Luis Osvaldo Tedesco es uno de los poetas vivos más importantes de nuestro país. Nacido en Buenos Aires en 1941, es autor de los libros de poemas Los objetos del miedo (Juárez Editor, 1970), Cuerpos (Cuarto poder, 1975), Paisajes (Torres Agüero Editor, 1970), Reino Sentimental (Torres Agüero Editor, 1985), Vida privada (GEL,1995), La dama de mi mente (GEL, 1998), En la maleza (GEL, 2000), Aquel corazón descamisado (GEL, 2002), Lomas del Mirador (Corregidor 2006) y Hablar mestizo en lírica indecisa (Ed. Activo puente, 2009). Ha promovido nombres como los de Laiseca, Aira, Gorostiza, Granata y Blaisten entre otros. Además, ha estado siempre vinculado a las letras como editor o jefe de publicaciones en diversas editoriales, por lo que se lo reconoce como un verdadero ‘fabricador’ de libros.

Entrevistarlo es intentar delinear un mapa imposible, pues en su obra el suceder de lo constante no se detiene; pues su relación con el idioma -ese que nos precede y nos posterga- traza líneas de contención que a veces nos dejan flotando por fuera de la propia “puta lengua materna”. Con la lucidez que lo caracteriza, Tedesco nos habla, entre otras cosas, de la reclusión del dolor en la palabra poética y la herida que allí encuentra cauce; de las carencias que nos constituyen como sujetos; de un feudalismo democrático en donde la falta es marca registrada y rebota en todos los frentes; de una fiesta neoliberal que arroja a sus perdedores a la calle… Su hablar mestizo, su lírica indecisa, ese paisaje inicial de Lomas del Mirador donde lugar de pertenencia y espacio poético se aúnan y son lo mismo son también obsesión y necesidad de un ser poeta que piensa, ama, odia y desea como fragmento. Luis Osvaldo Tedesco es -él mismo lo dice- un desalentado que escribe sin ilusión, sin embargo “… el desaliento puede conducir a un desierto pleno de misterios”. Junto a él, vale la pena embarcarse hacia ese desierto.

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En tus poemas hay una fuerte presencia del uso de la segunda persona, ¿a quién te dirigís cuando escribís?

Usté, digo usté no para dirigirme a alguien, digo usté para vaciarme. Me denuncio como el ciudadano paciente del feudalismo democrático, como el colaborador honesto, civil, en la hechura del sistema productivo. Usté es el cuerpo práctico de mí, el tipo eficaz, el que asume responsabilidades y paga sus cuentas, el que porta cédula, D.N.I., constancias fiscales, caja de ahorro, algunos pesuchos en el banco, el pequeño eslabón en la hegemonía del dinero plástico. Usté es el sujeto dependiente, el autoimpuesto en la horma de su fatalidad, el melanco que se entumece entre las cenizas de alguna ilusión perdida. En Lomas del Mirador, especialmente en este libro, usté es el que compra el terreno, construye la casa y levanta el cerco, muy alto el cerco, para estar a resguardo, bien seguro, y cuidar eso que se llama privacidad, o vida privada, como escribí en un libro anterior, es decir, vida privada de…, vida carente de…, vida que vive privándose de otra forma de vida.

Lo posible y lo imposible son categorías que sobrevuelan constantemente tus textos. Dicen unas líneas de tu poema “Aire”: “Entre las cosas y yo la voluntad aferrada al pensamiento que afirma lo posible”; leemos en “Alegría”: “… somos la tensa expansión de los gerundios, no hay empeño, no hay comienzo ni fin, no hay ninguna posibilidad para lo imposible…”. ¿Cuál es el límite entre estos dos espacios? ¿Cuál es el lugar de ambos en la poesía nacional contemporánea?

