porque enseguida empezaban a mirarte como a un loco. Tanto que le decía a María Laura que salía a correr a las siete de la mañana y me iba a lo del Control Men­tal. Apenas Pianovi, que era el tipo que dictaba el curso, me decía que me concentrara y cerrara los ojos, me quedaba dormido. Pero completamente dormido.

Roncaba y molestaba a los demás. Babeaba. Duré muy poco en ese curso. Después, en la medida en que aumenta­ban mis peleas con María Laura, intenté unas clases de bri­colage, la homeopatía y también el tai-chi-chuan. El tai-chi­chuan me hacía muy bien para la coordinación muscular, pero no lograba relajarme. Al profesor -«sabón» debíamos llamarlo- se le había metido en la cabeza que teníamos que practicar al aire libre, en las plazas, y a mí me daba una vergüenza tremenda. Me resultaba insoportable estar allí, en una plaza pública, moviéndome en cámara lenta, vestido como un maestro ninja, a la vista de todos, rogando que no pasara ningún conocido.

Volvía a mi casa y tenía que tomarme un Valium tri­ple para relajarme. Lo soporté hasta el día en que me vio un amigo de mi hijo Marcos, a la salida de la escuela se­cundaria junto con otros compañeros. Adolescentes des­piadados que podían gozar torturando animales domésti­cos y que yo adiviné de reojo mientras levantaba una pierna en ese movimiento identificatorio de la «cigueña de Fu-chen», que me suele producir un calambre terrible acá atrás, en los aductores.

Escuché, de pronto: «¡Roberto!», y supe que el guacho de Alvarito me había detectado. O que había creído reconocer­me y, estupefacto, deseaba confirmarlo. No le contesté, fin­giendo estar concentrado en mi armonía corporal. Pero me di cuenta de que me había puesto rojo, y la transpiración me corría por las axilas como un torrente. «¡Roberto!», me vol­vió a llamar Alvarito. En medio de un giro, elevé un dedo de la mano, como saludando y oí que Alvarito decía: «¡Es Ro­berto, es Roberto, boludo!». Se alejó, con los demás, en pato­ta, y segundos después escuché una explosión de carcaja­das. Ese día no resistí más y abandoné el tai-chi-chuan.

Pasé también por el reiki, esa disciplina en la que una mujer (en mi caso era una mujer) le pasa a uno la palma de la mano muy cerca de la piel para captar las diferentes energías. Pero yo, mal informado, creí que se trataba de un estilo especial de masaje, el masaje tailandés o cosa así, donde, entre otras cosas, el masajista le camina a uno por la espalda. Me pasé el tiempo esperando que esa tipa me pusiera una mano encima, trémulo y anhelante. La veía acercar su mano a mi pecho, a mi estómago, a mis muslos, lentamente, prometedoramente, sin tocarme nunca y pen­sé que no se animaba a hacerlo, que era una principiante a la que le daba asco la piel masculina.

Yo soy un acomplejado con mi cutis, tiene granos, ba­rritos, espinillas, y hasta verrugas. Pero no llegaba a expli­carme cómo no me tocaba ni siquiera el pecho donde no ten­go ni siquiera pelo. Eran momentos de ansiedad, confusión y frustración profundas. Al segundo día en que persistió en no tocarme no volví más, muy caliente. Después Tamara me contó que el reiki consistía en captar la energía con las palmas de las manos pero sin contacto alguno.

También un amigo del trabajo me habló del shri-anan­da, una modalidad hindú que procura la armonía del espí­ritu con el cuerpo, la carta astral y la ropa blanca. Se basa en pequeños mordiscos que el especialista le aplica al pa­ciente sobre la nuca. Me dijeron que era muy estimulante, pero no me animé. Luego leí que un canadiense quedó pa­rapléjico con eso.

Y lo que ya me había desalentado definitivamente era el yoga. Acudí al yoga tras una de las peleas más encarnizadas con María Laura, cuando me confesó que yo era la peor ba­sura que había conocido en toda su vida. Y no me lo dijo ata­cada por la furia. Me lo dijo fría y razonadamente, absoluta­mente convencida de lo que sentía, como si hubiese llegado a esa conclusión después de un análisis profundo.

No sé qué hubiese sido peor, si eso o la violencia física, porque María Laura enojada era de temer. Y si no, me re­mito al episodio del mutiprocesador Kenia. No pude en el yoga asimilar los cambios de respiración. La profesora, Te­resita Ayerza, nos contaba que Gandhi, por ejemplo, respi­raba tan sólo siete veces durante el día.

Dos veces antes de cada comida y una vez a la noche, cuando los problemas de la geopolítica ya lo abrumaban. Yo, admito, soy una persona simple, y tenía la firme idea de que nosotros sabíamos respirar desde chiquitos, de lo contrario todos hubiéramos muerto, pero al parecer no es así. Los orientales sí saben respirar. Lo hacen con el esófago y algu­nos, los de Sri Lanka, incluso con el hígado. Hay países, me decía Teresita, donde casi no se respira, es un hábito obsole­to. Pero ellos, los asiáticos, consiguen una mejor oxigenación de la sangre. La sangre de los malayos, por ejemplo, son pu­ros globitos y es casi blanca. Diez mililitros de sangre mala­ya valen casi por medio litro de la nuestra. Dosifican, si se lo proponen, la irrigación del cerebro también.

En el Nepal, me contaba, hay lamas que tienen irriga­ción artificial, que no sé cómo la consiguen pero es muy ca­ra. Irrigan más el cerebro durante el día, que es cuando lo necesitan, y durante la noche apenas si le dejan pasar al­gunos chorritos.

Llegará un día, estoy seguro, en que nos enteraremos de que tampoco sabemos mirar y que siempre hemos mira­do muy mal. Que, por ejemplo, usamos apenas un cinco por ciento de la capacidad de la pupila. Que hay que hacerlo con los ojos entrecerrados, supongamos, o descargando to­da la energía óptica en los lagrimales, como lo hacen los ti­betanos.

O escuchar, sin ir más lejos. Seguramente escuchamos para la mierda y los que escuchan bien son los chinos, que ponen la oreja de otra manera, que discriminan los sonidos, que separan los agudos de los graves.

Al segundo día en que me empecé a poner morado en la clase de yoga el profesor me recomendó que no siguiera con eso de la respiración, por un tiempo, hasta que regula­rizara mi ritmo cardíaco.

