Reproducimos a continuación un fregmento de la autobiografía del auto.

Agradecemos a Anabel Jurado de Distribuciones del Futuro, la autorización para hacerlo.

marcos ana

LA VIDA

AL RECOBRAR LA LIBERTAD mi choque con la vida fue lo más tremendo. Muchas veces, hasta hoy mismo, la gente me pregunta qué fue lo más duro para mí: los veintitrés años de prisión, la condena a muerte, la tortura, la separa­ción de la familia… Yo respondía y respondo siempre con lo más inesperado: “Lo más difícil fue la libertad”.

Cuando salí tuve que iniciar un duro período de adap­tación a la vida. Me sentía como parachutado en un planeta extraño. Devolvía los alimentos, me mareaba en los vehícu­los, mis ojos enrojecieron, quemados por la luz; me atur­dían los espacios abiertos, acostumbrado a las dimensiones cortas y verticales. Nacía a la vida, una vida que tenía que ir descubriendo, casi a tientas, como un recién nacido.

(…)

EL AMOR. En medio de tanto asombro y deslumbramiento, las mujeres eran lo que más fascinación me producía, pero, a la vez, lo que más me intimidaba. Veía pasar una mucha­cha, me gustaba, y me iba tras ella como un niño tras una golosina, pero no me atrevía a dirigirle la palabra. Era un placer contemplarlas, oír sus voces, observar el ritmo exci­tante al andar de sus caderas. Las seguía de cerca hasta

que desaparecían en un portal o por la boca de un Metro. Mi timidez y mi inseguridad no me permitían pasar de ahí.

Me comportaba como un adolescente. Los tres años antes de ser encarcelado fueron años de guerra y anorma­les, por lo tanto, para mí. El amor lo conocía de oídas solamente. Pasé de la adolescencia a la madurez, de los 16 a los 41 años de golpe y en ese campo estaba lleno de inhibi­ciones y complejos.

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MI PRIMER AMOR. Una tarde, casi al anochecer, me encontré con un amigo de la infancia, hombre de negocios que, sin participar de mis ideas, me visitó alguna vez en la cárcel de Porlier. Me invitó a dar una vuelta por Madrid y me llevó a conocer algunos cabarets que él seguramente frecuenta­ba. Yo aparentaba cierta indiferencia, pues salía un poco chapado a la antigua y me parecía que no era demasiado responsable visitar esos lugares. Pero miraba a hurtadillas y se me saltaban los ojos viendo a aquellas mujeres exci­tantes que deambulaban de un lado a otro provocativa­mente.

En un momento mi amigo miró su reloj y me dijo:

-Debo marcharme, tengo invitados en casa y se me está haciendo tarde. Dame tu teléfono y nos vemos otro día con más calma.

Le di un número falso, pues dada mi situación, pen­diente de mi salida clandestina de España, no era prudente establecer ninguna relación.

-Espérame un minuto – me dijo antes de marcharse. Se perdió en el fondo del salón y volvió con una muchacha preciosa, a la que llamó Isabel. Sin presentármela siquiera le dio un billete de quinientas pesetas y le dijo-: Toma, para que pases la noche con este amigo.

Era una muchacha delgada y morena, con ojos azules y tan excesivamente joven que en su rostro no había ni la más leve huella de su profesión.

Me es muy difícil describir ahora cómo pasé aquel mo­mento, pero lo cierto es que cuando me quedé a solas con aquella mujer hubiera deseado que me tragase la tierra. No sabía cómo comportarme. Ella me dijo con tono indife­   rente:

-Bueno, vámonos.

Y yo, confuso y con voz entrecortada, le pregunté: -¿Adónde?

-Pues… al hotel.

-Pero así, ¿sin apenas conocemos? Me gustaría pase­ar un poco, saber algo más de nosotros… Era un lenguaje inusual para una prostituta y me miró sorprendida.

Y al ver que yo no acertaba a hablar, que me temblaba el cigarrillo en la mano mientras fumaba nervioso, pensó que estaba borracho y me devolvió el dinero. Yo, en lugar de retirar el billete, tomé con mis dos manos la suya…

-No, no, si yo quiero ir contigo, me gustas y lo deseo, pero es que para mí todo esto es muy difícil…

Y balbuceando las palabras, tartamudeando, le conté que acababa de salir de la prisión, que era un preso políti­co, que me habían tenido veintitrés años fuera de la vida, que nunca había estado con una mujer…

Entonces, aquella muchacha, un poco extrañada, dulci­ficó su rostro, sus ojos me miraron de pronto con afecto, o con piedad, no sé, y me dio una lección de humanidad, con una ternura y comprensión inesperadas.

-Bueno, mira, yo creí que estabas borracho. Ahora cambia todo y voy a perder hoy contigo unos cuantos “ser­vicios” esta noche.

Se refería a que, por estar conmigo, dejaba en blanco su noche profesional.

Me llevó a pasear por Madrid. Fuimos a la Puerta del Sol y luego enfilamos la Gran Vía, que entonces era la Ave­nida de José Antonio. Hacía frío, me cogía del brazo y sin parar de hablar se apretaba contra mí como si nos cono­ciéramos de toda la vida. Yo la sentía tan cerca que tenía deseos de besada, pero no me atrevía y para justificar mi indecisión, acudió en mi ayuda un haykus japonés:

“Es con los ojos,

no se da con los labios

el primer beso”.

