De manera injusta la literatura de Tabarovsky es menos reconocida que su labor de ensayista, de editor o de columnista, sin embargo es, sin lugar a dudas, una de las plumas más interesantes de su generación y Autobiografía médica es un buen ejemplo de ello. Su ojo lúcido sobre las complejidades de la vida moderna y la comicidad trágica en la narración de los acontecimientos convierten, éste último trabajo, en otra en otra cara, más pulida, de la moneda que arrojara Pola Oloixarac con sus Teorías Salvajes.

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Capítulo 1

Era una tarde ventosa, muy ventosa. No corría una gota de aire. De repente, una frase de John Donne: «Variable, y por consiguiente desdichada, es la condición del hombre; en este minuto estaba bien, y en este minuto estoy enfermo». ¿De dónde había venido esa frase? ¿De qué lugar? Imposible saberlo. De la mente de Dami seguro que no. Dami jamás había escuchado hablar de John Donne, poco le importaba la poesía y, sobre todo, gozaba de excelente salud. Era un toro. Un potrillo. Un hombre con hache mayúscula. Los cambios imprevistos le eran ajenos, no conocía la cicloti­mia, el malestar repentino, los humores del cuerpo. Para Dami la neurosis era algo que ocurría sólo en Palermo Viejo (todavía no podía saberlo, pero años después terminó haciendo terapia en un consultorio de la calle Charcas con vista a plaza Freud). Entretanto, el viento terminó de hacer su trabajo: la frase de Donne había volado de su mente, de una mente en la que nunca había estado; había volado como se vuelan las sombrillas en la playa al atardecer, de manera un poco espástica, trastabillando, a los tumbos, como una leve ridiculez; pero a la vez de manera definitiva,

irreversible, terminal (también se podría decir que la frase había desaparecido, pero esta palabra en Argentina tiene connotaciones en las que mejor no adentrarse). Caminaba Dami entre el viento, el viento de esa tarde, de cualquier tarde, de todas las tardes. Caminaba hasta el Fiat 1. Abre la puerta del Fiat, sube al auto, se sienta, saca la llave del bolsi­llo trasero del pantalón, prende el auto. Viaja Dami hacia un gran acontecimiento: sacar el registro de conducir. En realidad, Dami manejaba desde los catorce años, su padre le había enseñado en unas vacaciones en San Clemente entre calles de arena, cunetas embarradas y huellas de cuatriciclos a gasoil. Pero nunca había hecho el trámite, nunca había pa­sado el examen. Por lo tanto la situación presentaba la si­guiente paradoja: como sabía manejar, iba a sacar el registro conduciendo su propio auto. Pero como no tenía regis­tro, estaba conduciendo en infracción. Así, para ponerse dentro de la ley, tenía primero que violarla (en realidad, más que una paradoja la situación se parecía a un silogismo, una simple regla de tres, el orden inexorable de la lógica natural, el más positivista de los razonamientos; la verdad última del lazo social). Llega Dami al examen. El examen consta de tres momentos. El primero, el examen propia­mente dicho de conducir. El segundo, una clase de cuarenta y cinco minutos acerca de las grandes verdades del tránsito. El tercero, un breve examen de la vista, una revisación de rutina. Aprueba Dami sin dificultades el punto uno. Luego escucha atentamente el punto dos. Finalmente se acerca al oculista. El oculista tiene unos cuarenta y cinco años, es ca­noso, usa anteojos (parece una ironía, pero no lo es). Le pide que mire un panel con letras y que las mencione; Dami lo hace sin problemas. «Bueno, amigo, ya puede irse, está todo bien,» «Gracias, doctor», responde Dami, mientras piensa: «¿Los oculistas son médicos o es una carrera aparte?», y mien­tras piensa en eso, el oculista agrega: «Ah, me olvidaba; fal­ta un test, es apenas algo de un minuto», Imposible para él saberlo (obvio: Dami era sociólogo, no oftalmólogo), pero estaba por enfrentarse al test de Ishihara. El test de Ishihara es un método cuyo principio reside en el reconocimiento de números o figuras geométricas hechas por pequeños pun­tos y se utiliza para detectar anomalías, en