RESTAURACIÓN MEIJI, SHINTO DE ESTADO Y POLÍTICA

La Restauración Meiji ha significado, tal vez, el mayor hiato en la historia del País del Sol Naciente. Punto de inflexión entre el dominio shogunal y el imperial, entre un Japón “feudal” y otro centralizado, entre un país atrasado frente al poderío militar occidental y otro que se ponía en igualdad de condiciones, entre un Estado dominado y otro potencia imperial.

A través del presente trabajo, Sol Heredia nos ofrece una clara y prolija exposición de la complejidad de factores que se pusieron en juego en la gestación de tan profundo cambio.

Para entender lo ocurrido a partir de 1868, se hace necesario realizar una reseña de la situación del Japón previa a este momento, pues fue sobre todo la conjunción de ciertos acontecimientos la que dio lugar a la idea de un cambio entre ciertos sectores de la población, que luego tomaría forma como la Restauración Meiji.

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Chikanobu Toyohara (1838-1912), Procesión de Shogun Tokugawa.

 

Durante el Período Tokugawa (1600-1868) el sistema político era el baku-han, basado en la relación entre el shogunato (bakufu) y los dominios de los daimyo (han), actuando el primero como autoridad nacional, y los segundos como gobernadores regionales, dentro de un sistema feudal. El equilibrio de poder se mantenía por las posesiones territoriales, las jerarquías de lealtades y diversas medidas de control que aseguraban la paz entre los daimyo y el Shogun.

Pese a que el Confucianismo había sido adoptado oficialmente en este período, Budismo y Shintoismo tenían una presencia importante, de hecho el primero recibió gran apoyo del gobierno para reforzar la política de rechazo al Cristianismo. Hacia el año 1640 se les exigía a todas las personas que se registraran en un templo budista.[1] El Shinto continuó siendo un elemento de cohesión para la sociedad, aunque no a todos les estaba permitido registrarse en un santuario shintoísta.

En cuanto al Cristianismo, en 1587 Toyotomi Hideyoshi había promulgado un edicto de expulsión que no fue revocado. El temor a su expansión fue una de las razones de la política de aislamiento que empezó a cristalizar a principios del siglo XVII con la expulsión, o confinamiento a determinadas ciudades costeras, de los extranjeros.

Cabe mencionar un movimiento surgido al iniciarse el siglo XVIII llamado kokugaku (cultura nacional), que se presentó como un esfuerzo por recuperar la herencia literaria e histórica, y luego preconizó el retorno a los orígenes de Japón. Obras clásicas como el Man’yoshu  y el Kojiki fueron estudiadas, revisadas y depuradas de las influencias budistas y cristianas que pudieran haber sufrido tras una convivencia que, en el caso del primero, databa de siglos. Uno de los principales exponentes fue Motoori Norinaga (1730-1801), se dedicó a recuperar el sentido del Kojiki, que para él revelaba “un único ‘camino antiguo’ japonés, un estado de bondad natural y utópica, cuyo ejemplo se encuentra en la época de los kami”[2]. Este movimiento no sólo estimuló la investigación sino que también llevó a profundizar en los aspectos teológicos del Shinto. Con posterioridad, otro pensador, Hirata Atsutane (1776-1843), concluyó que el Shinto debía ser la única religión del Japón, y el emperador su gobernante.

Aproximándonos más el período que nos compete, a principios de 1850 comenzó el asedio de las potencias occidentales. Barcos extranjeros surcaban las costas, y las presiones sobre el Shogun para una apertura eran cada vez mayores. Estados Unidos forzó el primer tratado, enviando en 1853 un escuadrón naval comandado por Mathew Perry, portador de una carta en la cual se pedía trato directo con el Shogunato, relaciones diplomáticas y comercio.

Dada la falta de fortaleza militar, el gobierno japonés no se encontraba en posición de mantener su política de aislamiento. En 1858 se firmó un tratado de amistad, comercio y navegación, tras lo cual tratados similares fueron requeridos por las potencias europeas que se encontraban en la región. La naturaleza de los tratados era desigual, impuestos por la fuerza que emanaba de la superioridad militar y de medios. Tal como lo habían podido observar en China, ese era sólo el primer paso del desembarco imperialista.