Se lo agradecí profundamente. Pero me sentí desprote­gido ante mi crisis matrimonial. Entonces, afortunadamen­te, Tamara me habló de Jawaharlal y las Ordenanzas de la Senda de lo Intangible.

Tuve que llamar a un número de teléfono que aparecía en un aviso de «Clarín» para concertar la cita con el brah­mán. Me contestó una voz con fuerte acento extranjero ha­blando muy mal el castellano, que me tomó el nombre, me dio un horario y me preguntó cuál era mi problema. Le di­je que tenía problemas de relación con María Laura. Me preguntó si María Laura era yo o mi mujer.

Le dije que mi mujer. Dijo «Ah» y cortó. No me dio tiempo a preguntarle cuánto me costaría esa visita. Tama­ra me dijo después que había muchas formas de pagarle al maestro y que una de ellas era con la «armonía sensitiva».

-¿Qué es eso? -me atreví a preguntarle yo.

-La armonía sensitiva -se encogió de hombros Ta­mara, entrecerrando los ojos y oscilando una mano en el ai­re, como si ese gesto aclarara el asunto por completo.

A todo esto yo tenía la sensación de que había algo que a mí todavía no me habían explicado, que me estaban de­jando fuera de una conspiración conjunta o de una broma colectiva. Lo mismo que me ocurrió hace muchos años, en una reunión en casa del Gallego.

Habían decidido, después de comer, jugar al Detective, entretenimiento que yo no conocía. Tal vez por eso me ha­bían elegido a mí como figura central. Tenía que salir del li­ving y ellos -eran como 14- inventarían una historia re­lativa a un crimen. Luego yo debía entrar, comenzar con las preguntas y, a través de las respuestas, ir dilucidando el misterio hasta dar con el asesino. Muy animado -había to­mado vino esa noche- dejé pasar el tiempo establecido pa­ra que ellos armaran la historia y volví al living.

Empecé con mis preguntas y ellos, según el reglamen­to del juego, sólo estaban obligados a contestar sí o no, al unísono.

Armé la historia, imaginé cómplices, acusé secuaces, acoplé parejas de amantes entre amigos y amigas allí pre­sentes, hasta que me dijeron que la historia no existía. Que la había ido armando yo con mis preguntas. Que ellos sim­plemente se habían confabulado a contestar «sí» a todas mis preguntas que terminaran con vocales, y «no» a las que terminaran con consonantes. Por eso sonaban tan unáni­mes y convincentes las respuestas.

Me sentí un pelotudo y al volver a casa tuve una de mis primeras grandes peleas con María Laura que sabía cómo iba el juego y no me lo dijo. Argumentó que si me lo hubiera dicho no tenía ninguna gracia y me acusó de estar caliente con la negra Sofía a quien había sindicado, en mi historia, como mi informante.

Esa noche amenazó pegarme con uno de sus zapatos de taco alto, me gritó que no valía la pena ir a reuniones so­ciales conmigo y yo le dije que no soportaba que sus amigos me agarraran de pelotudo.

Me invadió un ataque de ansiedad por verlo a este hombre, al Jawaharlal, el sabio de la Armonía Sensitiva.

Cuando viajaba en el auto hacia Buenos Aires iba re­bobinando lo de mi relación con María Laura. Cómo había ido empeorando todo, cómo se había ido deteriorando.

Tras una primera década medianamente buena, tran­quila, reposada, empezaron las peleas, las discusiones, los griteríos. El reproche permanente, la queja, la intolerancia más que nada. Eso me fue llenando de ansiedad, de inquie­tud, de una angustia vaga y oscura que me rodeaba como una bruma. Yo soy un tipo bastante nervioso, lo confieso. Y un es­tado de constante agresión me saca de quicio. Es como cami­nar sobre una delgada capa de hielo que, a cada paso, se pue­de resquebrajar y uno sabe que, abajo, espera el agua helada, el frío mortal, el plancton, las orcas, las ballenas asesinas.

Difícil vivir así.

No comprendía demasiado bien cómo la convivencia había generado tal incompatibilidad, como si una lija hu­biese estado raspando, raspando y raspando la piel de cada uno de nosotros hasta que finalmente, ahora, estábamos ambos en carne viva.

Jawaharlal, creo que ya lo dije, recibía en un hotel cin­co estrellas de Buenos Aires, en uno de esos hoteles de Puerto Madero, nuevo. Si no digo el nombre no es por el he­cho de no hacer publicidad ni ninguna de esas pelotudeces sino porque no me acuerdo. Tenía tal grado de excitación que ni me fijé en el nombre.

Sólo recuerdo que era de esos hoteles impresionantes, con un lobby gigantesco y muy luminoso y lleno de plantas. Algo impersonal, por otra parte.

Son hoteles que no transmiten rasgos característicos de ningún país. Uno está allí adentro y puede imaginar que está en cualquier parte del mundo, da igual. Supuse que Jawaharlal, en su infinita sabiduría, lo había preferido así.

Posiblemente un hotel netamente aporteñado, o neta­mente argentino -si lo hubiera- con recepcionistas vesti­dos de gauchos o una vaca embalsamada en la puerta como en la parrilla «La Estancia», le hubiera quitado clima a su presentación, que uno suponía ligada a Bangalore, a Ma­drás, al Ganges, a los fakires y todo eso.

Sin embargo, sin embargo, cuando uno entraba a la habitación, a la suite de Jawaharlal, ya la cosa cambiaba. Toda esa impersonalidad desaparecía y uno se encontraba con un real clima hinduista. O, al menos, lo que uno supo­ne un clima hinduista, a través de las películas.

Películas que en general hacen los yankis y que, en de­finitiva, vaya a saber si tienen, realmente, alguna conexión con la India verdadera. Porque las hacen en Filadelfia y los tipos andan tan disfrazados como Abbott y Costello en las películas sobre Arabia con alfombras voladoras.

Pero lo primero que me impactó al entrar fue el olor, como una cachetada. A incienso, por supuesto, muy fuerte. A flores, a jabón, a humo de velas aromáticas. Y un leve, pero muy leve aroma a bosta. Un olor a Exposición Rural, a mierda de vaca, a fardos de pasto que, por otra parte, no se veían por ningún lado.

