Carlos Fajardo Fajardo nació en Santiago de Cali, en 1957. Es poeta y ensayista. Hace unos meses estuvo en nuestro país presentando en el Centro Cultural de la Cooperación su último poemario Navíos de Caronte. Con la calidez de un amigo, desde su Colombia natal, nos habla de su infancia en un barrio de casas blancas llenas de jardines donde arde el verano y pueden verse por detrás los campos de fuego de una violencia que quiere secar un país; se detiene con dolor en el naufragio cultural que hace que mentira, trampa, cinismo y asesinato se hayan convertido en deportes nacionales, que hacen que exilio y aislamiento se hayan instalado junto al miedo que crece.

Carlos observa. Recorre ciudades, promiscuidades citadinas, mundos de acá y de allá, mundos de ambos lados del corazón. Y su poesía, “metáfora que piensa”, camina, va, viene, se desliza en la gracia: “la desgracias de la realidad es la gracia de la poesía”, sentencia. Y también abre el juego, porque mira con ojos atentos: hay poesía de la globalización. Poetas de un mundo desgravitado y telepresencial mutan la memoria y la vuelven fugaz. ¿Da miedo? Habrá que asumir lo real siempre como un problema, pues de eso se trata el arte, que “se asume como estremecimiento”… de todo esto nos habla Carlos Fajardo Fajardo.

Filósofo de la Universidad del Cauca, Colombia; Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y Doctor en Literatura de la UNED (España), es Profesor de Estética, Historia del arte y Literatura en la Universidad de la Salle y en los postgrados de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas de Bogotá. Ha sido ponente y profesor invitado a varias universidades, entre ellas, la Universidad de Valladolid- España; la Universidad de Nova Lisboa- Portugal; la UNED- España-; La Universidad del Zulia de Maracaibo, Venezuela; la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá; Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia; Universidad Nacional de Colombia; como también a distintos festivales internacionales de poesía. Es a su vez cofundador de la Corporación “Si Mañana Despierto”, dedicada a la investigación y creación artística y literaria. Y ha publicado los libros de poesía: Origen de Silencios. Fundación Banco de Estado, Popayán (1981); Serenidad Sitiada, Si Mañana Despierto Ediciones, Bogotá (1990); Veraneras, premio de poesía Antonio Llanos, Si Mañana Despierto Ediciones, Santafé de Bogotá (1995); Atlas de callejerías. Trilce Editores, Santafé de Bogotá (1997); Tierra de Sol, Premio de poesía Jorge Isaacs, Gobernación del Valle del Cauca, 2003; la antología de su poesía titulada Serenidad Sitiada, Universidad del Valle, 2004; Navíos de Caronte, Común Presencia Editores, Bogotá, 2009. Entre sus libros de ensayos se encuentran Charlas a la Intemperie. Selección de ensayos sobre estética. Universidad INCCA de Colombia, 2000. Estética y posmodernidad. Nuevos contextos y sensibilidades, Editorial Abya-yala, de Quito, Ecuador, 2001, Estética y sensibilidades posmodernas. ITESO, Guadalajara, Méjico, 2005; la obra colectiva Real/Virtual en la estética y teoría de las artes. Barcelona: Paidós, 2006; El arte en tiempos de globalización. Nuevas preguntas, otras fronteras. Universidad de la Salle, 2006, y múltiples ensayos en revistas especializadas y diarios nacionales e internacionales. Su poesía figura en varias antologías de las cuales se destaca: Desde el Umbral, poesía colombiana en transición, 2005; Caligrafías, La ciudad literaria= Cali-grafies. La cité littéraire. (Antología bilingüe). Universidad del Valle, Cali, 2008.

Poemas y ensayos suyos han sido traducidos al inglés, italiano, francés, serbio, polaco y portugués. Ha sido ganador del premio de poesía Antonio Llanos, Santiago de Cali 1991; segundo premio en el Primer Concurso Nacional de Poesía ICFES, 1984; Mención de Honor en el Premio Jorge Isaacs 1996 y 1997; Mención de Honor Premio Ciudad de Bogotá, 1994 y premio de poesía Jorge Isaacs 2003.

Nav+¡os de Caronte, Fajardo

¿Cómo es la experiencia poética de tu relación con –primero- tu ciudad, y –luego- las ciudades que te han albergado?

