A finales de los años ‘90 Gus Van Sant era otro traidor. Como John McNaughton, que tras la estupenda “Henry” desbarrancó rápidamente, o como Steven Soderbergh, quien multiplicó por varias decenas los presupuestos de sus primeros e intimistas filmes por bodoques indigeribles, reaccionarios y repletos de golpes de efecto. Los tres eran traidores a la causa indie; nobles realizadores de filmes pequeños y refrescantes en el estancado panorama de los ochenta, que comenzaron a trabajar para los grandes estudios.

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Pero Van Sant regresó a sus orígenes, a los que probablemente nunca haya abandonado del todo y se colocó, nuevamente, a la vanguardia de un cine comercialmente independiente, con cuatro filmes sorprendentes, tanto temática como narrativamente.

Sus filmes no suelen tener gran desarrollo argumental, de hecho sus detractores suelen atacarlo por su flanco más endeble, y es difícil defenderlo en relación a la gran tradición estructural del cine indie, en donde los guiones suelen supeditar la poca producción y de ahí la posibilidad más amplia de realizar filmes en pequeños universos. De esa manera sus fetiches pasan a ser maneras de contar, de imponer una complejidad a veces absurda, una densidad que se burla de los espectadores, desafiándolos a cuestionarse si están viendo un filme sobre la decadencia o sus propias miserias reflejadas en la pantalla.

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Gus van Sant

 

En su regreso, Gus Van Sant volvió a ocuparse de sus temáticas más representativas, la relación especular entre los débiles y los fuertes, y el desamparo de los jóvenes ante un mundo hostil hacia ellos. Básicamente, desde 2002 con “Gerry” hasta la recientemente estrenada “Paranoid Park”, sus trabajos tratan sobre la relación de personajes jóvenes consigo mismos, sus luchas interiores y la imposibilidad de enfrentar a sus propios antagonistas sino es por medio del límite entre la vida y la muerte.

En “Gerry”, ambos protagonistas, que no tienen nombre propio, son las caras enfrentadas de un mismo ser, uno vacila hasta ante la muerte, el otro es capaz de dejar atrás su propio destino, los dos están perplejos ante la casualidad que les deparó la vida, ninguno se hace preguntas, para eso está la cámara de Van Sant, que tan solo muestra muy poco y deja al espectador casi todo, sin miedo al tedio insufrible del desierto.

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El recuperado ex drogadicto y la adicta hasta la muerte de “Drugstore cowboys” también transitan un único camino. En su primer gran éxito, los personajes son adictos que asaltan farmacias con el único objetivo de seguir drogándose, no piensan en el futuro hasta que este se interpone en su viaje de manera fatal y, más allá de sus propios fantasmas, el mundo no les permite enfrentarse a otra cosa que a sus propios enemigos.

El Kurt Cobain de “Last days” tiene del cantante de Nirvana cierta apariencia, un toque de imaginario colectivo, pero todo de Van Sant; un cóctel de pesadez y miedo que exceden la historia real y que esconden lo banal de la biopic de una estrella de rock and roll.

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Estos tres filmes funcionan como la base de sus mejores trabajos, aquellos que pueden solventar el verdadero cine de Gus Van Sant. Y comparten tics y defectos, ascetismo y descontrol, un uso total del paisaje e interpretaciones de una austeridad casi molesta. Las reiteraciones de escenas desde diferentes puntos de vista, la introducción de trozos filmados en Super 8 o video y los planos lejanos de larga duración parecen ser marcas de estilo pero, revisando toda la filmografía del director, terminan pareciendo copias de sí mismo, como la nueva versión de “Psycho”, un Van Sant que se parece a otro Van Sant que es similar a un tercero, y el bucle de las escenas es concluyente.

“My own private Idazo” (“Mi mundo privado”, 1991) sufre de los problemas habituales de Van Sant para desarrollar una historia sin desbarrancar en excesos y estirar las acciones de sus personajes hasta los límites de la locura, pero a diferencia de sus trabajos posteriores el trabajo de dirección actoral es soberbio y tanto River Phoenix como Keanu Reeves lograron aquí sus papeles consagratorios. La temática homosexual es devorada y dejada atrás por las necesidades de estos dos adolescentes, quienes sufren la alienación de la riqueza y de la pobreza. Uno no tiene familia, y vive tras la sombra de una madre ausente; el otro sí tiene padre, pero es un multimillonario poco interesado en su hijo. Esto es retratado por Van Sant con imaginación, un cuidadísimo trabajo de cámaras y asumiendo la importancia de su puesta en escena sobre el sufrimiento de sus criaturas, a las que deja desamparadas frente al mundo, porque ambos padecen más allá de la pantalla.

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“Elephant” (2003) es la obra cumbre de Gus Van Sant, en donde expone lo mejor de sus búsquedas y deja abiertas todas las puertas posibles. El filme narra la hora previa a la masacre del colegio estadounidense Columbine, donde dos alumnos asesinaron a trece personas.
No es un documental, ni una reflexión sobre las causas de la locura desatada en la escuela, sino una gran pregunta sobre la posición de los artistas frente al horror, cómo expresarse ante él y de qué manera sobrellevar la muerte inexplicable. La extremada estilización visual fue criticada como síndrome de vacuidad y falso lirismo; no obstante, muestra que ante la realidad el arte funciona como reflejo de esta, y el fotógrafo asesinado sigue sacando fotos, sin importarle su vida.

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”Paranoid Park” (2007) desmenuza la conciencia atormentada de un joven que comete un asesinato accidental. Y Van Sant se luce revolviendo los mecanismos que hacen de un adolescente casi sin problemas un ser desconectado del mundo, sin ser capaz de interactuar más que como un autómata, condicionado por sus acciones y la de los adultos que lo rodean.
El montaje no lineal y el escamoteo total de información más el maravilloso trabajo del director de fotografía australiano Christopher Doyle (quien deslumbró en la wongkarwaiana “Con ánimo de amar”) redondean un filme construido alrededor de una tensión que no es la policial sino aquella que deja traslucir el estupendo Gabe Nevins con sus gestos mínimos y su melancolía absoluta.

En este sentido, el diálogo interno de los últimos filmes de Van Sant es palpable, la desolación, la pasividad del mundo frente a los jóvenes, y la imposibilidad de entablar relaciones atemporales representadas una y otra vez por las mismas escenas hace de la obra ¿tardía? de Van Sant una parada obligada de quienes quieren conocer el verdadero significado del cine independiente.
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