CUENTOS FILIPINOS II

En nuestro número inaugural ofrecíamos a nuestro lectores un relato filipino sobre la verdad y la falsedad (ver http://www.revistaseda.com.ar/seda_01/nota_08.htm). Hoy realizamos una segunda entrega de material inédito en idioma español. Se trata, en esta ocasión, de dos cuentos de tradición oral, que juegan con la idea de calamidad, del sinsentido de afanarse demasiado en este mundo o de tener grandes esperanzas. 

Introducción

Un país conformado por más de 7000 islas deberá luchar siempre en pos de una homogeneidad cultural, aún a sabiendas que jamás lo logrará totalmente. Filipinas es una de las naciones asiáticas con mayor diversidad lingüística y étnica.

Su geografía se encuentra unida al archipiélago malayo, sin embargo, las diferentes olas culturales que avanzaron con éxito desde el Oeste bañando a las islas del Sudeste Asiático, no lograron adentrarse demasiado en su territorio. Finalmente, como única excepción en el Asia Oriental, Filipinas fue conquistada “por la espalda”, es decir, desde el Este.

Nuestra madre patria española, también lo fue de los filipinos, y en virtud de ello ciertos nexos comunes nos hermanan. La herencia hispana, se sumó en aquellos rumbos a la malaya y, en menor medida, a la china, para dotar al pueblo filipino de una identidad singular. Pero más allá de ciertos rasgos comunes, lo que prima entre su gente es la diversidad.

Los siguientes dos cuentos, corresponden al tercer grupo lingüístico del país, los ilocanos. Étnicamente pertenecen al grupo malayo, y aunque se encuentran en varias regiones del país, mayormente se asientan en el noroeste de la isla de Luzón, circundando la Bahía de Lingayen (ilocano significa “gente de la bahía”). Este territorio es estrecho (acorralado entre el Mar Meridional de China y las sierras Cordilleras) y estéril.

Tal vez sea la pobreza de su entorno lo que explique cierto estoicismo en el carácter de los ilocanos. Sus emprendimientos suelen prosperar en base a tenacidad y austeridad, pero en tierras inhospitalarias el fracaso es un destino frecuente y ellos lo aceptan con igual temple. Cuentan que “un pollito se escondía cada mañana cuando veía acercarse a un humano. Pero cuando los pasos se alejaban y salía de su escondite, descubría siempre una gran cantidad de comida. Sucedió lo mismo durante cierto tiempo, y un día el polluelo finalmente entendió que existía cierta dinámica entre el hombre y la comida, comprendió que era éste quien lo proveía de alimento. Entonces, cuando a la mañana siguiente escuchó los pasos conocidos no se escondió. Ese día el hombre agarró el pollo, le quebró el cuello y se lo comió.”   

Las dos historias que siguen a continuación giran en torno a esta idea fatalista de los ilocanos. Llega a ustedes por primera vez en versión española, gracias a la adaptación de Irene Lo Coco. Aspiramos a que disfruten esta segunda entrega de literatura filipina, tanto como la primera. Aunque, ha decir de los ilocanos, tal esperanza sea insensata.

Martín Lo Coco

La Historia del Mono

Sucedió cierto día, mientras el Mono trepaba a un árbol de la selva en que vivía, que una astilla se le clavó en la cola. Por más que lo intentase, no podía sacársela, de modo que fue a ver al barbero en el pueblo y le dijo:

-“Amigo Barbero, tengo una astilla en la punta de mi cola. Si puedes sacarla, te pagare muy bien.”

El barbero intentó quitarle la astilla con su navaja, pero en su lugar cercenó la punta de la cola del Mono. Éste, enojado, le gritó.

-“Barbero, Barbero, déme mi cola de vuelta; o sino me tendrá que dar su navaja.”

No había forma de poner la cola cercenada de vuelta en su lugar, de modo que el Barbero tuvo que darle su navaja en compensación.

Camino a casa, el Mono se encontró con una vieja mujer que cortaba ramas para el fuego de la cocina, y le dijo:

-“Abuela, eso parece un trabajo muy arduo. Si usa esta navaja que aquí traigo podrá cortarlas con facilidad.”

La vieja estaba muy complacida con la oferta y enseguida comenzó a utilizarla para cortar las ramas, pero no habiendo pasado mucho tiempo, la navaja se rompió. Fue entonces que el Mono gritó:

-“¡Abuela, abuela, me ha roto mi navaja! Deberá conseguirme una nueva, o sino me llevare toda la leña.”