La ciudad ha sido fundamental en la formación de la sensibilidad de mi generación. Ella hace parte de un proceso de construcción de imaginarios y de mentalidades que se constituyen en los cimientos de buena parte de mi poética. Sabemos que la ciudad moderna en el transcurso de su crecimiento y desarrollo, ha servido como fuente para el trabajo artístico en algunos creadores. Ella ha sido asimilada y criticada, admirada y rechazada, gozada por su multiplicidad de formas, interpretada o asumida como padecimiento o goce por la poesía; de allí que entre el poeta y la ciudad, existan códigos que se entrecruzan fundando un ser: el poema. Yo la observo como un espectáculo deambulatorio, aquello que crece y decrece, que se mueve como un monstruo de mil cabezas y se eleva a la posibilidad estética.

Desde la década del sesenta la cultura colombiana sufrió un colapso en su estructura. Debido a múltiples factores, entre ellos la Violencia partidista de los años cuarenta y cincuenta, las ciudades se masificaron producto de las grandes inmigraciones, creando un sincretismo sin igual donde conviven sensibilidades disímiles tanto aldeanas como modernas, lo que produjo una promiscuidad cultural. Las ciudades colombianas, y muchas latinoamericanas, son entonces el resultado del entrecruzamiento de distintas mentalidades, de imaginarios híbridos, desterritorializados y plurales, cuyo resultado es la transculturación múltiple. “Culturas de frontera”, donde no es posible definir en qué punto acaba el poder étnico y empieza el familiar o el político y económico.

De esta “promiscuidad” cultural citadina se alimenta mi poesía y buena parte de la poesía de mi generación. Ella ha sido escrita precisamente en la fisura entre la ciudad premoderna y la moderna e incluso la posmoderna impersonal. Mi poesía registra la ciudad dispersa y fracturada que el proceso de modernización ha dejado en su expansión. Esta mirada no es pasiva. Contemplar desde el poema es también una praxis gnoseológica. El conocimiento se inaugura desde el momento en que hago “pasear” los ojos por la multitud de imágenes citadinas. La ciudad-espectáculo está allá en el mundo, pero también acá, en el corazón del poeta, constituyéndose en la génesis del poema. La ciudad-espectáculo, entonces, se encuentra en el poema que es contemplado a la vez que contempla. Creo que el poeta experimenta lo mismo que Paul Klee frente al bosque: “En un bosque he sentido muchas veces que no era yo quién miraba el bosque. Ciertos días he sentido que eran los árboles los que me miraban (…) yo estaba allí, escuchando”. Como poeta viajo por los laberintos de la ciudad real y la ciudad de la memoria, de las ciudades que conozco, visito y habito y de las que invento, sueño, imagino.

Creo que en los espacios, tanto espirituales como materiales de la ciudad, se encuentra una mitologización y una simbolización que sigue viva y que es necesario interpretar como parte de nuestra cultura. He intentado registrar esos símbolos y mitos que se expresan en las ciudades masificadas y que sobreviven a pesar de la desacralización y de la ofensiva de la modernización instrumental por desmetaforizar la vida.

En el poema 23 de Dios se ha fatigado cuyo primer verso sentencia: “Voy de terror en terror”, mencionás “la prolongada distancia entre mi niñez y yo” y ves en esos versos tu infancia. ¿Qué podrías contarnos de esa infancia y de esa distancia (o viudez: “Corro por corredores de sombra tras mi sombra. / Extraviado, sin brújula que me ampare, / lanzo al mar mi infancia y algo se muere / dejando a este hombre viudo de niñez / de posibles misterios, reclamando redención.”1).

Sabemos que la infancia es la verdadera patria de la poesía y del poeta, tal como lo dijo Rainer María Rilke. Es un reino lleno de peligros, de miedos, terrores, pero también de milagros, donde nos creemos, tal vez por primera y única vez, inmortales. He allí su maravilla y milagro. La infancia es ese espacio de encuentro con la realidad como algo misterioso y donde las preguntas del niño cifran y descifran universos a través de un lenguaje de fábulas e imaginaciones. Pero, en medio de estos encantamientos también se encuentran el horror, la pesada carga de los mayores con su moralismo, su mundo de normas, de prohibición, rechazo y castigo. Así, la poesía se alimenta de dichas ambigüedades: del mágico devenir de una infancia llena tanto de sueños como de golpes, de soledad, miedos y terrores infantiles ante una realidad cruel y mágica a la vez. El verdadero artista conserva la capacidad de asombro, se mantiene en poeta, vive permanentemente en poesía, ve lo invisible en lo visible ¿y qué otra cosa hace el niño? Descubre lo oculto, expresa lo inexpresable. Y no hay mayor asombro que ver cómo el transcurso del tiempo nos va dejando viudos de niñez, tal como dice mi verso. Es el aterrador “ultraje de los años” de Borges.

