Acaba de dejarnos Rodolfo Fogwill, uno de los escritores más talentosos del panorama literario nacional y uno de los argentinos más divertidos y lúcidos del medio cultural. Desde Evaristo le rendimos homenaje recordando su literatura.

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MUCHACHA PUNK

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera —me atrevería hoy a demostrarlo—, eran un amor. Eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia, es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”. Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.

Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Los cuatro —yo y aquellas tres muchachas punk— mirábamos esa misma vidriera de Selfridges. En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central. Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torres rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince segundos o tal vez más; era la movida 116 o 118, y los mirones —nadie a esas horas, por el frío—, habrían podido reconocer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.

Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre, garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no. Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.

Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito. A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriera de Selfridges y el conductor echó un vistazo a la computadora (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable. Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel. El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar-suit inglés que había comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC. Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo. Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.

Vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y africanos salían rebotando de los tugurios porno. En una esquina, un grupo de hombres —obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar— se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charig Cross abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación británica.

Conté del frío, conté del polar-suit. Ahora voy a contar de mí: el frío, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de distancia y —¿por qué no?— hecho también de más frío y de miedo, y era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos —todos— no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos. Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.

Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje. Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos. Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora. Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pense, bajé del auto y me metí en la pizzería.

Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban —en español—, de mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero. Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación, pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano-parlante. El Chianti —embotellado en Argel— era delicioso: entre él y el aire tibio del local se estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío. Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. <la mastiqué feliz, igual, leyendo mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa y cualquier otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido.

Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.

Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs. El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él, que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de los polar-suit (al ver mi paquetito con el Helly-Hansen, se había asombrado) y también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes; también en esto se parecía al Nono.

Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk. Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, de Patou, o de alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar, faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de mi cabeza.

Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso debió aumentar mi valor para ellos. Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.

Trabado para mirar a mi muchacha —pues la forma de la de pájaro embalsamado y cara de sapo me la tapaba cada vez más— me concentré sobre mi pizza y mi lectura desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al terminar la pizza y la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las manos y allí me hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el espejo, miré contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Habían vuelto a nacer mis orejas, fui feliz.

Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el ensamble de rasgos que más me gusta, esos que se suelen llamar “aristocráticos”, porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie, tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las masas que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en vuestros óvulos un viaje al porvenir soñado en lo más íntimo del programa genético del amo!

Es sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisonómico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos “cinceladas” bajo sedosos párpados y justo encima de labios y de encías y puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el mundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocrático) se suele resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo Banco Tal, una Acción Heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y así brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes crías de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocráticas a recurrir a las malas familias de la plebe en busca de buena sangre para corregir los rasgos y reestablecer el equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus apellidos y un poco de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún improbable siglo del porvenir.

La chica me gustó. Vestía un traje de hombre arrugado, tres o más números mayor que su talle. De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. Su piel tan suave (algo de ella me recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello oxford se le abría a la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era una campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.

Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando una humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa. Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio, no me miraba. Pero…

…Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de transeúntes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: “se pierde su mirada pincelando el frío viento de Oxford Street”. Era etérea. Esa nota, lo etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido, negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa había visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de tabaco. ¡Y jamás vi manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi muchachita punk! El índice, el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede conseguir algún gran fumador para la primera falange del dedo índice, tras años de fumar y fumar evitando lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano —so british—, como si fuese un parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance: una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. Voy a contarlo en español:

—¿Puedo yo sentarme?

Las tres punk se miraron. La gorda punk acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin esperar respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero. Para evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito embalsamado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró a la gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin mirarme tomó un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo preparando en la página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, había olvidado registrar. Habló la punk con pájaro, la sapifacial:

—¿Qué usted quiere?

—Nada, sentarme… Estar aquí como una sustancia de hecho… —dije en cachuzo inglés.

Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda:

—¿Dónde viene usted de…? —ladró.

La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.

—De Sudamérica… Brasil y Argentina —dije, para ahorrarles una agobiante explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era inglés: se asombraba “¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser británico?”, imaginé que habría imaginado ella. ¿Sería un inglés?

