DIÁLOGO CON LA DRA. MARTA ZÁTONYI (PRIMERA PARTE) | Mirando hacia fuera sin precipitarnos

Lúcida, comprometida, accesible, Marta Zátonyi, una de las máximas autoridades del país en materia de Estética, tiene la amabilidad de recibirnos en su casa. Sus libros –¡miles!- han ganado la batalla a las paredes. Dice estar necesitando los servicios de un bibliotecario, pero la multiplicidad de información se ordena y articula mágicamente ni bien comienza a hablar. Anclada en el arte, se explica el mundo, con una mirada tan responsable como propia. Ninguna materia pareciera quedar fuera de sus entendederas; lo mismo interpreta el remoto pasado, que la noticia de hoy.

La presente entrega corresponde a la primera parte de la entrevista, siendo para nosotros un verdadero placer poder acercar sus palabras a nuestros lectores.

Seda: Es Ud. mayormente reconocida por sus estudios en arte, tanto occidental como oriental. Pero sus clases no se limitan a la estética, sino que se articulan también a partir de materias tales como religión, filosofía, mitología, historia, literatura, arquitectura, psicología, filología ¿cómo podría definirse profesionalmente?

Zátonyi: Obviamente si me preguntaran eso hace 30, 20 o 10 años, hubiera contestado cosas distintas. Pero siempre supe que la condición humana ha de verse desde diferentes ángulos, sin que exista una única ciencia que pueda abarcarla. Más aún, que la condición humana no termina con lo que podemos decir. Sigue hacia los campos infinitos de la “Cosa”, como diría Heidegger.

Mi formación básica es filosófica-literaria, por haberme licenciado en Filología, en Filosofía y Letras. Luego me doctoré en Estética, y con ello me abrí al arte todo.

Soy muy amplia al hablar de arte. No lo limito al arte plástico –reducción frecuente entre los estetas. Aún más: soy incapaz de definir sus límites. El arte es una construcción. Así como nos construimos como seres culturales a través del lenguaje, también el arte se construye a través del tiempo y el espacio. ¿Qué es arte en nuestro país y qué es arte en India, en Japón, en Siberia, en un pueblo ágrafo? La cultura europea salió triunfadora –a causa de su técnica y de las invasiones que esta permitió- y desde esa posición precisó qué es el arte. Pero su definición no significa mucho para el bantú o para el japonés. Asimismo la estética es una ciencia que surge del arte occidental, y por tanto mira el arte oriental desde su visión. Yo tengo conciencia de ello, sé de mi imposibilidad de acceder al arte asiático con una mirada oriental.

Por otro lado, Oriente pareciera muchas veces no lograr desentenderse de la influencia occidental. Una de mis diversiones en China fue comprar libros de arte, entre ellos varios dedicados a la historia del arte chino. Tamaña sorpresa me llevé cuando descubrí que estaba estructurada en Prehistoria, Edad Antigua, Edad Media, Renacimiento, Manierismo, etc.

También aquí, en Argentina, tenemos una visión muy europeizante del arte. Se habla de arquitectura barroca, por ejemplo. Quise conocerla y me trasladé al noroeste del país. Entonces comprobé que no tenía nada que ver con el Barroco (o bien lo que tenía que ver era simplemente en razón de que todo tiene que ver con todo en alguna medida, nada más). Otra denominación frecuente es arquitectura colonial, que tampoco me convence.

Igualmente y sin ir más lejos, hablamos de arte pre-colombino.  ¿Por qué nombramos a una gran gama de manifestaciones y formas culturales refiriéndonos a la invasión española? ¿Qué relación guardaba el arte de las civilizaciones que habitaban este continente con la Conquista? Ninguna.

El concepto de historia del arte está elaborado científicamente en Occidente desde el siglo XVIII, con algunos antecedentes menores. En ese tiempo se desarrolla la estética. La estética es un fenómeno bicefálico: por un lado mira hacia lo concreto, lo hecho por el hombre; por el otro hacia la filosofía. He allí su pivot. Algunas escuelas tienen mayor tendencia hacia lo empírico, hacia lo descriptivo, otras, hacia el mundo de las ideas, como es el caso de Hegel, que no era un profundo conocedor de la producción artística, pero aporta una gran teoría. La estética es la bisagra que permite esta relación.