Para mi la poesía surge como posibilidad de rescatar la infancia, una infancia que transcurre en Santiago de Cali, Colombia, en un barrio de Casas Blancas lleno de jardines, grandes patios y rodeado de colinas. Cali es una ciudad ardiente, llena de sol, con la brisa lejana del mar, la cual atravesando cordilleras cae suave todas las tardes. Yo recuerdo mi infancia en ese barrio con sus veranos en los meses de julio y agosto. Era el verano y los deseos. El sol en los tiernos muslos de niñas recién llegadas a mujeres fatales. Fogata de novia primigenia. El sudor rodaba por los cuerpos. Un pájaro se posaba fatigado en las cuerdas de luz. Ardor sobre ardor, sol de mediodía, sol de chicharras reventándose. Un perro ladraba en un lugar desconocido y los gatos bostezaban en su eterna siesta. La voz de una madre acariciaba sus plantas, hablaba con ellas como si de nosotros se tratara. Al fondo se oía el regaño del padre, triste salmo de la lluvia. Allí hacían su ritual de música y canto la guitarra y el barrio. Todos se lanzaban a las calles para ver irse el sol tras las colinas. Sintiendo los primeros vientos que sacudían las faldas de muchachas, los niños elevaban las luminosas cometas. Un balón saltaba en la calle como endemoniado juguete, y así pasaba el día.

Pero alrededor de toda esta alegría estaba la violencia, las muertes cotidianas, los asesinatos. En nuestros barrios se sentía el gravamen de una nación en guerra; en la tienda del vecino, en el muchacho que se había alistado en las filas del ejército y en su amigo que tomaba las armas del bando contrario. Quizás ambos habían jugado fútbol y estudiado la primaria. Vimos cómo éramos un campo de fuego. La guerra en las ciudades y las ciudades un tiro al blanco permanente. Sin embargo, tuvimos tiempo de jugar, bailar y cantar, y jugamos, bailamos y cantamos sobre las cenizas del país.

Mi infancia fue un invierno y un verano en aquel barrio y en aquella ciudad con nombre de santo; sobre todo un verano: cuerpo de sol que se abría de piernas.

1 Poema 6 de Dios se ha Fatigado

 

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No pido salvación / Pues esto no es un castigo de Dios / sino su escupitajo”, son los versos finales del poema 4 de Dios se ha fatigado, que me recuerdan los primeros de aquel bellísimo poema de César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… Yo no sé!”. ¿De dónde nace el horror en este poema? O bien, como lo dices en otro de los versos del mismo libro: “También Lëdo Ivo he sentido como tú / la belleza y el horror en una nerviosa lagartija”. ¿De qué modo belleza y horror pueden aunarse en el arte?

La desgracia de la realidad es la gracia de la poesía, lo he escrito en otros lugares. De la realidad parte, pero también, con inteligencia y estremecimiento, contra ésta se rebela. Y la realidad no sólo es virtual ni imaginativa sino también existencial e histórica. Su imagen apocalíptica se nos ha vuelto familiar en los tiempos que corren. Los desastres de la guerra de Goya se promueven como rito cíclico en las ruecas de la barbarie actual. De ese laberinto bárbaro y cruel, el poeta extrae poesía, la belleza de lo terrible y lo terrible de la belleza. He aquí la imagen del que indaga hondo en la desesperación y el desastre y, sin embargo, grita que ha encontrado allí la veta del milagro y la belleza que justifican una vida; que ha podido superar las ruinas y despojos históricos gracias a la osadía de su consumación y a la superación de las mismas. Este diálogo permanente entre horror y belleza, trasgresión y tradición, es uno de los soportes de mi trabajo poético. Mi apuesta estética se dirige ante todo hacia una poesía crítica, pero tal apuesta puede llevarnos a los terrenos del peligro, del extravío, de lo insoportable, de lo excluido. El trabajo alucinante del artista pone en aprietos a los que, por un pensamiento déspota, no aceptan la duda y la crítica que contiene toda creación. El artista está entonces solo con su lenguaje de fuego frente a los apagadores de incendios. Se entiende que no puede salir al afuera sin temer alguna agresión de aquellos que lo odian por escarbar con agujas la horrenda llaga, por soplar fuego en los oídos, poner sal en la taza del café. Su lucidez entonces es salvación y condena, una puerta que lo lleva a vivir en el paraíso del lenguaje y en el infierno del mismo. Allí tal vez esté el horror, su terrible y dolorosa belleza.