particular diver­sas formas de daltonismo. Este test es de una gran fiabilidad, muy superior a otros como el test de Farnsworth, las cartas seudocromáticas o el anomalascopio. El test lleva el nom­bre de su inventor, un extraordinario científico japonés hoy algo olvidado. Como suele ocurrir con las grandes obras, éstas muchas veces triunfan de manera tan abrumadora que envían al olvido a su autor. ¿Quién es el autor del Ave María, la música religiosa más celestial? ¿Quién dijo: «El co­razón sabe de razones que la razón desconoce»? ¿Y quién inventó la dirección hidráulica? Poco importa, sólo perdu­ra la obra, ese resto de trascendencia eterna. Sin embargo Ishihara, en su tiempo (1879-1963) fue titular de la cátedra de clínica del ojo en la Universidad Imperial de Tokio (en 1940 fue declarado profesor honorario) y autor de más de cien trabajos académicos de primer nivel, entre ellos el test que lleva su nombre. El test: una pavada. Una pavada para cualquiera, claro está, ¿pero también para Dami? De repen­te el tiempo se volvió eterno, millones de microsegundos flotaban por el aire en cámara lenta, como en una especie de ralentí fraccionado; ningún reloj marcaba ninguna hora, ninguna historia se engendraba en ese momento, ningún lapso hacía su entrada; todo ocurría como si el ca­lendario hubiera perimido, el calendario occidental, el ju­deocristiano, el ortodoxo ruso, pero también los calenda­rios antiquísimos, el maya, el azteca, el inca, el chino, el reloj solar de las pirámides egipcias. «¿Qué número ve?» Dami titubea y arriesga: «… Un… ¿Dos?». «Ajá…» Ajá, eso fue todo lo que dijo el oculista. Otra vez el silencio. El tiem­po que no transcurre, etc., etc., etc. «Ajá, ¿qué?» inquirió Dami. «Bueno, en realidad no es un dos, sino un cinco.» «Ajá» (es increíble, pero en cuestión de segundos los roles lingüísticos se habían invertido). «El test de Ishihara es infa­lible en la búsqueda de anomalías visuales. Usted tiene una enfermedad que se llama dicromatismo, un tipo liviano de daltonismo.» «¿…?» «Es muy sencillo: en la lámina, las per­sonas normales ven el número correcto, el cinco; mientras que los dicromáticos ven el dos. Es infalible.» «¿. . . ?» «Le voy a dar el registro por sólo dos años.» «¿. . . ?» No hace falta acla­rarlo, pero Dami se había quedado sin palabras. Pensó: «Di­cromatismo, pero ¿qué es el dicromatismo?». El dicromatis­mo es la visión de color anómala, en que cualquier color puede igualarse a la mezcla de dos primarios. El espectro se ve como dos colores separados por una cinta acromática (punto neutro). Quien quiera profundizar en el tema po­drá ver (¡qué chiste fácil!) que hay tres clases de dicromatis­mo: protanopía, tritanopía y deuteranopía. Esta última va­riedad era el mal que lo aquejaba. Se trata de un caso de dicromatismo con una luminosidad relativa espectral muy parecida a la de la visión normal, pero en el que se confun­den el rojo y el verde. En el espectro, el deuteranope sólo ve dos colores primarios. Las largas longitudes de onda (verde, amarillo, naranja, rojo) las ve amarillas, y las cortas longi­tudes (azul y violeta) las ve azules. Estas tonalidades se van debilitando desde los extremos al centro hasta llegar a un punto neutro, sin color. Una profunda depresión sacudió su rostro. Volvía en el Fiat 1, con el registro en la mano (¡por dos años y no por diez!), y todo le parecía confuso, raro, ex­traño; como si los árboles no fueran verdes, el rojo del semáforo no fuese rojo, el blanco de los dientes no fuera más blanco. Exageraba, claro, pero así se comportan los depri­midos (los depresivos son francamente insoportables). El dicromatismo podría ser vivido como una nadería, una si­tuación risueña, un hecho menor; el propio relato de los hechos tenía todo para convertirse en anécdota; uno se imagina un buen contador de chistes, un narrador de his­torias, un Juan Verdaguer, un Víctor Hugo Morales, un Juan Perón, contando lo sucedido: se harían un picnic; todo se prestaba para la hipérbole, para el absurdo, para el lucimiento del relato oral, para el «¡No sabés lo que me pasó a mí una