En Oriente, donde no se ha surgido algo equivalente a nuestra filosofía, sino otra manera de pensar el mundo desconocido, otra manera de mirar hacia la “Cosa”, otra manera de buscar por la condición del ser humano, otra manera de construir lo que en Occidente llamamos ontología. También en ese lugar todo ello pivotea con el arte.

Todos necesitamos generar estas barreras ontológicas, que nos permitan mirar hacia fuera sin precipitarnos. Eso es igual en todas partes. Desde el siberiano estepario de 3000 mil años atrás al francés parisino actual. La humanidad ha construido su sistema defensivo en forma de religión, filosofía, ciencia, arte. Las religiones lo hicieron poblando aquel mundo exterior “donde los muertos y los dioses hablan” –como diría Lacán-. La ciencia siguiendo su camino evolutivo a través de la resolución de diferentes problemáticas. La filosofía planteándose desantropomorfizadamente las grandes preguntas. El arte, finalmente, utiliza su sistema simbólico. Pero a mi me gusta decir que la cultura se gesta a partir de un sistema de 3+1 -en lugar de hablar de 4 factores-, pues mientras la religión, la ciencia y el arte colocan al hombre en el centro de su preocupación, la filosofía se pregunta sobre aquello que no hay.

Seda:  El sistema 3+1 del que nos habla genera cultura, ¿existe en tal sentido además un condicionante histórico, una suerte de ADN cultural?

 

Zátonyi:  Hablar de un ADN refiriéndolo a las formas de vida y expresión de una sociedad podría no ser del todo exacto, pues yo no puedo modificar mi ADN biológico pero sí mi cultura. Sin embargo ¿por qué somos así los argentinos? Yo conozco a miles de argentinos, personas modestas, tranquilas. Cuando me voy a Ezeiza, me basta cruzar la vaya de control, para dar con un argentino monstruoso. Una vez en Malasia había un grupo de argentinos mirando unas obras y los noté desorientados, de modo que me acerqué ofreciéndoles mi ayuda. El nivel de agresividad con que me recibieron fue increíble; ¡salí despavorida! Pero me pregunté entonces de dónde procedía esa forma con que nos conocen en el exterior. ¿Qué es lo que hizo Menem, por ejemplo, para imponer la chabacanería, la pedantería, la violencia? Lo que hizo fue apelar a una parte de nuestra historia nacional y, en tiempo record, reavivarla. Ningún diablo puede seducir a nadie que no quiere ser seducido. Como dicen en Hungría: “es fácil llevar a Catalina a bailar, si Catalina quiere bailar”.

Justo después de la crisis de 2001, leí El Matadero de Esteban Echeverría. Allí se hablaba de la Argentina rosista. Por aquel tiempo vivían nuestros bisabuelos y abuelos. Lo que ellos y su transversalidad experimentaron nos define. Todos estamos definidos por esa generación. Incluso por esa clase media porteña, que avaló a Rosas y que solo lo rechazó en sus últimos años cuando ya no ingresaba al país tanta mercadería barata.

Pero  la cultura puede ser cambiada. Yo, por ejemplo, soy más buena hablando en español que en mi lengua natal. En 1520 nace el primer poeta que escribe en húngaro -no en latín o en alemán- un tal Bálint Balassi En la escuela primaria nos enseñaban su húngaro crujiente, duro. Luego aprendimos su excelente poesía  y yo no podía menos que amar a Bálint Balassi. Un día, no mucho tiempo después de llegar a Argentina, encuentro una poesía de Borges dedicada al primer poeta húngaro. Y me di cuenta que Borges no lo había leído, no sabía quien era, ni conocía Hungría (pero entendía que significaba ser primero). Entonces escribí un artículo. Necesité para ello traducir aquella poesía, y aunque no me gusta traducir, me sorprendió la facilidad con que lo hice. Se trataba de una poesía que “chorreaba sangre”, que “escupía violencia”. ¿Y cómo no va a ser violento, pensé? Una violencia de siglos y siglos de guerra. Eso es el ADN, eso es lo que lo forma. Entonces al día siguiente me dije: “prefiero el castellano, porque nunca incorporé a mi existencia poesías en lengua española de tanta agresividad.”

Si observamos nuestra historia podemos entender nuestro ADN cultural, y es una tarea muy importante. Pero recordemos que es un ADN cultural, fenómeno que sí puede ser modificado frente a lo biológico. No se trata de una imposición divina. Digo esto y, curiosamente, yo no soy religiosa.

