SIMÓN EL MAGO | Por Danilo Kiš

Traducción de Nevenka vasiljević

 

Desde 2006, editorial Acantilado se ha abocado a la publicación de la obra del genial escritor serbio de origen judío Danilo Kiš, saldando una de las deudas más importantes de la narrativa contemporánea. El presente relato abre el libro Enciclopedia de los muertos, por el que el poeta recibiese el premio Ivo Andric, editado por Acantilado en el transcurso de 2008.

Agradecemos a la Sra. Anabel Jurado el permitirnos reproducir el mismo en nuestra revista.

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1

Diecisiete años después de la muerte y milagrosa resurrec­ción de Jesús de Nazaret, por los caminos polvorientos que atraviesan Samaria y que, escondiéndose bajo arenas capri­chosas, van a perderse en el desierto, aparece aquel al que sus discípulos llamaban el Mago, Simón el Mago, y al que sus enemigos apodaban con desprecio el Borborita.[1] Algu­nos aseguraban que había venido de Guita, una aldea per­dida de Samaria, otros que era de Siria o de Anatolia. Hay que reconocer que él mismo contribuía a esta confusión, porque a la inocente pregunta sobre su origen contestaba con un amplio movimiento del brazo en el que cabían tanto el primer pueblo vecino como medio horizonte.

Era fuerte, de estatura media, sus cabellos negros y ri­zados empezaban a escasear, descubriendo la coronilla, mientras que la barba, también rizada y descuidada, se iba encaneciendo. Tenía la nariz huesuda y corva; su perfil era como el de una oveja. Uno de sus ojos era más grande que el otro, lo que daba a su cara una expresión un poco sarcás­tica. En la oreja izquierda llevaba un pendiente de oro: una serpiente mordiéndose la cola. Ceñía su cintura con varias vueltas de una cuerda de lino que a la vez le servía para sus números de circo: esta cuerda se enderezaba de repente y él, ante los ojos maravillados de los espectadores, la escala­ba como un mástil. O bien la ataba al cuello de algún novi­llo al que degollaba luego de un solo golpe de espada, pro­nunciando una fórmula mágica. Por un momento, la cabe­za y el cuerpo yacían separados sobre la arena del desierto; el Mago pronunciaba entonces aquella misma fórmula má­gica al revés, y la cabeza se juntaba con el cuerpo, mientras la cuerda de lino se quedaba en el suelo. Simón desataba el nudo y volvía a atarse la cuerda a la cintura, salvo si alguno de los espectadores deseaba verificar la composición de la fibra. Simón le tendía entonces un cabo de la cuerda, tiesa como si se tratara de un palo; en cuanto el desconfiado la agarraba, la cuerda volvía a estar las a y caía al suelo levan­tando una polvareda.

Dominaba el griego tanto como el copto, el arameo, el hebreo y los diversos dialectos locales, a pesar de que sus enemigos aseguraban que hablaba cada uno de estos idio­mas con acento extranjero. Simón no hacía mucho caso a estas malas lenguas; hasta se tenía la impresión de que él mismo las alentaba. Cuentan que era vivo de imaginación, además de un excelente orador, sobre todo cuando se di­rigía a sus discípulos y adeptos o ante las masas que atraía. «Entonces, los ojos le brillaban como estrellas», decía uno de sus discípulos. «Su voz era la de un loco, y su mirada lú­brica», comentaba uno de sus adversarios.

En los caminos enmarañados que llevan de Oriente a Occidente y de Occidente a Oriente, Simón el Mago en­cuentra una multitud de predicadores; sus sendas a menu­do se entrecruzan. Los discípulos de Juan y Pablo, y Juan y Pablo mismos, divulgan por el mundo la palabra de Jesús de Nazaret, cuya memoria vive todavía en Palestina, enJu­dea y en Samaria. Simón descubre con frecuencia las hue­llas de sus sandalias a la entrada de los pueblos. El pueblo está silencioso para esta hora del día, se oyen los ladridos de un perro y los balidos sonoros de las ovejas. Y entonces, como otro balido más, se percibe una voz masculina, cla­ra y rotunda, aún no del todo inteligible; son los apóstoles que, encaramados sobre barriles desvencijados, predican la perfección del mundo y la Creación divina. Tras esperar a que se alejen, escondido a la sombra de alguna cabaña, Simón se adentra en el pueblo detrás de ellos, antes de que la muchedumbre se haya disuelto del todo.

Entonces él también empieza a predicar, rodeado de su propio séquito. Harta de las palabras de los apóstoles, la gente del pueblo se agrupa con desgana.

-Acabamos de despedir a Pablo y a Juan-le dicen-, ya tenemos palabras para todo el año.

-Yo no soy un apóstol-dice Simón-, yo soy uno de los vuestros. Ellos os ponen la mano en la cabeza para que os inspire el Espíritu Santo; yo os tiendo la mano para saca­ras del polvo.-Entonces alza los brazos, y por sus anchas mangas, que caen en amplios pliegues, aparecen sus bellas manos blancas y sus dedos, finos como sólo los poseen los perezosos y los ilusionistas-o Ellos os ofrecen-sigue Si­món-la salvación eterna. Yo os ofrezco conocimiento y desierto. Que quienes lo deseen se unan a mí.