Al avance extranjero, que significó un gran golpe a una sociedad por tanto tiempo aislada, se le debe sumar un elemento interno: el movimiento de restauración, que surgió por sobre todo como reacción ante la debilidad e ineficacia del Shogunato para lidiar con esta encrucijada. La intromisión extranjera había puesto en evidencia el carácter y los límites de la autoridad política del país bajo los Tokugawa.[3]

 

El fin del sistema baku-han y la Restauración Meiji

A principios de la década de 1860 había comenzado a tomar forma una coalición entre los grupos excluidos del poder, y aquellos que se sentían humillados ante la creciente presencia extranjera. El Emperador era la figura que los cohesionaba, por ello encontraron una expresión para su rol en el lema ‘sonno (venerar al emperador) joi (expulsar a los extranjeros)’[4]. Conformaban este movimiento grandes daimyo como los de Satsuma, Chosu, Aizu, Fukui, Owari y Tosa, miembros de la corte imperial y los llamados shishi o samuráis menores politizados. Cabe aclarar que estos grupos pertenecían a la clase alta, pues el resto de la población tenía poco o nada de injerencia en la política nacional.

Los daimyo que participaban de la coalición mencionada se habían visto relegados dentro de los intereses regionales del Shogunato que, por medio de sus conexiones con los franceses, había desarrollado el comercio en las zonas de su interés. Los daimyo de Satsuma y Chosu comenzaron a vincularse con los británicos; modernizando sus fuerzas armadas formaron milicias, ejércitos de campesinos (nohei) que luego tendrían un papel protagónico en la derrota del régimen feudal.[5]

En cuanto a la corte, gozaba de un poder nominal, ya que era mantenida por el Shogunato como fuente de legitimidad, por lo que para actuar dependía de las iniciativas de los otros dos grupos.

Los shishi (‘hombres decididos’) fueron los que dieron mayor difusión al lema. Empujados por las crisis internas y la amenaza exterior, se habían volcado al estudio y adiestramiento militar dentro de sus han, adquiriendo una nueva conciencia política[6], tras lo cual se dedicaban a la formación de fuerzas defensivas o se desempeñaban como consejeros de los daimyo. Adscribían, entonces, a una política de honor nacional dentro de la cual el Emperador era el símbolo de unión del Japón.

La oposición a este movimiento se encontraba en los oficiales y los daimyo fieles al Shogun, que no deseaban que la autoridad de éste se viera amenazada, así como tampoco sus propias prerrogativas políticas.

Ante las evidencias de la crisis se hicieron intentos desde el Shogunato de reformar el sistema para buscar el apoyo nacional y poder hacer frente a las presiones extranjeras. Primero se llevó a cabo, en 1862, la política llamada kobu-gattai: coalición de la corte con los daimyo, en la cual estos últimos conformaban un grupo consultivo que participaba de las decisiones políticas. Pero antes de que hubiera transcurrido un año el grupo se disolvió. En 1867, año en el que Tokugawa Yoshinobu ocupa el cargo de Shogun y el Emperador Mutsuhito sucede a su padre Komei, se ponen en marcha una serie de reformas internas destinadas a fortalecer el bakufu. Éstas incluían una reorganización administrativa que eliminaría cualquier vestigio de burocracia imperial, para a su vez reforzar la función soberana del Shogun. Pero la crisis ya era demasiado profunda y las reformas fallaron. Una de las razones fue la falta de recursos financieros. La base económica era la producción anual del campo: “era un tipo de riqueza de muy limitado valor de emergencia, y el peligro extranjero requería inmensas sumas en poco tiempo [..]. Una solución fiscal  residía no en el cambio retrógrado sino en la masiva expansión de la producción japonesa y su utilización para propósitos de defensa nacional por medio de un régimen unificado.”[7]

Finalmente, el 3 de enero de 1868 las tropas conjuntas de Satsuma, Chosu, Echizen, Owari, Tosa y Aki tomaron el palacio de Kyoto, y luego de enfrentarse con las fuerzas de los Tokugawa, convocaron a un consejo en el cual se anunció formalmente la devolución de la administración al Emperador, se abolió el Shogunato, al que se le confiscaron todas las tierras. Tokugawa Yoshinobu quedó reducido al nivel de un daimyo. Debido a que muchos de sus vasallos no se rindieron fácilmente, la Guerra por la Restauración continuó hasta junio de 1869 en que las fuerzas de Tokugawa fueron vencidas en Hokkaido.

