Siempre es un placer reencontrarse con los buenos amigos y, para muchos de nosotros Kundera ha pasado a ser un amigo entrañable, uno del que llevábamos tiempo sin noticias. Tusquets Editores pone fin a este silencio acercándonos esta nueva colección de ensayos en los que el autor checo retoma sus “viejos temas existenciales y estéticos”. A continuación reproducimos un brevísimo fragmento del libro con la intención de incentivar a nuestros lectores ya iniciados a retomar el diálogo con el viejo maestro o, por qué no, presentar al autor de La insoportable levedad del ser a una nueva generación de lectores. Agradecemos a la señorita Paola Lucantis.

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Olvido de Schőnberg

Uno o dos años después de la guerra, me encontré, aún adolescente, con una pareja judía, unos cinco años mayor que yo; habían pasado su juventud en Terezin y, después, en otro campo de concentración. Me sentí intimidado por su destino, que me superaba. Mi inco­modidad les irritó: «¡Basta, basta ya!», y me hicieron comprender con insistencia que la existencia allá, con sus llantos y sus bromas, con su horror y su ternura, reproducía todo el abanico de vivencias de la vida en general. Por amor a su propia vida se protegían con­tra la tentación de verse convertidos en leyenda, en estatuas de la desgracia, en documentos del libro negro del nazismo. Los perdí de vista para siempre, pero nun­ca olvidé lo que trataron de hacerme comprender.

Terezín, en checo; Theresienstadt, en alemán. Una ciudad convertida en gueto que los nazis utilizaron como escaparate, donde dejaban vivir a los detenidos de un modo relativamente civilizado para poder expo­nerlos a los tontorrones de la Cruz Roja Internacional. Allí había reunidos judíos de Europa central, sobre todo de la región austrocheca; entre ellos, muchos in­telectuales, compositores, escritores, de la gran genera­ción que había vivido bajo la luz de Freud, de Mahler, de Janáček, de la escuela vienesa de Schőnberg y del estructuralismo praguense.

No se hacían ilusiones: vivían en la antecámara de la muerte; la propaganda nazi exhibía su vida cultural como coartada; ¿deberían por eso haber rechazado esta precaria y dolorosa libertad? Su respuesta fue clara y rotunda. Sus creaciones, sus exposiciones, sus con­ciertos, sus amores, todo el abanico de su vida adqui­ría una importancia incomparablemente mayor que la macabra comedia de sus carceleros. Éste fue su desa­fío. Su actividad intelectual y artística nos deja perple­jos hoy en día; no pienso tan sólo en las obras que con­siguieron crear (¡pienso en los compositores! ¡En Pavel Haas, discípulo de Janáček, quien me había enseñado en mi infancia composición musical! ¡Y en Hans Krása y en Gideon Klein! ¡Y en Ancerl, que se convirtió des­pués de la guerra en uno de los más importantes di­rectores de orquesta de Europa!), sino tal vez aún más en esa sed de cultura que, en esas espantosas condicio­nes, se apoderó de toda la comunidad terezina.

¿Qué representaba el arte para ellos? La manera de mantener desplegado todo el abanico de sentimientos y reflexiones con el fin de que la vida no se redujera a la única dimensión del horror. ¿Y para los artistas detenidos allá? Veían su destino personal confundirse con el del arte moderno, el arte tachado de «degenerado», el arte perseguido, objeto de burla, condenado a muerte. Observo un cartel que anuncia un concier­to en el Terezin de la época: en el programa figuran Mahler, Zemlinsky, Schőnberg, Haba. Bajo la vigilan­cia de los verdugos, los condenados interpretan una música condenada.

Pienso en los últimos años del siglo pasado. La memoria, el deber de la memoria, el trabajo de la me­moria, eran entonces las palabras-bandera. Conside­rábamos un acto de honor perseguir los crímenes po­líticos del pasado hasta sus sombras, hasta las últimas manchas mugrientas. No obstante, esa memoria muy particular, incriminadora, presta siempre a un rápido castigo, no tenía nada en común con la que tan apa­sionadamente defendían aquellos judíos de Terezin, a quienes les importaba un pepino la inmortalidad de sus torturadores y hacían todo lo posible para conser­var en la memoria a Mahler y a Schőnberg.

Un día, hablando de este asunto, le pregunté a un amigo: «… ¿conoces Un superviviente de Varsovia?». «¿Un superviviente? ¿Cuál?» No sabía de qué le ha­blaba. Sin embargo, Un superviviente de Varsovia (Ein ÜberJebender aus Warschau), un oratorio de Arnold Schőnberg, es el mayor monumento que la música haya dedicado al Holocausto. Toda la esencia existencial del drama de los judíos del siglo xx está concentrada en él. En toda su espantosa grandeza. En toda su horrenda belleza. Luchamos para que no se olvide a los asesinos. Pero hemos olvidado a Schőnberg.

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Milan Kundera

 

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