La Abuela no tenía oportunidad de conseguirle otra navaja, de modo que le dio toda la leña que había juntado.

El Mono se llevó la mercancía y estaba yendo al pueblo a venderla cuando se encontró con una mujer sentada a la vera del camino haciendo galletas.

-“Abuela”, le dijo, “su leña esta casi consumida, tenga esta que aquí llevo para poder cocinar mas galletas.”

La mujer tomó las maderas y le agradeció por su generosidad, pero cuando la última rama se hubo quemado, el Mono que todavía se encontraba allí parado gritó:

-“¡Abuela, abuela, quemó usted toda mi leña! Ahora deberá entregarme todas sus galletas a modo de pago.”

La mujer no podía conseguirle toda esa madera seca al instante, y no tuvo más remedio que darle las galletas recién horneadas.

El Mono tomó las galletas y partió hacia el pueblo, pero en el camino se encontró con un perro que lo atacó y mordió tan feo como para darle muerte. Y el perro se comió todas las galletas.

El Calabacín Blanco

En una triste y pequeña casita de bambú, ubicada frente al gran jardín, vivían un hombre y su esposa. Habían sido siempre personas amables y generosas con los demás, pero aun así, no eran felices ya que el niño que siempre habían ansiado tener nunca llegó. Cada día durante muchísimos años los esposos rezaron a Dios pidiéndole un hijo o una hija, pero sin obtener nunca una respuesta a sus plegarias. Y ahora que se estaban viniendo viejos creyeron que vivirían solos por siempre.

En el jardín cerca de su casa, la pareja tenía una plantación del más fino calabacín blanco, y del mismo modo en que los viñedos dan fruto todo el año, nunca sufrieron hambre ni les faltó el alimento. Un día, sin embargo, descubrieron que ningún nuevo calabacín había crecido en el lugar de los ya recogidos, y por primera vez se encontraron sin vegetales.

Cada día examinaban la plantación, y aun cuando las grandes flores amarillas seguían floreciendo, ningún calabacín brotaba de los tallos. Finalmente, una mañana después de una larga espera, la mujer gritó jubilosa al ver un pequeñito calabacín verde. Después de examinarlo minuciosamente, decidieron dejarlo madurar en lugar de usar sus semillas para sembrar. Lo vieron crecer desde cerca, y se transformó en un hermoso y blanco vegetal, pero debido al hambre que tenían ni bien hubo crecido lo suficiente para cocinarlo, lo cortaron para comerlo.

Trajeron una cuchilla y lo quitaron de la planta, pero apenas apoyaron la hoja filosa sobre el vegetal para abrirlo escucharon una voz que venia de su interior: “Por favor tengan cuidado de no lastimarme.”

El hombre y la mujer se detuvieron en seco, creyendo que un espíritu les estaba hablando. Pero entonces, la voz habló de nuevo implorándoles que abrieran el calabacín con sumo cuidado y estos así lo hicieron llevándose una gran sorpresa al encontrar a un hermoso niño dentro. El bebé era ya capaz de pararse por si mismo y de hablar con soltura, y el hombre y la mujer no salían de su asombro y saltaban de alegría.

Poco tiempo después la mujer fue al lago en busca de una jarra de agua, y cuando hubo regresado abrió una manta en el piso y comenzó a bañar al niño. Tan pronto como las gotas cayeron sobre su cuerpecito, se convirtieron inmediatamente en oro, y cuando el baño hubo terminado la manta estaba cubierta con el dorado metal. La pareja estaba tan feliz de tener al niño que consideraban que no había mas nada que pedir, pero ahora se encontraban con todo este oro y pensaron que no podían ser mas afortunados.

La mañana siguiente, la mujer le dio otro baño al niño, y una vez mas el agua se transformo en oro. Tenían ahora suficiente dinero como para construirse una gran casa.

El tercer día, fue a buscar agua una vez más con las mismas intenciones, pero el niño se puso muy triste y desapareció tan rápido como llego a sus vidas; y el oro se desvaneció al mismo tiempo dejando al hombre y su esposa pobres y solos otra vez.

Ambas historias fueron traducidas del inglés y adaptadas por Irene Lo Coco

Fuente: COOCK COLE, Mabel; Philippine Folk Tales; s/n; Chicago; 1916; s/n

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