Seda: Pero las religiones en sus clases ocupan un lugar destacado…

 

Zátonyi: Sí. Tengo un profundo respeto por las religiones. Me pasó varias veces en la UBA, que alumnos levantaran la mano y dijeran: -“perdone profesora, pero yo no vinimos a estudiar religiones”. Mi respuesta fue siempre la misma: -“sin esta producción cultural que elabora el hombre como respuesta no van a entender el arte, no van a comprender la filosofía”.

Con frecuencia solemos confundir religión con una historia de represión, de servilismo hacia los poderes. Hay que aclarar: separemos religión de las miserias de sus instituciones. Si queremos hablar de aquellas miserias,  podemos, pero sería otra historia.

Se dice que Oriente es la cuna de las grandes religiones. Ellos tuvieron estas respuestas a la misma necesidad que, en Occidente, gestó la filosofía: las preguntas sobre la condición humana, el origen del hombre, el para qué de la vida. Es una forma tan valiosa como la nuestra.

Pero cuidado: no la misma. La búsqueda de igualación con Oriente planteada por siniestros movimientos militares, económicos, culturales y artísticos de Occidente, es un grave error. El otro no es igual. Tampoco quiere serlo. No existe, por ejemplo, un término chino para hablar de filosofía. ¿Cómo dialogan los asiáticos con el mundo? Bueno, tomémonos el trabajo –que para ello somos estudiosos los estudiosos- de salir de nuestra condición ciegamente occidental, y tratar de acercarnos, aunque a priori sepamos que no lo haremos en un 100%.

Uno tiene que desarrollar esta capacidad analítica, cultural e histórica. Y en ello está el arte -en mi caso como epicentro-, desde donde se puede leer religión, literatura, música (no soy particularmente experta en ella), arquitectura, diseño, pintura, historia, lo que sea.

Es un grave error suponer inferior a la cultura oriental. Por ejemplo, Occidente, ha tenido menos producción escultórica que África, incluso que Asia. Sacando Michelangelo, Donatello, Moor, Brancusi y algunos otros, es un arte en el que no descolla.

También, y no menos frecuente, es errado suponer a la cultura oriental como superior. En pintura, por ejemplo y según mi punto de vista, Occidente la supera.

Pero si la cultura oriental no es ni inferior ni superior. Menos que menos es igual. Es diferente.

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Seda:  ¿Cómo deberíamos acercarnos a lo diferente? En Argentina están surgiendo centros culturales orientales -principalmente relativos a Japón-, ¿en qué medida esto nos enriquecería?

Zátonyi: Si yo preguntara a cualquiera ¿conoce la pintura finlandesa? ¿la escultura islandesa? ¿la literatura húngara? Seguramente el resultado sería negativo. Y hablamos del Occidente Central, no nos estamos yendo a los Balcanes, a los Urales, a las estepas rusas. Yo no sé si conocemos tanto a Occidente. Ni siquiera sé qué es exactamente. Acá, en Argentina, Occidente es nuestro Oriente. Como convenio cultural es paradigmático. ¿Cómo podemos reconstruir el existente paradigma? Tratando de conocer mejor aquello que no conocemos y empezando por nuestro otro más cercano: Occidente. No tener fantasías, delirios, falsas ilusiones, rechazos, endiosamientos, desprecios, sobre él. Pues se puede demostrar en 5 minutos que se lo desconoce.

Creo que tendría que ser de esa manera. Para luego pasar a Oriente, pero sin histeria, sin modas, sin chabacanería. No se puede ir a la India y pretender conocerla sin saber sobre el budismo mahayánico y el hinayánico, tan importantes como básicos. No se puede tampoco mezclar el hinduismo con el brahmanismo. Además, cualquier antropólogo sabe que si no se maneja el idioma, aún con buenas traducciones lograremos un acercamiento mediocre. Es mejor la traducción que la nada, pero ya se perdió fidelidad.

Conocer es la clave, pero conocer bien. No esta cosa compulsiva, esta moda pasajera que nos indica que ahora todos tenemos que comer sushi y comprarnos platitos cuadrados No esta cosa irresponsable, fácil, de hablar de “cinco mil años” de historia japonesa con una frescura  que asusta.