Me invitó a cenar, creo que fue en la Torre de Madrid o en un edificio alto de la Plaza de España, y viví, entre tem­blores, las escenas más hermosas e increíbles.

Cuando le contaba lo que había sido mi vida en la cár­cel y cómo me robaron la juventud, ella me besaba las manos enternecida como si fuera un hermano o un novio perdido y encontrado después de mucho tiempo. Yo esta­ba asombrado de su dulzura.

-¿Pero por qué, por qué un castigo tan inhumano?-me preguntó con voz dolorida y triste.

A mi cabeza llegó un poema que escribí en la cárcel, describiendo “mi delito”.

AUTOBIOGRAFíA

Mi pecado es terrible:

Quise llenar de estrellas

el corazón del hombre.

Por eso, aquí, entre rejas,

en veintidós inviernos

perdí mis primaveras.

Preso desde mi infancia

y a muerte mi condena

mis ojos van secando

su luz contra las piedras.

Mas no hay sombra de arcángel

vengador en mis venas.

España es sólo el grito

de mi dolor que sueña…

Ella, a su vez, me contó con lágrimas en los ojos por qué había caído tan joven en la prostitución, en la que lle­vaba sólo unos meses. Una historia familiar, deshumaniza­da y triste.

No sé qué química nos llevó a esa confianza instintiva entre nosotros. Después de cenar seguimos un rato char­lando hasta que ella me dijo:

-¿Nos vamos ya al hotel?

El problema para mí seguía siendo el mismo, era como cruzar un río desconocido, sin saber nadar, lleno aún de inseguridades. Pero ella, riéndose, me decía:

-No te hagas problemas, tú no tienes que preocuparte de nada, lo voy a hacer yo todo.

Y nos fuimos al hotel, donde ella vivía en una habita­ción alquilada. Todo resultó más fácil de lo que yo temía. El mérito fue de ella. Superé mis inhibiciones y aquella muchacha, con la mayor sensibilidad y ternura, consiguió que, por primera vez, conociera el amor en una noche inesperada.

Después, en vez de dar “la sesión” por terminada, me pidió que me quedase a dormir con ella.

Lo dudé un poco: la preocupación de la familia si no volvía a casa, los policías si notaban mi ausencia… Pero era muy difícil renunciar, me quedé y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada.

Por la mañana me despertó con un beso. Traía una bandeja en sus manos. Había bajado a la calle a por chu­rros y chocolate, se sentó en el borde de la cama y desayunamos juntos.

Al despedirnos la estreché con la mayor ternura entre mis brazos, con el corazón en la garganta, sabiendo que no la iba a ver nunca más.

Al llegar a casa encontré a mi hermano disgustado por no haberles avisado que iba a pasar la noche fuera.

Mi cuñada, Lola, que había tomado mi chaqueta para cepillarla sacó de uno de los bolsillos un papel liado como un cigarrillo y me preguntó:

-¿Qué tienes aquí, Fernando?

Tomé el papel, en el que venía enrollado el billete que le dio mi amigo y una pequeña nota que decía: “Para que vuelvas esta noche”.

Al leer aquellas palabras, que me parecía oírlas de su propia voz, volvió a mí la fuerza de la sangre y estremecido por el deseo, me eché a la calle sin quedarme a comer, aun sabiendo que el local no lo abrirían hasta las ocho o nueve de la noche. Estaba exaltado, nervioso, deseando vivir un nuevo encuentro.

Pero mientras paseaba esperando una hora prudencial para ir al cabaret, me asaltó un pensamiento molesto, que fue tomando cuerpo y que me llenó de confusión y contrariedad: la idea de que iba a romper el encanto de mi pri­mera noche con Isabel. Que al volver y “comprar su cuerpo” con aquel dinero, que además era suyo, sería como tomar conciencia de que era una prostituta y que yo la iba a prostituir aún más, como un cliente cualquiera y a ensuciar y hacer trizas un hermoso recuerdo que quería y debía conservar con toda su pureza y su ternura.

Pero otra vez me abrasaba el deseo y mi imaginación se encendía recordando la noche que pasamos juntos. Y cuando estaba dudando con esos pensamientos enfrenta­dos pasé por delante de una floristería y casi sin pensado, con un impulso instintivo, entré y le dije a la vendedora:

-Póngame quinientas pesetas de flores. La mujer me miró sorprendida: -¿Quinientas pesetas?

-Sí, sí, quinientas pesetas, escójame las mejores flores.

Empezamos a elegir y formamos un ramo majestuoso, donde se mezclaban las orquídeas con las magnolias y las rosas.

Me parecía inadecuado, ridículo sobre todo, llevárselo al cabaret donde ella trabajaba y ofrecérselo en aquel ambiente. Tomé un taxi, me dirigí al hotel donde pasamos la noche, en la calle Echegaray, y dejé en la recepción el ramo de flores y una sencilla nota que decía: “Para Isabel, mi primer amor”.

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