Inquietud es una novela curiosa, por su solidez narrativa, a pesar de ser una primera novela, y por el efecto que logra en el lector. Avanza ligera, como thriller de suspenso, sin perder el peso específico y el valor reflexivo de la alta literatura.

Desde Alemania, su autora, Marta Kapustin nos cedió su tiempo para esta entrevista.

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El núcleo de Inquietud está en la relación psicólogo-paciente. Más allá del caso extremo que plantea la novela, ¿realmente considerás, como profesional, una influencia bidireccional?

La mentada asepsia es una herramienta del trabajo fundamental, pero te privo de una intricada y académica explicación del motivo. Más entretenido sería contarte sobre su abuso, pero tampoco es este el momento. La mítica asimetría unida a la necesidad de no mostrar la (des)hilacha, ha puesto en circulación la fantasía de que los analistas saldríamos indemnes de ese vínculo. Te encontrarás con vasta literatura sobre consultantes acuciados y/o redimidos. Idealizaciones sobre tratamientos exitosos, con pacientes agradecidos. ¿Dónde leer qué le pasó al profesional mientras tanto?

Lo digo en la novela, lo digo en la consulta: he aprendido mucho de mis pacientes. Traen ramalazos de la realidad a esa cueva donde abulonados pasamos gran parte de nuestra historia; me han dado las claves para hacerme y hacer las preguntas que todavía vale la pena hacerse. Ese trabajo cincela nuestra vida, como en cualquier oficio. Yo no sería la persona que soy si no me hubiese enfrentado a diario con la cobardía, aprensión, fantasía, indecisiones, pavor, y, en fin, con la locura -lo digo en el sentido coloquial del término y también en su sentido literal- de los pacientes.

Como paciente que fui, también sé que uno sueña con ser “especial” para tu terapeuta; que lograrás moverlo de esa posición, dejarlo con la boca abierta, enseñarle algo que no sabía o que se negaba a saber. Y sí, algo de eso puede suceder; con todo, es muy raro que se escriba o hable sobre ese pequeño asunto. Se teoriza sobre el tema, pero de ahí a mostrar abiertamente cómo tu vida está marcada por tus pacientes, es otra cosa.

Trabajé en clínicas psiquiátricas: conviví estando de guardia con los internados; tuve que amarrar a la cama; me han pegado. Asimismo me desearon que me parta un rayo en la asamblea, me dejaron sin argumentos; me sacaron de quicio y grité y después me comieron a besos y me pidieron perdón. Quién no, alguna vez, terminada una sesión, se encerró (o quiso encerrarse) en el baño a llorar. Al menos, yo sí.

Aproveché a la terapeuta protagonista de Inquietud para contar alguna de esas cosas, usando un personaje lo más distante posible de la que creo ser. Si bien ella es discretamente inhábil, no deja de reconocer la insoportable similitud de duelos no resueltos. La fantasmática compartida. Rituales en espejo. Un llamado fuera de hora perturbará la relación con sus hijos. En un punto caótico de su existencia, una paciente llega por azar y después ya ninguna de las dos vuelve a ser la misma. Tampoco ignora la terapeuta, por discretamente ingenua que se presente, que si el caos es una forma de ordenación, el azar es un método de búsqueda. No quise trazar un alegato. Menos una ceremonia autoexculpatoria; nada de zorra, uvas y moraleja. Es meramente una novela

Otra pregunta que se impone ¿cuánto de autobiográfico hay en el libro? ¿el yo de un autobiografía es menos ficcional que el yo de una novela?

Ante todo, es preciso aclarar que la novela nació en Alemania, donde resido la mayor parte del año. Cerré mi consultorio de Buenos Aires por una larga temporada y ‑frente a esta ventana, en una ciudad de otro continente, rodeada de un idioma que no es el mío, en ese silencio que sólo otorga la nieve –me puse a escribir.

Por primera vez tenía tiempo, tiempo mental, para dedicarme exclusivamente a la literatura. Soy una lectora de atracón. Y sin duda como analista una curiosa de la narración: la nombrada, la que se silencia, la que se insinúa o retacea; una buscadora de cuentos a construir y deconstruir. Traía conmigo, pues, el proyecto escritural y sus materias primas.

No tenía experiencia sobre la manera en qué se configura una primera persona en un espacio narrativo como ése, tampoco sabía de antemano cómo se enlazarían vivencias, identidad y escritura. Se me impuso. Ejemplifico: supuse que la experiencia del oleaje de pasillos en una institución psiquiátrica, o la posible recriminación implícita en una interpretación, era preciso contarlas así, desnudándome o simulando que me desnudaba. Incertidumbre y ambigüedad son los ingredientes creativos de una autoficción, ya lo dije. Queda el trabajo de desentrañar al lector. Un lector es un voyeur, desde siempre; y en tiempos de Gran Hermano un votante. Leerían la novela –tal vez, tal vez- pacientes y ex pacientes. O colegas. Fui entonces muy estricta: inventar cada detalle de escenas o escenarios; cuidé que ningún nombre resonase a los de mi agenda. Que nadie conocido se sintiera caricaturizado, ni que el dolor de quienes han recurrido a mí apareciese como recurso literario. Hay homenajes incluidos, por supuesto: al analista que cambió mi vida; a la que me enseñó a ser mujer que analiza. Enmascaré sus nombres. Hay venganzas también, aunque vaya a saber si llegaron a concretarse.