Ese usté del que hablaba en la respuesta anterior es el habitante de lo posible, el sujeto dependiente que, como contraprestación, recibe ciertos privilegios que le permiten trabajar, alimentarse regularmente, en algunos casos educarse y educar a sus hijos, y en algunos casos incluso atreverse a interpretar, desde la disciplina elegida, la marcha de las cosas. Aceptado que este habitante de lo posible lleva, digamos, una vida digna, ocurre que, a su lado conviviendo en el mismo paraje civilizado, una multitud arborescente despliega sus vidas de mierda, su crimen de nacimiento, su deformidad racial, su baja estofa en lo cualitativo exigible por el decoro contemporáneo. “Rezongos marginales”, la parte VII de mi último libro, intenta dar cuenta de esa voz que, signada por la desgracia, arremete con las pezuñas afiladas del deseo: “Así, dadas las cosas como son, / si no retuerzo el sino de la historia / ni de lejos podría redundarla, / mucho menos coparle la amalgama. // Entonces la encaré, con dos sopapos / puse musgo en su yanto consentido, / me la yevé pa’l rancho, la candilé / con los yuyos presuntos de mi vieja, / la consumí de gula, la engrosé, / la hice fregar, planchar, rotar el lomo, / y ya listo su bombo con mi crío / la dejé en Quintana, con los suyos, / ya tenía mi mezcla en sus cuarteles”. Lo bello, lo suntuoso, las gracias tentadoras que expone la abundancia movilizan el aparato del deseo: los incluidos en el tráfico de la mercadería refinada acceden a su goce mediante el juego de la seducción y la violencia acumulativa del comercio; los otros, los no convidados al pastel, se lo roban, violentan sus armonías, le inyectan su animalidad, el semen maloco de su desgracia. La desgracia tuvo, alguna vez, un proyecto político, la revolución, una palabra que hoy quedó reducida a la banalidad de alguna moda.

 

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Es justo que lo sepas: el Resplandor y la Sombra, jinetes del Imposible Lacerado, saben de vos, saben de mí, luchan por la primacía del lugar…” leemos en tu poema “Barro”. En “Letargo”: “… si sólo deseo abarcara la plenitud de lo deseado; si aun lacerado el Imposible nos confiara su elevadísima conjuración…”. E incluso: “Los pueblos perecen, nunca dejan de perecer. La lucha los agiganta, la lucha los ve caer, empujados por el alud infatigable del Imposible Lacerado”, en “Epitafio III”. ¿Qué podés decirnos de esa figura tan presente en Lomas del Mirador, “el Imposible Lacerado”?

El Imposible Lacerado es, de algún modo, el Angelus Novus de Klee interpretado por Walter Benjamin: “tiene los ojos desencajados, la boca abierta, las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irremisiblemente hacia el futuro, al cual vuelve sus espaldas, mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”. Frente a un texto tan definitivo, tan abierto como el de Benjamin, sólo cabe la glosa, intentar ramificar sus posibilidades de sentido. Mi énfasis –ese adjetivo “lacerado”- tiene que ver con la denigración corporal, y también subjetiva, que el progreso provoca tanto en el sujeto dependiente como en el sujeto marginal, ambos maniatados por el frío autónomo del suceder de lo constante.

Leemos en “Errancia”: “Yo, ese fragmento de disolución eterna…”; y en “Edad”: “… la fragmentación avanza, me diluye, no voy en bloque, avanzo en la lisa raspadura, no me pertenezco, en realidad nunca fui de mí, las ramificaciones se alzan al encuentro del esplendor amado…”. Estas líneas son sólo un ejemplo de cómo en tus textos aparece muy fuertemente la idea de la fragmentación. ¿Es posible alcanzar la unidad? ¿Podría considerarse la poesía como un camino posible hacia ella?

Esa condición fragmentaria puede tener el consuelo del recuerdo, la melancolía del origen, cuando cierta completad nos enraizaba en la proporción acaso benigna de ser hechura de Dios. No es mi caso. En mi versión de las cosas, el fragmento piensa, pero piensa como fragmento, ama, odia y desea, sí, pero en tanto fragmento, es decir, a partir de la sensación primera del martillazo que lo arrojó en la intemperie, a merced de la necesidad. Desde este lugar el fragmento escribe poesía, no para recobrar una unidad que se quebró en mil pedazos (tampoco debe olvidarse que el fragmento es heredero de otro fragmento: nuestra genética sólo encuentra parcelas dañadas de la totalidad), ni para retozar en los pliegues luminosos de alguna ensoñación metafísica. El desafío de este materialismo insano es cabalgar sobre su falta, sobre su miedo, desactualizarse de las propinas laudatorias del sistema, no cooptar ni dejarse cooptar, arremeter como puede y armarse a los tirones de un dialecto despojado de aliento sacro, de silencios primordiales, un dialecto del oscuro, jadeante mestizaje de la necesidad.

 

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El leit motiv de “Fuego” dice: “Uno es el que piensa y habla; otro, lejos de uno, el que escribe”. ¿Cómo definirías a esos dos? ¿Cómo conviven en vos?