El pueblo se había acostumbrado a los más diversos vagabundos que venían de todas partes, sobre todo desde Oriente, ya solos, ya de dos en dos, o seguidos por una mul­titud de fieles. Algunos dejaban sus mulas y sus camellos a la entrada del pueblo, al pie de una montaña o en el valle vecino, otros llegaban con una escolta armada (y sus ser­mones parecían más bien amenazas, o una comedia); otros cabalgaban sobre mulas y sin apenas desmontar empeza­ban sus números de acrobacia. Pero en los últimos quin­ce años, desde la muerte de cierto Nazareno, empezaron a llegar hombres jóvenes y sanos que, con la barba bien cuidada o todavía imberbes, cubiertos con capas blancas y con un bastón de pastor en la mano, se llamaban a sí mis­mos apóstoles e hijos de Dios. Sus sandalias estaban sucias del polvo del largo viaje y todos sus discursos se parecían, como si hubiesen estudiado del mismo libro; hacían todos referencia al mismo milagro del que habían sido testigos: aquel Nazareno había convertido ante sus ojos el agua en vino y había alimentado a todo un pueblo con unas pocas sardinas. Algunos aseguraban haberle visto ascender al cie­lo ante sus propios ojos, envuelto en una luz deslumbran­te, y alcanzar las alturas como lo habría hecho una paloma. Los ciegos que llevaban de testigos afirmaban que fue esta luz la que les quemó la vista, pero también la que les dio la iluminación espiritual.

Y todos ellos se llamaban hijos de Dios e hijos del Hijo de Dios. Prometían la vida eterna y la beatitud a cambio de un mendrugo de pan y de un jarro de vino, y cuando la gen­te les cerraba la puerta, echándoles perros peligrosos enci­ma, la amenazaban con el infierno eterno, donde el cuerpo se quema a fuego lento, como el cordero en el asador.

Entre estos predicadores había también buenos orado­res que sabían dar al pueblo desconfiado y a las autoridades aún más desconfiadas respuestas a muchas preguntas enre­vesadas, no sólo acerca del alma, sino también del cuerpo, de los cultivos y del ganado. A los jóvenes les curaban los granos; a las vírgenes les daban consejos de higiene para preservar su virginidad y para que la soportaran mejor; a los ancianos les daban la receta de cómo prepararse para la llegada de la muerte, qué palabras pronunciar en el último instante, cómo colocar las manos para caber mejor por el estrecho pasaje que lleva a la luz; a las madres les aconse­jaban cómo salvar a su progenie ahorrando en curanderos y remedios caros, o cómo preservar a sus hijos de las expe­diciones de guerra; enseñaban a las mujeres estériles ora­ciones claras y simples que debían recitar tres veces al día, en ayunas, para que el Espíritu Santo-así lo llamaban­fecundara sus entrañas.

Y todo lo hacían gratuitamente, sin cobrar un céntimo, si no se considera como pago el mendrugo de pan que acep­taban con gratitud o el cubilete de agua fría que bebían a pequeños tragos, murmurando unas palabras incompren­sibles. De este modo se sucedían estos predicadores, llega­dos de distintos lugares del mundo, con distintas costum­bres e idiomas, con barba o sin ella; pero todos decían más o menos lo mismo: lo que uno anunciaba, otro lo confirma­ba, sólo se multiplicaban los detalles, y, a pesar de variar lo mínimo, la historia de los milagros y la resurrección de este Nazareno empezaba a ganar en autenticidad. Los pueblos de Judea, de Samaria y de Anatolia ya estaban acostumbra­dos a estos pacíficos jóvenes de sandalias polvorientas, que llevaban los brazos cruzados sobre el pecho, tenían una voz virginal y cantaban con los ojos alzados hacia el cielo. Les daban agua fría y un mendrugo de pan, y ellos les agrade­cían y les prometían la vida eterna a cambio, describiéndo­les el paisaje maravilloso ante el que se encontrarían des­pués de la muerte: allá, ni desierto ni arena, ni serpientes ni arañas, sino solamente palmeras de hojas anchas, manan­tiales de agua fresca a cada paso, hierba hasta las rodillas, e incluso más alta, el sol brillando suavemente, noches como días, y días eternos; allá, las vacas pastan, las cabras y las ovejas pacen en las dehesas, las flores huelen bien en cual­quier estación del año; allá la primavera es eterna, no hay cuervos ni hay águilas, sino tan sólo ruiseñores que cantan todo el día. Y así sucesivamente.

Este cuadro de los jardines del Edén, que al principio a todos parecía ridículo e imposible-¿se ha visto alguna vez que el sol brille eternamente, que no haya dolor ni muer­te?-, lo describían estos jóvenes de tiernos ojos azules con tal convicción y tan inspirados, que el pueblo empezó a creerles. Cuando una mentira es repetida durante largo tiempo, la gente empieza a creerla. Porque la gente necesi­ta la fe. Muchos jóvenes se calzaron sandalias de largas co­rreas y los siguieron. Algunos de ellos volvían a su pueblo al cabo de un año o dos, otros de diez. Estaban agotados por el largo viaje, sus barbas estaban salpicadas de blanco. Ahora también ellos hablaban en voz baja, los brazos cru­zados sobre el vientre. Contaban de Sus milagros, de Su doctrina, predicaban extrañas leyes, despreciaban los pla­ceres de la carne, se vestían con modestia, comían con mo­deración, bebían vino alzando la copa con las dos manos. Solamente estallaban con inesperada violencia si alguien les contradecía, si alguno expresaba cualquier duda res­pecto a Su doctrina y a Sus milagros; si alguno, ¡pobre de él!, cuestionaba la vida eterna y los jardines del Edén. En­tonces le pintaban con palabras vivas y ardientes, palabras encendidas y amenazadoras, los castigos de la expiación eterna. «Que los dioses os guarden-escribió un pagano­de su mala lengua y de sus blasfemias».