No hay mayor ambigüedad y confrontación que esta lucha externa y secreta. La soledad para el poeta es su marca, la solidaridad su desafío. Basta recordar a los que habitaron con este sello bajo luces y tinieblas; a tantos artistas que murieron por pasión a la lucidez ante la perpetua oscuridad de su tiempo. No estaría mal reflexionar en las fatigosas jornadas que el artista transgresor debe soportar por los obstáculos impuestos en su camino. Los tiranos temen a su contagio, los sacerdotes de los nuevos templos huyen de su espíritu contradictor y contradictorio; los creyentes se tapan los oídos ante el seductor y terrible canto. Opuesto a todo lo que obliga a emplear cualquier medio para alcanzar cualquier fin; crítico de todo síntoma de violencia, enemigo del despojo y del irrespeto a la diferencia, el poeta aparece ante los semejantes como la mala conciencia de su tiempo. De esta forma es el extraño, el exiliado. Se atreve a gritar en medio del silencio colectivo; se impone a sí mismo el silencio frente a las voces eufóricas y fanáticas. La lucidez es su guía en medio de los confusos acontecimientos, pero también puede llevarlo a las mazmorras, pues se convierte en un intruso en el baile de los satisfechos. Luz y tiniebla, horror y belleza. Estos son unos de sus tantos desafíos, una aventura a contracorriente.

Tu último libro, Navíos de Caronte, se estructura sobre la experiencia del exilio, algunos de los versos de su última parte, “Exilios”, dicen: Hemos partido de nuestra tierra de sol/…no hemos encontrado paraíso alguno/ sino cuerpos calcinados/…soy extranjero/ sin nombre/ sin ley/ sin luna./ Soy extranjero/ sin lengua/ sin palabras/ Soy extranjero/ sin madre/ sin patria/ sin un árbol que recuerde./ … de un momento a otro todo ha cambiado/…busco mi patria en las patrias de otros/ … mi mano busca la mano de mi madre/ ¿dónde encontrarla?/… pero desde entonces todo ha sido ausencia/… estoy hecho para el recuerdo/ ahora se que no seré feliz/… mi triste y bello país está del otro lado/… te estoy llamando/ y nadie responde”. Más allá de tu experiencia personal, ¿qué exilios nos depara la modernidad? La figura del exiliado político hizo metástasis en la Latinoamérica de la década del `70, a principios del siglo XXI, ¿podemos hablar de un exilio económico que se da incluso puertas adentro de los distintos países latinoamericanos?

Navíos de Caronte es tal vez el intento de registrar los duros exilios que se están dando en un mundo que en un instante globaliza la sociedad con hilos financieros, económicos, políticos, y en otro la divide en solitarias regiones culturales. Homogeneización y fragmentación; unión y desintegración, multiplicación de las distancias y de las desigualdades. El libro expresa la angustia de los emigrantes-inmigrantes que por condiciones económicas, políticas y culturales deben partir hacia otras tierras en busca de posibles paraísos, los cuales, sabemos, son una quimera mundial, un espejismo mediático.

Actualmente, en la llamada por Zygmunt Bauman Modernidad líquida sufrimos de otros exilios, quizá diferentes a los infligidos por las dictaduras de los años sesenta y setenta. Dichas dictaduras, en otras épocas temidas por su brutalidad física y política, son ahora aceptadas con su brutalidad simbólica. Dictaduras con manipulaciones informáticas e imaginarios tele-globalizados por el capitalismo trasnacional; promesas de simuladas felicidades. Estamos bajo el imperio un adoctrinamiento exquisito, donde se domina con mayor “delicadeza” sin que el dominado se de cuenta de ello. A la vez es un mundo de nomadismos, migraciones globales y locales, redes de Internet, masificación del turismo, consumo efusivo, telefonía celular, lo cual hace parte de esta sociedad que no sólo se evapora en el aire como en la clásica sentencia decimonónica, sino que fluye entre redes instantáneas, ubicuas, espontáneas e inmediatas de una sociedad que ya no posee macro utopías ni teleologías trascendentales. Todo se asume con una transitoriedad inmanente, casi trivial, donde lo importante es el movimiento, el flujo, la evacuedad.

