Una de las experiencias musicales con mayores posibilidades de lograr una cierta conmoción, actualmente, es presenciar un concierto de Gordöloco Trío. Y una de las preguntas más difíciles de responder cuando se le comenta a un amigo, por caso, que se ha presenciado un recital del grupo es: ¿Che, y qué tocan? ¿Qué música hacen? Los Gordöloco practican el nomadismo musical y recorren diversas geografías sonoras. No producen piezas musicales cerradas, ni canciones, así como tampoco se los puede clasificar de grupo de jazz o electrónico. Sus shows en vivo pueden asociarse a una suerte de conversación musical entre tres instrumentistas disparando flujos sonoros que se asocian libremente, territorios imaginarios poblados de sonidos, cut up burroughsianos devenidos piezas sonoras en las cuales, sí, es posible rastrear elementos del jazz, la electrónica o la música contemporánea. El grupo parecería estar embarcado en un viaje indeterminado con destino desconocido. Uno de los temas de su hasta ahora último disco editado puede, medianamente, acercar una definición del tipo de música que practica Gordöloco: “Electropunkfreejazz contemporáneo” pero aún este término no alcanza a cartografiar la vastedad del universo sonoro del grupo.

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El power trío en cuestión ha editado tres discos desde su formación, allá por el ignominioso 2001: “Antenas” (2002), “Tecnofogón” (2003, disco objeto de edición limitada; cada una de las cubiertas fue intervenida por veinticinco artistas diferentes) y  “Copany” (2005) Actualmente el grupo integrado por Hernán Hayet (bajo), Rodrigo Gómez (batería, tapas de ollas  y percusiones diversas) y Mauro Mourelos (trompeta y Casio tone muy ochenta) se encuentra dispuesto a lanzar el cuarto disco en estudio, acontecimiento que ocurrirá, de no mediar inconvenientes, este año. Los comienzos de la banda se dieron en un contexto de cerveza, pizza y fainá: Cuando empezamos tocábamos en una pizzería en Palermo que no existe más. Era bizarro, porque no eran shows sino que tocábamos mientras el público comía – me comenta Mauro, café con leche y medialunas de por medio, en un bar cercano a Plaza Flores-  Era una situación bastante violenta, pero era divertido. Una intervención. Comíamos pizza como locos. Después empezamos a tocar en bares de jazz. Y después fuimos virando, intentando meternos en un ambiente un poco más electrónico – que siempre nos cuesta porque, en general, no están preparados para que toque una banda-  y en ambientes más rockeros. Ese viraje constante, ese nomadismo por distintas músicas y contextos hace que los Gordöloco sean como bichos raros, sea cual sea el lugar en el que estén tocando. – confirma Mauro – En un festival de jazz somos los más raros y en uno de rock también pero bueno, eso es lo divertido.

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Cada show de la banda es diferente y único. No es posible, en sus conciertos, o sólo se puede atisbar, por caso, un tema escuchado en alguna de sus grabaciones de estudio. Improvisan, conversan sonoramente, construyen un rizoma musical. Por eso Mauro Mourelos define a los discos, justamente, como fotos de algo que en realidad se mueve. Los Gordöloco toman a los conciertos y a los discos como soportes diferentes para el devenir de sus músicas. Sin embargo, en este nomadismo y esta experimentación sonora constante, los Gordöloco vuelven a dar otro volantazo. Sus tres discos anteriores fueron grabados tocando los tres integrantes de la banda al mismo tiempo en el estudio, improvisando, para luego seleccionar y editar parte del material resultante. El disco que vendrá – que se llamará “Gordöloco”, a secas –  en cambio tiene poco de improvisación, son estructuras armadas y no grabamos los tres al mismo tiempo, sino que fuimos sobregrabando, como una banda pop, con lo cual la interactuación desaparece y aparece una cosa más armada, más electrónica. También los discos se proponen como un juego y pensamos en cómo trabajar en cada disco específico, más allá de los shows en vivo que siempre van cambiando pero, el concepto general, es parecido. La grabación de los discos es, entonces, parte del proceso de aprendizaje de la banda, no se trata del clásico tenemos veinte temas grabemos y después elegimos trece. En el caso de su próximo disco, los Gordöloco decidieron trabajar de esta manera, forma que seguramente abandonarán para la próxima entrada en estudio. El trío no funda territorios estancos si no que recorre diversidad de ellos en su trayecto musical. Es parte de su experimentación sonora: Cuando grabamos todos al mismo tiempo siempre hay ciertas cosas del audio que se pierden, cierta calidad de audio menor. Cuando grabás de a uno – explica Mauro y come un bocado de medialuna –  se puede laburar mucho más el audio específico de cada instrumento y conseguir un audio más potente. Tomamos los discos como un proceso de aprendizaje, más allá de que nos interesa el resultado, nos interesa mucho aprender a hacer discos y divertirnos en el medio, entonces el ir cambiando de propuesta tiene que ver con eso: hagámoslo de esta manera, aprendemos en el camino y no hacer siempre lo mismo que ya se sabe cómo se hace, digamos. En ese sentido tenemos una cabeza más electrónica que el músico de jazz, que le interesa la música y considera que el arte está en solamente producir música y que venga alguien y que lo grabe y suene lo más natural posible y ya está. El audio ya es parte del lenguaje, no es solamente un medio. Un disco es un lenguaje en sí mismo. No es sólo una forma de reproducir un hecho sino que es ya parte del hecho. Pero no sólo el modo de encarar el proceso de grabación diferenciará al nuevo disco de Gordöloco con los anteriores: Rodrigo Gómez, baterista de la banda, ha devenido cantante: En el disco nuevo hay un tema con formato de canción, con letra y dentro de otro tema, electrónico, hay una frase que se reitera: “de quién soy”, es una letra sin desarrollo, una frase. Y hay otros temas donde canta en falso alemán o en falso inglés.

