La correspondencia Perón-Cooke (Colihue[1] 2007) contiene la valiosísima esgrima epistolar que ambos sostuvieran durante los años 1956, 57 y 58. Años extraordinarios, decisivos, heroicos y premonitorios como pocos. Es decir, desde los primeros meses de la dictadura, en los que un Perón derrocado quiere contestar golpe por golpe a “la canalla dictatorial” con Cooke como su representante y heredero, hasta su transformación en un jefe negociador, que ahora necesita de otros voceros, más flexibles a sus propósitos que ese alfil de agudas diagonales que pronto devendrá marxista.

Para ese entonces, 1958, John William ya era una figura extraña, anómala, originalísima en la política nacional. Lo normal desde el advenimiento del peronismo fue que algunos habitantes de la izquierda, cansados de la orfandad proletaria, se mudaran al arrabal peronista. ¡Basta de nostalgia por los sindicatos perdidos!, se dijeron, e iniciaron su viaje hacia el nacionalismo vernáculo.

Rara de entender esta travesía en otros países tan latinos como el nuestro aunque más americanos. Porque en Uruguay, Chile o Bolivia, ser de izquierda incluye las banderas nacionales; no hay contradicción en ese pensamiento. Pero por estas pampas, tal negocio nunca ha sido muy claro.

Ya desde sus primeras letras, próceres como Juan B. Justo, saludaron las tropelías centroamericanas de los Estados Unidos porque el imperialismo llevaba a esa zona hundida en la ciénaga medieval el ardor industrioso del capitalismo. Sostenían que ese capitalismo importado no tenía otra posibilidad que inventar la clase obrera, y con ella inocular el germen del socialismo en la sociedad bárbara. Si tal mecanicismo permitiese alabanzas esotéricas, Justo y sus camaradas bien pudieron haber orado en duros bancos de penitentes, en voz baja pero claramente: Alabado seas, Monroe.

Presos de ese pensamiento, no tenían otra posibilidad que saludar las hazañas que había cumplido Roca y venerar a Sarmiento casi a libro cerrado. Eran tiernos de corazón pero la “barbarie” les causaba terror. A ellos el indio les provocaba dolor de cabeza; inmanejable, no constituía ni siquiera una duda razonable. Mapuches, tobas y aimaras se dibujaban en su razón como una afrenta innecesaria al dios supremo, único e indiscutible del progreso.

Décadas después, con el surgimiento de un nuevo proletariado de cabecitanegras y la pérdida de peso político de las antiguas bases de obreros europeos, lo común fue la migración de activistas desde esa izquierda honorífica y encerrada en sí misma, hacia un peronismo que observaban con envidia y hambre. Un movimiento aluvional y heterogéneo que estaban llamados (y obligados) a conducir.

Pero la historia de John William estuvo hecha a contramano.

Del nacionalismo radical (por el Partido Radical, se entiende), o sea desde un nacionalismo anticlerical, al peronismo en el 43, y de éste al marxismo en el amanecer de los años 60. Claro que lejos de la playa de Codovilla, aunque pegado a la de Fidel, distante, quizás temeroso, quizás interesado en desinteresarse, de la confrontación Pcus-Mao.

La correspondencia entre John William Cooke y el general Perón que presenta Colihue (tiene un primer tomo excelente con su acción parlamentaria[2]) es excitante, e inevitable para quien esté interesado en develar el carozo de la izquierda, peronista o no. Porque, si bien parece una exageración atribuir en solitario a Cooke la construcción de la izquierda peronista, fue, de eso no hay dudas, su estrella más fulgurante.

Aunque breve.

Breve y derrotada.

Porque “cada país lleva —como dice Horacio González[3]— el sello de sus triunfos aplastantes contra lo que en cada generación se presenta como el indicio más serio de un cambio. La Argentina lleva lacrada en la monotonía de su cultura política, en la confianza cobarde de suponer que ya están instituidos sus procedimientos, la derrota de Cooke.”

La alquimia política es un juego extraordinario, mejor que la mejor mesa de póquer. Sus consecuencias nada lúdicas se miden en un drama donde, como en el póquer, habita la escasez y la opulencia, la esperanza y el desaliento y, a veces, incluso, la misma vida y la misma muerte.

Ya en el estribo, una sugerencia: leamos a Cooke, no para que corrobore nuestros sesudos acertijos sino para entenderlo, a él y a su tiempo. Y también a Juan Perón, aunque éste, opaco, escurridizo, siempre ha sido más difícil de desentrañar.

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Titulo: Obras completas

Autor: John William Cooke

Compilador: Eduardo Luis Duhalde

Editorial: Colihue

Tomo1: Acción parlamentaria

424 páginas

Tomo 2: Correspondencia Perón-Cooke

672 páginas

 

[1] Con prólogo de Eduardo Luis Duhalde.

[2] Se destaca su imperdible discurso durante el debate sobre el caso La Prensa (pag.397)

[3] Cooke, de vuelta, Miguel Mazzeo compilador, Ediciones de la Rosa Blindada, 1999 (pag. 7).

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