Yo detesto cuando se dice “Ay, yo admiro al mundo oriental, a su sabiduría, a su bondad”. ¿De qué bondad me hablan? ¿Sabe ésta gente de las guerras punitivas, de la miseria? ¿Quién conoce, por ejemplo, las crueldades de la historia japonesa?

Estaba en China, en Nanking, cuando surgieron las protestas contra Japón por las matanzas en esa ciudad. Entonces sigo llorando por Hiroshima y Nagasaki, pero no más que por China, por España cuando los franceses fusilaron 30 mil españoles –ver cómo nos lo cuenta Goya en su obra Los Fusilamientos-, por los franceses fusilados por los mismos franceses después de 1871, etc. A esta altura de mi vida, conozco bastante bien la historia, y no me pueden venir a decir que hay historias sin miserias.

Una vez escribí un artículo cuando supuestamente los talibanes dinamitaron el Buda de Bamyan, porque estaba indignada al ver que todos hablaban de ello sin saber a ciencia cierta si se había o no dinamitado. Hay que preocuparse antes por estas artes. Pero para conocer y entender mejor el arte oriental, es también necesario tener un conocimiento más serio sobre el arte argentino, el arte occidental, europeo. Con esa base podemos ya detenernos a pensar qué queremos ver.

Hablamos de arte oriental, pero curiosamente ya desde el principio se trata de un concepto roto. Arte oriental es también arte africano, por ejemplo. Pero, geográficamente, África no está al Este de Europa. También hablamos de África Negra. ¿Por qué negra? ¿Cuáles son sus límites?

Y con Asia lo mismo. Un día hablé en un curso sobre Japón, ubicándolo en el Lejano Oriente, y una alumna me propuso la expresión Lejano Occidente. Bueno sí, también es correcta.

Además, ¿dónde comienza Asia? En el siglo XIX, un geógrafo ruso propuso, en un Congreso, que Asia y Europa fueran divididas por los Urales. Moción que se aceptó. Pero Dios no legisló esto. La división entre Oriente y Occidente no es metafísica. Por si fuera poco con esta confusión, deberíamos admitir, en vistas de los descubrimientos, que todos venimos de Oriente, de las estepas rusas según se cree, de Asia Central.

Creo que el conocimiento científico en el arte y la estética, no es una rendición de cuenta y tampoco un cotejo con una estructura metafísica preexistente, sino una aproximación, una forma de arreglar nuestra casa, de comprender su funcionamiento. Para ello tengo que respetar.

Una vez, durante una conferencia que realicé en el museo de Bellas Artes, alguien me comentó de la dignidad y la honestidad japonesa. Sin lugar a dudas existen, pero también están las yakuzas, el militarismo imperialista, etc. Hablar de esa manera no es respeto a otra cultura, es una degradación. El respeto bien entendido implica entendimiento. Eso es enriquecedor.

Seda: El entendimiento debería preceder al juicio…

 

Zátonyi: Lógicamente. Es fácil, por ejemplo, despreciar a Mao en razón de sus matanzas, pero habría que situarse en 1900 con un pueblo destruido por el opio para entenderlo, y recién entonces juzgarlo. Una vez estuve en Chengdu, me gustaba perderme, ir por allí sin un rumbo fijo. Entonces, de repente, me topo con un edificio que, por conocer la arquitectura socialista, supuse un museo. Efectivamente era un museo, y además muy bueno. En uno de sus pisos encuentro una exposición de un fotógrafo inglés que, curiosamente, había tomado fotos de todas las ciudades que yo había visitado en mi atípico itinerario, solo que a principios del siglo XX.

Estas fotos antiguas, aumentadas, pixeladas, que obligaban a alejarse para observarlas, me causaron una fuerte impresión. Nunca voy a olvidar lo que sentí entonces. ¿Qué mostraban? Prostitución infantil por doquier. Explotación. Hambre. La terrible desnutrición de esta gente era muy cercana a la que padecieron quienes vivieron en los campos de concentración nazi. Y entonces en la observancia de toda esa miseria, comprendí que, si yo hubiera vivido esa realidad, seguramente hubiera seguido a Mao. Mi imagen de Mao se transformó.