vez.. .!». Pero Dami no. En él no ocurría nada de eso. La enfermedad, el más leve síntoma, lo abatía sin retor­no, lo arrojaba a las zonas oscuras de la neurosis, al rictus de la sonrisa muerta. Empezó a ponerse nervioso. Le latía leve­mente el ojo izquierdo y tenía ganas de ir al baño. Muchas ganas de ir al baño. Para el auto, entra a un bar, hace pis, sale del bar, sube al auto, arranca. A las dos cuadras vuelve a te­ner ganas de ir al baño. La escena se repite. Así funciona la neurosis: una escena repetida, repetida, repetida (es curio­so, lo contrario de la neurosis es la digresión, aunque pocos se dan cuenta). Tenía que calmarse. Decidió llevar a cabo un ejercicio de control mental que siempre le daba resulta­dos: armar una lista. El listado de cosas (los diez mejores go­les que vio en su vida, diez canciones que comienzan con a, las diez chicas con las que le gustaría coger; esa lista muchas veces se desdoblaba en: incluyendo actrices y modelos ex­tranjeras; sólo nacionales; de los años setenta, de los ochenta, de los noventa, etc.) era una actividad que le vaciaba la mente, que lo predisponía a retomar el ritmo normal. Pen­só, pensó, pensó y halló: «diez profesiones que un dicromá­tico no puede ejercer». No cabe duda, esta vez estaba en serio atrapado por la neurosis. «Control de tráfico aéreo, ma­rina mercante, inspector aduanero, bombero, fotógrafo, cartógrafo, químico, policía, colectivero, pintor oficial de alguna corte real.» Termina la lista y en ese momento el se­máforo se pone rojo, es decir, verde. Arranca. De repente, de manera imprevista, el tema desaparece de su mente, de sus preocupaciones. El brusco cambio de humor tenía, no obstante, alguna coherencia. ¿De qué tenía que preocuparse Dami? Policía es la última profesión en el mundo que quisiera ejercer. Colectivero, la anteúltima. Las otras ocho tampoco tenían demasiada razón de ser; pintor de la corte real, quizás, pero Dami nunca fue bueno para las activida­des plásticas. No, no había nada allí que pudiera interesarle. Frena nuevamente en otro semáforo (es increíble lo bien que andan los semáforos desde el gobierno de Ibarra). Arranca y, en ese momento, de nuevo le vienen los pensa­mientos. Ahora en clave melancólica: «¿Qué importa que no haya trabajado nunca de esas cosas, que no haya nunca tenido el deseo de trabajar de algo así? El dicromatismo obtura esa posibilidad, impide pensar en términos hipotéti­cos. ¿Por qué resignarme a ser lo que soy? ¿Por qué no pen­sar que puedo tener un horizonte abierto de oportunida­des?». Estaba entrando Dami en una fase melancólica, la fase de la pérdida; pérdida no por el presente, por el ahora, por el instante; tampoco pérdida por el futuro, por las proba­bilidades abortadas, por el avenir sin certezas, sino la pérdida entendida como condición de posibilidad, pérdida por lo que pudo ser y no fue; por lo que pudo ser sin siquiera estar enterado (quizás estuvo a punto de ser despachante de aduana y nunca se enteró), por lo que pudo haber pasado y no pasó. Hay un número de la revista francesa LiBnes acer­ca de la pregunta por el «deseo de revolución». Responden más de treinta ensayistas, como Virilio, Enzo Traverso, Rou­dinesco, Balibar; todos dan su punto de vista sobre la posi­bilidad y el sentido de revolución en el presente (la revista es de 2001); pero hay uno de los entrevistados, Jean-Luc Nancy, que invierte la cuestión. Luego de una brillante argumentación (que no viene al caso ahora), concluye: «De lo que se desprende que «revolución» no es realmente el problema de la pregunta, sino «deseo»». Algo similar expe­rimentaba Dami: la inversión de los términos. No un desasosiego por un presente desdichado, por un futuro oscuro, sino la desdicha por un pasado que pudo haber sido y no fue, porque el pasado haya sido de una manera y no de otra, de esta precisa manera y no de las muchas otras posibilidades; el pasado como futuro anterior (dicho sea de paso, la analo­gía con la filosofía de Nancy tiene algo de tirado de los pelos, pero teniendo en cuenta que todo eso le pasaba mientras manejaba un Fiat 1 