En un número anterior de Revista Seda incursionábamos el tema de la justicia divina, de la fe puesta a prueba por el uso de la razón. Lo hacíamos a través de una lectura lúdica y humanamente crítica del Libro de Job. Hoy volvemos a aventuramos en la misma travesía, a insistir con esta misteriosa encrucijada, aunque de una forma totalmente distinta: por medio de un cuento.
«La Estrella» de Arthur C. Clarke obtuvo en 1956 el premio Hugo (que es para la ciencia-ficción lo que el Oscar o el Cannes para el cine) y mereció el siguiente comentario del igualmente famoso Isaac Asimov: “En el Congreso del que era el invitado de honor, Arthur se levantó de su asiento para aceptar la recompensa otorgada a la novela corta que van leer ustedes. Era una recompensa tan justa que aplaudí hasta que me dolieron las manos «.
Por gentileza de la Fundación Arthur C. Clarke a través de su agente en Londres David Higham Associates, y gracias también a la traducción al español de Irene Lo Coco ofrecemos complacidos a los lectores de Seda este breve y profundo relato.

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Tres mil años luz nos separan del Vaticano.  Una vez creí que el espacio sideral no tenía poder sobre la fe, del mismo modo en que creí que los cielos declaraban la gloria de la obra de Dios. Pero ahora que he visto esa obra, mi fe se encuentra profundamente perturbada.

Observo el crucifijo que cuelga de la pared de la cabina, por encima de la computadora, y por primera vez en mi vida me pregunto si no se trata de un símbolo vacío; sin sentido.

Todavía no se lo he dicho a nadie, pero la verdad no puede ser ocultada mucho tiempo. Los hechos están a la vista de todos, documentados en las innumerables cintas magnéticas, y en las miles de fotografías que estamos llevando de vuelta a la Tierra. Los demás científicos podrán interpretar esta información fácilmente, tal como lo he hecho yo. No soy una persona que acepte el encubrimiento de la verdad, aún cuando mi orden haya obtenido una mala reputación en el pasado por haber manipulado la información.

La tripulación ya está suficientemente abatida; de modo que no se como tomarán esta última ironía. Solo unos pocos de todos ellos tienen alguna fe religiosa, pero aún así no considerarían utilizar su última herramienta de la operación contra mí. Esta guerra perdura desde que salimos de la Tierra.

En cierta forma les divertía tener un director astrofísico jesuita.  El Dr. Chandler, sin embargo, nunca pudo acostumbrarse a ello. (¿Por qué serán los médicos hombres tan ateos?)

A veces nos encontrábamos en la plataforma de observación, donde las luces bajas hacían sobresalir a las estrellas en todo su esplendor; venía entonces el Dr. hacia mí en la oscuridad, y permanecía allí parado, contemplando los cielos mientras la nave daba vueltas y vueltas a causa de un desperfecto que nunca habíamos arreglado.

“Lo ve usted, Padre,” diría al final, “así será por siempre, y quizá Algo lo hizo. Pero, ¿como puedes creer que ese Algo tenga un interés especial en nosotros y nuestro miserable y pequeño mundo?”

Y allí empezaría el debate, con las estrellas y nebulosas girando a nuestro alrededor en absoluto y completo silencio.

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Era, creo yo, la aparente incongruencia de mi puesto lo que les causaba a la tripulación la mayor impresión.

En vano les recordaba que mi orden ha sido siempre famosa por sus trabajos científicos, o les citaba las publicaciones de la Revista Astrofísica, y las Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica.

No seremos muchos hoy día, pero desde el siglo dieciocho hemos contribuido ampliamente al saber astronómico y geofísico.

¿Podría mi investigación sobre la nebulosa Fénix poner fin a los miles de años de historia de nuestra Orden?  Me temo que pondrá fin a muchas cosas más.

Desconozco quien le ha dado su nombre a la nebulosa; pero no me parece a mí un nombre adecuado. Si contiene una profecía, se trata de una que no puede ser verificada sino hasta muchos billones de años. Incluso la palabra “nebulosa” es incorrecta: es este un objeto mucho más pequeño que las estupendas nubes de estrellas aún no nacidas, que se esparcen a lo largo de la Vía Láctea. En la escala cósmica, de hecho, la nebulosa Fénix es una pequeñísima cosa, una tenue capa de gas alrededor de una única estrella. O lo que queda de una estrella…

El grabado de Rubens que representa a Loyola y que cuelga por encima del espectrofotómetro parece reírse de mí. ¿Qué harías , Padre, con todo este conocimiento que poseo? ¿Sobreviviría tu fe a este desafío, o se perdería como la mía?

