texto 09- 2 tapa libro

Lo que la humanidad temía en sus noches de pesa­dilla, pero no podía admitir racionalmente, se produjo. Las diferencias irreconciliables entre dos culturas hicieron eclosión fatal con el estallido de una guerra que se había cobrado millones de víctimas.

Con la vigencia de una provisoria tregua firmada en­tre las dos coaliciones en pugna, en las Naciones Unidas se discute una posible salida del conflicto. La población mundial espera aterrada algún arreglo diplomático que aleje el peligro de un nuevo choque bélico con terribles consecuencias.

La ciudad está en ruinas como tantas otras, y parece habitada sólo por el humo y la desolación. No hay gas ni electricidad y los pocos víveres que quedan los tienen los grupos poderosos en sus bunkers subterráneos. El resto de los sobrevivientes deambula por las calles o se refugia en cavernas de las montañas.

En una de las avenidas, Walter está sentado en un um­bral, lastimado, hambriento, atontado, pero sobre todo muy solo. Ha perdido el contacto con su grupo, no sabe nada de sus seres queridos…, quizás estén todos muertos.

Lo invaden recuerdos: Ana, su bella mujer, llega del colegio donde ejerce como profesora de Lengua y trae las masas artesanales que a él tanto le gustan; los paseos por el lago en su pequeño bote azul y la pesca de truchas que terminaban regalando a sus compañeros del club de remo; sus tres pequeños hijos jugando al fútbol en el fondo de la casa con una vieja pelota blanca, la misma que él usara siendo niño en los partidos nocturnos de la playa, alumbrados solamente por una gran luna redonda. Añora el calor de su hogar, el olor a pan recién horneado, las vacaciones en las pintorescas playitas de Buzios y la casa tan sólida y segura que diseñara apenas recibido de arqui­tecto y que ahora no era más que un esqueleto cubierto de cenizas. Piensa en su pueblo natal, en sus padres, en la maestra rural que recorría varios kilómetros a caballo para llegar a la escuela… Hace varios días que no come, su estómago se sacude en un grito y siente una soledad infinita. Se lleva las manos a la cara y llora, llora con des­consuelo.

De pronto percibe que alguien se mueve cerca de él. Levanta la vista y ve un perro, un pastor alemán, que lo mira y se acerca tan amigable que Walter se atreve a aca­riciar su pelaje oscuro. Solos en el mundo, se comunican a través del idioma de los afectos.

En el collar del perro descubre su nombre: “Lobo”, quien avanza y se detiene como indicándole un camino.

Walter no entiende, apenas puede incorporarse, pero reacciona y con esfuerzo lo sigue.

Atraviesan juntos la ciudad destruida, oyendo sólo el sonido de sus propios pasos. La noche lo obliga a buscar reparo para descansar y encuentra un hueco en un edifi­cio semidestruido. Walter se duerme mientras Lobo, sen­tado frente a él, lo observa. Presintiendo peligro, el animal se tensa y luego se incorpora rugiendo. De la oscuridad surgen atacando velozmente tres perros de menor tama­ño que Lobo. Uno de ellos le muerde la pierna derecha a Walter, quien consigue detenerlo al estrellar una piedra en su cabeza. Los dos restantes se trenzan en feroz lucha con Lobo que, batiéndose con furia, mata a uno de sus contrincantes. El tercero, más asustado que vencido, lo­gra huir.

Desgarrando su ya raída camisa, Walter improvisa una venda para su pierna sangrante. Lobo está muy cansado, pero no herido. Se le acerca y le lame la cara para reani­marlo. Walter lo abraza y se duermen juntos, agotados por la terrible batalla. El sol los despierta y continúan el viaje. Se alejan de la ciudad, pero al poco tiempo Walter ya no aguanta más. Camina con mucha dificultad, se siente demasiado débil y, al llegar a un pequeño río, desfallece en su orilla. Lobo le salpica agua con sus patas y logra que vuelva en sí, lentamente reanudan la marcha.

Después de andar por caminos pedregosos, llegan ago­tados a la zona de montañas. Cruzan por un desfiladero y al final penetran en una caverna. Cuando están atravesan­do un puente de madera improvisado sobre una fosa pro­funda, Walter tropieza con una pelota blanca y cae. Desde el suelo observa en el fondo unas sombras que se mueven tras el humo de una fogata. Con esfuerzo se levanta y vislumbra una mujer de aspecto salvaje y tres niños su­cios. Apenas dos pasos después siente un fuerte golpe en la cabeza y vuelve a caer. Detrás de él se escucha el grito cavernario de un hombre que enarbola un garrote en su mano derecha. Triunfal y agradecido le dice al perro:

-¡Bravo Lobo! ¡Has vuelto a traer comida!

dario villar

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