Pero el olor estaba, por ahí abajo, debajo de los otros aromas, y no resultaba desagradable ni mucho menos. Mu­cho almohadón por el piso, alfombras, cortinados, tapices, el techo cubierto por tules colgando, una luz algo débil, te­nue, agradable.

Y la música, la música hindú, esa misma que fueron a estudiar los Beatles. Era como estar en Calcuta, en un rin­cón de Calcuta, donde no he estado nunca pero me la imagino. Faltaba alguna vaca sagrada, algún cebú, alguna co­bra con su fakir, pero eso, eso, ya hubiese sido propio de Disneylandia. Sólo los yankis son capaces de animarse a hacer caricaturas de todas esas cosas.

Me atendió algo, no sé si era una chica o un chico, de pelo renegrido y largo a la cachetada, de piel color verde, ese tono morochón aceitunado que tienen los hindúes. Pero vestido así nomás, camisita blanca y pantalón negro y unas zapatillas tipo Boyero.

Me hizo pasar al salón principal. A mí me temblaban las piernas.

En el salón principal, tumbado sobre unos almohado­nes, sobre una tarima no muy alta y cubierta por tapices, estaba Jawaharlal, el brahmán levítico que me conduciría por la Senda de lo Intangible.

Era más chico, más pequeño de físico de lo que yo lo había supuesto viéndolo en la tapa del libro que me había mostrado Tamara.

Bastante gordo, pelado, de larga y desprolija barba blanca, el poco cabello que le quedaba en la cabeza muy crecido, casi sobre los hombros.

Tendría más de setenta años y menos de no sé cuántos. Porque el otro límite era indefinido. Estaba semirrecostado sobre esos almohadones, panzón, las piernas cruzadas. Lle­vaba puesta una túnica larga de color amarillo azafrán, un pequeño aro en la oreja izquierda, una guirnalda de flores rosáceas colgando del cuello.

Mi joven acompañante me indicó que me sentara en un almohadón, frente al maestro. Y allí Jawaharlal me miró.

Hasta ese momento, desde que había entrado en el salón hasta que me senté, no me había dispensado ni siquiera un vistazo. Me miró con una mirada realmente profunda.

Tenía ojos verdosos muy claros, los párpados algo en­trecerrados, a un punto que no supe si me estaba estudian­do o se estaba durmiendo.

Permaneció así, largamente, en silencio. Supe que lo hacía para que yo tuviera tiempo de tranquilizarme. Y así fue.

El ambiente de reposo, la música, el incienso, me fue­ron devolviendo la calma. Había en Jawaharlal, es cierto, una vibración, algo trémulo, una energía. Pero mi preocupación era otra. ¿Hablaría castellano Jawaharlal? Tamara me había contado que dominaba 43 idiomas, pero que 37 de ellos eran dialectos pertenecientes a Siam y a las Islas Maldi­vas. Otro idioma era el portugués. Yo descontaba que otro más sería el inglés, por eso de la dominación británica. Pe­ro… ¿qué motivo podría tener un brahmán levítico de Nue­va Delhi para aprender el castellano? ¿Habría en Calcuta una Peña de Residentes Santiagueños, por ejemplo? ¿O un Centro Gallego que organizara fabadas todos los fines de semana y lo invitara?

-Roberto… -dijo, de pronto, en buen castellano, pau­sadamente, con una voz algo gutural pero clara-. Tienes problemas con tu mujer…

Me sobresaltó, por supuesto que me sobresaltó. Ade­más, al hablar, me había mostrado una hilera de dientes te­rriblemente manchados, marrones, casi negros. El agua contaminada del Ganges, seguramente. Nada bueno puede hacerle a una dentadura esa agua donde se bañan los le­prosos, los mutilados, las vacas, los cocodrilos, donde arro­jan los muertos. Llega un momento en que la placa bacteriana perjudica al esmalte. Eso le había pasado a Jawaharlal.

-No es eso, maestro… -vacilé, encogiéndome de hombros-. En definitiva eso no es otra cosa que…

Me daba vergüenza confesar que había ido a consultar a uno de los grandes filósofos de la actualidad por un do­méstico problema con mi esposa. La sola enunciación, incluso, en sus labios, había sonado tan ramplona, tan vul­gar, tan común a los millones de habitantes de este planeta que no me sentí merecedor de su atención.

-Eso es… -traté de continuar- …apenas conse­cuencia de mi desestabilidad emocional…

-No te apresures -me dijo-. El pequeño problema que mora en nuestra casa… -se quedó en silencio por un instante, como buscando la continuidad de la frase. Luego, solivió un poco su cuerpo pesado y buscó una nueva postu­ra. Se recostó sobre su otro flanco. Puso cara de fastidio, tal vez por no encontrar el aforismo adecuado. Aspiró el aire un par de veces. Temí que empezara con el tema de la res­piración, como los yogui-. ¿Te agrada el aroma de este sa­humerio? -preguntó.

Temí contestar una tontería. Me avergonzaba aparecer como demasiado terrenal frente a ese hombre. Pero las op­ciones para contestar no eran muchas. Dos, a lo sumo.

-Sí. Me gusta. Me gusta.

Jawaharlal se inclinó hacia un costado, con un pequeño bufido, e hizo sonar una campanita muy chiquita que to­mó de una mesa ratona. La campanita, minúscula, casi no se veía entre sus dedos. Apareció uno de sus ayudantes.

-¿Qué sahumerio es éste, Lurgan? -preguntó. -Palisandro, maestro.

-¿Pero es el palisandro que usamos siempre?

El servidor asintió con la cabeza. Gesto, al parecer, de comprensión universal.

-¿Seguro?

-Seguro.

Jawaharlal volvió a mirarme.

-Hay, Roberto, una armonía universal… -dijo, dibu­jando con ambas manos una esfera, en el aire-. Dentro de ella… -irguió los hombros, balanceó su cuerpo y acomodó el almohadón donde se sentaba. Se inclinó y volvió a hacer sonar la campanita. Como si todo estuviera concertado, apareció Lurgan con una taza de té y la puso sobre la mesita laqueada, junto al maestro.

-¿Lurgan? -preguntó Jawaharlal-. ¿Este almoha­dón es el mío, el de siempre?

Lurgan estiró el cuello para comprobarlo.

-Sí, maestro.

-¿Seguro?

-El de siempre.