al que le agarraban todos los semáforos, tampoco se podía esperar mucho más). Es curioso, pero entre un pensamiento y otro, entre semáforo y semáforo, la carga de pensamientos melancólicos se había evaporado, la neurosis iba en disminución hasta el punto de no hacerse ya presente. Se había ido. ¿Qué había pasado? Se había dado cuenta de algo sencillo: era sociólogo, no químico o con­trolador de tráfico aéreo. Si había llegado a esa edad sin ser otra cosa que sociólogo implicaba que nunca había tenido el deseo o la voluntad de llegar a ser cartógrafo o bombero. Estaba por llegar, en cambio, al trabajo; un destino sin rele­vancia pero al mismo tiempo, como dice el refrán, es lo que hay. Lo que hay: sociólogo en la consultora MG, especiali­zada en medios de comunicación. Eso era Dami, analista de cuentas en una consultora con oficinas en la calle Viamon­te, con vista al teatro Colón. La consultora se ocupaba de varios ítems: análisis de discurso y estrategias discursivas para empresas, corporaciones o políticos; rediseño de me­dios de comunicación, asesoría de imagen, investigaciones cuantitativas y cualitativas de opinión pública, redacción de briefs para campañas publicitarias, comunicación inter­na de grandes empresas (incluyendo la redacción y armado del house organ), más un nuevo proyecto en etapa prepara­toria: un observatorio de tendencias socioculturales de mediano plazo. Esta idea no era mala, al contrario, funcio­naba con gran éxito en países como Francia, Italia y Estados Unidos. Se trataba de tomar un tema, por ejemplo, el cui­dado del cuerpo. Con ese recorte preciso se iniciaban una serie de investigaciones cuantitativas (encuestas) y cualita­tivas (focus group) tendentes a describir los distintos imaginarios sobre el tema: qué significa el cuidado del cuerpo se­gún los diferentes niveles socioeconómicos, según sexo y edad; qué relación hay entre cuerpo, salud y bienestar; la explosión de los productos light, la articulación entre cuer­po natural y cirugía plástica, el tema del cuerpo y el tiempo libre; la relación entre cuerpo e indumentaria (el cuerpo como percha que porta moda versus el cuerpo como máqui­na que usa ropa). Con todos esos datos, MG está en condi­ciones de vender esa información (completa o segmentada) a diferentes clientes: desde empresas de yogur a marcas de ropa, pasando por hoteles de cinco estrellas y canales de te­levisión. A lo largo del año, el observatorio trabajaría sobre dos o tres temas, y debería tener, para ser rentable, unos cuatro o cinco clientes; algo posible a mediano plazo. Pero todavía no era el momento. El proyecto aún estaba en eta­pa embrionaria, su lanzamiento estaba previsto para dentro de un año. Dami tenía muchas expectativas puestas en el observatorio, sentía íntimamente que él podía llegar a diri­gido o, al menos, ser el número dos. Ése podía llegar a ser su salto, el camino al progreso. Mientras tanto trabajaba en MG por un sueldo discreto, aunque con algunos mínimos beneficios: llegaba al mediodía y, sobre todo, no tenía que usar saco y corbata. Dami detesta el saco y la corbata y más que nada los zapatos; los zapatos en cualquiera de sus for­mas (mocasines, con cordones, botas cortas, con hebillas) encarnaban para él la imagen misma del fracaso en la vida; esa gente que viaja en subte día tras día, pantalón de hilo gris con zapatos marrones, medias irremediablemente ne­gras y camisas de algodón duro; la gente que mira el pro­nóstico del tiempo, esa gente real, the real people; de esa gente huía Dami como de la peste. ¿Pero hacia dónde huía? Él no usaba zapatos, sino zapatillas Nike, un par de Nike Cortez, unos Levi’s 501, una remera con alguna inscripción (ese día tenía puesta una de Kiss); solía no peinarse, afeitarse de vez en cuando, y fumar cigarrillos negros. ¿Eso lo hacía tan di­ferente? Alcanzaba con raspar un poquito, para ver que todo en él era pura impostura, no había nada debajo. Inclu­so su famosa inteligencia (su primer recuerdo es el de una maestra de jardín de infantes diciéndole «¡Qué inteligente que sos!») no era más que una rara forma de