Fui criticada por decir esto, sobre todo por personas que van a los museos del horror a lloriquear, pero que después vuelven a sus casas y tienen a todos sus empleados en negro. Pura hipocresía. No se puede ver el horror, la degradación humana, sin espanto. Tiene que haber una transformación, una respuesta, basta ser un poco honesto para saber que se debe actuar. Cuando las críticas estaban a punto de afectarme, leí un libro muy hermoso, de una pianista china, Chow Ching Li, El Palanquín de las Lágrimas, que exponía un testimonio muy similar al de mi experiencia. Aún así, recorrí el campo, buscando rastros de ese horror pre-Mao, subí a micros, y me bajé en cualquier sitio, pero no lo hallé. Era necesario hacer ese trabajo.

Si no lo realizamos somos irresponsables. Fijémonos, por ejemplo, en lo que le pasó a Hillary Clinton, en el debate que mantuvo el otro día con su oponente Barack Obama. Ella, con una trayectoria increíble, con una cultura política y cívica admirable, quedó totalmente desacreditada cuando debió admitir que, en su momento, había apoyado a Bush, votando a favor de la invasión a Irak. Ellos hablaron y discutieron con gran altura (me gustaría que nuestros políticos pudieran dialogar a ese nivel). Pero Obama había estado en contra de la invasión, y eso le daba superioridad moral. Hillary podía ahora cambiar su postura, pero era tarde. El trabajo hay que hacerlo antes de opinar, de legislar, de actuar.

Yo tenía 4 o 5 años cuando los rusos, tras recuperar Stalingrado, avanzaron sobre los nazis. Los alemanes, en su retirada, pasaron por Hungría (que, no me causa ninguna gracia, era aliada). En Budapest ya no había comida y entonces mi madre, otros familiares y yo fuimos a lo de unos parientes muy lejanos que vivían en el campo donde todavía había con que alimentarse. En eso llegan los alemanes, y en esta casa ponen tres o cuatro oficiales. Debía ser octubre, y estos militares se sentaron alrededor del aljibe y se desvendaron las piernas. Yo nunca voy a olvidar el efecto de la congelación en la carne, sus piernas podridas. Y entonces, mi madre les dijo algo en alemán, y nombró a Hitler en forma despectiva. Uno de los soldados, en lugar de enojarse con ella, repitió el nombre de Hitler y escupió. Era muy chica pero más tarde pensé: hay que escupir antes. Hacerlo después no me da valor moral. Es verdad que es mejor después que nada, es mejor tarde que nunca. Pero hay que aprender a expresar nuestro repudio antes. No ir a Irak, y decir, en ese momento, porqué no se va.

Seda: Si debemos conocer antes de juzgar y actuar, la globalización pareciera ofrecernos mucho material, un gran caudal informativo. Pero a la vez, existen quienes están en su contra pues la consideran una abolición de las distinciones ¿Usted  ve a la globalización como algo bueno o malo?

Zátonyi: ¿Cómo vemos el agua? ¿como algo malo? ¿como algo bueno? Preguntémosle hoy a los inundados de Pilcomayo, en Salta. Preguntémosle luego a los que sufren sequía en el desierto.

El cristianismo fue globalización. No hay globalización más importante hasta los Tiempos Modernos que la cristianización. Otras religiones, también la tuvieron pero en menor medida. Delante de los intereses sucios hay maravillosas ideas. No obstante, Urbano II convoca a los obispos, en 1095, para decretar las cruzadas, verdaderos proyectos de globalización (que algún experto de Bush se apuró en repetir –risas-). Napoleón conquistó, quemó, mató en nombre de la libertad, fraternidad e igualdad. Y los soviéticos, en nombre del marxismo. Los romanos globalizaron su mundo, si yo hubiera estado entre los bárbaros no me hubiera gustado. Pero… ¡que bueno que hayan surgido de ello idiomas tan bellos como el francés, el portugués, el italiano, el portugués, el español, entre otros! Gracias a la globalización hablo en castellano, idioma que amo.

Por otra parte, hay que aclarar, que cuando nombramos un fenómeno no es porque se inició en ese momento, sino porque de repente tomamos conciencia de ello. La enajenación, por ejemplo, no nace ni es monopolio del siglo XIX, sino que entonces empezamos a darnos cuenta de su existencia. Lo mismo sucede con la globalización. No es algo de fines del siglo XX.