Sabían usar con los escépticos la adulación y las pro­mesas, la corrupción y las amenazas, y cuanto más se ex­tendía su poder y crecía el número de fieles, más violentos y arrogantes se volvían. Chantajeaban a las familias, sem­braban la confusión en los espíritus, tejían intrigas contra todos aquellos que expresaban la más mínima duda sobre su doctrina. Tenían sus propios provocadores, agitadores y tribunales secretos, ante los cuales fulminaban anatemas y dictaban condenas, quemaban los escritos de sus adver­sarios y lanzaban blasfemias contra los que se mostraban recalcitrantes. La gente se unía a ellos en número cada vez mayor, porque recompensaban a los fieles y castigaban a los rebeldes.

Es, pues, en esta época cuando aparece Simón, llama­do el Mago.

Él proclama que el Dios de los apóstoles es un tirano, y que un tirano no puede ser Dios para el hombre sensato. Este Dios, este Jehová, este Elohim, se ha ensañado contra la humanidad, la ahoga, la acuchilla, le manda enfermeda­des y fieras, serpientes y tarántulas, leones y tigres, rayos y truenos, peste, lepra, sífilis, tormentas y tempestades, se­quías e inundaciones, pesadillas e insomnios, penas de ju­ventud e impotencia en la vejez. Puso a nuestros bienaven­turados antepasados en los jardines del paraíso, pero los privó de la fruta más dulce, la única que el hombre merece, la única que hace al hombre distinto del perro, del camello, del burro y del mono: el conocimiento del bien y del mal.

-Y cuando estos desgraciados antepasados nuestros, picados por la curiosidad, quisieron alcanzar esta fruta, ¿qué es lo que hizo aquel Elohim suyo, vuestro, justo, gran­de, todopoderoso? ¿Qué?-vocifera Simón, balanceándo­se sobre un barril desvencijado-o Vosotros lo sabéis muy bien, lo sabéis. (Os lo predican todos los días vuestros apóstoles, Sus sirvientes y esclavos). Él los ha echado como si se tratase de apestados y de leprosos, los ha echado sin piedad, con la espada de fuego. Y, ¿por qué? Porque es un Dios de maldad, de envidias y celos.

»En vez de la libertad, predica la esclavitud; en lugar

de la rebeldía, la obediencia; la abstinencia en vez de la vo­luntad; en vez del conocimiento, el dogma… ¡Oh, pueblo de Samaria!, ¿acaso no ha destruido vuestras casas este rencoroso Dios vuestro? ¿Acaso no se ha llevado de vues­tro pueblo decenas de leprosos? ¿Acaso no ha devastado vuestros hogares, hace apenas un año, con una peste te­rrible? ¿Cómo es, pues, este Dios, este Justo, como dicen vuestros apóstoles, que aún es capaz de vengarse de noso­tros por el supuesto pecado cometido por nuestros ante­pasados? ¿Cuán justo es éste, que envía la peste, rayos y truenos, enfermedades, miseria y desgracias, sólo porque nuestros antepasados, empujados por la curiosidad, este fuego vivo que da a luz el conocimiento, se atrevieron a co­ger la manzana? Esto, pueblo de Samaria, no es un Dios, es un ser rencoroso, un malvado y un bandido que, con sus legiones de ángeles armados hasta los dientes, pertre­chados con espadas de fuego y flechas envenenadas, se ha detenido en medio de vuestros caminos. Cuando vuestros higos maduran, manda sobre ellos enfermedades, cuando maduran vuestras aceitunas, envía tempestades que las ha­cen caer al suelo, granizo que las entierra y las convierte en barro. Cuando paren vuestras ovejas, envía sobre ellas la peste, o lobos, o tigres para devastar vuestros establos; cuando os nace un niño, le envía espasmos para quitarle la vida. ¿Cómo es este Dios; quién, este falso Justo que hace todo esto? No, éste no es Dios, éste no es el que está en los cielos, éste no es Elohim. Es otro. Pues Elohim, creador del cielo y de la tierra, del hombre y de la mujer, de la serpien­te y del pájaro, creador de todo lo vivo, el que ha alzado las montañas sobre el mar, el que ha hecho los mares, los ríos y los océanos, la hierba verde y la sombra de la palmera, el sol y las lluvias, el aire y el fuego, éste es Elohim, Dios de la Justicia. Y aquél, cuyo dogma predican ante vosotros Pe­dro y Juan y Pablo y sus discípulos, es el bandido y asesi­no. y todo lo que os dicen de él y de su reino Juan y Pablo, Santiago y Pedro, todo eso es mentira, ¡escúchame bien, pueblo de Samaria! Mentira es su tierra prometida, men­tira su Dios, mentira son sus milagros. Ellos mienten, pues también es mentira su Dios, en cuyo nombre juran; por eso ellos mienten en cada momento, y, atrapados en un enorme engranaje de mentiras, ya ni ellos mismos saben que mien­ten; no miente nadie. Donde todo es mentira, nada es men­tira. El reino de los cielos, el reino de la justicia, es mentira. Cada uno de los atributos de su Dios es una mentira. J us­to: mentira. Equitativo: mentira. Único: mentira. Inmortal: mentira. Sus libros también son mentiras, porque prome­ten mentiras, prometen el paraíso, y el paraíso es mentira porque está en sus manos, porque ellos están en la puerta del paraíso con sus ángeles armados de espadas de fuego y sus jueces con falsas balanzas.

