En un país en el que los dirigentes, según la opinión pública, son buenos o malos por la marca de sus vestimentas y no por las decisiones que toman o dejan de tomar, donde el gran tema de los miércoles es quién quedó fuera del baile o de la casa, el martes por la noche, o contra quién arremetió la vedette de turno, siempre es refrescante y necesaria la aparición de esas voces lúcidas que disparan nuestras risas sardónicas con sus corrosivos garrotazos a la nuca.

Gabriel Reches es una de esas voces. Interzona acaba de publicar su primera novela, La caja, nosotros nos pusimos en contacto con él vía mail para intercambiar un par de ideas…

La Caja - G. Reches

CUANDO MURIÓ EMBESTIDO por un camión de residuos patogénicos, yo tenía doce años y él empezaba a abandonar su aspecto de basura. El cuerpo de Jaime Zar fue destrozado a causa del impacto que amontonó todas las jeringas usadas en el sector del acoplado más próximo al gabinete del conductor. De ese modo tan estúpido mi padre se fue y vale suponer que no volverá. Pero las secuelas del accidente quedaron flotando por ahí y aproveché al máximo mi talento en el arte de absorberlas. Quién sabe que tipo de herencia primogénita produce un choque. Sí desde entonces mi conducta es habitada por una singularidad que no elegiría como propia: los deseos chocan con un campo traslúcido –a veces, en los días lluviosos se percibe un plano gaseoso de baja densidad, perpendicular a la calle, algo amarillento que se confunde en la bruma pero que no lo es- que lleva a los actos en el sentido opuesto de la premeditación, gobernados por una fuerza antiimantada, una propulsión a la que denominé síndrome de la voluntad inversa.

Con este párrafo abre Gabriel Reches su primera novela y es imposible, o por lo menos no deseable si las circunstancias lo permiten, abandonar la lectura hasta el punto final de la obra. La evolución de la narración y la concatenación de las reflexiones de los personajes, arrastran al lector en el ejercicio de desmembramiento del manto de mediocridad abúlica imperante.

Si fuera yo un editor que te pregunta cuál es el argumento de La caja, ¿Cuál sería tu respuesta?

Diría que es la historia de un tipo que después de perder cosas irrecuperables, y habiendo decidido apartarse de cualquier opción barbitúrica, sin quererlo se ve preso de su naturaleza humana e influido por su grupo de pertenencia intenta sobrellevar el transcurrir que le queda sobrecargando de sentido la escena estúpida de haber encontrado un cadáver debajo de una caja de cartón de la que se deshizo tiempo atrás.

El protagonista pretende ser el portavoz más lúcido o el delator discursivo de un grupo de lúmpenes cool que soportan su decisión de no reproducir ni combatir las prácticas vinculares más rutilantes de la década –como la delación y la traición entre pares- y se entregan a los sobrediagnósticos para contrapesar su renuncia a cualquier tipo de horror o entusiasmo genuinos. (El posicionamiento sería “está buena la revolución pero prefiero que la haga otro”)

Pertenecen a la generación del qué loco. La generación del permanente qué flash.

En la lista de lo irrecuperable podríamos incluir a las utopías, las vanguardias, el espíritu progresista –entendido como la ilusión del paraíso aceptada por la ciencia- la adherencia a la especie, el padre, la niñez, el futuro de la humanidad y la vida.

Entre las opciones barbitúricas podríamos incluir la religión, la militancia ecologista, la góndola alternativa en las grandes cadenas de supermercados culturales, el reformismo, los cines debate, los grupos de solos y solas, el carnaval y las fiestas rave.

A la vez subyace en el personaje una visión de supravacuidad; no solo se siente al margen de la vida cotidiana moderna, sino al margen de la humanidad como hecho cósmico. Así, si la cultura es apenas una perversión transicional que permite a las personas no enloquecer y percibir que dominan algo de lo que el lenguaje reconoce como mundo, universo, tiempo, historia; los modos de percepción del personaje no están atravesados por su resistencia a la época sino por su perplejidad ante el género humano. Esto convive con el elogio de la elucubración personal y el desprecio –algo histérico- por la experiencia social.

 

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Desde mi punto de vista la coartada existencial con la que el protagonista (¿el autor?) enfrenta la realidad se desmorona cuando éste pierde su empleo. Lo conciso del fragmento que narra esta pérdida me hizo considerar la posibilidad de la autoreferencialidad de la misma, ¿Es así? Y si lo es ¿Esta novela es una especie de exorcismo del estado de estupefacción resultante?