Yo creo que es importante, pero entendiéndola, eligiendo qué quiero comprar y qué no. Me resulta fantástico, por ejemplo la globalización del alimento. No quisiera ver a la generación actual, con la oferta alimentaria de la mía. También, para mi trabajo, la rápida consecución de imágenes (páginas enteras con fotos de Mohenjo Daro, Harappa, Kabul, etc.). He abandonado mi colección de 65 mil diapositivas porque no tenía sentido mantenerlas frente a la oferta de la Net. Cuando Humberto Eco se quejaba, hace algunos años, de la Internet, yo decía: “¿Ud. llorará también cuando se tome un avión y en media hora esté en los mejores museos del mundo? Porque nosotros no podemos hacerlo”.  Yo como buena plebeya me meto en mi pantalla y accedo a un mundo de reyes desde mi humilde casa de Villa Crespo.

Durante el gobierno militar argentino todos nos mirábamos el ombligo. No sabíamos qué pasaba acá, pero tampoco que pasaba en Camboya, en Indonesia, en Myanmar. Sukarno acaba de morir, y nos enteramos enseguida, no solo de su muerte, sino de quién fue, qué le hizo a su país. Hay que ser muy bruto, con toda esa información, para no darse cuenta del mal que le trajo a su pueblo.

En 1988, un arquitecto conocido que vive en Italia, vino a la UBA a dar una conferencia. En un momento le dijo al público: “ustedes tienen que hacer como los tigrecitos asiáticos. Trabajar mucho, producir mucho”. Y yo levanté mi mano y le dije: “¿sabe qué pasa arquitecto? nosotros no queremos ser los tigrecitos de Asia”. Él tuvo que aceptar mi observación, tenía que hacerlo.

Yo soy muy partidaria de la globalización. Claro que, pudiendo elegir. La globalización da la posibilidad de elección, pero la elección ya depende de otras cosas como el sistema educativo, sociocultural, económico. Lo que hoy podemos elegir nosotros, la clase media argentina, no puede elegirlo la clase más baja.

Pero pudiendo elegir es irresponsable no hacerlo. Yo conozco mucha gente de mi edad,  cultísima, y de muy buen pasar económico, que se niegan, por ejemplo, a aprender computación. Se excusan con frases banales como “la técnica mata los sentimientos”, “yo con el contestador no hablo pues no hablo con máquinas”, “la máquina nos estupidiza”. Esta gente hoy es analfabeta.

Fidel Castro, hace dos años, antes de enfermarse, dio un gran discurso en donde hablaba de las ventajas de escribir a un amigo y recibirlo automáticamente. Yo pensaba “qué ridículo, está refiriéndose en pleno siglo XXI al e-mail”, un total anacronismo.

Soy muy partidaria de todo desarrollo técnico bien aprovechado, bien aplicado. Que desde la escuela, ciertas maestras, en vez de inculcar sus rechazos y odios hacia una tecnología que se les escapa, o que no quieren aprender, permitan a sus alumnos acceder a ese mundo. Esas personas temerosas se defienden con frases como “antes era todo maravilloso, era mejor”. ¿Era mejor? ¿Y qué produjo el gobierno militar? ¿ Qué salió entonces de nuestro ADN rosista? ¿De dónde vino todo aquello, lo trajeron los esquimales? ¿Qué hicimos mal que antes era todo “tan lindo, tan familiar”? ¿Que “toda pareja tenía hijo y ahora no”? Bueno, cuando no lo tenían, los aristócratas se iban a Paris a comprar uno. Esto era así, por eso esa costumbre de hablar de “comprar un niño” cuando queremos referirnos a engendrarlo. No todo era lindo. Con todo mi respeto lo digo, no con desprecio. Argentina era terrible, el mundo entero era terrible, no vengamos con ideas románticas.

Claro que la computación no es la salvación. “La máquina es mi animal, no mi dueño”, decía un poeta húngaro -seguramente con más lírica-. La máquina es una herramienta, un animal obediente. Yo accedo a libros, puedo “viajar”, el mundo llega a mí, y yo llego al mundo. Me entero, por ejemplo, que en la Universidad de tal país, mis libros son leídos, que mi voz llega hasta aquel lugar. Sin la globalización eso sería imposible.

Seda: Ethos, su estudio, ¿es el lugar desde donde sale al mundo?

Zátonyi: Sí, Ethos es mi laboratorio. Nació en 1981, antes incluso de mi entrada a la UBA, que fue en el ´87. Es un espacio donde tengo mucha libertad, no necesito fijarme a un programa y explicarlo de manera monótona una y otra vez, año tras año. Pero antes que nada mi libertad es intelectual. Puedo expresar mis ideas libremente. Yo en Ethos nunca tuve miedo. En la UBA en cambio, en los primeros años posteriores a la dictadura militar,  tenía la sensación de que, a mis espaldas, alguien me estaba controlando, como imperativo categórico. Me costó superar ese miedo.