Tú contemplas la distancia, Padre, pero yo he viajado mucho más de lo que podías imaginar hace mil años cuando fundabas nuestra orden.

Ninguna otra nave ha estado nunca tan lejos de la Tierra: nos encontramos en las fronteras del explorado universo. Nos embarcamos para alcanzar la nebulosa Fénix y tuvimos éxito; y ahora nos dirigimos de regreso a casa, con nuestros descubrimientos a cuestas. Ojala pudiera quitarme ese peso de la espalda, pero en vano clame tu nombre, a través de los siglos y años luz que nos separan.

En el libro que tienes en las manos pueden leerse claramente las palabras: “AD MAJOREM DEI GLORIAM”; pero ya no puedo creer en ese mensaje. ¿Podrías tú seguir creyendo en él si supieras lo que hemos descubierto?

Sabíamos desde un principio lo qué la nebulosa Fénix era. Cada año, solamente en nuestra galaxia, más de cientos de estrellas explotan resplandeciendo como nunca antes lo han hecho por algunas horas o días más antes de morir. Se las conoce como Nova, y hemos podido documentar decenas de ellas desde que comenzamos a trabajar en el Observatorio Lunar.

Pero tres o cuatro veces cada mil años ocurre algo tan impresionante que hace de la nova algo insignificante.

Cuando una estrella se convierte en una supernova puede encandilar con la luz de su explosión a todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos pudieron apreciar esto en el año 1054 d.C., sin poder darle una explicación. Cinco siglos después, en 1572, una supernova resplandeció tan fuerte que pudo ser vista en Casiopea a plena luz del día. Solo ha habido tres supernovas más en los miles de años que pasaron desde entonces.

Nuestra misión tenía como objetivo visitar los remanentes de aquella catástrofe, reconstruir los eventos que la provocaron y de ser posible, conocer su causa.

Viajamos a través de las concéntricas capas de gas, que seguían esparciéndose seis mil años después de la explosión. Eran terriblemente calientes, e irradiaban una fuerte luz violeta, pero no podían hacernos daño.

Cuando la estrella explotó, sus capas más externas fueron propulsadas con tanta fuerza y velocidad que escaparon completamente del centro gravitacional, y ahora formaban una inmensa masa capaz de engullirse miles de sistemas solares. En su centro flotaba todo lo que quedaba de la antigua estrella: un fantástico objeto, un “Enano Blanco”, más pequeño que la Tierra pero un millón de veces más pesado que ella.

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Los brillantes gases nos rodeaban, impidiendo la observación de la noche interestelar. Volábamos hacia el centro de una bomba cósmica detonada milenios atrás, pero cuyos fragmentos incandescentes continuaban expandiéndose.

Nos dirigíamos, entonces, lentamente hacia la estrella; que alguna vez había sido brillante como nuestro Sol, pero que en pocas horas malgastó toda la energía que la hubiese hecho brillar por muchos millones de años.

Nadie esperaba encontrar ningún planeta. De haber existido alguno antes de la explosión, se hubiese evaporado y sus partículas perdidas en la inmensidad del espacio.  Pero realizamos la búsqueda automática, como siempre hacemos al acercarnos a un sol desconocido; y pronto descubrimos un pequeño mundo girando a una inmensa distancia de la estrella. Tendría que haber sido el Plutón de este sistema solar desaparecido, orbitando en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central como para existiese vida en él, pero salvado por esta misma distancia de la extinción segura.

Nos acercamos y aterrizamos en él; y encontramos la bóveda. Sus constructores habían tomado las precauciones necesarias para que así lo hiciéramos. Las marcas encima de la entrada principal estaban un tanto difusas, pero sabíamos que nos encontrábamos ante un trabajo de inteligencia. Poco después encontramos los patrones de radiactividad enterrados entre las rocas: eran como flechas luminosas que nos guiaban hacia la meta.

Nos tomó una semana la excavación, ya que no teníamos las herramientas adecuadas: éramos astrónomos, no arqueólogos; pero podíamos improvisar. Nuestro objetivo principal fue olvidado; este solitario monumento tenía solo un significado posible: una civilización que sabía de su pronta muerte lo había construido para que perdurara más allá de ella.

Muchas generaciones harán falta para examinar todos los tesoros dentro de la bóveda. Tuvieron mucho tiempo para prepararlos, ya que el sol debió haber dado avisos muchos años antes de su detonación.  Todo lo que ellos quisieron preservar, todos los frutos de su genialidad, fueron traídos aquí a este mundo distante en los días previos al final, con la esperanza que alguna otra raza los encontrara y que no serían entonces olvidados.

¿Hubiéramos nosotros hecho lo mismo? ¿O estaríamos tan perdidos en nuestra propia miseria para pensar en un futuro que nunca habríamos de ver?