-¿Puede haberse estropeado durante el viaje? Lurgan se encogió de hombros.

-Puede -musitó, redondeando un diálogo que bien podría haber envidiado Kipling.

Jawaharlal buscó acomodarse sobre el enorme almo­hadón, tirando los hombros hacia atrás, contrayendo los glúteos. Sorbió un poco de té.

-Toda mujer, Roberto… -continuó- …configura, de por sí… un… -se detuvo, frunciendo los labios, paladean­do lo que estaba por decir. ¿Es arándano? -se preguntó a sí mismo, observando el interior de la taza. Volvió a ha­cer sonar la campanita.

-¿Es arándano? -preguntó a Lurgan, mostrando la taza.

-Es tilo.

-¿No había arándano?

Lurgan negó con la cabeza en un gesto, por lo visto, también universal.

-Usted nos pidió que compráramos tilo -dijo-. Cuando se nos acabó el arándano en Buzios.

-¿Yo les dije? -el maestro se señaló a sí mismo apoyan­do ambos dedos índices en sus hombros-. ¿Yo les dije eso?

El jovencito aprobó con la cabeza. Jawaharlal musitó algo en un extraño idioma, más profundo, carraspeado, en un tono algo airado. Lurgan bajó la cabeza y se marchó.

-Se les acaba el arándano y compran tilo -me dijo Jawaharlal, bajando la voz-. Saben que a mí el tilo no me gusta. Afecta, por otra parte, a la membrana del tímpano. Siempre lo mismo -dejó la taza sobre la mesita. Volvió a revolverse, incómodo, sobre el almohadón-. La pareja, Ro­berto, es la conjunción de dos…

Se apretó los ojos con los dedos de la mano derecha. Estuvo así unos segundos, pensando quizás. Se quitó los dedos de los ojos y parpadeó:

-Saben que el palisandro me hace lagrimear… Pero insisten con el palisandro… -hizo sonar la campanita. Apareció Lurgan.

-¿Pueden apagar ese sahumerio? -pidió Jawahar­lal-. Me irrita los ojos.

Lurgan, sin una palabra, se llevó el sahumerio. Jawa­harlal agitó su mano frente a su cara.

-Queda el humo -explicó. Tosió-. Me afecta la gar­ganta. Saben que me afecta la garganta. -Dio dos palmadas breves y apareció Lurgan.- ¿Se puede abrir alguna ventana?

Lurgan negó con la cabeza.

-Son herméticas, señor. Puedo prender el aire acondi­cionado.

-Me seca el sistema respiratorio.

Lurgan esperó. El maestro le habló nuevamente, pero ahora en el intrincado dialecto. Había aristas duras en su voz. Luego de que Lurgan se retirara, me miró pasando una mano frente a su rostro como para graficarme que res­piraba mal.

-Hay una imagen de Garuda Purana sobre la mujer, Roberto… -retomó el maestro- …descripta en las Cuatro Esferas de sus Upanishads…

Lurgan entró trayendo otra taza de té. La dejó sobre la mesita y se llevó la anterior. Jawaharlal se revolvió en su asiento, lo adelantó un poco.

-¿Seguro que este almohadón es el de siempre? -con­sultó a Lurgan, cuando el joven se iba. Lurgan aprobó con la cabeza-. ¿No le habrá cambiado Jahyastithi el relleno?

-Voy a averiguar -vaciló Lurgan, marchándose. Ja­waharlal dijo algo como para sí, en dialecto. Probó un sor­bo de su nuevo té.

-La cobra, Roberto… no es un ofidio. Es una deidad… ¡Lurgan! -llamó, sin acudir ahora a la campanita. Se lo notaba definitivamente encrespado. Lurgan apareció de in­mediato. Indudablemente ya se quedaba pegado a la puer­ta, del lado de afuera. Hizo un gesto inquisidor con las ce­jas. El maestro le señaló con el mentón la taza de té.

-¿Éste tampoco le gusta? -preguntó Lurgan, en un tono que me sonó algo descomedido.

-Está frío.

-¿Frío? Cuando lo traje estaba hirviendo. Le traigo otro.

-No. No traigas nada.

-Le traigo otro.

-No traigas nada. Se me pasaron las ganas de tomar té. No quiero tomar té.

Lurgan se encogió de hombros, retiró el té y se fue. Jawaharlal apoyó su mentón en un puño y se quedó mirando un punto lejano. Resopló. Luego trató de acomo­dar nuevamente su almohadón.

-En ocasiones… Alberto… -retornó.

-Roberto -me atreví a interrumpirlo.

-Roberto… En ocasiones, el corazón de la mujer se llena de veneno… -se interrumpió, mirando fijamente ha­cia el techo. Sin que lo llamaran, apareció Lurgan, las manos entrelazadas frente a sus muslos.

-Se mueve… -señaló el maestro hacia arriba.

-¿Qué… se mueve? -con Lurgan acompañamos su mirada.

-La tela. Esa tela que cuelga. Se mueve. Me distrae.

En efecto, uno de los tules que pendía haciendo arcos desde el cielo raso, oscilaba levemente.

-¿Quién prendió el aire acondicionado? -preguntó Jawaharlal, ya colérico-. Yo digo que no prendan el aire acondicionado porque me seca la garganta y ustedes lo prenden.

-No prendimos el aire acondicionado -dijo Lurgan-. Prendimos el extractor de aire porque usted se quejaba por el humo del incienso.

-¡Pero mueve la tela! ¡Mueve la tela y me desconcen­tra! ¡No puedo ni siquiera hablar!

-Lo apago.

-¡Será posible! -se puso de pie Jawaharlal con im­pensada agilidad para sus años. De todas maneras, de pie se lo notaba más encorvado-. ¡Saben que no soporto el té frío! ¡Y este almohadón…! -se volvió y le dio una patada al almohadón-. ¡Así no se puede, así no se puede!

Yo estaba bastante trémulo, un tanto asustado ante el fastidio desatado del sabio. Habían aparecido, en actitud sumisa, Lurgan y otros dos asistentes, todos jóvenes.

-¡Que se vaya! ¡Que se vaya! ¡Que se retire! -bramó Jawaharlal-. ¡Así no puedo atender a nadie! ¡Se mueve esa tela! ¡Necesito quietud absoluta!

Comprendí que estaba indicando que había llegado el momento de marcharme.