 

El pueblo le escuchaba con indiferencia y desconfianza, tal como el pueblo escucha a los demagogos: buscando un sentido escondido detrás de las oscuras palabras. Porque el pueblo se había acostumbrado al hecho de que los pode­rosos, los gobernadores y los fariseos escondieran impos­turas, amenazas y exacciones bajo adulaciones y promesas. Esperaban, pues, que éste también se descubriera, que di­jera al fin por qué había venido, la razón de estas vanas pa­labras, de todo este confuso discurso, desprovisto de clari­dad y sentido. Por eso le seguían escuchando. Acabaría, al menos lo esperaban, por ilustrar sus turbias palabras con algún número de acrobacia o de magia.

-El reino de los cielos descansa sobre los cimientos de la mentira-continúa Simón, mirando al despiadado sol-y su techo tiene dos vertientes, la propia mentira y la ilusión. y sus escritos están hechos de falsas palabras y de falsas le­yes, cada leyes una mentira: diez leyes, diez mentiras… j Que su Elohim sea un tirano vengativo y tan mezquino como un viejo amargado no les basta, sino que encima tenéis que ve­nerarle, que caer postrados ante Él, no podéis pensar en otra cosa que no sea Él! ¡Que a este tirano le llaméis el Úni­co, el Todopoderoso y elJusto! y ¡que os sometáis a Él sólo! ¡Oh, pueblo de Samaria! ¿Quiénes son estos charlatanes que vienen a visitarte, que te llenan los oídos de mentiras y falsas promesas? Ellos se han otorgado todos Sus favores, y exigen de vosotros que os sometáis sin rechistar, que apor­téis todas las desgracias de la vida, heridas, enfermedades, terremotos, inundaciones, peste, y que, además, no blasfe­méis. ¿Por qué si no os prohibirían mentarle? ¡Mentira es, os lo digo, pueblo de Samaria, todo lo que predican ante vo­sotros Pedro y Pablo, todo eso no es más que ilusión y men­tira de sus discípulos, no es más que una terrible falacia! Por eso «¡no matarás!», pues ¡matar es su tarea, la del Único, Todopoderoso y Justo! ¡Lo suyo es acuchillar y matar ni­ños de cuna, madres dando a luz y viejos sin dientes! Ése es su trabajo y por eso «¡no matarás!». ¡De eso se ocupan Él y Sus sirvientes! ¡Son los únicos que se dedican a ello! ¡Ellos están destinados a ser los lobos, y vosotros a ser ovejas! Por eso, pueblo de Samaria, ¡ sométete a sus leyes! De ahí: «no cometerás adulterio», i para que puedan llevarse ellos la flor de tus hijas! Y por eso, «no codiciarás los bienes de tu pró­jimo», ¡pues no tienes nada que envidiarle! Ellos lo exigen todo de ti, el alma y el cuerpo, el espíritu y el pensamiento y, a cambio, te hacen promesas; por tu sumisión, tu rezo y tu silencio de hoy, te dan un arco iris de mentiras y promesas y te auguran un futuro, un futuro que no existe.

Simón no se ha percatado, o ha hecho como si no se percatara, de que la gente ya se ha marchado y que sólo le escuchan los que se proclaman discípulos suyos, mientras Sofía, su fiel compañera, le enjuga la frente y le tiende una jarra de agua que, pese a haber estado profundamente en­terrada en la arena, ya se halla tibia.

Sofía era una mujer de unos treinta años, menuda, de cabellera exuberante y ojos negros como arándanos. Sobre una túnica clara y transparente llevaba pañuelos multicolo­res de seda, sin duda comprados en la India. Los discípulos de Simón hablaban de ella como de la personificación de la sensatez y de la belleza femenina en su madurez, mien­tras que los peregrinos cristianos hacían correr respecto a ella todo tipo de rumores: que era una coqueta, una liber­tina, una provocadora, una zalamera y una golfa que ha­bía encontrado la merced de su compañero precisamen­te en un burdel de Siria. Simón no lo negaba. Su anterior sino de esclava y prostituta le servía de ejemplo evidente; de ejemplo y de moral para ilustrar la tiranía de Jehová y la crueldad de este mundo. Este ángel caído, esta oveja des­carriada, afirmaba, no era sino una víctima de la crueldad de Dios, un alma pura, prisionera de la carne. Su espíritu se mudaba desde hacía siglos, como de jarra a jarra, de un cuerpo a otro, de una apariencia a otra. Era la hija de Loth, y era Raquel y era la bella Helena. (Los griegos y los bárba­ros habían admirado, entonces, a una apariencia, y vertido la sangre por un fantasma). Su última encarnación era esta prostituta de un lupanar de Siria.

-Y entre tanto….. sigue Simón, escupiendo otro trago de agua tibia, porque acaba de ver a un grupo de peregri­nos vestidos con capas blancas surgiendo de entre las som­bras de las casas, entre quienes ha reconocido a Pedro y a los otros discípulos, armados con cayados-, y entre tanto, bajo el sombrío manto del cielo, entre las oscuras murallas de la tierra, en la cárcel de la existencia, despreciad la ri­queza, como ellos os enseñan, rechazad los placeres de la carne, despreciad a la mujer, esta copa de néctar, esta urna de felicidad, en nombre de sus falsos paraísos, y por mie­do de su falso infierno, como si el infierno no fuera más bien toda esta vida…

-Algunos optan por el reino de la tierra y otros por el reino de los cielos-ha dicho Pedro, con las manos descan­sando sobre su cayado.