El mercado entonces impone sus condiciones: los objetos están fabricados para el picnic diario, pantagruélico, de los consumidores. Sólo reinan por un instante – el instante de su consumo- y luego van rumbo al vertedero, al lado de múltiples excrecencias culturales. Por lo mismo, topamos entonces con búsquedas estéticas sin ninguna teleología teórica ni utópica, despolitizadas e inundadas de discursos permisivos más que subversivos. Como consecuencia, se eleva cualquier cosa, actividad o actitud a categoría de arte, y esto no es más que el triunfo de la estetización masiva gracias a los medios y al mercado.

Estamos en una sociedad de lo “multi” y lo “inter”: multicultura, multimedia, multicambiable, multiétnico, multiespacio, multifacético, multidiseños, multifuncional. Interdisciplinariedad, intertextualidad, internacionalización de la cultura, collage e intercambios, mezclas, bricollages y reciclajes en masa y en red. Es el mundo de lo indefinible, de lo indecible, lo descentrado, lo impreciso, lo disperso, lo inestable, lo discontinuo, de la heterogeneidad calidoscópica, del aparente pluralismo y de una diversidad controlada por los medios y el mercado. En esta sociedad se impone el deber de hacer visible la intimidad y la vida interior. Los límites entre lo público y lo privado se desvanecen gracias al imperativo mediático de las llamadas redes-ciber sociales o exposición de lo personal en presencia telemática, las sensibilidades están aceptando como normal un totalitarismo delicioso, maquillado de libertad individual. Las redes de datos ponen en evidencia dicho maniqueísmo moral. Entonces cada cual trata de ser un buen producto con la garantía de no atentar contra el sistema; un producto consumible y consumidor respetuoso del statu quo, promotor y defensor del mismo. Es una carrera por llegar a ser considerados ciudadanos de primera categoría, es decir, por lograr distinción y reconocimiento.

En la sociedad del mercado, estar visible y vendible en las vitrinas telemáticas y digitales es lo más importante, pues de lo contrario se le extendería al ciudadano su acta de defunción. Este es nuestro nuevo exilio, la nueva forma de ser silenciados. Si no eres consumidor ni consumible no existes. Tu identidad, autoestima, pertenencia y participación social se verán afectadas. Se te catalogará como consumidor malogrado, no apto para tenerte en cuenta ni como producto vendible ni como ciudadano comprador.

He aquí los resultados de la llamada “globalización negativa”. Otra forma de exilio y de aislar a los sujetos. En este engranaje entra la paranoia mediática. Los miedos rondan todos los cuerpos. Miedo a los otros, al afuera, a lo público; miedo a la palabra viva en presente; miedo al debate, es decir, a la desnudez intelectual y espiritual frente al “otro”; miedo al ágora, y refugio en una intimidad fortificada, armada de vigilancia multimediática, arrojada al interior de sí mismo. Es el terrorismo paranoico que sirve a los intereses del capitalismo global. Recalco que estas son otras formas de exilio en la sociedad globalitaria. Más que reales, los miedos son una falacia virtual. La red de temores se organiza desde los medios, el mercado y lo político. La creación de enemigos virtuales –que no reales- les garantiza a los dueños del mundo, poner en guardia a los teleglobalizados contra un “enemigo más temible que Dios” y, por lo tanto, los legitiman y justifican como únicos salvadores y protectores de las plagas.

El miedo crece en las poblaciones de emigrantes e inmigrantes, en los desplazados y refugiados que huyen de las guerras y de sus lugares de origen. En mi poemario Navíos de Caronte he intentado dar testimonio de ello. Su condición de apátridas los convierten en sujetos sin ley, sin nombre, sin hogar, son los sin lugar, los nuevos parias a los que se les impone un ostracismo atroz. Han quedado fuera, sin Estado, sin nación. Solo el olvido los habita, el olvido y el abandono. Son los indeseados, los dignos del botadero. Sospechosos de un delito que no han cometido, se les discrimina y oculta lejos de la vista de los ciudadanos de primera. La exclusión es su destino, la pérdida de humanidad su condición. No solo son extranjeros sino también extraños, incluso enfermos que traen la peste del pobre del tercer y cuarto mundo. El levantamiento de muros reales, culturales y simbólicos, es la “salvación” de la paranoia xenófoba. Los muros de un Estado policial justiciero y castigador nos protegen de los sin ley, sin palabra, sin patria, sin un árbol que recuerden.