Esta libertad que he tenido en Ethos me permitió elaborar todo aquello que recibí en Europa. Allí uno se diploma con miles de datos más que aquí. Allí, en el mundo centroeuropeo, no existe la palabra “demasiado”. Nos mandaban a leer la obra completa de Balzac, la obra completa de Flaubert, y a nadie le importaba cuánto tiempo teníamos a disposición. Aquí, si una cátedra pide más de dos libros, hablamos directamente de imposibilidad. Pero Buenos Aires, como decía, pude poner en circulación mis conocimientos, pude realizar la mezcla y cocinar a partir de ella mis propias teorías.

Las clases me resultan muy enriquecedoras. Una cosa es encerrarme en mi espacio privado, donde investigo, donde estudio. Y otra cosa es cuando dialogo, donde me veo obligada a intentar comprender qué piensa el otro, cómo me recibe -incluso cuando el otro no habla-. Y muchas veces recibo respuestas que me conmueven durante décadas.

En Ethos tengo una tradición. Elijo un libro, al comenzar cada año, e invito a todos mis alumnos, de los distintos cursos, a encontrarnos a fin de año para charlar sobre él, para sacar deducciones, interpretaciones. Es bellísimo. Toda una comunidad intelectual que se articula alrededor de un tema.

A comienzos de cada año suelo elegir este material. Busco una obra que sea novedosa, interesante, nueva. También que sea accesible, que se encuentre en las librerías y que además sea económica. Y, por supuesto, legible. Es una ofrenda, un agradecimiento. A fin de año puedo o no poner el arbolito, pero este encuentro en Ethos tiene una significancia mayor.

En Ethos, se detona mi deseo por escribir. Muestro mi discreta colección de máscaras, que a todos impresionan, y pienso “tengo que escribir un libro sobre ello”, bueno “pongámoslo en la fila”. Charlo sobre el Islam, cómo es acorralado y luego se transforma en un monstruo, y surge la analogía con la película Carrie. Entonces me veo ya escribiendo un libro sobre cine -mi vida y la historia del cine no tienen mucha diferencia temporal-. Hablo de Shakespeare, de Borges, y pienso en escribir un libro sobre cada uno de ellos.

El estudio cumplirá 30 años en 2011. Desde Ethos llegué a la facultad, escribí mis libros, me conocieron e invitaron a Cuba, México, España, etc. Mi vida tomó forma en Ethos. Cuando San Pedro me pregunte ¿qué hiciste en la Tierra? Yo le voy a responder “Ethos”.

 

Seda:  ¿Escribir sobre arte es un acto que le produce placer o lo sufre? ¿prefiere enseñar?

Zátonyi:  Varias veces me preguntaron qué elegiría si tuviera que optar entre enseñar o escribir. Pues bien, sufriría en uno y otro caso por la ausencia, pero creo que elegiría la enseñanza. El acto de enseñar es un acto placentero. Es placer prepararlo, es placer darlo, es placer repensarlo. Mientras que el acto de escribir puede ser placentero pero también muy angustiante.

Yo, por ejemplo, nunca leo mis libros o mis artículos, pues me angustian mucho. Me arrepiento de una mala expresión, o directamente de haber escrito sobre algo que no se debía y no haberlo hecho en lo que sí. Amén de mis “gringueadas”, que lógicamente hace dos décadas eran muchas y ahora son menos.

Por otra parte, la escritura separa, no hay interacción, no hay mirada.

La enseñanza es, en cambio, un espacio donde se produce la sinapsis, donde se asocia, donde hay una libertad de desplazamiento. Suelo grabar las clases pues luego sé que tengo que escribir sobre ello. Claro que el acto de escritura no se reduce a la desgrabación. La escritura me permite tanto la elaboración de un pensamiento, como el acto de fijación. Para nuevamente volcar esto a la enseñanza. No hubiera escrito sobre arte sin enseñar, y a la vez que, cuando enseño, lo hago a partir de mis textos.