-Sólo el que ha tenido la riqueza puede despreciar la riqueza-dice Simón, abriendo mucho los ojos y claván­dole la mirada-o Y admirar la pobreza, el que ha sido po­bre; rechazar los placeres de la carne, sólo quien los ha pro­bado.

-El Hijo de Dios ha conocido el sufrimiento-ha di­

cho Pedro.

-Sus milagros son la prueba de Su justicia-lanza uno

de los discípulos de Pedro.

-Los milagros no son ninguna prueba de justicia-ha contestado Simón-. Los milagros le sirven de prueba últi­ma sólo al pueblo crédulo. Esta moda ha sido introducida por vuestro infeliz Judío, que acabó en la cruz.

-Sólo puede hablar de esta forma el que posee un poder como el Suyo-ha replicado Pedro.

Simón salta entonces, de repente, de su barril desvencijado, y se encuentra frente a frente con su provocador.

-Ahora mismo voy a subir al cielo-dice Simón.

-Eso habría que vedo-ha contestado Pedro, y su voz ha temblado.

-Sé hasta dónde llega mi poder-dice Simón-y sé que no puedo alcanzar el séptimo cielo. Pero visitaré los otros seis. El séptimo sólo puede alcanzado el pensamien­to. Pues ahí todo es luz y felicidad. Y la felicidad no le ha sido dada al hombre mortal.

-Basta de habladurías-ha dicho uno de los discípu­los de Pedro-o Si alcanzas aquella nube, sabremos respe­tarte como respetamos al Nazareno.

Enterándose de que cerca del pueblo, al pie del gran olivo, ocurren cosas raras, y de que, por lo visto, aquel char­latán por fin presentará alguno de sus números de faquir, el pueblo se reúne.

-Vuelve lo antes posible-dice irónicamente un es­pectador-. Pero déjanos en testimonio alguna prenda.

Simón desata la cuerda de su cintura y la deposita a sus pies.

-Esto es todo lo que tengo.

y Sofía dice:

-Coge este pañuelo. Allí arriba hace tanto frío como en el fondo de un pozo.

Y le ata el pañuelo al cuello.

-Estos preparativos duran demasiado-dice Pedro.

-Espera a que se ponga el sol para escaparse al abrigo de la noche-añade uno de los discípulos de Pedro.

-Hasta luego-dice Simón, y besa a Sofía en la fren­te.

-Adiós-dice uno de los discípulos de Pedro-. Y,¡ten cuidado, no te resfríes!

Simón salta de repente, como un gallo, con los pies jun­tos, agitando torpemente los brazos, y el polvo se levanta bajo sus sandalias.

-¡Quiquiriquí!-grita un gracioso. Es un joven imber­be, de mirada maliciosa, cuyos ojos se transforman en dos hilos oblicuos al reír.

Simón mira en su dirección y dice:

-¡No es tan fácil, hijo! Todo cuerpo, incluso una plu­ma, es atraído por la tierra. iImagínate lo que pasará con una ruina humana de unos cuarenta kilos!

A Pedro le ha costado aguantar la risa ante este discurso; la ha ocultado entre sus barbas.

-Si supieras volar como sabes filosofar-dice el gra­cioso-, ya habrías alcanzado las nubes.

-Reconozco que es más fácil filosofar que volar-dice Simón con voz triste-. Incluso tú sabes charlatanear, aun­que nunca, en tu vida miserable, te hayas despegado más de un metro de la tierra. Y ahora, déjame hacer acopio de fuerzas, reunir mis pensamientos en un solo foco, concen­trarme con toda mi energía en el horror de la existencia en la tierra, en la imperfección del mundo, en las miríadas de vidas truncadas, en las fieras que se matan entre ellas, en la serpiente que pica al cervatillo que rumia a la sombra, en lobos que degüellan corderos, en mantis religiosas que matan a sus machos, en abejas que mueren tras el picotazo, en el dolor de las madres que nos dan a luz, en los gatitos cie­gos que los niños tiran al río, en el terror de los peces en las entrañas del cachalote, en el terror del cachalote encallado en la orilla, en la tristeza del elefante al morir de vejez, en la efímera alegría de la mariposa, en la engañosa belleza de la flor, en la breve quimera de la unión amorosa, en el espanto del semen derramado, en la impotencia del tigre viejo, en la podredumbre de los dientes en la boca, en la infinidad de hojas muertas que tapizan los bosques, en el miedo del pajarilla recién nacido al que su madre echa del nido, en el sufrimiento infernal del gusano que arde al sol como a la llama, en el dolor de la despedida amorosa, en el terror de los leprosos, en la espantosa metamorfosis de los senos de mujer, en las heridas, en el dolor de los ciegos…

Y de pronto vieron cómo el cuerpo mortal de Simón el Mago se despegaba de la tierra, cómo se fue alzando, cada vez más hacia arriba, rígido, los brazos moviéndose lige­ramente, como aletas de pez, apenas, casi imperceptible­mente, la barba y los cabellos flotando en este lento vuelo, en este planeo.

En el silencio que de repente se hizo no se oyó ni un solo grito, ni un solo suspiro. La muchedumbre estaba de pie, como petrificada, con los ojos mirando fijamente al cie­lo. Incluso los ciegos giraban sus escleróticas vacías hacia los cielos, pues por el silencio repentino habían entendido lo ocurrido, hacia dónde había dirigido la masa su mirada, hacia dónde estaban vueltas todas las cabezas.