 

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“Los poetas no olvidan”, dice otro de tus versos. Y en “La desgracia de la realidad es la gracia de la poesía” sostenés que: “Más allá de olvidar, transforman los recuerdos, los vuelven presencia, murmullo donde antes sólo había silencio. Es la invención de un organismo estético fluyente, impuesto frente a la liquidación atroz que el tiempo y la historia introducen en todas nuestras conquistas. Memoria poética frente a olvido histórico. De allí la importancia que posee el artista para mantener presente la edificación de una cultura y evitar que sus recuerdos sean guillotinados.” ¿Podrías hablarnos de los olvidos históricos que tu poesía intenta rescatar?

Me gustaría proseguir con las tesis que he planteado en aquel ensayo. En él sugiero que “la diversidad cultural contemporánea nos obliga a pensar en la complejidad del mundo como pluralidad y unidad. De allí la necesidad de reflexionar sobre un ambiente heterogéneo donde sea posible concebir una escritura de ideas, o bien, citando a Milán Kundera, una “metáfora que piensa” (…) Allí está el poeta tratando de registrar lo fugaz de una cotidianidad rica en contrastes, como también desteñida y superficial en su desnudez (…) La protección de la memoria tal vez sea el sino del poeta. Su labor riega los surcos de la cultura con vastas y agudas obras que la prolongan, la transforman, la conservan. Pero la memoria del poeta va más allá de nostalgizar lo que fue o pudo ser. Su pulsión está en eternizar el instante inmediato, plenamente vivido como un todo, sea pobre o exuberante. No busca perpetuar tampoco la tradición ni repetir, sin innovación poética, una realidad simple e inmediata. Su ética se lo impediría y, a cambio, le exigiría buscar lo no expresado, hacer visible lo nunca visto, situarse en otras fronteras, superar lo que estandariza la rica variedad de lo existente”.

Siendo consecuente con estos planteamientos, mi trabajo ha tratado de ir en contravía a la “peste del olvido” de la cual sufrimos tanto los latinoamericanos. Así, por ejemplo, en 1992 me surgió la idea de escribir en poesía la historia no oficial de mi ciudad natal Santiago de Cali, y durante algunos años me impuse el reto de internarme en su microhistoria. De esta manera, fui indagando en secretos y empolvados archivos, en revistas y papeles, las leyendas olvidadas por la historia nacional o regional. Su resultado fue el poemario Tierra de sol (Premio de poesía Jorge Isaacs, 2003). No tergiversé en lo sustancial una memoria colectiva, excluida y olvidada. El primer poema se sitúa unos días antes de la fundación de la ciudad (julio 25 de 1536), y termina en el 2001. Fue un intenso, amoroso trabajo de muchos años, pues esa ciudad hace parte de mi imaginario personal, familiar y comunitario. Lo mismo he intentado hacer en el poemario Navíos de Caronte, donde peleo contra el olvido mundial de aquel sufrimiento esperanzado de los emigrantes-inmigrantes que parten en busca de mejores soles.

Otros versos de Dios se ha fatigado: Es frío el mundo. / ¿Qué desierto es éste donde vine a posar mis pies? / ¿A qué arena de circo me han traído? / Ah país, la herida que me has dejado / la sangre que te robas / la pasión que no mereces. ¿Cómo ves la situación actual de Colombia?

Voy a contestar tu pregunta con un artículo de reciente publicación. En él planteo que Colombia vive una involución terrible y preocupante, cuya consecuencia es el destierro de los pocos cogollos que sembró nuestra modernidad a medias e incipiente. La hegemonía conservadora, de ideología hispano-católica, moralista y tradicional del siglo XIX se está instalando lentamente de nuevo en la Colombia del siglo XXI, es decir, se ha perpetuado al país del voraz centralismo cultural y político, al de la eterna discriminación excluyente; al país de burócratas y oportunistas, al país tradicionalista y terrateniente que admira y entroniza la imagen de un padre fuerte y protector; la nación súper-clasista e intolerante, del cinismo amoral.

La involución del país es evidente: los imaginarios retardatarios de una política corrupta son, hoy en día, tan agresivos como lo fueron hace sesenta años. Los mismos métodos paranoicos y de censura mediática a cualquier síntoma de oposición al establecimiento; la misma prensa patriarcal gobiernista, el destierro de toda independencia informativa.