Se inició entonces las Restauración Meiji, el Emperador como figura pública de autoridad era patriarca teocrático y monarca constitucional.[8] Se procedió a borrar todo vestigio del sistema feudal y a establecer una estructura moderna que fuera capaz de hacer frente a la amenaza exterior, para este fin se adoptó el lema fukoku-kyohei ( ‘hacer prosperar el estado y fortalecer las fuerzas armadas’[9] ). De acuerdo con esquemas occidentales se proclamó la igualdad social y la libertad de movimiento. Los ejércitos de los daimyo fueron confiscados y los han se convirtieron en prefecturas, que luego pasaron a conformar 75 unidades administrativas.

Dejando de lado el sistema de privilegios por el que se regían anteriormente, las oficinas gubernamentales se abrieron a personas calificadas aunque pertenecieran a un rango bajo. Las restricciones impuestas a cada clase, fueron abolidas. Se establecieron derechos cívicos para todos los hombres, cuyo sentido social fue difundido desde las nuevas escuelas públicas.

También fueron abolidos los privilegios e inmunidades de la clase samurai. Aunque participaron en gran número en el movimiento de Restauración, lo habían hecho en función de su lealtad al Emperador, dando por sentado la necesidad de cambios y aceptándolos. Al eliminarse las restricciones se les abrían las puertas en otras ocupaciones, lo cual no fue mal recibido, pues muchos de ellos se hallaban en la indigencia. El servicio militar se volvió obligatorio, y muchos ex samurai pronto pasaron a ocupar en él puestos clave.

La industrialización era el único camino a través del cual podían fortalecer la economía, y así poder hacer frente a Occidente, que seguía avanzando. Pero el desarrollo de ésta también requería grandes sumas, por lo que se recurrió a la agricultura, estableciendo un impuesto alto y fijo en dinero (antes variaba de acuerdo a la calidad y cantidad cosechada, y no era en dinero sino en especie), lo que le proveía al gobierno una entrada fija.

 

La Constitución Meiji y la estructura gubernamental

Todas estas medidas y cambios estaban dirigidas a hacer del Japón un Estado moderno, y lo suficientemente fuerte como para poder hacer frente a las potencias occidentales y, aún más, poder igualarse a ellas. La revisión de los tratados desiguales parecía mucho más factible si las potencias que los habían impuesto se encontraban ante una nación moderna.

Dentro de esta línea se encontraba la necesidad de redactar una Constitución, para ello, al igual que con la mayoría de estas transformaciones, se miró a Occidente. Siguieron en gran parte el modelo prusiano.

El edicto que establecía su redacción se difundió en 1881, y el año 1889 finalmente se promulgó. La Constitución aseguraba un gobierno reservado a la elite, y legitimaba al Emperador como monarca absoluto y sagrado, superior al gobierno mismo, era su piedra angular.

Chikanobu Toyohara, El Emperador Meiji y la Nueva Constitución.

Chikanobu Toyohara, El Emperador Meiji y la Nueva Constitución.

 

Al servicio del Emperador estaba el Ministerio de la Casa Imperial, que, en conjunto con la Ley de la Casa Imperial, existían al margen de la Constitución. En la toma de decisiones, el Emperador consultaba a su Consejo Privado.

Las funciones del Poder Ejecutivo estaban a cargo del Primer Ministro y su gabinete. El Poder Judicial estaba representado por una serie de cortes.

Reflejando la centralización del gobierno, el Ministerio del Interior estaba organizado para mantener estricto control y jurisdicción sobre todos los asuntos locales, desde el establecimiento de fronteras hasta el nombramiento de gobernadores.

La participación popular encontraba su resquicio en la Dieta (Gikai) y en las asambleas locales. La Dieta se componía de una Cámara Baja y una Cámara de los Pares, ambas conformadas a través de un procedimiento electoral muy limitado. El potencial votante debía cumplir con ciertos requisitos, tales como: ser ciudadano del área (tener residencia y posesión de una propiedad), así como también liquidez monetaria suficiente como para ser un contribuyente seguro al sistema de impuestos. En cuanto a su rol, la Dieta carecía de poderes de iniciativa, podía vetar el presupuesto o dar su aprobación a leyes introducidas por el Gabinete.