¡Si solo hubiesen tenido un poco más de tiempo! Podían viajar libremente entre los planetas de su propio sol, pero no habían aprendido aún a cruzar los abismos interestelares, y el sistema solar más próximo estaba a cientos de años luz de distancia.

Aún si no hubiesen sido tan inquietantemente humanos como los muestran sus esculturas, no podíamos dejar de admirarlos y llorar su destino. Dejaron miles de documentos visuales, y las máquinas para proyectarlos, junto a elaboradas instrucciones pictóricas a partir de las cuales se torna sencillo aprender su lenguaje escrito. Examinamos muchos de estos documentos, y por primera vez luego de seis mil años le dimos vida a una civilización que en muchas formas parecía ser superior a la nuestra.

Quizá solo nos mostraron lo mejor de ellos, pero difícilmente se los puede culpar por tal cosa. Sin embargo sus palabras eran bellas, y sus ciudades fueron construidas con la gracia que solo el hombre le puede dar. Por medio de las grabaciones pudimos verlos trabajando y jugando, y escuchamos sus musicales discursos resonando a través de los siglos. Todavía perdura en mí una escena: un grupo de niños en una playa de arena azul, jugando con las olas, tal como nuestros niños lo hacen en la Tierra. Curiosos árboles con hojas como látigos alineados a la orilla, y un animal de gran tamaño entre ellos, sin atraer la atención de nadie.

Y hundiéndose en el mar, aún tibio, amigable y creador de vida, está el sol que pronto será traidor y destructor de esta inocente felicidad.

Quizá si no hubiésemos estado tan lejos de casa y tan vulnerables a la soledad, no nos hubiese impactado tanto. Muchos de nosotros habíamos visto ya ruinas de antiguas civilización en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente. Esta tragedia era única. Puede suceder que una raza falle y muera, como lo han hecho muchas naciones y culturas en la Tierra. Sin embargo, ser destruidos completamente en pleno florecimiento de sus logros, dejando ningún sobreviviente… ¿Cómo puede ser eso reconciliado con la misericordia de Dios?

Mis colegas me hicieron esa pregunta entonces, y yo les he respondido como he podido. Quizá tú podrías haberlo hecho mejor, Padre Loyola, pero yo no he encontrado nada en el Exercitia Spiritualia que me sea de ayuda.

No era un pueblo maligno: no sé que dioses adoraban, o si no adoraban ninguno. Pero los he visto a través de los siglos que nos separan, y los vi preservar su legado. Podrían habernos enseñado mucho. ¿Por qué fueron destruidos?

Conozco las respuestas que mis colegas darán cuando lleguemos a la Tierra. Dirán que el universo no tiene propósito ni plan alguno, y que así como cientos de soles explotan cada año en nuestra galaxia, en este preciso instante alguna otra raza muere en las profundidades del espacio. Y si han hecho el bien o el mal durante su vida de nada importa al final: no existe la justicia divina, ya que no hay un Dios.

Sucede en realidad que lo que hemos visto no prueba tal cosa. Cualquiera que así lo discuta está siendo influenciado por la emoción y no la lógica. Dios no tiene porqué justificar sus actos frente a los hombres. Él, quien creo el universo, puede también destruirlo cuando así lo considere. Sería un acto arrogante, peligroso y hasta blasfemo de nuestra parte decir que es lo que Él debe o no debe hacer.

Esto podría llegar a aceptarlo, pero no encuentro explicación posible al ver todos esos mundos y gente arrojados a la caldera. Existe un punto en el cual aún la más profunda fe vacila; y ahora, mientras observo los cálculos frente a mí, sé que he llegado a ese punto.

No podíamos saber, antes de llegar a la nebulosa, cuanto tiempo atrás había tenido lugar la explosión.  Ahora, a partir de la evidencia astronómica y los documentos encontrados entre las rocas de ese único planeta sobreviviente, soy capaz de dar una fecha exacta.

Puede decir también en que año la luz de esta catástrofe iluminó el cielo de la Tierra, y con que intensidad brilló esta supernova en los cielos terrenales. Sé como debe haber resplandecido en el este antes del aura, como un faro al amanecer.

No es posible duda alguna: finalmente el antiguo misterio está resuelto. Pero sin embargo, Dios mío, pudiste haber usado tantas otras estrellas. ¿Por qué arrojaste a esa gente a la caldera ardiente? ¿Acaso para que el resplandor de su luz brillara sobre Belén?

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Traducción al español por Irene Lo Coco
*From The Other Side of The Sky
Copyright: Foundation Arthur C. Clarke a través de David Higham Associates

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