La escritura es, por lo menos en mi experiencia, una crítica al hablar espontáneo, al pensar como murmullo de eso que suele denominarse “voz interior”. Esas dos instancias –el hablar espontáneo y la “voz interior”- me acercan impresiones que la escritura por lo general modifica o recrea, y muchas veces desecha, en procura de una voz no aleccionada por la costumbre de la comunicación diaria. La escritura opera como un censor riguroso de mi adaptación lingüística a las cosas tal como el mundo las presenta. El “otro”, el que escribe, en lucha con destino incierto, plantea la diferencia. No siempre ese “otro” sale indemne, no siempre el poema supera la adecuación permisiva y complaciente del discurso establecido.

En tu texto “Dolor (II)” proponés que ante el dolor “volvamos a las palabras”. ¿En qué sentido pensás que la palabra puede ser sanadora? ¿En qué sentido la palabra puede devolvernos a lo que somos y es “el principio y la lejanía de lo que somos, de lo que nunca llegaremos a ser…”?

La palabra no sana, pero, en todo caso, la palabra “escrita” intenta una reclusión del dolor que permite melodizar sus aristas filosas, a veces inexplicables, en una medida formal, una métrica emotiva donde la contorsión de la herida se explaya en una cadencia ajena al golpe que te daña. El dolor ingresa así en la forma, en la entonación musical, rítmica, de sus posibilidades de expresión.

En tus textos, “lo que no será” aparece de muchas formas. Podemos leer, por ejemplo, en “Espíritu”: “Observe lo no sucedido de usted (…) déjese iluminar por la no-causa, por la no-resolución, por el simple jugueteo de la luz en la luz perfecta de lo que no será”. ¿Por qué será que nos buscamos tanto en lo que no somos?

“He nacido agujereado”, escribe Michaux. Esa nada, ese depósito de nada que es el agujero, el hoyo perpendicular a nuestra estatura, esa masa de ventilación suple una materia no nacida, algo que si bien no está podría comportarse como un ventiluz del suceder orgánico. Brisa, viento, vendaval, por ese agujero sopla un “viento tremendo”, la luz perfecta de lo que no está, de lo que no será. Ese agujero, esa falta o carencia que nos constituye, en lugar de avergonzarnos podría entrenarse, quiero decir, movilizarse como un sentido no táctil, no olfativo, no visual ni auditivo, un sentido avizor de lejanías… “La sensación de lo que falta” en palabras de Michaux.

 

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Detengámonos un poco en las siguientes líneas de “Estilo”: “… acepte un consejo, me piden, hágase traducir al inglés, al francés, al alemán, a cualquier idioma civilizado, y luego, ya disciplinado su texto por los acentos del imperio, libre su alfabeto de arrabal amargo y batifondo criollista, vuelva sobre lo suyo, hágase retraducir al castellano, se asombrará, no quedará títere con cabeza de su viejo estilo…”. ¿Qué podés decirnos de la lengua castellana, esa de “arcaísmos” y “voluptuosidad sonora”, esa que “viene de antes que yo fuera”, puesta al servicio de la poesía?

“Estilo” es un texto de confrontación, y apela al recurso del absurdo. Sin embargo, creo que hay un fondo de verdad en lo exagerado del planteo. ¿No se advierte cierta dureza propia del poema traducido en la producción poética postmoderna, cierto idioma neutral, forzado por las dificultades de la traslación, demasiado gentil como para atreverse a las disonancias de una búsqueda de recorrido imprevisible, azaroso, esas instancias donde las palabras merodean desde el no-saber animal de su incrustación de lo no consolidado aún como poema? A mí las palabras me dan miedo, las vapuleo, sacudo la hojarasca crujiente de sus sílabas; las palabras se sirven de mí, son las damas de mi mente. Es decir, yo escribo en esa “puta lengua materna” que me precede -¡en tantos siglos me precede!-, resbalosa de donaires, dura de entrepiernas, posesiva, lujosa, barroca, sucia de alternar en los quilombos, retorcida y carcelaria, mestizada por el indígena y el cabecita. Mezclar y que la materia se desbande. No filosofarla. No psicoanalizarla. Pura métrica jadeante. En ese idioma intenté escribir Hablar mestizo en lírica indecisa.