 

Shinto de Estado y política

Durante los primeros años de la Era Meiji no había una ideología oficial marcada[10], pero con el tiempo fue cristalizando a través de distintas medidas una tendencia hacia el nacionalismo, cuyas raíces se encontraban en los mitos tradicionales del Shinto, principalmente en el que establece la relación del Emperador con Amaterasu. “En el proceso de crear una nueva imagen nacional, el Shinto era claramente el soporte, ya que sólo éste estaba equipado para exaltar el trono como heredero legítimo del carisma imperial transmitido por la diosa del sol, Amaterasu.”[11] A él le pertenece el dominio del Japón, ya que al seguir la línea imperial se llega hasta Ninigi-no-mikoto, nieto de Amaterasu al cual le fue designado el gobierno de Yamato. El nieto de éste, Jimmu, es reconocido como el primer Emperador del Japón histórico, y se sitúa su gobierno en el año 660 a.C.

Como descendientes directos de uno de los principales kami de la mitología japonesa, todos los Emperadores, perteneciendo a un mismo linaje ininterrumpido a lo largo de la historia, son kami vivientes. Consecuentemente, el Emperador recibe el nombre de akitsu mi kami (emperador divino) o arahitogami (kami en forma humana). Sus derechos de soberanía no derivan de la Constitución, sino del poder heredado de los ancestros imperiales. Perpetuando la sucesión lineal obtiene un carácter divino, tal como lo declara el Artículo 3 de la Constitución: “El Emperador es sagrado e inviolable”[12].

Su posición era sagrada desde hacía siglos, el Shinto de Estado refuerza su imagen para legitimar todo el aparato estatal que se estructuró en torno a Él y su culto. El Emperador resume en sí todos los poderes, los seculares (el gobierno mismo, el comando supremos sobre los militares) y la autoridad religiosa. De esta forma, aunque parezcan poderes separados, el carácter religioso que rodea a su figura penetra en todos los ámbitos.

Se hizo énfasis en el concepto de Kokutai[13]: “esencia interior o fuerza mística residente en la nación japonesa como resultado de la divina revelación de Amaterasu”[14]. Es un Estado patriarcal, donde todos están relacionados. La Casa Imperial es la cabeza del Estado, y el Emperador conforma la figura paterna frente a la enorme familia que forma Japón. Esta creencia se refleja en la forma de piedad filial llevada a su nivel más alto: lealtad hacia el Emperador, y, por lo tanto, al Estado, siendo su derivación el patriotismo.

Uno de los principios rectores para la expansión fue ‘las ocho esquinas del mundo bajo un mismo techo’ (hakko ichiu: hermandad universal). Las ‘ocho direcciones’ es una expresión china que se refiere al mundo entero, mientras que ‘bajo un mismo techo’ significa que el mundo no es sino una gran familia. Entonces el Japón, con el Emperador a la cabeza, toma como misión conformar ese techo. Una manera de expresar este destino era la construcción, en cada nueva región sobre la que avanzaban en su expansión, de un santuario para que los kami descendieran.

 

Restauración del Shinto

Desde un principio se busca extraer del Shinto todas las influencias que el Budismo pudiera haber tenido sobre él luego de su prolongada convivencia. Son tomados aquí los aportes de los autores pertenecientes el movimiento kokugaku (‘cultura nacional’), Motoori Norinaga y Hirata Atsutane, ya mencionados en la introducción de este trabajo.

Hasta el momento de la Restauración Meiji, el Budismo tuvo un papel preponderante en la sociedad, contando con el patronazgo del Estado. Los santuarios de ambas religiones se hallaban uno junto al otro, y, en general, estaban bajo la tutela budista. Entonces, para llegar a ese Shinto en estado puro, se debía delimitar lo propio de cada una.

Las estatuas budistas fueron removidas de los santuarios shintoístas, muchos sacerdotes budistas se convirtieron en sacerdotes del Shinto. Para quitar cualquier influjo y tener mayor control sobre la institución, el sacerdocio hereditario fue abolido, en su lugar los nombramientos los hacía de manera oficial el nuevo Departamento del Shinto. La implementación de esta medida a nivel nacional reflejaba la centralización del gobierno.