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Algunos de los temas nuevos del trío se pueden escuchar en My Space. Suenan, esos temas, decididamente más dance, casi bailables. De más está decir que, de todos modos, son inclasificables. Mourelos me comenta que a los tres les gusta bailar y que, cuando pueden, disfrutan de ir a eventos tipo Creamfields. Siempre nos ha gustado cierta parte de la música electrónica, de las músicas en general, que tienen una parte, si se quiere, popular y una parte un poco más de vanguardia, al mismo tiempo. El jazz, alguna clase del jazz – por ahí el free jazz – es un poco eso. Tiene una cuestión rítmica más africana – si bien fue perdiendo la cuestión bailable, en los cincuenta, todavía tiene como una cuestión rítmica – y melódicamente, armónicamente tiene cosas del lenguaje más contemporáneo, clásico pero sin esa formalidad académica, medio aburrida, digamos. Nos gustan las vanguardias pero no nos gusta la cuestión encapsulada de creerse superior y distinto y de sólo me entienden tres y estoy contento porque me van a ver tres personas nada más. Nos gusta, por el contrario, cuando dentro de un esquema más  popular – como Björk, por ejemplo – se consigue plasmar cosas de vanguardia. Björk, los Beatles, la bossa nova, Caetano Veloso tienen cosas de esas. Nos gusta esa mezcla. Y en la música electrónica encontramos eso. Hay cosas muy modernas, muy abstractas.

El nombre de la banda surgió a partir de ciertas coincidencias. Por un lado, ciertos amigos, Mauro entre ellos, llamaban a Rodrigo Gómez el gordo loco. Por otro lado, Hayet, el bajista de la banda, acababa de leer “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole y, en homenaje a Ignatius Reilly, ese mutante mezcla de Quijote obeso y filósofo perverso había compuesto un tema que se titulaba, justamente, “Gordoloco”. Y el trío resultó ser un ente mutante que comenzó tocando bastante swing, se alimentó de electrónica y le sumó a su calorífica dieta algo de rock y punk. Nomadismo puro. Mixtura. Hay muchas maneras de hacer las cosas. Lo importante es la búsqueda estética y qué herramientas utilizás para generar eso. Los Gordöloco utilizan, en esa búsqueda, y abrevando en el jazz, a la improvisación como herramienta. El resultado es una suerte de caos sonoro con sus correspondientes reglas: Por un lado nos resulta importante, nos resulta cómodo, improvisar. Porque es algo que lo tenemos muy ensayado, aunque suene medio paradójico. Nosotros cuando ensayamos, ensayamos eso: tocar los tres, improvisando, lo cual va generando lenguaje, códigos entre nosotros, de poder decirnos las cosas tocando y poder hacer una estructura que, de afuera, se puede leer como algo prefijado o escrito o algo determinado, que no es tal, pero porque adquirimos esa capacidad de hacerlo tocando en el momento pero porque ensayamos. Es como conversar.  Sin embargo, hecho que corrobora el modo de grabación del disco de próxima aparición, no se atan a ninguna forma de trabajo. Lo importante es la música que se genera, el devenir de esos sonidos: La manera nos resulta cómoda pero no defendemos “la manera”: lo que nos interesa y defendemos es la música que queda. O sea, no me interesa tanto si es escritura automática sino lo que dice. Eso me puede sumar o no para dar un contexto a la obra, cómo se hizo, cómo se pensó, pero lo que interesa es lo que te está contando, digamos. Mauro Mourelos termina su café con leche y se dispone para ir a buscar a su hija de tres años al jardín de infantes.

Estar atentos al parloteo de este gordo mutante y loco, de dieta musical impredecible.

Jorge Hardmeier

Jorge Hardmeier

 

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