Pedro también estaba de pie, petrificado, la boca abier­ta de estupefacción. Él no creía en milagros que no fueran los milagros de la religión, y el milagro no podía llegar más que de Él, el único Mago, el que convirtió el agua en vino; todo lo demás no eran sino trucos, artimañas de hilos in­visibles. El milagro había sido dado sólo a los cristianos, e incluso entre los cristianos, sólo a aquellos cuya fe era dura como la piedra, como lo era la suya.

Vacilando un instante, asustado por la ilusión-porque eso no podía ser otra cosa que la ilusión de los sentidos, de la magia de las ferias egipcias-, se frotó los ojos, y miró el si­tio donde estaba antes (donde debía estar, pues, aún) Simón el Mago. Pero ahí no estaba, ahí estaba sólo aquella cuer­da de lino enrollada como una serpiente, yel polvo deposi­tándose con lentitud, el polvo que había levantado Simón al saltar como un gallo torpe, agitando sus brazos como si fueran alas recortadas. Luego elevó lentamente sus ojos en la dirección en la cual la gente levantaba las cabezas y vio de nuevo al Mago. Su silueta se discernía claramente debajo de una nube blanca, ahora parecía un águila enorme; pero aquello no era un águila, era un hombre, y se reconocían todavía claramente sus brazos de hombre, y sus piernas de hombre, y su cabeza de hombre, aunque, con la mano en el corazón, no se podía decir que aquel hombre que se acer­caba a la nube fuera precisamente Simón, llamado el Mago, porque los rasgos de su cara ya no podían reconocerse.

Miraba aquella nube blanca, parpadeando para librarse de la ilusión que tenía engañado a todo el mundo. Porque si aquella silueta negra que se acercaba a la nube y al cielo era realmente Simón, entonces Sus milagros y la verdad de la re­ligión cristiana eran sólo una de las verdades de este mundo, y no la única; entonces el mundo era un secreto, entonces la fe era una ilusión, entonces ya no existía un soporte seguro para su vida, entonces el hombre es el mayor secreto, enton­ces la unidad del mundo y de la creación es una incógnita.

Aquello que-creyendo lo que ven los ojos-debía ser el cuerpo mortal de Simón el Mago había alcanzado ya la nube: era una mancha negra que por un momento se había perdido de vista, pero que ahora, sobre el fondo blanco de una nube baja, se demarcaba de nuevo claramente, para desaparecer luego en una bruma blanca.

El silencio duró sólo un momento más, elevándose a continuación un suspiro de admiración entre la muche­dumbre, y la gente se echó al suelo, prosternándose y mo­viendo las cabezas como en trance. Incluso algunos de los discípulos de Pedro se inclinaron ante este nuevo milagro pagano del que habían sido testigos.

Entonces Pedro cerró los ojos y recitó en hebreo (por­que éste es el idioma de los santos, y también para que la masa no le entendiera) la siguiente oración:

-Padre Único, que estás en los cielos, acude en ayuda de mis sentidos deslumbrados por la ilusión terrena, dale a mis ojos la agudeza visual y a mi razón la lucidez necesaria para que pueda escapar a engaños e ilusiones, para perma­necer inquebrantable en Tu fe y en mi amor hacia Tu Hijo, el Salvador. Amén.

y Dios le dijo:

-Sigue mis consejos, oh fiel. Dile al pueblo que la fe es más fuerte que el engaño de los sentidos, dilo en voz alta para que te oigan todos: Dios es Uno y su nombre es Elohim, y el Hijo de Dios es Uno y su nombre es Jesús, y la fe es una y es la fe cristiana. Y éste que ante tus ojos se ha alzado al cielo, Simón, llamado el Mago, desertor de la fe y profanador del dogma de Dios, ciertamente se elevó con la fuerza de su voluntad y la fuerza de sus pensamien­tos y ahora vuela, invisible, hacia las estrellas, llevado por la fuerza de su duda y de su curiosidad humana, una fuer­za que, sin embargo, tiene límites. Y diles en voz alta, para que todos te oigan, que también he sido Yo quien le ha dado esta posibilidad de ser tentado por la curiosidad y la duda, que su poder y su fuerza proceden de Mí, que he sido Yo el que le ha permitido poner a prueba el alma de los cris­tianos a través de sus milagros, para mostrar a todos que no hay milagro y no hay poder fuera del mío. Diles eso y no tengas miedo.

Pedro entonces abrió los ojos y se subió sobre un mon­tón de estiércol seco, donde revoloteaba un enjambre de moscas, y empezó a decir en voz alta:

-¡Pueeeblooo! ¡Escucha y oye!

Nadie le hizo caso. La gente yacía boca abajo, con la ca­beza en el polvo, como yacen las ovejas en días de mucho calor a la sombra de los arbustos.

Pedro volvió a decir en voz alta:

-Pueblo de Samaria, escucha y oye lo que voy a decirte.

Algunas cabezas se levantaron, las de los ciegos las pri­meras.

-Habéis visto lo que habéis visto, habéis sido víctimas de la ilusión de vuestros sentidos, de este ilusionista y fa­quir, salido de una escuela egipcia…

-Ha cumplido su palabra-dijo Sofía.