El registro en los santuarios Shinto se estableció como obligatorio, otorgándoles así la misma función que los budistas habían tenido anteriormente durante la prohibición del Cristianismo, es decir, ser instituciones que hicieran efectivas las decisiones del gobierno respecto a las religiones. Aunque la comparación en cuanto al rol teórico es válida, en la práctica la finalidad era distinta para este período: se dirigía más a una función del control que de disuasión para los fieles del Cristianismo, como lo había sido durante Tokugawa.

Cabe destacar que dentro de la estructura creada por el Estado no todos los sectores de la sociedad eran movidos con la misma intencionalidad con respecto al Shinto. Aunque todos participaban en las mismas ceremonias y rituales, y no se le puede imputar a ninguno moverse con falta de fe, la administración del gobierno se centraba en el control ideológico de la población, los sacerdotes, mientras que respondían a los lineamientos establecidos, se movían por preocupaciones rituales y teológicas, en tanto que la población en su mayoría seguía acudiendo a los santuarios en busca de bendiciones y bienestar para su hogar, más allá de que los rituales en los que tomaban parte hubieran cambiado (muchos rituales que antes pertenecían a la esfera imperial habían pasado a ser estatales).

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Inoue Yasuji (1864-1889), Familia Imperial en Santuario Shinto.

 

Devenir histórico y medidas políticas

El Shinto de Estado, por ser un movimiento religioso impulsado por el gobierno, no puede ser separado por completo del campo político.

El camino que siguió el nuevo sistema tuvo mucho, sino todo, que ver con el redireccionamiento del Shinto, en conjunto con las nociones ya mencionadas de Kokutai  y hakko ichiu, hacia el sentimiento de nacionalismo, y también de militarismo que predominaron en la sociedad japonesa hasta 1945. El resto de lo ocurrido sólo puede ser abordado, entonces, paralelamente a los sucesos históricos, concordando con el devenir de los hechos políticos.

Dada la renovada fuerza que tomó el Budismo, que para no caer en la confrontación, se abocó también a la tarea de impulsar el nacionalismo, se tornó imposible reconocer al Shinto como única religión. Por ello el Departamento del Shinto fue reemplazado entre 1872 y 1875, por un Departamento de Religión, que tenía el control sobre ambas. Pero como los resultados no fueron buenos, en 1877 se instauró una Oficina Temporaria de Santuarios, hasta que en 1882 se hizo la división oficial entre ‘Shinto de Santuario’ o ‘Shinto Estatal’ (Kokka Shinto) y ‘Shinto Sectario’ (Kyoha Shinto).

Esta división implicaba la declaración del Shinto Estatal como no-religioso y parte integrante del Estado. Sólo los que adherían a él podían llamar a sus edificios ‘santuarios’ (jinja), mientras que los correspondientes al Shinto Sectario los llamaban kyohai, equivalente a ‘iglesia’.

Kyoha Shinto, Budismo y Cristianismo eran supervisados por una Oficina de Religiones dentro del Departamento de Educación.

Para que se llegara a esta determinación hay que sumar a lo ya dicho un factor muy importante: la presión extranjera para la libertad religiosa, en la cual estaba implícita la preocupación por la subsistencia del Cristianismo.

Cuando en 1868 se había dado la tan esperada apertura del Japón al comercio, junto con ella entraron misioneros cristianos, pese a que aún no se había levantado la prohibición que pesaba sobre éste desde la época Tokugawa. La veda fue finalmente levantada en 1873, al tiempo que se hacía lo mismo con el registro obligatorio en los santuarios Shinto. Aunque poco, y en general de manera superficial, Japón cedía a las presiones externas.

Se dio entonces la libertad religiosa, declarada en la Constitución de 1889, que a su vez dejaba el campo libre para que el Shinto Estatal, no-religioso, unificara al país por medio del apoyo patriótico al Estado. Tal función le fue asegurada por el Edicto Imperial sobre la Educación de 1890, según el cual se establece que su enseñanza, conjuntamente con la del Confucianismo, otorgaban principios morales a la nación y lealtad Estado como corolario de la reverencia hacia los antepasados imperiales. La enseñanza de Budismo y Cristianismo quedaba excluida de las escuelas. El Edicto pasó a tener con el tiempo connotaciones sagradas, teniendo un sitio de honor en cada escuela.