Lo más sorprendente de Inquietud es la solidez estilística de la narración, siendo ésta tu primer novela. ¿Cómo te planteaste la búsqueda de tu voz literaria? ¿Cuánto te demoró el desarrollo de la obra?

Te confieso que nunca salí “a la búsqueda” de mi voz literaria. Hubiera sido incapaz incluso de definirla. Fue después, cuando hube de justificar el texto, que supe que la narratología asocia la voz con la instancia narrativa, con el que habla, y que no debe confundirse con el punto de vista que se refiere al que ve.

Podría referir, a lo sumo, que hubo una forma y no otra en que me calzaba narrar. Trufar con ciertos pasajes líricos se me imponía (resabios de la poeta que quise ser). No supe contar de otra manera. Octavio Paz (cito de memoria) sostuvo que cualquier escritor busca fijar su trascendencia personal con un “aquí estoy” o “aquí soy distinto”.

Deseé entrar en el espacio público de la lectura, disponer yo también de la maquinaria ficcional, enfatizar lo pequeño sin caer en el tópico de la escritura femenina. El tema elegido me obligó a potenciar las estrategias “desestabilizadoras” para subrayar la ambigüedad, torpedear las fronteras tradicionales entre los géneros literarios.

Puesta a ficcionalizar lo que insistía en encuadrarse como autobiografía, situaciones, parrafadas, diálogos, se erigieron a sí mismos; hay personajes que se entrometen, otros se retiran para siempre: como en cualquier novela. Me desconocí.

Abusé con descaro de neologismos y mexicanismos que también la caracterizan. Me vacuné contra la simultaneidad de diferentes registros lingüísticos. Forcejee con lo que se-debería-hacer y se-debería-evitar en una primera novela. Durante dos años, pensé en la novela a toda hora y me la llevé conmigo a trotar. Cargué mi computadora en las vacaciones. Le hablé y la reté. La dejé en penitencia (24 horas cuando mucho) tratando en vano de tomar distancia y comprender qué es lo que no termina de gustarme. Apuntar, tachar; revolver los archivos del Word arrepentida por lo que borré. Trabajé en ella los siete días de la semana en mismo horario, entre las 8 y las 14 horas. A punto de entregarla, el horario se amplió sin límite.

Cuando la entregué a la editorial me aclararon que debía esperar hasta 2008 para su edición, advirtiéndome que la guardara, que no me lanzase a corregir hasta la náusea. En la espera escribí otra novela que está en gateras.

 

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Inquietud está organizada en dos partes. La primera, más reposada e intimista, profundiza en la personalidad, en el alma, de una protagonista que encontramos víctima de un exilio cuyo origen desconocemos; repasa la línea vital de este personaje; delinea un aspecto de la conciencia humana que tiene que ver con la identidad, la resistencia, el dolor y la belleza. La segunda parte, en cambio, avanza más raudamente, casi al estilo novela negra, en la situación que da origen al exilio, al tiempo que, desarrolla y profundiza en la relación psicólogo-paciente. ¿Cómo surge esta estructura? ¿Cómo abordaste cada una de estas dos secciones? ¿Cuál de las dos te dio más trabajo?

Planifiqué desde un principio esas dos partes, con sus tiempos. Se debían diferenciar (y construir) como islas tonales, unidas por el yo que las narra.

En la primera parte, la analista nos alerta en las primeras páginas que está escribiendo sobre su vida -a pedido- y que nunca antes lo hizo. Hube de encontrar una primera persona atrevida e imprudente, pues la protagonista está perpleja ante su propia capacidad de construir islas tonales. Ella debía sofrenar el peligro de caer en un discurso edificante sobre la desgracia humana. Y qué decir de la autocompasión: encontrar los medios técnicos para no sucumbir a ella, tan lúbrica, tan insidiosa.

Supe que esa mujer manufacturará un texto amnésico, retaceado. He allí la madre muerta joven. Y el padre que escapó. Un ex marido que también la dejó, urgido “de comprar una moto porque lo asfixiaba el cochambre de la comida casera”. Y sus amores. Y sus mellizos. Escribe en esa pequeña ciudad innombrada de Europa, con su historia y la Historia encima. Sola. A lo sumo en contacto con un vecino misterioso. Es una inocente. La candidez de sus recuerdos la delata. Vive recordando para olvidar: no es simple exploración de la memoria: búsqueda del tiempo perdido, como algo que se perdió o se está a punto de perder.

La cotidianeidad tenía que pasar despacio. Y los recuerdos también. Era un reto –espero haberlo logrado- que el pausado presente unido a ese rememorar, no resultase aburrido. Meché nostalgia con mordacidad.