adaptación hi­perveloz. No era inteligente, era rápido, tan rápido que pa­recía inteligente. Tenía la capacidad de llegar a conclusiones en tiempos mínimos, entendía el final de una argumenta­ción cuando el disertante recién iba por la mitad, tenía siem­pre una buena respuesta a boca de jarro. ¿Eso lo hacía inte­ligente? En todo caso, se podía decir de él que era intuitivo. Su inteligencia: la intuición en cámara rápida. Si el arte de la inteligencia se encarnaba en él de alguna forma, ésta era la de la conversión del defecto en virtud. Por ejemplo: era insomne, tardaba horas y horas en conciliar el sueño, pero en lugar de expresar el sufrimiento por esa situación, lo daba vuelta, lo invertía, y hacía del insomnio una filosofía. Blanchot: «Dormir mal es, justamente, no poder encontrar su propia posición. La gente que duerme mal siempre pare­ce más o menos culpable: ¿qué hacen? Hacen la noche pre­sente». Frasecitas como éstas y otras, rápidamente lo lleva­ban al desfiladero de lo binario: de un lado, Dami y los que son como él, los que hacen del insomnio una forma de no encontrar su lugar en el mundo, es decir, los que se vuelven intransigentes al mundo, al mundo entendido como ellu­gar del poder, del abuso de poder, de la técnica deshumani­zada, del capitalismo salvaje; en un mundo como ése, no encontrar su lugar es algo bueno, un elogio, un rasgo ético; y del otro los demás, los que duermen de noche, los con­vencionales, los cómplices del mundo. El dolor del insom­nio transformado en una forma de resistencia (se podrían dar muchos otros ejemplos de este tipo de mecanismo, pero no vienen al caso). De repente, un pensamiento: «Na­die tiene que enterarse de mi enfermedad». ¿Qué enferme­dad? El dicromatismo, claro. Pero ¿qué era el dicromatismo? ¿Una enfermedad? ¿Una lesión? ¿Un defecto? ¿Las tres cosas a la vez? ¿Una enfermedad que también es un defecto? ¿Una lesión que es también enfermedad? ¿Una lesión defectuosa? Poco le importaba, lo importante era que nadie se enterase de lo que le ocurría. Tenía que mantenerlo en secreto. Re­cordó un viejo chiste de infancia: «¿Dónde esconder un ele­fante en la calle Florida? En el medio de otros cien elefan­tes». Algo similar ocurría con el dicromatismo y las otras formas -acentuadas o livianas- de daltonismo: se estima que un ocho por ciento de los varones, y menos de un uno por ciento de las mujeres, tienen cierta dificultad con la vi­sión de color. Podría ser uno de ellos, de esa multitud, y na­die se daría cuenta del defecto. Pero rápidamente desistió: ocho por ciento no era una cifra muy alta; de hecho, en la consultora nadie tenía dicromatismo ni ningún otro rasgo patológico en la visión. Volvió entonces al plan original, que nadie se dé cuenta. Nadie sobre todo en la consultora. Algo era evidente: Dami tenía pretensiones de hacer carre­ra en el mundo de la sociología de mercado -en particular en MG- y en un ámbito tan competitivo como ése, cual­quier problema podría jugarle en contra. Había varias cosas en MG que, al principio, le llamaban la atención. Por ejem­plo, que el gerente general (el cargo más alto debajo del dueño) nunca daba información precisa sobre las fechas de sus vacaciones. Cuando le preguntaban por ese tema, daba respuestas vagas, poco consistentes, del tipo: «Puede ser una semanita en febrero, o que me tome algunos días de enero». Durante un tiempo Dami pensó que se trataba de una es­trategia, más bien burda, para controlar al personal. El ge­rente general podía volver en cualquier momento, sin avi­sar, por sorpresa, y con ese mecanismo tener a toda la tropa en alerta permanente, en estado de duda eterna (<<¿Vuelve hoyo vuelve mañana?»); un modo sencillo de reafirmar su autoridad (<<A la vuelta de mis vacaciones los quiero a todos acá.» «Pero ¿cuándo son sus vacaciones?»). Con el tiempo Dami se dio cuenta de que las cosas eran más complejas, o mejor dicho: igualmente burdas, pero más complejas (así funciona la vida moderna; transformando lo burdo en complejo y lo complejo en burdo, reinscribiendo lo uno en lo otro, hasta que todo se vuelve complejo, es