-Que le devuelvan el dinero y que se vaya -ordenó, por último. Estaba dándome la espalda, con las manos to­madas sobre los glúteos.

-Gracias, maestro -atiné a decir, mientras Lurgan y otro muchacho me ayudaban a incorporarme. El brahmán apenas levantó una mano, a modo de despedida, sin darse vuelta.

-Pero… Yo no pagué nada… -le musité a Lurgan, que me conducía hasta la salida de la suite, presionándome levemente por el brazo. Lurgan se encogió de hombros, restando importancia al asunto.

Me detuve frente a la puerta, ya abierta. Me di cuenta de que el encuentro había sido un fracaso. Tal vez podría haber otra oportunidad.

-En una de ésas, yo… -le comencé a decir a Lurgan. Lurgan me tocó apenas con los dedos de su mano dere­cha sobre el pecho, haciéndome callar.

-La enseñanza es ésta, señor Roberto -me dijo, en voz muy baja. Y, cerrando los ojos, elevó su dedo índice ha­cia lo alto. Se mantuvo así por un tiempo que se me ocurrió ridículamente largo, tanto que pensé que se había quedado dormido. Pero, luego, habló y dijo-: Los años no nos traen ni sabiduría ni tolerancia. Los años, por el contrario, agu­dizan nuestras manías, nuestras fobias, nuestras locuras…

-¿Eso es todo?

-Eso es todo.

Me señaló la puerta y yo me fui.

Volviendo a Rosario, en el auto, pensé en mi relación con María Laura, en nuestra intemperancia, en las altera­ciones que produce el paso del tiempo y en mi poca pacien­cia para con ella. También repasé mentalmente las pala­bras finales del joven Lurgan. Y llegué a la conclusión de que el encuentro con Jawaharlal no había sido tan inútil, después de todo.

Publicado en Te digo mas… y otros cuentos.
©1985 by Ediciones de la Flor S.R.L.
Gorriti 3695, C1172ACE, Buenos Aires, Argentina.
ISBN950-515-103-9

PONCIO, EL PROFETA (Prof. Eremías Galimba)
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PROLOGO

Mi gran amigo, y respetable erudito, doctor Paulo Rafael Montilla Montaña, quien con gran sensatez y acierto di­rige esta colección, me ha pedido que tenga a bien pro­logar el relato del profesor Eremías Galimba que en estas páginas publica Editorial «Sol Nuevo».

De más está decir que yo no podría, bajo ningún aspec­to, negarme a una requisitoria del doctor Montilla Monta­ña y, menos aún, cuando se me concede el honor de firmar, así se trate de pocas líneas, algo incluido en uno de sus exquisitos volúmenes. Pero, con todo, nobleza obliga, creo conveniente hacer alguna salvedad, dado que muchos lectores podrían verse sorprendidos al hallar un trabajo del profesor Eremías Galimba con prólogo mío, debido a las opuestas concepciones fIlosóficas que me enfrentan con tan distinguido catedrático desde hace muchos años.

Sin embargo, debo aclarar al lector que, no por el he­cho de encontramos con el colega Galimba en veredas enfrentadas, dejo de reconocer que nos hallamos ambos en la misma calle conducente al enriquecimiento intelectual y el esclarecimiento histórico.

Si bien la humana y sana variedad de conceptos ubica a Eremías Galimba en líneas de estudio que no comparto, debe saberse que profeso por él un profundo respeto y una sincera admiración.

En virtud de esto que señalo es que no sólo he acep­tado realizar este prólogo, sino que me he tomado el atre­vimiento de realizar algunas, no muchas, acotaciones marginales, que sólo pretenden ayudar al lector e intro­ducirlo en el complejo pensamiento del profesor Galimba. Estas anotaciones se hallarán al pie de las páginas, junto a las iniciales N del P: Nota del prologuista.

Muchas gracias.

(Profesor José María Narval)

PONCIO, EL PROFETA

Esta historia fue narrada por Abdías, «El Arameo», a Eze­quiel, hijo de Namia y un campesino de Sarepta, a cam­bio de un odre conteniendo elixir de quinoto. Ezequiel confió la historia a Pascual, «El Maronita», a quien tam­bién llamaban «El cordero Pascual» por lo rizado de su cabello. Pascual, a su vez, la relató a Eremián de Massautis, «El Sordo», y allí los hechos se perdieron para siempre. Sin embargo, dos centurias más tarde, un hijo de Na­dab halló en una caverna cercana a Galaad, trescientas veintiocho enormes rocas en las cuales se encontraba, tallada, la perdida historia.

Vulgario, que así se llamaba el hijo de Nadab, compren­dió lo valioso de su hallazgo, y trasladó a su pesebre, no sin esfuerzo, las rocas grabadas. Con el tiempo, difundiría el texto de la maravillosa historia en una edición de bol­sillo, cincelada sobre un bloque de piedra pómez.[1]

Esta es, entonces, la narración que naciera de los labios de Abdías, «El Arameo», continuase en boca de Ezequiel, se divulgase en el dialecto de Pascual, se perdiese en el laberinto auditivo de Eremián de Massautis y terminase, como trozo de piedra pómez, en más de un baño público de la antigua Judá.

Poncio, el profeta, se arrastraba un día por un reseco sendero que iba desde el pueblo de Gibetón[2] hasta el desierto de Negep. Era propósito del profeta alcanzar la inmensidad del desierto para allí meditar. Meditar sobre el rumbo a seguir. Dos posibilidades se abrían frente a su escaldada cerviz: las arenas inmisericordes o el regreso a Gibetón, patria de Massah y Manaker, adonde había sido apedreado una vez más.

Poncio, natural de Ginzenia,[3] había dejado voluntaria­mente de caminar ante lo erróneo de sus últimas profe­cías. Era él quien había afirmado en la plaza de Gandul que el Mesías, aquel todopoderoso llamado Jesucristo, que pregonara su particular filosofía entre los desposeídos y los humildes, moriría a los 73 años, dueño de una impor­tante sedería, y casado con una cortesana egipcia llamada Cleopatra.

El inexorable curso de los acontecimientos puso en evidencia lo distante que estaba la profecía de Poncio de la realidad. En auto flagelación, Poncio quemó sus sandalias, que­bró su bastón sobre las espaldas de un pordiosero, y co­menzó a peregrinar reptando sobre el pedregoso suelo de Judá.