La Colombia que vivimos, dominada por una iconografía de finqueros y caballistas, de hacendados y narcotraficantes, es la Colombia que entroniza la figura del patriarca guerrero, vivaracho, audaz, pragmático, de mano fuerte y corazón blando; la que promociona la cultura de la idiocia mediática, de la ridiculez y del espectáculo masivo de la muerte, pero ignora la cultura viva popular, a sus más importantes artistas, escritores, intelectuales, y desprecia la importancia de una educación con pedagogía crítica y creativa. Bajo el peso atmosférico de una Colombia antimoderna, que ha vuelto fetiche de culto la figura del jefe de gobierno, la idea de construir escenarios de inclusión democrática se revierte en pesadilla. Declarada la guerra a todo proyecto de pensamiento innovador, se proclama así, un no a los pensadores, un sí a los colaboradores; un no a la autonomía del pensamiento.

Como consecuencia de esta prolongada cultura Conservadora, hemos asumido la mentira, la trampa, el cinismo y el tiro al blanco como deportes nacionales. Estos son algunos de nuestros actuales imaginarios. La mentira, la trampa, el cinismo y el tiro al blanco fueron progresivamente impuestos por un país que obstaculizó la entrada de la democracia moderna e impidió la instalación de un verdadero Estado de Derecho participativo. Se ignoró a un sistema democrático donde no existiera paranoia ante la diferencia, ni peligro alguno para el opositor y el disidente. Cuando, desde el siglo XIX, se cerraron las posibilidades a los proyectos liberadores, expansivos, de emancipación, renovación e inclusión, una buena parte de la población quedó en el vacío. Sólo a través de la búsqueda de otras oportunidades -nada legales- esa buena parte logró ser escuchada. Entonces, la trampa, la simulación, la mentira, el cinismo y el asesinato ocuparon el podium de nuestra historia. El naufragio cultural se hizo inminente. Ahora, entre el sectarismo guerrerista -de izquierda y de derecha-; entre la legitimidad del astuto y del tramposo; bajo la presión del autoritarismo supremo del ejecutivo; inundados de un lenguaje militarista, policivo y de batalla; víctimas del miedo ante cualquier manifestación de libre pensamiento, y sobre los restos de cadáveres y mutilados, no hemos podido superar al país clerical, intolerante, leguleyo, fanático y presidencialista.

 

fajardo

En tu ensayo “La virtualización social del poeta”, decís que la virtualización del poeta podría generar poéticas renovadoras. “Se podría pensar que estamos ante el fin de un tipo de poesía y el inicio de una poética que aprovecha otros lenguajes, otros ámbitos en su creación. (…) No debe entenderse esto como relajación del rigor y del trabajo intenso y pulsional del poema —sea en el formato que fuere—, sino búsqueda de calidad estético-poética ante todo; rechazo a la trivialidad ligera y banal de la obra de arte. Integración, fusión, mezcla, flujo por todos los medios posibles, nomadismo iluminado y propositivo, posición analítica en el poeta bricoleur, performer, digital, visual, objetual, concreto, plástico, etc., todo con una liberalidad absoluta unida, eso sí, a una actitud crítica y de rigor poético.” Si es cierto que la poesía atraviesa una de sus crisis más profundas y que bien podríamos estar ante el fin de la poesía moderna, ¿cómo deberíamos abordar ese fin y el consecuente comienzo de otra poesía? ¿Se trata realmente de “otra poesía”?

Trazaré algunas tesis: la poesía asume las mutaciones, las asimila, está en la encrucijada con sus poros abiertos como esponja. Está en el mar de las transformaciones pero se impone sus propios cambios, integra géneros, se enriquece con las sensaciones novedosas de su época. En mi libro Estéticas y sensibilidades posmodernas (Méjico, 2005), he planteado que en los últimos años nos hemos familiarizado con la cibercultura y con una revolución microelectrónica que está cambiando infinidad de categorías estéticas. Interesante observar cómo en los encuentros y festivales de poesía se le está dando especial participación y escucha a estas nuevas formas de exploración poéticas, las cuales más que analizarlas con un moralismo tecnofóbico, requieren acercarse a ellas rescatando las posibilidades de los diferentes lenguajes que en el fondo proponen los ciberpoetas. Ni apocalíptico ni integrado quiero ser al realizar una aproximación a estas tendencias tecno-imaginativas; ni conciliador ni radicalmente resistente, sólo expectante, asumiendo la vigilancia con ojos críticos, pues si algo poseen estas iconosferas es su capacidad de seducción y embrujo.