Seda: Y a partir de la escritura y la enseñanza del arte observa al mundo…

Zátonyi: Sí. Para mí el arte es una capa, una superficie, que me permite la entrada a un mundo infinito. Desde el arte yo puedo girar alrededor del mundo. Un mundo donde gira el argentino y también gira el kazajo. Un mundo que muestra mejores épocas aquí, y luego mejores producciones allá. Ciertos tiempos o lugares generan excelentes artistas, mientras que en otros no se gesta nada tan interesante. ¿Porqué el  Renacimiento da un gran aporte en pintura, y no tanto en materia musical? Levi Strauss intentó explicarlo, pero es un tema arduo que por el momento prefiero dejar en el misterio. El argentino, por ejemplo, es muy buen diseñador. ¿Por qué? No se sabe. Un alumno mío, que exporta a China, me trajo una bellísima escultura del siglo XVII ¡envuelta en un papel de diario! Entonces pensé, hay que exportar diseño, el argentino es buen diseñador. Es también buen literato. No tan buen pintor. Existen algunos pintores que se han destacado, pero no existe un Borges de la pintura, un Cortázar, un Saer.

No sé por qué sucede esto, como tampoco sé porqué los asiáticos generaron un arte distinto. En vez de encontrar una respuesta lógica o una cintura abrazadora de la igualdad, tengo que respetar la diferencia. Diferencia geográfica e histórica. Ellos recorrieron otros tiempos, historias distintas con sus propios fenómenos casuales y causales.

A mi me enseñaron de chica que la forma original de la música húngara era pentatónica. Luego, cuando llegué a América, me encontré con que los incas también tenían música pentatónica. ¿Se puede decir que uno influyó en el otro? Sería muy complicado demostrarlo, casi imposible. Más probable sería que los dos encontraron separadamente formas similares. Cuando nos detenemos a observar tejidos de Turquía uno los confunde con los tejidos húngaros y también con los bolivianos. Pero luego aparece la distinción en los colores, en la forma de vestirse.

Uno empieza a entender, cuando conoce mucho, cuando da miles y miles de clases, prepara trabajos, escribe, investiga. Y entonces en un momento dice “los Urales se terminan acá pero, sin solución de continuidad, sigue Oriente hacia Occidente”.

La respuesta fácil es, redundantemente, tan fácil. Como dice Platón “quien tiene pocos ojos ve mucho”. Quien tiene un dato contesta rápidamente. Cuando uno tiene miles, la cosa cambia. Yo puedo afirmarlo con serenidad y –si se me permite, si no suena mal- también con humildad. Tengo muchísimos datos y la preocupación de mi vida está en poder elaborarlos.


Marta Zátonyi es Licenciada en Filología neolatina y finugor (Eötvös Lóránd Tudományos Egyetem, Budapest) y doctora en Estética (La Sorbona, París).

Fue titular en la UBA, entre 1996 y 2005, de la Cátedra de Estética (en las carreras de Arquitectura, Diseño Gráfico, Imagen y Sonido e Indumentaria y Textil). Es profesora titular de Introducción a la Historia e Historia del Diseño Gráfico (FADU-UNL) desde 1995; directora del módulo de Filosofía, Estética y Crítica de Arte y Antropología y Sociología del Arte, en Licenciatura en Arte, desde 1999, Educación a Distancia, FADU-UNL; profesora visitante, a partir de 2005, en la Escuela Internacional del Cine y TV, San Antonio de los Baños, Cuba. Integrante de la Comisión de Doctorado, FADU-UBA. Investigadora y directora de proyectos de investigación en la UNL y en la UBA Es de categoría primera y evaluadora nacional. Dicta seminarios de posgrado, maestría y doctorado, en el país y en el extranjero. Profesora invitada en universidades nacionales e internacionales.

Autora de varios libros propios: Arte y Creación/Caminos de la Estética (2007); Gozar el arte, gozar la arquitectura (2006); Sobre preguntas y sobre respuestas (2000); Aportes a la Estética (1998) Teoría y Análisis, arquitectura y diseño (1997); Una Estética, Arquitectura y diseño, teoría y análisis (1989) y de varias compilaciones como por ejemplo ¿Realidad virtual? (2002), Voces sobre Kieslowski (2000) escribe artículos y ensayos para publicaciones especializadas. Participa como conferencista en jornadas y congresos en el país y en el extranjero.

Fundadora (1981) y titular de ETHOS, Estudio de Historia del Arte, Estética y Ética.
Más información: www.ethosestudio.com.ar

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