decir, burdo). En realidad, lo que Dami comprendió es que las dudas sobre las vacaciones del gerente general no eran sólo una forma light de sembrar el terror entre los empleados (aunque también lo era), no eran sólo una manera de rea­firmar su autoridad; mucho menos eran un caso de despis­te, desatención o ingenuidad (un gerente general no es un colgado), ni tampoco un olvido menor; lo que compren­dió cabalmente Dami es que las dudas sobre las fechas de las vacaciones del gerente general eran lisa y llanamente una información. Una información clave: en MG Y en cualquier consultora, poseer la información es siempre clave. En una empresa la información es un material tan valioso y raro como el papel higiénico en un baño público (ahora en al­gunos shoppings están poniendo cambiadores de bebés en los baños de hombres, ya no es tan machista como antes, pare­cen haber registrado que está lleno de papás divorciados o no, que salen de compras con sus hijos pequeños; aun­que en verdad esto no tiene demasiado que ver con el papel higiénico). Décio Pignatari: «La idea de información va siempre ligada a la idea de selección y preferencia. Información se refiere aquí a «cuánta información». Sólo puede ha­ber información donde hay duda, y duda implica la exis­tencia de alternativas». En un instante, o en menos, en un microinstante, comprendió Dami que el dicromatismo no era una enfermedad, era una información. O mejor dicho: lo que para él era una enfermedad, para los demás era una información, un dato, puro valor de cambio. «Nadie se tie­ne que enterar de nada», pensó. El silencio sobre su mal era la garantía de continuidad en MG. De lo contrario, ante cualquier fuga de información, seguramente esa materia podría llegar a ser usada en su contra. Tarde o temprano, pero en su contra. De golpe, Dami recordó una frase del sa­ber popular: «La salud es la vida en el silencio de los órga­nos». De lo contrario, el cuerpo habla, se expresa. Hay que tener en cuenta que la verdadera medida de la salud no es la utópica ausencia de toda enfermedad, sino la capacidad de funcionar efectivamente dentro de un determinado medio ambiente. De hecho, a menudo el organismo se adapta a medios variables de forma tal que resulta apenas perceptible al individuo. El enfrentarse con un frío repenti­no, por ejemplo, pone en marcha toda clase de mecanis­mos internos para neutralizar sus efectos y mantener el cuerpo en equilibrio constante. Para prevenir el descenso de la temperatura corporal, todo el sistema sufre ciertos cambios con el objeto de evitar la pérdida de calor a través de la piel. Se para casi toda la respiración. Los vasos sanguíneos superficiales se contraen, disminuyendo el flujo de sangre desde las regiones internas, para que llegue menos sangre a la piel y se enfríe. Otro reflejo, la piel de gallina, tie­ne hoy poco valor práctico, pero debe provenir de los pri­meros días de la especie, cuando el animal humano tenía una cubierta de pelo grueso, la cual, poniéndose de punta, proporcionaba una capa protectora de aire más caliente. Si todos los mecanismos del organismo no pueden evitar el descenso de la temperatura, se inician otros dos: las glán­dulas adrenales segregan más adrenalina, y el individuo ti­rita; ambos sirven para producir más calor. «También se puede poner un saquito y listo», pensó Dami en un alarde de pragmatismo. Lo cierto es que el dicromatismo no ha­bla, es silencioso, no emite señales. La vista es muda. ¿Se puede estar enfermo en silencio? La visión se entiende nor­malmente como el sentido dominante de la era moderna, diversamente descrito como el apogeo del perspectivismo cartesiano, la era de la pintura del mundo y la sociedad del espectáculo o de vigilancia. ¿Qué ocurre cuando se pierde el sentido dominante del mundo? Los ciegos desarrollan otros sentidos, como el tacto y el oído. «Pero yo no estoy cie­go», pensó Dami en un rapto de lucidez. «Apenas un par de colores que se mezclan, eso es todo.» Tenía razón, en un sentido. Pero en otro, no. Si la visión está asociada al control, incluso al control de los