“Know ye, our subjects:

Our Imperial Ancestors have founded our Empire on a basis broad and everlasting, and have deeply and firmly implanted virtue. Our subjects ever united in loyalty and filial piety have, from generation to generation, illustrated the beauty thereof. This is the glory of the fundamental character of Our Empire, and herein also lies the source of our education. Ye, our subjects, be filial to your parents, affectionate to your brothers and sisters, as husbands and wives be harmonious, as friends be true; bear yourselves in modesty and moderation. Extend your benevolence to all, pursue learning and cultivate arts, and thereby develop intellectual faculties and perfect moral powers; furthermore, advance public good and promote common interests, always respect the Constitution and observe the laws. Should emergency arise, offer yourselves courageously to the State, and thus guard and maintain the prosperity of our Imperial Throne coeval with Heaven and Earth. So shall ye not only be our good and faithful subjects, bur render illustrious the best traditions of your forefathers.

The Way here set forth is indeed the teaching bequeathed by Our Imperial Ancestors, to be observed alike by their descendants and the subjects, infallible for all ages and true in all places. It is our wish to lay it to heart in all reverence, in common with you, our subjects, that we may all attain the same virtue.”[15]

Regulados de esta forma todos los aspectos de la vida social, cualquier tipo de oposición tomaba la forma de lucha o confrontación política.

Siguiendo a Nakano Tsuyoshi, se podría catalogar, luego de todo lo dicho, tres formas de implicancia política.[16] Aunque seguramente no abarcan todo el abanico de adherencia, disidencia y/o oposición, muestran que no toda la población se sentía identificada necesariamente de la misma manera con le ideología estatal que permeaba los distintos ámbitos de la sociedad.

La primera es de compromiso y adaptación, y corresponde al Shinto de Estado y a los cuerpos tradicionales del Budismo. Estos últimos habían sufrido una breve prohibición, pero luego se mostraron dispuestos a ayudar respondiendo y colaborando con el crecimiento del nacionalismo por medio de la cooperación con las políticas estatales. Lo mismo ocurrió con algunas de las llamadas Nuevas Religiones, como Tenrikyo (luego de la muerte de su fundadora, en 1887, que se oponía al sistema), y más tarde el Cristianismo.

Otra postura es el radicalismo del Shinto Nacionalista, que acusa al Estado de que el Shinto oficializado habría perdido la forma y esencia presentes en el Kojiki y Nihon-Shoki.

Finalmente, el tercer tipo es el de la resistencia, que rechaza categóricamente la ideología del Emperador. Ejemplos de esta postura pueden ser encontrados dentro de pequeñas organizaciones cristianas y también entre las Nuevas Religiones.

Habría que señalar en este punto otra variante dentro del sistema, que no se corresponde con oposición ni con colaboración, y es la conformada por algunos santuarios del campo, que quizás por estar aislados preservaron mucho de la vida religiosa tradicional. En ellos el nuevo componente nacionalista no era sino un agregado que no eliminaba lo anterior.

La ya mencionada noción de ‘las ocho esquinas del mundo bajo un mismo techo’ se fue reflejando en la creciente agresión y movimiento expansivo, sobre todo a partir de 1894 con el inicio de la Guerra Sino-Japonesa.

Se hacía cada vez más hincapié en el nacionalismo para afianzar el fervor patriótico de la población. El esfuerzo de guerra y expansión sería imposible sin el apoyo popular. En concordancia con el momento, se promulgaron ciertas leyes estableciendo la base legal y garantizando el control de la disidencia.

En 1900 se establece la ley de lèse-majesté[17]. En gran parte por temor a la influencia que pudieran tener las asambleas de obreros sobre la opinión pública, en el mismo año se redacta la ley de la Policía de la Paz Pública. Básicamente, ésta restringía todas las actividades políticas con una tendencia opuesta al gobierno, en forma secundaria también implicaba las actividades de los sindicatos. La formación de asambleas o la realización de cualquier reunión o manifestación requerían una autorización previa, bajo pena de multa o prisión de acuerdo a la gravedad de la trasgresión.

Tras la victoria en la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), el santuario de los caídos en la guerra, Yasukuni Jinja, se convierte en el centro del sentimiento de sacrificio patriótico: allí los espíritus de los que caían en las guerras eran venerados como kami, incluso por el Emperador.