-De aquí a que cuente hasta diez-siguió Pedro sin hacerle caso-su cuerpo se habrá estrellado contra esta tie­rra que tanto ha despreciado, caerá como una piedra has­ta vuestros pies, para no volver a levantarse nunca más del polvo… Porque así lo quiere el único Dios… Uno…

-Sin embargo, ha conseguido echar a volar-dijo Sofía-; ha demostrado que es un Mago.

-Dos…-Aunque caiga, él es el vencedor-dijo Sofía. Pedro permanecía con los ojos cerrados mientras con­taba, como si quisiera alargar el tiempo.

Entonces oyó el grito de la muchedumbre y abrió los ojos. En el mismo sitio donde había desaparecido poco an­tes, volvió a hacerse visible, saliendo de la nube, un punto negro que se iba haciendo cada vez mayor. El cuerpo de Si­món el Mago caía hacia el suelo como una piedra, girando alrededor de sus ejes longitudinal y transversal. El Mago agitaba los brazos y las piernas, y se hacía más y más grande y visible. La gente empezó a correr de repente en todas las direcciones, sin duda por miedo a que este cuerpo que caía en picado desde las nubes se estrellara sobre alguien.

Luego todo ocurrió muy deprisa. Como un saco lleno de arena húmeda al caer de una carreta, o como una ove­ja que el águila deja caer de lo alto, el cuerpo de Simón el Mago se precipitó hacia la tierra.

La primera en acercarse fue Sofía la Prostituta, su fiel compañera. Quiso cubrirle los ojos con el pañuelo que le había dado, pero no le quedaron fuerzas para ello, pues, horrorizada ante el espectáculo, tuvo que cerrar los suyos propios. El cráneo machacado, los miembros rotos, la cara deformada y ensangrentada, las entrañas reventadas y es­parcidas como las de un buey destripado, Simón yacía so­bre el suelo; yacía sobre el suelo un montón de huesos rotos y molidos, de carne despedazada, y su túnica, sus sandalias y su pañuelo se habían mezclado con la carne y los huesos en una espantosa masa triturada.

Los que se acercaron para contemplar la escena oyeron a Sofía declarar con voz de maldición:

-Ésta también es una prueba de la verdad de su doc­trina. La vida del hombre es una caída y un infierno, y el mundo está en manos de unos tiranos. Maldito sea el más grande de todos los tiranos, Elohim.

Después se dirigió hacia el desierto, lamentándose.

 

II

 

Una segunda versión cuenta que el Mago dirigió su desafío no hacia el séptimo cielo, sino hacia la tierra, la mayor de todas las ilusiones.

Simón estaba, pues, tumbado boca arriba, a la sombra de un enorme olivo, con las manos detrás de la cabeza, la mirada clavada en el cielo, en el «horror de los cielos». A su lado estaba sentada la Prostituta, «las piernas separadas como las de una vaca preñada», como apunta un polémico cristiano (del cual, sin embargo, no estamos seguros si está dando su propio testimonio, o solamente citando a uno de los testigos de la escena; o si simplemente lo inventa). El olivo y la tenue sombra del olivo son, no obstante, entre los diversos testimonios, los únicos elementos seguros de esta extraña historia de los milagros de Simón. La casua­lidad quiso, pues, que por ahí pasaran Pedro y su séquito. Sin duda alguna provocado por la indecente postura de Sofía, uno de los discípulos de Pedro, volviendo la cabeza para evitar la tentación, se dirigió a Simón para interrogar­le acerca de si era mejor sembrar en la tierra y cosechar en el cielo, o tirar la semilla al viento, pregunta de escolástica que pide una respuesta sin ambigüedades.

Simón se apoyó sobre un codo y, sin levantarse, le res­pondió por encima del hombro:

-Toda tierra es tierra, y da igual dónde siembre el hombre. La promiscuidad de los hombres y de las mujeres, ésa es la verdadera comunión.

-¿De todo hombre y toda mujer?-preguntó Pedro, que casi dio media vuelta ante su asombro.

-La mujer es una urna de felicidad-dijo Simón-y tú, como todo hombre torpe, te tapas siempre los oídos para que no se te contagien con las blasfemias, y desvías la mirada o huyes cuando no tienes la respuesta.

A eso siguió una larga discusión sobre Elohim, el cas­tigo, el arrepentimiento, el sentido de la vida, la renuncia, el alma y el cuerpo, todo ello mezclado con argumentos de escolástica y citas en hebreo, griego, copto y latín.

-El alma es el alfa y el omega-concluyó Pedro-. A Dios le agrada el bien.

-Las obras no son buenas ni malas en principio-dijo Simón-. La moral la definen los hombres, no Dios.

-Las obras de caridad son una garantía para la eterni­dad-dijo Pedro-. Los milagros son una prueba para los que todavía dudan.

-¿Puede vuestro Dios reparar el daño causado a una virgen?-preguntó Simón, mirando a su compañera.

-Él tiene el poder espiritual-dijo Pedro, obviamente confuso con la pregunta.

Sofía tenía una sonrisa ambigua.

-Quiero decir: ¿tiene el poder físico?-siguió Simón.

-Lo tiene-dijo Pedro sin vacilar-. El que ha curado a leprosos, el que ha…

-Convertido el agua en vino, et cǽtera, et cǽtera-le interrumpió Simón.

-Sí-siguió Pedro-, los milagros son su profesión y…

-Creía que su profesión era la carpintería-dijo Simón.

-Y la caridad, también-dijo Pedro.

Al final, harto de la obstinación de Pedro y de sus eter­nas referencias a Sus milagros, Simón dijo:

-Puedo hacer milagros igual que vuestro Nazareno.