sentimientos (<<Ojos que no ven, co­razón que no siente»), un defecto en la vista implicaba también una discapacidad para controlar, para ejercer el poder, para escalar posiciones en MG. No lo sabía todavía Dami, pero este tipo de disquisiciones se acercaban mucho -por no decir demasiado- a cierta tradición judía; la tradición que prefiere la palabra a la imagen, la escucha al icono, el si­lencio a la visión. Es decir: la importancia de la interdicción bíblica de las imágenes idolátricas (es notable que una de las justificaciones de la hostilidad hacia los judíos, expuestas por intelectuales franceses antisemitas como Maurice Bar­deche y Robert Brasillach, fue precisamente el efecto ato­mizador del tabú que, según alegaban, socavaba la potencia benéfica de las imágenes cinematográficas para crear una comunidad popular). Esta tradición judía llega hasta el presente, o hasta el pasado inmediato, y es clave en autores como Levinas, Blanchot, Lyotard o Derrida. En buena me­dida puede entenderse la obra de estos autores como un co­mentario hermenéutico al célebre pasaje de Éxodo 33, en el que Jehová le dice a Moisés: «No podrás ver mi rostro; por­que no me verá hombre y vivirá», y más adelante le repite: «Después apartaré mi mano; mas no verás mi rostro». Lo máximo a lo que accede el judío es a ver la espalda de Dios, jamás su rostro. De allí se entiende que Blanchot, para vol­ver a él, en obras como La folie du jour escriba que el mediodía, la hora de mayor visibilidad, es también la de mayor peli­gro, el momento en que mirar al sol produce ceguera. Toda la filosofía francesa gira en torno a la prohibición de las imágenes y la búsqueda de una hermenéutica de la escucha: un vacío central que nunca se logra completar, y al que sólo se accede bajo la forma de la interpretación interminable, del desplazamiento, la digresión o el relato de una ausencia. Edmond Jabes: «Nunca contaremos los pasos de la ausen­cia / y sin embargo, los oímos / claramente». Pensaba Dami en todo esto, mientras manejaba el Fiat 1 y, en medio del tránsito, reflexionó: «Puede haber judíos ciegos, pero nun­ca sordos». Sonrió y sus dientes se reflejaron en el espejo re­trovisor. Lo suyo era el chiste fácil, la salida hacia el costado, un especialista en cambiar de tema, en tirar la pelota afue­ra. La ausencia total de profundidad. También la ausencia de caries, por otra parte. Al ver sus dientes reflejados en el espejito, percibió el buen estado de éstos. Sólo un premolar tenía una emplomadura, los demás estaban en buena for­ma, óptimos. Cambia el semáforo de color, la luz se pone verde, amarilla, roja, de todos los colores. El arco iris a sus pies. «Qué bello atardecen, piensa, mientras la tarde se lle­na de nubarrones. Avanza el tránsito por la calle Libertad, dobla en Viamonte. Estaciona el auto en el estacionamien­to subterráneo bajo el teatro Colón. Sobre su cabeza, ensa­yan los bailarines y las bailarinas, una ópera está a punto de estrenarse, el director del teatro discute con los sindicalis­tas: hay amenaza de paro, siempre hay amenaza de paro; en la sala de espera del director lo espera un asesor de la Secre­taría de Cultura: está preocupado porque el teatro tiene, en los medios de comunicación y en la sociedad, una imagen demasiado autónoma, como si no integrara la política cul­tural del gobierno de la ciudad (<<Qué sentido tiene que pongamos veinte palos, si después el rédito te lo llevás vos y no el gobierno»). Baja del auto. Sube por la escalera hasta la calle. Cruza de vereda. Entra al edificio de MG. Sube hasta el noveno. Sale del ascensor. Entra a MG. Se cruza con una secretaria: «¿Cómo te fue? ¿Te dieron el registro?». Llega a su despacho, mejor dicho, su cubículo. Suena el teléfono. Es el gerente general, quiere verlo inmediatamente. Camina Dami hasta el despacho del gerente general. Entra al despa­cho del gerente general. Charlan un rato. Sale del despacho del gerente general. Finalmente MG va a crear el observa­torio de tendencias socioculturales, y Dami va a ser el sub­director.

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