La poesía de la globalización forma parte de toda esta gama de cultura audiovisual y se integra a la fotografía, al cine, las ilustraciones informáticas, a las páginas web, a revistas digitales, a hipertextos, etc. Los poetas actuales, educados y casi alfabetizados por la cultura mediática, se han nutrido de la exaltación de la imagen; su modo de sentir y percibir es audiovisual. Poesía y tecno-imaginación; poesía de procesos multimediáticos (palabra, sonido, expresión, movimiento, duración) imponiéndose el zapping hipertextual como medio para elaborar la obra de arte.

En ese mismo libro, adelanto la tesis de que los ciberpoetas actuales están captando una telépolis transnacional y que su percepción se procesa en red, construyendo el sueño de estar en todas partes y en ninguna. Poetas de un mundo desgravitado y telepresencial. La tecno-virtualidad y la tele-globalización están produciendo unas poéticas que no habíamos ni siquiera sospechado. Flujo, aceleración, velocidad, posibilitan que hablar desde la percepción del objeto real – que tanto nos dijeron los antiguos y modernos – se comience a escuchar como algo extraño. ¿No se estará gestando una poética con sensaciones virtuales y percepciones telemáticas en red? La virtualización del mundo, aceptada por el colectivo, hace parte de la cotidianidad del ciberpoeta contemporáneo. Poetas en línea construyendo metáforas sobre el ciberespacio y los ordenadores. Habrá que esperar algún tiempo para que estos nuevos lenguajes y procesos poéticos se afiancen y superen al actual pragmatismo meramente instrumental y técnico de Internet, y que se propongan poéticas renovadoras.

Los poetas actuales, y más en el futuro, están generando una poesía en multimedia, creando imágenes volátiles, veloces, donde el zapping es un deber ser para su lecto-escritura. Poeta collage, poesía en bricolage. Poesía de lo inmediato, de la memoria instantánea global; poesía del acontecimiento telepresencial donde tal vez no se desea permanecer en la memoria histórica, sino en la memoria fugaz de las redes blandas. Para el ciberpoeta, la trascendencia de sus textos está marcada por lo que puedan perdurar en la red. La memoria aquí muta de significado: es una memoria inmediata, heterodoxa, simultánea, ubicua, contraria a la memoria grávida, crítica, que construyó los conceptos de “actor social”, “necesidad histórica” y “heroísmo histórico”, tan caros a los siglos XIX y XX.

Ante este cambio de paradigma en el que estamos inmersos y al cual hacés referencia en varios de tus textos, ¿en qué lugar te ubicás vos como poeta?

Mantengo una actitud de confrontación y aprovechamiento: estar tanto adentro de la cultura mediática y del mercado como en la periferia de la misma. En el adentro como crítico no conciliador; en la periferia como sujeto reflexivo, combativo, resistente, no escapista. Estar adentro y afuera. Estrategia del caballo de Troya ante los mecanismos de autoridad y de conservación. Ello significa aislamiento y solidaridad, fortaleza y vulnerabilidad, seguridad y riesgo.

Pero tomar este riesgo intelectual es asumir la contienda y el debate como fuerzas que motivan para seguir creciendo y pensando al filo de las navajas. Contienda contra los esquemas sectarios y discriminatorios que no aceptan la alteridad ni la diferencia. De esta manera, la sensibilidad expectante del poeta crítico es compleja: es consciente de que hace parte de la tradición moderna, pero a la vez crítica dicha tradición. Asimilación y rechazo. El enfrentamiento es indisoluble de su existencia, es su sello y condición. El arte se asume como estremecimiento. Sacudir un orden, una costumbre, estar en contra de algo, asumir lo real siempre como un problema, una inquietante pregunta sin respuesta alguna. He allí el dilema y los peligros de un arte de confrontación, el cual se observa no como mero acompañamiento, sino como destrucción y renovación, insurrección y sublevación, desgarramiento y despojo. He allí también el riesgo de crear al filo de cuchillos, en los extremos límites, como muriendo.

El aislamiento, el ostracismo son sus consecuencias; la libertad y autonomía sus ganancias. Los abismos se abren ante el que funda una obra desde su fondo y va al fondo. Abismo y padecimiento total por enfrentar lo sacro y lo intocable; por levantar su voz ante los altares de lo endiosado; por hablar en voz alta en las ceremonias horrendas de los verdugos.

Tal es mi actitud ética, una actitud de escéptico y dubitativo, la cual dialoga con el nihilismo combativo en medio de las ruinas de una civilización enferma, sarcástica y cínica. Es mi reto, y quizá el resultado de un desafío.

 

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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