Avanzando así, quince años después, hacia el intrata­ble Negep, fue sorprendido por los hechos que se narran. Agotado, Poncio se había incorporado sobre sus ma­gros brazos, atisbando el horizonte, a la espera de la pre­sencia de algún camélido que le avisara de la cercanía del desierto.

Fue entonces que se elevó, frente a sus asombrados ojos, un remolino de tierra, guijarros, arena y ripio. Y de repente, una gran bola de luz pareció llegar desde el cielo para quedar suspendida frente a él. El sol de aquel día era tan enérgico y furioso como el de todos los días, sin embargo, la bola de luz era más clara y luminosa que el sol mismo.

Poncio, azorado, pensó primero en una alucinación, pero luego una voz profunda y clara llegó a sus oídos.

-Poncio -dijo la voz- Soy yo.

Poncio irguió se de rodillas, aterrado. No tenía ni remota idea de quién era el que así lo interpelaba, pero había percibido tal confianza en el timbre de aquella voz, que le pareció descortés desconocerla.

Frente a sus ojos, en el núcleo luminoso de la bola, se había corporizado la figura de un hombre alto, delgado, de mirada levemente estrábica.

-Quiero que seas tú, Poncio, el hijo de Ginat, quien lleves a todos los hombres del mundo, la verdad y claridad de mi doctrina -anunció la figura.

-Ocozías.[4]

-¿Cómo?

-Ocozías era mi padre.

-Ocozías, tú bien lo dices -admitió el aparecido-. Eres de fresca mente y tu memoria no ha sido mellada por la dureza del tiempo. Eres el elegido para profesar mi pa­labra.

– ¿Yo? -Poncio notó que el temor iba haciendo aban­dono de su cuerpo.

-No veo a nadie más por acá -ironizó la imagen-. Serás tú quien difunda mi pensamiento en la Tierra.

Poncio estrelló su frente contra el suelo, cubriéndose luego la cabeza con sus manos.

-Oh, desconocido -clamó-. No me comprometas. No pongas en mi boca ideas o conceptos revulsivos. No hagas que mi lengua propale o difunda mandatos inquietantes. ¿Qué clase de doctrina es? Ten la virtud de no comprometerme. Los romanos, tú sabes, no perdonan esas cosas.

-No temas…

-Fácil es decirlo. Pero…

-Debes confiar en mí.

Poncio se atrevió, entonces, a depositar su mirada en los ojos de la aparición.

-Pero… -balbuceó-. ¿Quién eres tú? Creo conocer­te de algún lado. Tal vez nos hayamos visto en la feria de Gandul. Admito que los nobles rasgos de tu rostro severo me resultan familiares, pero tu nombre, en este momento se niega a venir a mi mente…

-No mientas -cortó, tonante, el llegado del cielo-. No me conoces. Soy un Dios.

-¿Un Dios? -se extrañó Poncio-. ¿Es que hay muchos?

-Bastantes. ¿Has oído hablar de los griegos? – preguntó el Dios-. Pues bien…-prosiguió sin esperar respuesta- …ellos tienen dioses para el Amor, la Caza, el Fuego, la Guerra. Tienen dioses para todo. Pero… -agitó una mano dentro de la bola- …no perdamos tiempo en esos especialistas. Yo soy un Dios y te he elegido para que di­fundas mi prédica.

-Ha habido otros -dijo Poncio.

-Lo sé. Reconozco que me he retrasado en mi labor, pero no podía obtener esta luz que me rodea.

-¿Quién te la concede? -en la pregunta de Poncio había un atisbo de duda.

-Olvídalo. Soy yo quien habla. No puedo usarla por mucho tiempo. Está decidido. Serás tú quien imponga a los hombres de mi filosofía.

-Eso es peligroso, mi señor -arguyó Poncio-. Re­cuerda lo que le sucedió al Nazareno. Tan joven.

-Tú no hablarás -desestimó la aparición-. No harás milagros. No…

– ¿Cómo los hacía? -imploró, avido, Poncio, alar­gando sus brazos hacia la luz-. ¿Cómo los hacía?

-Algún día te lo diré. No es difícil. La mano es más rápida que la vista.

– Vi devolverle la movilidad a un inválido…

– Tú no harás nada de eso… -cambió de conversa­ción el Dios-. No tenemos tiempo para ese tipo de tareas. Yo necesito algo más interesante. Algo que sacuda el cora­zón y la razón de los hombres. Algo que sea comentado en los mercados de todas las ciudades. No tengo tiempo para una campaña extensa.

-Cristo contaba con apóstoles que lo seguían. Que lo ayudaban -argumentó Poncio.

-¿Cuántos piensas que necesitarías?

-¿Para qué zona?

-De aquí hasta las mesetas del Jezreel. Por ahora. Poncio calculó mentalmente.

-Con cinco me apaño -dijo.

-Ni pensar -pareció enfadarse la aparición-. Lo harás tú solo. Lo nuestro tendrá otro tono.

-Dime cuál es tu pensamiento, mi señor-. procu­ró ayudar Poncio-. Tal vez se me ocurra algo…

-No puedo dictártelo ahora. No he tenido tiempo de corregirlo. Te adelanto que trata, más que nada, sobre lo moral. Pero, te repito…

La duda tornó a la cabeza de Poncio.

-¿Eres, en verdad, un Dios? -articuló, casi a pesar suyo. Pero antes de finalizar la pregunta comprendió su error. La sola visión de aquella imagen celestial, flotando suspendida frente a sus ojos, a casi una vara del suelo, envuelta en una bola de luz, era una respuesta más que suficiente.

-Te repito… -prosiguió la aparición, sin dar cré­dito a la curiosidad de Poncio- tu labor será otra. Deberás terminar con el Faucetorio del Nilo.[5]

Ante la simple enunciación de aquella orden, Poncio tornó a estrellar su arrugada frente contra el suelo. El Faucetorio del Nilo era un espantoso animal compuesto por un tercio de cocodrilo, otro tercio de camello y el tercio final de choza de barro. Moraba en las riberas del gran río mesopotámico y se contaba que había devorado tribus enteras de prestamistas. Su sola visión, enloquecía.

-¡No! ¡No! -imploró Poncio. – Tú puedes hacerlo.