“Lomas del Mirador, el barrio natal, se transformó con el tiempo en un basural globalizado”, sentencia “Epitafio II”; y más tarde en “Laguna”: “Detrás de cualquier extensión de agua el mundo es otro (…) Lomas del Mirador no tiene mar, tiene el Riachuelo cenagoso y lagunas…”. Esta localidad, la que le da nombre al libro, aparece casi siempre en una tensión algo particular entre el espacio de lo real y el espacio de lo místico, generando algo así como una mística escatológica del espacio. ¿Se trata de una escatología de la infancia? ¿Cómo se da la ruptura entre lugar de pertenencia y espacio poético?

En Lomas del Mirador viví hasta los 26 años. Fue, y aún lo es, mi paisaje, la escena primordial del mundo. Lo tengo metido en mi cabeza tal cual lo conocí, campo apenas ondulante convertido en el transcurso de esos años en barrio despoblado, trazado poco a poco por calles de barro, casas sin terminar, potreros, lagunas inmanentes. Tenía su basural, que el asfalto transformó en “basural globalizado”. Nunca regresé a Lomas del Mirador, lo que me permitió hacer de su recuerdo una invención literaria donde el acontecer nacional –el pasado del país, el sostenido agobio del terror militar, el crimen de la acumulación capitalista- se despliega en un tiempo mítico, que intenté resulte verosímil, sacudido a su vez por ramalazos de sangre subjetiva, voces que gritan su inserción críptica, asesinadas por el maniatar sucesivo de la “tempestad que llamamos progreso”. No me veo ni me siento cómodo en el transporte místico. Mi materialismo es desesperanzado, y su denodar en la poesía no alcanza para justificar el fermento corrosivo de ser partícipe de lo “demasiado humano” de los crímenes de la historia. En este sentido, no hay ruptura entre lugar de pertenencia y espacio poético. El lugar de pertenencia es la raíz de ese espacio poético. Es raíz de maleza, purimpura, matrera, desacatada, y el espacio donde se ramifica avanza como puede entre las florcitas de un jardín que no le pertenece.

Hablar mestizo en Lírica indecisa es una apuesta muy fuerte que desde un trabajo específico con la forma aúna tradición y desconcierto, y desde allí logra conmover profundamente al lector. ¿Cómo fue el proceso de elaboración de este libro? ¿Se puede “revolucionar” desde la lírica?

Yo había dejado de escribir versos. Lomas del Mirador está escrito en una prosa rítmica que me permitió ensamblar cierta medida musical (hay tramos salpicados de endecasílabos) con intervalos narrativos y alguna que otra interpolación teórica. Hablar mestizo… apareció tímidamente. Los primeros versos fueron exploratorios. “Hombre de su casa”, la primera parte de Hablar mestizo…, es un poemario de transición hacia la primera persona, ese yo desasosegado de “Lírica indecisa”. La segunda parte, “Lo bueno de la vida”, celebra la sencillez del barrio, las ternuras de papá y mamá, la presencia queridísima del hermano, el amor en su absoluto de eros insaciable y pedigüeño. A medida que el tiempo pasaba y los poemas se sucedían –este libro fue escrito en tres años, en las noches muy pocas veces salteadas de esos tres años-, fui advirtiendo una predisposición del idioma a salirse de su cauce, a maneriarse con rejucilos arbitrarios: términos delictivos medievales (tan maravillosamente presentes en Quevedo), el éxtasis gongorino, el murmullo agrio de la payada amenazante, el esotérico lunfardo, la impostación itálica de Julián Centeya… El idioma chirriaba mestizando pistones de la tradición con el rencor vengativo del cabecita, el marginal argentino. Y algo más: el ímpetu del dolor vallejiano, la osadía potente de su tristeza. De pronto recordaba palabras leídas o escuchadas mucho tiempo atrás, o me aparecían otras de origen y significado desconocido, en versos necesitados de oscuridad ominosa. No sé si se puede “revolucionar” desde la lírica. Sí creo que un poeta puede elegir su tradición y agregarle su propio peldaño, desencantarla, regresarla de la muerte, y maridarla con la extrañeza de una voz que retumba semejanzas, que desgarra diferencias.

 

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Las últimas líneas de “Forma” parecieran estar definiendo tu ars poética: “… que el estilo, cualquier estilo, resbala sobre sí, contiene su deformidad, y la voz, al batir las sílabas conexas, más se lastima cuanto más se regocija; así la flema, la tos pastosa y vergonzante, ancla su demonio musical en las resonancias del fluir maravilloso.” ¿Es así? ¿Hay, al menos, algo de eso? ¿Cómo pensás que se alcanza la propia voz?