Como ya se ha dicho, se le otorga un papel muy importante a la educación en lo que hace a la difusión del sentido de lealtad al Emperador y, por ende, a la Nación. Para 1912, año de inicio de la Era Taisho, todas las instituciones educativas tenían su copia del Edicto Imperial sobre la Enseñanza, así como una foto del Emperador (o Goshin-ei).

Durante la Era Taisho (1912-1925) Japón siguió prosperando y expandiéndose, sin sufrir ninguna derrota. En 1925 se aprobó la ley de derecho de voto para todos los adultos varones, pero a su vez también fue aprobada la Ley de Preservación de la Paz, dirigida principalmente a contener a los grupos de izquierda.

El Período Showa (1926-1945) estuvo marcado por acontecimientos históricos cruciales para Japón. Como potencia mundial que ya era, en 1926 pasó a formar parte de la Sociedad de las Naciones y también fue invitado por las potencias occidentales a integrar otras asociaciones. Pero a partir de 1930 su relación con el exterior comenzó a deteriorarse, sin detener por ello su avance. Desde fines de ese año, durante la guerra con China, y la Segunda Guerra Mundial, Japón dominó temporalmente el territorio que se extiende desde China continental, el Sudeste Asiático, hasta India oriental.

Para conseguir el apoyo ilimitado de la población, en 1937 se publicó el Kokutai-no-hongi (Fundamentos de la Política Nacional del Japón), el cual resaltaba la autenticidad de la historia mítica, la divinidad del Emperador, así como la misión que tenía de unificar el mundo. A modo de ilustrar el contenido del mismo se presentan aquí dos fragmentos:

“Lealtad significa reverenciar al Emperador como nuestro eje y seguirlo implícitamente. Por obediencia se quiere decir dejarnos a nosotros de lado y servir al Emperador resueltamente. Caminar esta vía de lealtad es la única forma en que nosotros súbditos, podemos vivir, y es el origen de toda energía. Por esto, ofrecer nuestras vidas por respeto al Emperador no significa el así llamado auto-sacrificio, sino dejar de lado nuestro pequeño ser para vivir bajo su augusta gracia y el acrecentamiento de la auténtica vida de las personas de un Estado[..]”

“[..]el presente conflicto visto en las ideas de nuestra gente, el desasosiego en sus formas de vida, el confuso estado de civilización, pueden ser corregidos sólo por la exhaustiva investigación (por nosotros) de la naturaleza intrínseca de las ideologías occidentales y por comprender el verdadero sentido de nuestra entidad nacional. Entonces también, esto debe ser hecho no sólo por el bien de nuestra Nación sino por el bien de toda la raza humana la cual está luchando para encontrar un camino de salida del estancamiento con el cual el individualismo se enfrenta. He aquí nuestra solemne misión cosmopolita.”[18]

En considerablemente poco tiempo Japón se había convertido en una potencia mundial. El Shinto de Estado había dado los resultados esperados, ya que en cada nuevo avance se contaba con el fervor de gran parte de la población.

La guerra con China había llegado a un punto muerto después de cinco años, y Japón se dirige a Alemania en busca de ayuda. Esta decisión se convertiría en una condena, dando vuelta todos los logros territoriales conseguidos hasta ese momento cuando el nazismo pierde la guerra y Japón recibe en el seno de su nación dos devastadoras bombas nucleares.

 

Conclusión

Después de haberse mantenido aislado por más de dos siglos, Japón se vio a sí mismo en la mira de las potencias occidentales. El avance de éstas había mostrado no perdonar las debilidades estructurales de los sistemas de gobierno, las cuales facilitaban la intrusión extranjera en el territorio, tal había sido el caso de China.

Ante la oportunidad histórica de realizar un cambio, los ideólogos de la Restauración tomaron la iniciativa no sólo de avanzar en la modernidad para defenderse, sino también para competir en la misma esfera que las potencias coloniales. Pero, concientes de sus orígenes y de la tradición, a la cual deseaban preservar de cualquier influencia foránea, reavivaron y erigieron al Shinto como un armazón que protegiera a la cultura y la población, haciendo a su vez de estos últimos una punta de lanza para llevar adelante su nuevo objetivo. Dentro de estos planes, cualquier filtración de ideas foráneas podía hacer peligrar a la nueva estructura de gobierno, atrayendo reclamos por cambios más profundos de los que los ideólogos y poderosos del régimen estaban dispuestos a tolerar.