-Me mandas a la muerte. ¿Qué puede hacer un misera­ble como yo, tan sólo débil carne y hueso frágil, frente a la perversidad secular de ese azote? Me destrozará. Me envías a la muerte, señor.

Por primera vez, el Dios estiró su brazo hacia el trému­lo Poncio. Una mano cálida, pero firme y segura, oprimió un codo del profeta, y éste sintió su cuerpo invadido por una sensación noble y beatificante.

-Tú puedes hacerlo, Poncio -la voz del Dios era cal­ma y convincente-. Tú puedes hacerlo. Si vences al Fauce­torio del Nilo serás amado y famoso. Ya no te apedrearán en las plazas, ya no deberás arrastrarte como una serpiente dañina y ya no alejarán a los niños ni a los lechones ante tu presencia.

-Por tu nombre, podrá expandirse mi nombre en la mente de los hombres, como se expande el aroma a nabo por las aguas de un lago. Además, no temas a la muerte.

-Por sostener ideas extrañas fue Cristo a la muerte -insistió Poncio.

-¿Olvidas que él resucitó a los tres días? -lo tranqui­lizó el Dios-. Si la muerte llegase a sorprenderte en las fau­ces del Faucetorio, mandaré un ángel por ti, y te devolve­rá la vida. Una y mil veces si es necesario.

-¿Lo harás? -urgió Poncio.

-Si no viene al tercer día, lo hará al cuarto. Tú no te­mas. A veces hay muchas cosas que hacer. Pero vendrá por ti, y volverá el alma a tu cuerpo.

Poncio contempló la imagen con gesto atónito.

-No temas -repitió ésta.

-¿Por qué yo? -susurró el profeta-o ¿Por qué me eliges a mí para tal distinción?

-Pues haz fallado. Eres despreciado y vilipendiado. Y deseo darte una oportunidad.

Gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del hombre de Ginzenia.

-Ahorá… -continuó el Dios- ponte de pie. Arrastrándote, no vencerás al Faucetorio.

Mucho costó al pobre Poncio sostener incluso el poco peso de su devastado cuerpo sobre sus pies, abandonados de ejercicio desde hacía tres años. Pero, finalmente, pudo erguirse frente a su Dios e, incluso, practicar algunos pa­sos del Jorám,[6] la antigua danza de los amonitas.

-Para vencer al Faucetorio -recomendó la aparición celestial- sólo necesitarás una cosa: tener fe en mí. Pero además debes adiestrar tu magro cuerpo para la lucha, fortificar algo tus brazos y pegarle fuerte donde más le duele.

Poncio asintió con la cabeza, ensayando algunos quites y amagues con sus escuálidos hombros.

-Una cosa más… -puntualizó la imagen, en tanto ya se elevaba hacia las alturas.

-¿Qué, mi señor? -levantó sus ojos Poncio.

-Lávate un poco las rodillas.

Tres plagas de langosta más tarde,[7] cuando ya el infer­nal estío se batía en retirada dando paso al abrasador in­vierno, una multitud se apiñaba sobre una de las mese­tas que bordean el río Jordán. Había comerciantes fari­seos de tras las dunas, camelleros agarenos[8] llegados desde los aduares que bordean el Tigris, mujeres, niños, y hasta hombres de pieles de coloraciones extrañas venidos de re­giones tan lejanas que su sola mención sabía a patraña.

Durante cientos de días con sus noches, Poncio a voz en cuello había anunciado que desafiaría a duelo mortal al Faucetorio del Nilo. Lo había hecho en los mercados de Gensa y Fatilú, en las ferias de Hasabías y en los abiertos y habladeros públicos de todo Judá. Dijo a quien quisiera oírlo, que obraba bajo un mandato divino, al influjo de la protección de un Dios cuyo nombre aún no podía con­fiar a nadie, con el respaldo de un Alguien superior que lle­naba su pecho de fuego y sus brazos de fuerzas inauditas, y aseguró que el Faucetorio no le soportaría ni media ho­ra de combate.

Dos cosas hicieron que, finalmente, sus escépticos oyentes le creyesen. Primero, el hecho de ver a Poncio andando sobre sus dos pies, actitud que infundió un senti­miento de respeto entre los que lo rodeaban. Y luego, los sucesos que ocurrieron al amanecer del día elegido para la mortal lucha.

Cuando recién las sombras de la noche se marchaban, las áridas tierras de Judá temblaron, el cielo se tornó vio­láceo y los asnos corrieron a esconderse entre los telares de las ancianas. Todos comprendieron que aquello estaba relacionado con la lid próxima, y algunos cayeron de ro­dillas, aterrados. Otros, cruzaron apuestas. Hubo quie­nes, empero, ni aun así confiaron en las predicciones de Poncio, tal era el desprestigio que cargaba el profeta de Gensania sobre sus espaldas, a raíz de sus profecías sobre el futuro de Cristo y otra más, la que lanzara al viento di­ciendo que el pueblo palestino jamás tendría problemas en hallar tierras donde aposentarse. Pero incluso éstos fueron a la ribera del río Neftalí, con el interés lógico que des­pierta en todo ser humano la posibilidad de asistir a la horrible muerte de un semejante.

En la ladera de la meseta, la inmensa boca de una ca­verna, atraía las expectantes miradas. Se decía que dentro de aquella cueva umbría, moraba el implacable animal. Por la otra ribera del río Neftalí[9], seco totalmente desde hacía dos mil años, apareció Poncio. Armado tan sólo de un cayado de higuera, cubierto apenas por un lienzo arrollado a la cintura, se adelantó hacia la boca de la caverna. Allí bramó:

-¡Faucetorio del Nilo, hijo del cocodrilo y la mano de obra, cruel alimaña que avientas tu sed de sangre en los hombres, mujeres, niños y haciendas de esta región, lle­gó tu hora. En nombre de mi Dios, conocerás la muerte por vez primera y tu imagen será por siempre escarnecida, maldecida y vilipendiada. Mandato superior me ha con­cedido, a mí, Poncio de Ginsenia, el profeta, la repre­sentación en la tierra de un Dios superior y enorme, mejor a cuanto otro se haya conocido, o tengas tú o quien me escuche, referencia. En su confianza abrevo mi osadía en desafiarte en lucha. Ni siquiera mi muerte detendrá mi propósito, ya que de ser así, vendrá un ángel por mi cuer­po yerto y un hálito vivificante me devolverá la vida. Y volveré por ti, una y mil veces si es necesario, hasta que lo­gre liberar al pueblo ismaelita del azote maldito que tú representas. ¡Sal, si eres; de por sí, perverso y amistoso del riesgo!