La segunda parte, apura una a una las sesiones de Mora, la paciente. Resalté: hay mentiras u omisiones que sólo los lectores conocen: la analista trastabilla, desoyendo las advertencias de un colega. Para abordar la intocada intimidad de la paciente, me costó atenuar el tono y acertar con la discreción. La que cuenta debe preservar la confidencialidad: aunque le “convendría” destapar secretos que le han revelado, se abstiene como es su deber.

Correspondía describir decisiones estratégicas, dudas diagnósticas o los criterios de alta, sin caer en el informe profesional. Cada pormenor será fundamental para la vida posterior de la terapeuta: se esfuerza en mostrarlos muy claramente… y muy a su favor, sin que se note. Concreté capítulo a capítulo, en el orden que ahora se leen, con una providencial salvedad: el final apareció temprano, cual exhalación. En un solo día, de un tirón, sin pausa, marcó como habría de sonar la segunda parte.

Además, pensé visualmente a la novela. Para ese texto nostálgico de arranque, y para mover alfil, peón o torre, hube de configurar espacios tipográficos o signos de puntuación disímiles, abusar de la distancia entre fragmentos, acudir a blancos textuales.

 

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¿Cómo llegás a publicar tu primer novela en una editorial como Mondadori?

Inquietud fue leída por un solo editor: Luis Chitarroni (canonizable). Para saber cuál motivos tuvo para editarla, te remito a la contratapa que es de su autoría. Cuando recibí ésta antes de la impresión, le envié un mensaje de bolero: Luis, no te merezco.

Fue él quién me sugirió que guardase la novela en su momento; él quien apremió -soltála- cuando me lancé a correcciones febriles a punto de entrar en imprenta. Ya sabés: escribir no es lo mismo que editar: allí pagué todos los precios de la novata. Aprendí a cortar, pero sobre todo cuán difícil es decidir qué dejar. En la editorial me trataron con increíble deferencia, como si mi libro fuese algo especial que cuidarían en cada detalle. Me condujeron a distancia, paso a paso, como inexperta que era. Quise saber y opinar sobre todo, y siempre encontré una respuesta, amable, paciente.

En la solapa de Inquietud leemos que has publicado poesía y cuentos y que supiste incursionar en diversas disciplinas artísticas. ¿Podemos tomar contacto con alguna de estas piezas literarias? ¿Cuáles son esas otras disciplinas que cultivaste?

Ya desde muy joven escribí poesía y participé en actividades relacionadas con la literatura. Publiqué con otros poetas, libros, plaquetas, poemas ilustrados. Formé parte de la Editorial El Alto Sol y de la redacción del periódico de cultura El Contemporáneo. Gané un premio: en un concurso de cuentos convocado por la revista que iniciaba Jorge Luís Borges (un número resistió). Mediando los ’80, aparecieron cuentos míos en Pagina 12, en la revista Puro Cuento, y en la Revista de la Casa de las Américas. Formé para de un conjunto de música folklórica (bombo y primera voz), y no quiero confesarte cuándo nos presentamos en Guitarreadas Crush, porque no habías nacido todavía. Estudié teatro con Juan Carlos Gené. Mi maestro. Lo amo donde esté. Me conminó a elegir entre la carrera de actriz o la académica y, ay, elegí la segunda. Parte de esa formación era la expresión corporal. Después continué por mi cuenta con danza-teatro. Viví doce años en México. De regreso a Buenos Aires comencé a pintar. Expresionismo abstracto que, después de todo, es una trama donde el espectador busca contarse un cuento, un capítulo de su folletín personal (así, nunca me alejé de la escritura). Tras dos exposiciones individuales, mis cuadros son adquiridos por coleccionistas privados. En Alemania expuse en muestras colectivas. Me encantará destelarañar mis poesías en una próxima entrega de vuestra publicación. Y los cuentos allí están, en papel, pues fueron hijos de la Remington.

 

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¿Seguís ejerciendo como psicoterapeuta? ¿Cómo repercutió la publicación de la novela en tus pacientes?

Sigo ejerciendo. En los dos meses que paso en Argentina (supervisiones, parejas, emergencias) Y en Frankfurt, atiendo ex pacientes que han retomado por teléfono o video conferencia. En cuanto a la repercusión, te diré que pululó el silencio. Destaqué que se trataba de una autobiografía apócrifa. Recibí comentarios al pasar, sobre estilos en plural, la tapa, cierto adjetivo, tal rincón del consultorio ficcional que se asemeja al mío. Algunos esperaban leerme en vacaciones y las vacaciones se resisten. Es todo. Y lo comprendo muy bien.

¿Estás trabajando en alguna nueva ficción?

MK: Sí. Como te adelanté, a la espera de la edición de Inquietud, escribí una novela coral: La Sed. Me encantaría hacerte llegar uno de sus capítulos. Y en este mismo momento estoy enviando al editor las cien primeras páginas de una ultimísima novela. Caí de nuevo en la tentación de una primera persona, pero no tiene visos de autoficción. Si bien la mujer que habla ha perdido un hijo adicto; y al mundo de las adicciones lo conozco muy bien, con esos padres azorados preguntándose para qué y cómo sus hijos llegaron hasta allí. Esta novela que recién arranca, lleva el título provisorio de Nada Menos. Nada más.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Damian Blas Vives

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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