Es evidente que ante semejante esfuerzo el apoyo de la población era un elemento clave, de dónde saldría sino la fuerza física para hacer funcionar una maquinaria tan pesada como lo es una potencia imperialista. No fue sino la intromisión de ellas y la visión de lo que vendría después lo que despertó las mentes de aquellos que llevaron adelante la Restauración desde en un principio.

No se ha querido implicar aquí que el Shinto de Estado fue sólo un instrumento, pues ninguna religión, creencia o devoción puede ser amputada del sentido profundo y trascendente que cada ser humano le otorga. Sin embargo, no se puede negar que muchos han visto, ven y verán en las religiones una verdadera palanca para diversas empresas ajenas a ese sentido.

 

BIBLIOGRAFÍA

 -Hall, John Whitney, El Imperio Japonés, Siglo Veintiuno Editores, México, 1997, 355 pp.

-Totman, Conrad, The collapse of the Tokugawa Bakufu 1862-1868, The University Press of Hawaii, Hawaii, 1980, 558 pp.

-Mason, R.H.P.; Caiger, J.G., A History of Japan, Charles E. Tuttle Company Inc., Japón, 1976, 334 pp.

-Livingston, Jon; Moore, Joe; Oldfather, Felicia eds., Imperial Japan 1800-1945, Pantheon Books. Asia Library, Nueva York, 1973, 517 pp.

-Tamaru, Noriyoshi; Reid, David eds., Religion in Japanese Culture. Where living traditions meet a changing world, Editorial Kodamsha, Japón, 1996, 238 pp.

-Earhart, H.Byron, Japanese Religion. Unity and Diversity, The religious life of man series. Wadsworth Publishing Company, EEUU, 1974

-Earhart, H. Byron, Religion in the Japanese experience. Sources and interpretations, Wadsworth Publishing Company, EEUU, 1974

-Murakami, Shigeyoshi, Japanese Religion in the modern century, H. Byron Earhart trad., University of Tokyo Press, Tokyo, 1983, 186 pp.

 

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Sol Heredia

 

Sol Heredia.  Nació en Mendoza. Realizó la Carrera en Estudios Orientales en la Universidad del Salvador. Estudia lenguas orientales y realiza prácticas de Taiko en la agrupación de tambores japoneses Mukaito TaikoActualmente es responsable del área de Gestión Cultural de Asia & Argentina.

[1] Hall, John W., El imperio japonés, p.166

[2] Ídem, p.203

[3] Cf. Totman, Conrad, The Collapse of the Tokugawa Bakufu 1862-1868, p. 460

[4] Ídem, p. 462

[5] Cf. Livingston, Jon y otros, Imperial Japan 1800-1945, p. 86

[6] Cf. Hall, John W., op. cit., p. 238

[7] Totman, Conrad, op. cit., p. 467

[8] Cf. Mason, R.P.H.; Caiger, J.G., A History of Japan, p. 249

[9] Hall, John W., op.cit., p. 243

[10] Cf. Mason, R.H.P.; Caiger, J.G., op.cit., p.247

[11] Kitagawa, Joseph, Modernity, Culture and Religion, en Livingston, Jon ed., op.cit., p.155

[12] Tsuyoshi, Nakano, Religion and State en Tamaru, Noriyoshi; Reid, David eds., Religion in Japanese Culture. Where living traditions meet a changing world, p. 116 

[13] La idea de Kokutai, o entidad nacional, había sido acuñada en el Período Tokugawa combinando Neo-Confucianismo y Shinto.

[14] Earhart, H. Byron, Japanese Religion. Unity and diversity, p. 156

[15] Imperial Rescript on Education extraído de Earhart, H. Byron, Religion in the Japanese Experience. Sources and Interpretations, p. 204

[16] Cf. Tsuyoshi, Nakano, Religion and State en Tamaru, Noriyoshi; Reid, David eds., op. cit., p. 117

[17] Atentado contra la majestad de un soberano, atentado cometido contra su persona, su poder, el interés del Estado. Version électronique du Nouveau Petit Robert, 2001

[18] Kokutai-no-hongi en Earhart, H.Byron, Religión in the Japanese Experience. Sources and Interpretations, p. 205

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