El legendario monstruo salió de la cueva como un rayo y destrozó la cabeza del profeta de una sola y defini­tiva dentellada.

Bajo el sol de fuego, el cuerpo de Poncio reposó dos largos días, con sus noches, sobre la tierra. Pero ni los buitres, ni las demás aves del cielo, se acercaron a él. Tampoco cuando el beneficio del sol se retiraba, y llega­ba la noche silenciosa y oscura, se atrevían a hincarle el diente los perros salvajes, las ratas del desierto, las hienas ni los caimanes que pululaban por doquier.

Al cuarto día, el cielo se puso rojo como una gran llaga. El sol pareció arrugarse y se silenció el canto de las chicharras y el zumbido de las moscas. Cayeron las espinas de las zarzas y el agua de las charcas fue despedida hacia lo alto, como repentinos manantiales. Los pobladores is­maelitas elevaron sus ojos al cielo, atraídos por un ulular quejumbroso que llegaba desde lo alto. De repente, una gran bola de fuego comenzó a acercarse desde la luz del sol, como nacida de ella misma. Pronto, se advirtió que dicha luz era tan sólo un ángel, quien, poco después, castigó el suelo con su cuerpo desparramando vaporosas plumas en todas direcciones.

Tomándose un codo con la otra mano, el ángel se reincorporó. Sin fijar su vista sobre los pobladores que se habían acercado a contemplarlo, se acercó al cuerpo iner­te de Poncio, «el profeta». La celestial imagen se detuvo a unos pasos del caído, contemplándolo. Allí pareció de­tenerse, asimismo, la naturaleza toda. Los escasos pája­ros que osaban cruzar el cielo hirviente del desierto, pa­ralizaron su vuelo. Las alimañas que pululaban en el fres­co resguardo de las rocas dirigieron sus oblicuas miradas hacia la escena, y hasta los mulos, tan poco propensos a interesarse por nada, quedaron pendientes del cercano acto de la resurrección.

El ángel, grave, estiró uno de sus pies hasta introducirlo bajo el peso exánime de Poncio. Luego, con un sensible esfuerzo de su pierna, hizo girar el cuerpo del falso profeta hasta dejar a éste boca arriba.

-Está muerto -se oyó pronunciar a la criatura alada. Y con estas palabras, antes que nadie saliese de su asombro, se elevó hacia las alturas con la velocidad de un relámpago.

Entonces sí, recién comenzaron a aproximarse al cuer­po de Poncio, los perros del desierto, las hormigas y los buitres.

Sólo a metros de allí, erguidos sobre un promontorio calcáreo, contemplaban los hechos, cabizbajos, Esternón «el piróscafo» y su hijo Hilcías,[10] el arameo.

-¿Cómo explicas tú, padre -inquirió Hilcías-, que quien ordenase a Poncio tamaña tarea, no haya cumplido su promesa de resurrección y apoyo?

Esternón, quien sabía que su hijo se hallaba en la etapa de preguntarlo todo, suspiró, paciente, y dijo:

-Así como existen falsos profetas, hijo mío, se me da en pensar que pueden existir falsos dioses.

Publicado en No se si he sido claro y otros cuentos.
©1985 by Ediciones de la Flor S.R.L.
Gorriti 3695, C1172ACE, Buenos Aires, Argentina.
ISBN 950-515-186-1

[1] N. del P.: Notable acierto deductivo del profesor Galimba. La piedra pómez es también nombrada por Lucas «el peluquero», natural de Galaad, en el Corán, confundiéndola con un crustáceo.

[2] N. del P.: Posiblemente cuando el profesor Galimba se refiere al pue­blo de Gibetón se trata, en realidad, del pueblo de Gidelón, ya que Gibetón se halla en Jordania. Tal vez, la similitud de los nombres, a la que suele tornar aun más confusa lo dispar de las traducciones, indujo al profesor Galimba a este pequeño error.

[3] N. del P.: No era de Ginzenia. Poncio, el profeta (si a él se refiere el profesor Galimba) era natural de Sanbalat, patria de Gesem y Artajerjes. La confusión nace, seguramente, de que en Ginsenia vivió otro Poncio, pero era talabartero.

[4] N. del P.: Es dudoso que Poncio haya sido hijo de Ocozías. Ocozías fue muerto por un perro y era bien conocido entre los sodomitas. Quizás el profesor Galimba tomó prestado este dato del libro «Enfermedades ínti­mas en Sión», del ítalo-turco Antonino Makarios, sobre cuya seriedad pueden abrigarse muchas dudas.

[5] N. del P.: Puede que el profesor Galimba, en su apasionada prisa por sacar el libro a la venta, confunda un dromedario con el Faucetorio del Nilo, engendro que no figura en tratado alguno.

[6] N. del P.: El Jorám no era una danza. Se trata de una fruta carnosa, muy pequeña, de la cual se extrae el azogue, el queso de cabra o el color índigo, indistintamente.

[7] N. del P.: Mentira.

[8] N. del P.: Otra mentira. El pueblo agareno recién conoció el camello con la llegada de Lawrence, a través de un sorteo que hizo éste del noble animal, a los efectos de obtener fondos con que adquirir su pasaje para volver a Inglaterra.

[9] N. del P.: ¡Afirmación de absoluta falacia! El río Neftalí es tributario del Moab, en Mozambique. Sólo un loco o alguien que supone una absoluta ignorancia en sus lectores puede sustentar tal infamia.

[10] N. del P.: Es lamentable tener que negar a cierta edad para tener que soportar la lectura de datos que cualquier viejo imbécil dispara a diestra y siniestra con total falta de respeto por sus pares. Hilcías, el arameo, no fue contemporáneo de Poncio, el profeta. Vivió en la década del 50 (1950) y era atleta de lucha libre en una troupe de transhumantes que recorría Siria y Jorda­nia. Quiero creer que es la arteriosclerosis y no la pura, simple y desfachatada deshonestidad lo que mueve al profesor (¿?) Galimba a escribir estas barra­basadas propias del infeliz que siempre ha sido.

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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