-Es fácil decirlo-replicó Pedro, y su voz tembló.

-Él ha aprendido todo tipo de trucos en las ferias de Egipto-dijo uno de los discípulos de Pedro-. Hay que desconfiar de sus engaños.

-También vuestro Nazareno… ¿cómo habéis dicho que se llamaba?… pudo aprender la magia egipcia-dijo Simón.

-Sus milagros se han repetido varias veces-dijo Pedro.

-Enterradme a seis codos de profundidad bajo tie­rra-dijo Simón tras haberlo pensado un momento-. Dentro de tres días resucitaré como vuestro…

-Jesús-dijo Pedro-. Sabes muy bien cómo se llama.

-Sí, ése.

Uno de los discípulos corrió hasta la aldea vecina y volvió acompañado de un grupo de obreros que estaban ca­vando un pozo en el valle. Llevaban palas, picos y hachas sobre sus hombros. Todo el pueblo, toda alma viviente que pudo desplazarse, se apresuró detrás de ellos, porque la no­ticia de la llegada de un mago egipcio que iba a hacer un milagro se había difundido por los alrededores.

-A seis codos de profundidad-repitió Simón.

Los obreros se pusieron a trabajar y enseguida la capa superior arenosa fue reemplazada por grava más gruesa, luego por una tierra seca y rojiza. Las palas hacían volar la arcilla en la cual se veían aún las huellas de las raíces; cor­tados por los filos acerados, los gusanos se retorcían y con­traían al sol, como en un fuego vivo.

Sofía permanecía silenciosa, al borde de la fosa cada vez más profunda, mientras que Simón-como un amo que hace cavar un pozo o colocar los cimientos de su nueva casa-daba órdenes a los obreros, medía con sus pasos el largo y el ancho de la fosa asegurándose de la profundidad con su cuerda de lino, y desgranaba la arena y la tierra en­tre sus dedos.

Cuando el ataúd estuvo listo-cuatro tablas de olorosa madera de cedro groseramente ensambladas, unidas con clavos de madera-, Sofía se quitó su pañuelo y se lo puso a Simón alrededor del cuello.

-Allí abajo hace frío como en el fondo de un pozo­-dijo.

Entonces, de repente, Simón se separó de ella, cogió el ataúd de tablas con una mano y lo agitó como si quisiera comprobar la solidez de la construcción. Entonces entró en él con agilidad y se tumbó en el fondo.

Los obreros se acercaron y, tras recibir la señal, colo­caron grandes clavos a golpes de hacha. Pedro le susurróalgo a uno de sus discípulos. Éste se acercó, y, tras haber verificado los clavos, asintió con la cabeza.

Pedro alzó un brazo, que temblaba ligeramente, y los obreros pasaron las cuerdas por debajo del ataúd y lo baja­ron con cuidado a la fosa. Sofía seguía alIado, inmóvil. La tierra empezó a caer sobre la tapa. Se oyó un ruido parecido a los golpes de un enorme tambor que se aleja rápidamente. Muy pronto, ahí, en el sitio donde había estado el agujero, cerca de la gran palmera, se alzó un montículo, como una pequeña duna de arena.

Pedro subió sobre el montículo, alzó las manos al cielo y se puso a murmurar una oración. Con los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada, daba la impresión de un hombre escuchando voces lejanas.

Y el mismo día, el viento borró las huellas de los pies descalzos y de las sandalias sobre la móvil arena.

Al cabo de tres días, y era un viernes, desenterraron el ataúd. Había mucha más gente reunida que el día del entie­rro, porque la noticia de un mago, de un faquir, de un ilu­sionista, llegó hasta las provincias más alejadas. Sofía, Pe­dro y sus discípulos estaban en el mismo borde de la fosa, como jueces privilegiados.

Primero los envolvió un hedor espantoso, como salido del infierno. Enseguida vieron, bajo la tierra removida, las tablas del ataúd oscurecidas, como oxidadas. Los obreros arrancaron los clavos y levantaron la tapa. La cara de Simón el Mago parecía una informe masa leprosa, y por sus órbitas asomaban los gusanos. Sólo sus dientes amarillentos esta­ban apretados como en un espasmo, o como si riera.

Sofía se tapó los ojos con las manos y gritó. y de repen­te se volvió hacia Pedro y le dijo con una voz que a él le hizo temblar:

-Ésta también es una prueba de la verdad de su doc­trina. La vida es una caída y un infierno, y el mundo está en manos de tiranos. Maldito sea el más grande de todos los tiranos, Elohim.

La gente le abrió paso y ella penetró en la muchedumbre silenciosa en dirección al desierto, lamentándose.

Su cuerpo mortal ha vuelto al lupanar y su espíritu ha­bita una nueva ilusión.

 

danilo kis

Danilo Kiš

 

Biografía

Danilo Kiš (Subótica, Serbia, 1935 – París, 1989). Estudió literatura comparada en Belgrado. Su primera novela, La buhardilla, apareció en 1962. De entonces a esta parte, sus libros han sido traducidos a más de veinte lenguas y han recibido un gran número de reconocimientos internacionales. Acantilado emprendió en 2006 la publicación de su obra con Una tumba para Boris Davidovich (1976), a la que siguió Circo familiar (trilogía publicada entre 1965 y 1972; Acantilado 2007).

[1] Los borboritas eran una secta gnóstica. Kis se extiende sobre el tema en el post scriptum de esta edición. (Salvo allí donde se indique, las notas son de la traductora).

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