Supongamos un cuerpo y su voz inherente. Supongamos en ese cuerpo un archivo de palabras, algo así como un inconsciente literario donde se amontonan y conviven las palabras leídas y las palabras escuchadas. Este archivo, al igual que el ADN de la sangre inherente al transcurrir de la vida, es propiedad personal, tan rasgo único del cuerpo que lo contiene como sus huellas digitales. Todo poeta, si es realmente poeta, es portador de esta materia en estado de ebullición. Más lecturas, más inquietudes intelectuales, más destreza en el oficio, más obsesión en el encierro, más resistencia a la coacción de los modelos consagrados… La cuestión es el volumen del archivo, la diversidad propuesta a la masticadora de palabras para la lucubración extensa y matizada de sus imágenes. No pueden obviarse, claro, la experiencia de vida y la cualidad sensible del aparato psíquico, ni el envión de energía sublimatoria que nos acerca a la página vacía. Con todo esto, se me ocurre, de la combinación de todo esto (y también de lo que seguramente olvido decir) surge en el poeta, si de verdad es poeta, la voz propia. No hay inspiración, hay obsesión y necesidad, pasión por el idioma que nos precede y nos posterga, y donde anclamos nuestra tos, nuestra flema, esa deformidad de nuestro ir hacia la muerte, esa deformidad del estilo que pezuña en las resonancias del fluir maravilloso.

Tu poema “Barro” dice: “Cada uno hace lo que puede, cada generación acude como puede al llamado de la falta, cada siglo retoma y degrada el sigilar del Bien en la manada”. ¿Cómo acude, cómo ha acudido, a ese llamado tu generación?

Mi generación, los nacidos en los años 40 del siglo pasado, vivió la escuela primaria y parte de la secundaria en ese milagro social que fue el peronismo del 45 al 55, cuando el discurso oficial coincidía con los actos de gobierno, cuando los hechos que hacían posible la justicia distributiva eran goce activo en el enunciado pasional de Perón y Evita. Evita muere en el 52, Perón cae en el 55. Luego fueron los años de la resistencia: la militancia política se convirtió en el modo de vida habitual de cualquier muchacho o muchacha con inquietudes. Hubo asesinatos y plaga de asesinos. La oligarquía agropecuaria y los capitanes de la industria necesitaban mano dura para reinstalar la pirámide capitalista. Perón vuelve en el 73, tan desencarnado que deja en manos de López Rega e Isabel Martínez la consumación del desencanto: el horror que produce el doblez de la máscara ilusoria, la pesadilla agazapada detrás del sueño benigno. Hay nuevos asesinatos y una especializada secta de asesinos acampa en los sótanos del poder. Y de nuevo los militares –hay que decirlo, azuzados por cierta civilidad política y por un porcentaje importante de clase media fascista-, convirtiendo al país en escenario del peor terrorismo: el terrorismo de Estado. Se masacraron vidas, se desindustrializó el país y el miedo operó como lavaje cerebral de cualquier pensamiento que no fuera subalterno. Ya en los 80, y luego de los trágicos episodios de Malvinas, EEUU advierte que: 1) el trabajo sucio de aniquilar cualquier brote de anticapitalismo estaba cumplido; 2) el tiempo del autoritarismo militar debía llegar a su fin; y 3) la religiosidad mercantil funciona más aceitadamente bajo el manto jurídico de la democracia capitalista. 1983 – 2009: sucesión de gobiernos elegidos. Se habla, se discute, se escribe, se vota. No obstante, la desigualdad social continúa, la marginalidad crece, sobra gente y la miseria molesta no por su proyecto sino por su mal olor. El paraje democrático va en camino de convertirse en feudalismo democrático. ¿Cómo acudir al llamado de la falta cuando la falta es constitutiva del sistema? Los que tienen quieren tener más, quieren tenerlo todo, caiga quien caiga; y los que no tienen sólo aspiran a consumir las marcas que le venden los propietarios del poder económico.

 

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En “Barrio” leemos: “Contra el muro de la fábrica las tres A fusilaron a mi amigo, contra el muro de la fábrica duermen hoy los desocupados, la sangre sobrante del paraje democrático…”. ¿Qué podrías decir acerca de esa continuidad que se ha trazado entre la figura del desaparecido de los años ’70 y la del actual desocupado?

