La nueva rabia es un libro provocador en varios aspectos: por un lado, ya el hecho de ser una continuación de El juguete rabioso, una de las novelas nacionales más emblemáticas de la historia, posiciona a su autor como un arriesgado y abiertamente subversivo, pero Marcelo Eckhardt no se conforma meramente con establecer un bucle de retroalimentación con nuestra historia literaria, sino que se extiende de manera lúcida a nuestra historia política y psicológica. Personajes como Borges y Perón se cruzarán ocasionalmente en el derrotero del protagonista en su exilio sureño, mientras que se atisba el paisaje de la Patagonia trágica como telón de fondo.

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¿Por qué retomar la historia de Silvio Astier? ¿Cómo surge La nueva rabia?

Por la fascinación de esa última escena, donde queda abierta su resolución, se suspende la acción y termina El juguete rabioso; es un clásico este libro de Arlt, entre otras cosas, por la forma del final, que queda abierto, en suspenso. Pensé, desde el sur, cómo sería la continuidad de esa escena (el epígrafe de mi novela es precisamente el último párrafo de El juguete rabioso). Cambiarle la perspectiva a esa lectura que, por otro lado, la crítica convirtió en histórica: hace cuarenta años que reflexiona por qué Astier traicionó pero, paradójicamente, nunca se preguntó en dónde había escrito esas “memorias”. La escritura y el espacio de la patagonia, dos de los elementos claves para retomar, entonces, la historia de Astier. Por otro lado, es un homenaje al Homenaje a Roberto Arlt de Piglia, un relato que me parece increíble.

En tu novela Silvio Astier, renombrado Nicolás Radek, se define como un “Extrangertino”. ¿Compartís con él esta condición?

Sí, claro que sí. Esa mezcla, ese tránsito, estar “entre” fronteras, es de alta nitidez en esta zona. Bayer y Borrero relatan cómo en el territorio “nacional”, extranjeros de derecha y de izquierda realizan una de las discusiones más dramáticas sobre la denominada “argentinidad”, a comienzos del siglo XX. Facón grande, un gaucho de Entre Ríos, comparado a Martín Fierro (o a Moreira por las dimensiones de su facón) es fusilado por apátrida, por traidor.

Si es así, ¿Esta condición es impuesta por la distancia física de la Capital o por una inclinación del espíritu?

El término “extrangertino” es una invención de Dardo Scavino; lo define muy bien en su libro La era de la desolación. Allí define esta condición como una norma impuesta por el Estado. Es el rechazo a un rol asignado por el Estado: una exclusión y una deriva porque el extrangertino no posee un lugar firme, precisamente, un rol, está en tránsito, entre dos posiciones.

Hay una coincidencia en los escenarios por los que transita Astier y por los que te llevó la vida a vos como escritor. ¿Existe un elemento autobiográfico en la novela? ¿El sur es también en tu caso un escenario de redención?

No, por suerte no, porque la vida de Astier y también la de Radek/Astier, son muy dolorosas, plenas de ausencias y de marginaciones. Sí aparece mi biografía en la lectura de Arlt y en la vivencia de la Patagonia: allí sí hay una unión propia de mi experiencia. Lectura y zona; porque releer Arlt en la Patagonia me posibilitó pensarlo a Astier en Comodoro, escribiendo primero El juguete rabioso y luego La nueva rabia.

Hablemos ahora sobre el rol del escritor. Es una pregunta que suena remanida pero que queda flotando en el aire cuando vemos cómo se pasean por las páginas de tu novela, entre otros personajes históricos, dos íconos argentinos del siglo XX: Borges y Perón, al tiempo que las ocurrencias y análisis sociales de Radek, a pesar de transcurrir la acción en la década del ‘20, pueden ser leídas con total actualidad. ¿Buscaste estos enlaces históricos o ellos te encontraron? ¿Hay o debería haber en las letras contemporáneas un compromiso entre literatura, historia y formación ciudadana?

Es que el utilizar una figura tan potente como la de “extrangertino”, necesariamente implica una actualidad (es un término que Scavino propone para entender la crisis político-social y cultural de Argentina en 1999 y anticipa lo del 2001). Verse en un rol impuesto, no aceptarlo, implica desplazamiento no sólo espacial si no temporal, es decir, una posible identificación entre épocas que proponga el efecto de “actualidad”. Es una novela política porque la lectura que hago de El juguete rabioso es política por lo menos en dos sentidos: territorial y existencial. En ambos sentidos, propongo un cambio, un traslado y ese movimiento, también, produce un efecto político.

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Promediando el final de la novela hay un reencuentro entre Astier y Vitri en el que este último le pregunta: “- ¿Qué le pasó buen hombre? La primera y última vez que lo vi, usted era un muchacho alegre y mírese ahora, parece totalmente perdido y frustrado…”. ¿Cuál es el precio que paga Astier/Radek? ¿Por qué lo paga?

Vitri siempre ve mal o, mejor dicho, ve enajenado el rol de excluido en los pobres. La primera vez que se encuentra con Astier lo juzga alegre cuando, en realidad, Astier estaba ardiendo de rabia, impotencia y frustración. La segunda vez, por el contrario, Astier/Radek, había cambiado de vida, se había realizado y peleaba por ser incluido o integrado en lo “argentino” y nuevamente Vitri mira mal, entiende otra cosa. Nunca lo ve realmente como es o como está viviendo la situación. Igualmente, el precio que paga Astier por des-hacerse de su condición de excluido es muy alto: la traición; y luego, también, para cambiar, para redimirse o integrarse, nuevamente, lo paga caro: la persecución. Es muy difícil en este país, cambiar o no aceptar el rol asignado por el Estado.

De todo el libro, las últimas páginas son las más fuertes o “rabiosas” (para continuar con el juego). ¿Podemos, finalmente, decir que Astier y Radek son la misma persona?, ¿Astier es un héroe y Radek un traidor o viceversa?, ¿somos todos una sociedad de pequeños traidores?, y si es así; ¿por qué y desde cuándo?

Astier debe cambiarse el nombre si pretende cambiar como persona; y en la novela se produce una tensión entre estas dos identidades, entre el tránsito de una a otra. Radek fue un traidor de la revolución rusa o, mejor dicho, fue tildado de traidor por Trotsky y Lenin (no se llamaba Nicolás si no Karl). Un poco le sucede lo que a Picardía en Martín Fierro: no se puede cambiar el nombre, a pesar de ese desplazamiento inestable. Y el drama de ser héroe o traidor (un tema tan argentino y actual, si tenemos en cuenta la experiencia con “Cleto”) está ahora en el mismo sujeto: héroe porque quiere o se anima a cambiar y a salirse de ese rol de traidor. Sin embargo, a la luz de la actualidad, podemos pensar que Argentina se divide entre supuestos héroes y supuestos traidores: o se es Fierro o Astier. Los dos personajes de la literatura, con todo, son desertores (traidores para la normativa militar).

 

Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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