El estado de estupefacción viene antes de cualquier desgracia o accidente personal; es condición de cualquiera que se vanaglorie de mantener códigos éticos básicos no naturalizar las barbaridades corrientes con las que se topa, aunque no resulte víctima directa de ellas. No hay en absoluto autorreferencialidad en el tema del empleo; ni tampoco el libro funciona como exorcismo. No perdí trabajo como el protagonista ni me sentí más tranquilo después de escribir.

Tu estilo narrativo, por lo menos en este trabajo, está plagado de sentencias y descripciones lúcidas que recuerdan los aforismos del Oscar Wilde más cáustico. ¿Existe una lucidez del desencanto? ¿Sos un desencantado o tan sólo lo es el protagonista de tu novela?

Para estar desencantado, primero hay que estar encantado. Y si bien, debo reconocerlo, una vez tuve una okarina y un morral como el personaje del libro; creo que nunca me desilusioné sino que, simplemente, corroboré. Agradezco el término de lucidez, y en mi caso prefiero el de honestidad. Bogo por un estado de acidez en el que se elige el blanco sobre el que volcás el solvente. Corrosión no es cinismo.

Sabemos que sos un especialista en lo que a televisión pública se refiere, que tuviste tus coqueteos con la industria cinematográfica, que sos poeta y ahora narrador. ¿Cuáles son tus responsabilidades y cuáles tus Hobbys?

No me considero especialista ni coqueto. Más bien te diría que en lo que se refiere a mis actividades, no recibo paga por aquello que me apasiona, que es escribir poesía y narrativa y grabar puestas sonoras de textos. Y como tampoco estaría dispuesto –si existiera esa posibilidad- a modificar mi visión autoral y volcar mis inquietudes como escritor hacia la edición de libros de terror adolescente o consejos de autoayuda locos para padres piolas; estoy obligado a la doble, triple o cuádruple vida. Salvo para casos aislados, es condición de artista.

En mi caso, según los años, entregué valiosas horas a la docencia, más tarde al periodismo y, ahora, a la producción audiovisual, fundamentalmente trabajando en o para televisiones públicas. No soy indiferente frente a estas actividades, pero forman parte de lo que vos llamás responsabilidades.

 

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En un momento hablás del snobismo de las corrientes culturales y culminás diciendo: …Pero cuando Buda no llega a la vida de alguien ni siquiera en forma de dieta, ¿eso no tiene premio? ¿No se considera como atenuante ausentarse de cada escenario posible de adoctrinamiento espiritual?

En la realidad, ¿sos una persona religiosa, agnóstica o rematadamente atea?

Me inquietan estos temas y ocupan parte de mi obra poética. Estoy bastante cerca de la visión de Eluard y de Vian. El hombre siempre responde hasta la anteúltima pregunta; y no me cabe duda de que Dios existe, pero tampoco me cabe duda de que él no sabe que existimos. Pero creer en una fuerza superior, en un diseñador, en una legislación universal tácita, no significa suponer intenciones divinas, ni creer en la redención, ni en el paraíso, ni en la eternidad, ni en ningún chupetín para diabéticos. Me siento más desolado que un simple ateo.

En estas semanas no sólo estás presentando esta primera novela sino también un nuevo libro de poesía. ¿Nos podés adelantar algo del mismo?

Bueno, el libro llegará dos o tres semanas después que La Caja, se llama 6 series y está conformado, justamente, por seis series de poemas de duración intermedia (boludos de blanco, lauchas, señor córdoba, el diente, el efecto del viento, y la perra); que abordan con voces distintas a las del narrador de La Caja, algunos temas que armonizan con la novela; como el padre, el patetismo evolutivo y la obediencia social.

En relación a la novela, la mediocridad conciente del protagonista, ¿lo convierte en espectador pasivo o en amenaza inminente?

El espectador nunca es pasivo. Si es lúcido siempre representa una amenaza. Por eso los asesinatos perfectos son los que no tuvieron espectador alguno. El protagonista delata como un nene frente a un deforme en un colectivo. Quien narra modifica.

El hecho de que el protagonista sea conciente de lo insustancial de la existencia moderna, de su falacia inmanente, lo transforma en una especie de “Neo” impotente para abandonar la “Matrix”, esto hace que acepte sin chistar los diferentes roles que la cotidianeidad le impone, como por ejemplo, el rol social de ser el “antisocial” de las reuniones. ¿Sos vos también el enfermo en la fiesta?

Bueno, la tercera parte de mi libro Strip se llama “fiestas”. Creo que ahí está la respuesta. La humanidad es el titanic en que viaja la historia. En la fiesta, enfermo es el que baila.

 

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Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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