Los desaparecidos de los años 70 fueron militantes, luchaban por un mundo mejor. Los desocupados de hoy viven la sordidez de no ser tenidos en cuenta, de no servir para nada, ni siquiera para ser explotados. De un modo o de otro el capitalismo se especializa en proyectos de aniquilación.

Por un lado está “Cabecita”: “… el primer cabecita, sin evidencia de padre, y clausurado el celo materno que nutre y agiganta, fue plural de Nadie, fue cabecitas, el uno manada, maleza social sacrificada y sacrificadora, aterrada y aterradora, alquilada para matar…”. Luego, “Deformidá”: “¿Los ve? Son muchos, son cada día más, ex ciudadanos, ex trabajadores, ex padres, ex muchachos (…) molestan, ¿verdad? (…) no hay deshecho que los colme (…) el apetito nunca saciado de la sumisión (…) mírese en ellos…”… ¿Podemos trazar una línea de tiempo histórica entre ambos poemas? ¿Si imagináramos un tercer poema, hablaría de los hijos de esos ex ciudadanos, ex trabajadores, ex padres? Si siguiéramos imaginando continuaciones, ¿podríamos emparentar de alguna manera la figura de los hijos de los desparecidos con la de los hijos de los ex ciudadanos, ex trabajadores? ¿Se trataría de un modelo que se repite o de un modelo que se acentúa? ¿Estamos a tiempo de evitar ese tercer poema?

Entre el primer cabecita, el nacido de padre español y madre indígena, el ser nacional primario de esta tierra, guacho por naturaleza y carente de vegetación familiar, mestizado con el inmigrante expulsado por el hambre de las guerras mundiales, y luego con el hijo de ese inmigrante, en el aluvión de concordia social que significó el primer peronismo –la palabra “trabajador” dignificó el linaje plebeyo de esa multitud-, y éstos de hoy, los perdedores en la fiesta neoliberal, los arrojados del bienestar sencillo que otorgan el trabajo y la educación, hay una línea que define el método de exclusión casi permanente aplicado por la derecha conservadora, la derecha militar y la derecha democrática. El desaparecido es cualitativamente distinto: se lo hizo desaparecer porque defendía una causa, tenía un proyecto y formaba parte de una organización que intentó tomar el poder para abolir los privilegios de clase enquistados en nuestras instituciones. Desapareciéndolo se escarmentaba a toda la sociedad, se la purgaba de acción redentora y se aseguraba la pasividad y el silencio de las fuerzas mayoritarias. El desaparecido es “la carne muerta del idioma”, el que recibe, postrado en la mesa de tortura, la pregunta ominosa: “¿Qué sos, quién sos, quién mierda te creés que sos?” Y el poema, aunque se escriba, será apenas eso, un poema, un pequeño consuelo entre la porquería que perdura.

¿Cuál es tu lectura de la actualidad nacional?

Hemos perdido la capacidad de actuar, no nos gusta el mundo en que vivimos pero tampoco tenemos una idea clara del mundo en el que nos gustaría vivir. Somos rehenes de lo viable, del poquísimo espacio concedido a ciertas reivindicaciones sectoriales o meramente personales. Nuestra subjetividad se esmera en acomodarnos en la porción posible de existencia agradable.

Aquél corazón descamisado, Lomas del Mirador, Hablar en mestizo en Lírica indecisa… Hablános un poco de tu encrucijada entre poética e ideología y de cómo ves esa misma encrucijada en las nuevas voces poéticas nacionales.

Como habrás visto a lo largo de esta conversación, soy un desalentado. El desaliento puede conducir a un desierto pleno de misterios. Escribo sin ilusión, me meto en mi dialecto para ocultarme y conversar con las voces amigas de mis poetas preferidos: los clásicos, Mastronardi, Groppa, Escudero, Madariaga, Gianuzzi, Vallejo, Michaux, y tantos otros. Entre los nuevos, con obra ya consolidada, prefiero a Fabián Casas y Martín Rodríguez. Entre lo muy nuevos, a Darío Semino y Victoria Paulesu. Un poema logrado puede ser una buena compañía, pero no revoluciona ni cambia el orden signado de las cosas. Es un emergente más de la marcha autónoma del mundo. El premio es encontrar a su lector hospitalario. No más que eso es la literatura.

 

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Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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