—No. Soy sudamericano, lamentado —dije.

—Gran campo Sudamérica —se ensoñaba la gorda.

—Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo —le respondí.

—Oh sí… Yo veo —dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica en este párrafo:

—¿Qué usted hace aquí? —quiso saber su melodía verbal.

—Nada, paseo —dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks y con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba:

—Yo disfruto conocer gente y entonces viajo… conocer gente, me entiende… viajar… conocer… ¡gente!… eh… así… gente…

Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba.

—Yo también amo viajar —fue desgranando sin mirarme—. Conozco África, India y los Estados (se refería a USA). Yo creo que ya conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal! ¿Cómo es Portugal? —me preguntó.

Compuse un Portugal a su medida:

—Portugal es lleno de maravilla… Hay allí gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo distinta a la nuestra…

Yo seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz que vi crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella:

—Una vez mi avión tocó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron —dijo—: Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. ¿Es no, eso, Lisboa, Portugal?—. La duda tintineaba en su voz.

—Sí —adoctriné— pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos malolientes sucios hijos de perra.

—Como los choferes de taxi, así son —me interrumpió la gorda, sacudiendo el humo de su Players.

—Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra —coincidió la pajarófora gorda cara de sapo, quieta.

—Como los vendedores de libros —dijo la mía— ¡Hijos de perra!— Y flotaba en el aire, etérea.

—Sí, de curso —dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro. Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda:

—Deja nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh… —y desenrolló un billete de cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían consumido diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la narración.

—Bay, Borges —me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había saludado:

—Porque son unas cerdas sucias hijas de perra. ¿Ve? —dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.

Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo tormentoso descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas, atraído por el fluir de las libras, un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí. Guiñó un ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó caer en su platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvió un hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja del mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se la habría lanzado desde atrás.

Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de beber la mezcla de vino y Coca Cola, acabó confirmándome aquella presunción de momento: todo había sido un gesto de acuerdo.

Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel. No quiso. Habló:

—Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido —afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12:30, no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha —aristocrática o punk, eso ya no importaba—, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fjord donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfidges había notado detalles raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el lado derecho de su cara tenía una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz, se apoyaba —creí— una pieza de metal dorado (creí) que trazando una comba sobre la mejilla derecha ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo, que creí dorada, afeando el lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía. Del tallo de esa espiga, de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de taichi. Durante nuestra charla aprendí que lo que había creído antes metal dorado era oro dieciocho kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de maíz de tamaño casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca con la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba chocha de su orificio…! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún practicante de primer año de medicina más chapucero que el común de los practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda decepción del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba, pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el frío y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original.

Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la mesa:

—¿Cuál es el problema con tú? —me preguntó en inglés—. ¿Qué eres tú pensando?

—Nada —respondí—. Pensaba en este frío maldito que estropea cicatrices…

Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en cualquier otro sitio. “¿Por qué?”—me preguntaba— “¿Por qué será?” Trataba de entender, mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose con agua tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen, estalló en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas, intensas, pero por mías, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella. ¿Hay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque cuando advertí que estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y sentí que empezaba a crecer en mi cuerpo —o en mi alma—, la deliciosa idea del pecado, cruzó por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el frío y supe que ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez haría estallar con su bomba de plástico el pub donde yo, esperando algún burócrata de BAT, encontraría mi fin y entonces cerré los ojos, apreté los puños contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zafé de allí, corrí tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me abrazaba, y yo veía en sus ojos —dos espejos azules— que ese hombre que rodeaban los brazos de mi Muchacha Punk no era más yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adiviné que pronto, entre pedazos de mampostería y flippers retorcidos, Scotland Yard identificaría los fragmentos de un autor que jamás pudo componer bien la historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora estaba allí, salía del texto y comenzaba a oír mi frase:

—Nada… pensaba en este frío maldito que arruina cicatrices… —oía ella.

Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules y decía “gracias”, que en inglés (“agradecer tú”, había dicho en su lengua con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la conservación de su preciosa cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.

Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué:

—Tuve gripe… además… ¡El frío me entristece, es un bajón…! “¡It downs me!” traduje—. ¡Eso abájame!

—¡Vayamos al hotel! —dije yo, ya sin lágrimas.

—¡Hotel no! —dijo ella, la historia se repite.

No insistí. Entonces no sabía —sigo sin saber—, cómo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma. Por las calles. Llamé a un taxi. Él no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una calle y varios números. Imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso paquetísimo, frente a Hyde Park. En la puerta de su apartamento —doble batiente, de bronce y de lujuria —decía “R. H. Shadley”.

—Es la casa de mi familia —dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran recepción. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó “hello” y una voz le devolvió en francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé nuestra oración “queterrecontra” y con una mirada relámpago, busqué la boca sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una pequeña tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados. Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender. Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia. Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk, reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.

Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música eran “su gente” y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados (“angry”, dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina. Ellos argumentaban que era una “zorra mezquina”, creyendo que la veda obedecía a su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos en un área de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres generaciones y en la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día había recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroquí, había estado toqueteando las armas automáticas de la colección y cuando el viejo mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la servidumbre de la casa. Vacilaba:

—Son unos cerdos malolientes hijos de perra —me dijo refiriéndose a los dos franceses, el marroquí, el sudanés y el americano, quien además —contó— tenía “costumbres repugnantes”. No pude saber cuáles, pero me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su madre, que era una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte años mayor, se había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus servicios de espía, o policía, en la India. Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana mayor, puntualizó varias veces que eran unos “hijos de perra malolientes”. Creí entender que había un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que las dos muchachas —la mía y su hermana— recibían cincuenta libras. “Cerdos malolientes”, había vuelto a decir tocándose la cicatriz y explicando que el service —que en tiempos de humedad debía realizarse semanalmente— le costaba veinticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía mi opinión. Yo preferí no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posición un apoyo del que, a mí, moralmente, no me parecía merecedora. Entonces la besé.

Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto piso, pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. Vi cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.

Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave. Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar nuestras últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste, apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del combate, volvía a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.

Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes. “Nunca se sabe”, dije en español, y le aclaré en inglés “es no fácil saber”. Ella se encogió de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, “como pobre Charlie”. Quise saber quién era “pobre Charlie” y me contó que era un pariente, que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita en Gilderdale Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a Dondall, fingiéndose loco, para evitar una condena.

Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio de su pensión semanal, “como una substancia de hecho”. El banco le liquidaba cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor, pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte —pienso— debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía, entre otras cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba el esquí y las largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho, me sentía ebrio de planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los echara a perder. Mi Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un líquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. “Aceite de heroína”, explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos. Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos que habían matado a sus mejores amigos una noche en París —septicemia— y ahora quería curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar el hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.

Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer pan, en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar. ¿Romero? ¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡Vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de esos maniáticos magnates británicos…!

Cuando Coreen —mi Muchacha Punk, dueña y señora de la casa— volvía del baño, trabó la puerta que separaba la cocina del office —al que ella llamaba “hogar” en inglés— de los salones donde seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave. Prendió otro joint con la brasa de mis 555, y —¡Achalay!— nos fuimos con él a apestar el dormitorio de su hermana, donde dormiríamos, pues el suyo venía desordenado de la tarde anterior.

El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de cebra Viel y otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues eran más grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto y que las que cualquier humano podría imaginar con o sin joint embebidos en substancias equis.

Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las sábanas…! ¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en mi vida! Yo, que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles de primera clase y hasta he dormido —en casos de errores en las reservas que de ese modo trataron los gerentes de reparar— en suites especiales para noches de bodas o para huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de esas sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en vísperas de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás me acosté con una muchacha punk. Peor. Yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado).

Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar eso (¿el amor?) se largó a declamar la letanía bien conocida por cualquier visitante de Londres: “ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin”, gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos “ai voi ai voi ai voi ai voi” de las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno hace todo esto para vivir y se amolda. ¡Vaya si se amolda! Por ejemplo:

Y después durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5:30 y no podía pegar un ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café. Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana de mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura. ¡Cortázar en inglés! (¡Había que ver en una de esas camas señoriales lo que parece el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas. Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que justificaba una publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y cuatro. Las miré. Interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo. Andaba en eso cuando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba las drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a ella en un inglés tan choto.

No le gusté y ella no pudo disimularlo más. En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista, marxista, odiaba profundamente a los punk y manifestó un intenso desprecio hacia las drogas y sus clientes. Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su novia, habríamos podido entablar una provechosa amistad. Me convidaron con sus frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó de mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y los mendrugos de risa que alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.

Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me esperaban en mi hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues “la luz de la luz no nos molesta”. Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir, apagué la luz de la luz y estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso. Prendí la luz y revisé el reloj: eran las siete, pronto amanecería. Acaricié los pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento traicionero pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave. Nada Punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el agujerito de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de cinco puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo volveré a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisión y que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no menos de quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la mitad izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el roce de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me guardaría rencor por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dejé abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que había comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrakán. Así asumía mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra semana para poner su cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qué espera un punk de la gente, yo no podía permitir que al otro día mi Muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service, desmereciendo aún más la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al dejar el cuarto apagué las luces. Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero volví a cerrarla y deslicé la llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el francés. Después oí unas sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.

Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría como una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera de un hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.

La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce vagabundos, a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de Londres. Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de inmersión y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver. Al día siguiente volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba lo más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de la hermana. Mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí saltaría a Zambia, para reunirse con el padre. Volvería recién a fines de abril, y él no me invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad, donde daba sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rough hour de aquel atardecer de invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un fusible, que seguramente eso era lo más probable que le sucedería al Morris. Rumió un rato mi hipótesis y finalmente concedió:

—No lo sé, tal vez tengas razón…

Me dejó en Victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires. Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules. Entre él y el librero de Victoria Embankment —un paquistaní— acabaron de estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento. El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi lugar…? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer tristísimo de invierno inglés…! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba derrumbando la noche encima. Cuando escuchó la palabra “Argentina”, el armero judío hizo un gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños, separó los pulgares y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de los dedos. No entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a la manera de bautizar de ellos. El paqui, cuando oyó que decía “Buenos Aires, Argentina, Sur” arregló su turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego —tipo Zorba— (¿O sería una pose de danza del folklore de su tierra…?). Giró en el aire, chistó rítmicamente, palmeó sus manos y cantó muy desafinado la frase “cidade maravilhosa dincantos mil”, pero apoyándola contra la melodía de la opereta Evita. Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se quedó entreabierto mostrándome sus dientes perfectos de marfil. Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé varias veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala perra, pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y achanchado: tardó casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley & Scott. ¡Así les va…!

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LUZ MALA

No quedan vírgenes; mujeres vírgenes. Tengo sesenta y cuatro años y puedo atestiguarlo. Hace cuarenta años, y hasta hace apenas tres décadas, abundaban las vírgenes; ahora no. Antes no podía terminar un mes sin que una virgen se le cruzara a alguno de nosotros por la vida. Vida distinta la de entonces en Buenos Aires: hace cuarenta años, en esta ciudad, casi no había hoteles de esos que ahora florecen como hongos y que las chicas llaman “telos”. A los pocos de entonces los llamaban “amuebladas” o “muebles” y casi no se conocían. Para meterse en ellos había que ir con el auto, y quien no tuviera auto debía contratar un remise y dejar al chofer transpirando en verano, tiritando en las noches de invierno y envenenándose de soledad por las cuatro estaciones para hacer guardia durante las cuatro horas que duraban los larguísimos turnos de aquellos tiempos. No sé por qué. Si sé que eran tiempos distintos, y que no era tan fácil encontrar sitio donde una mujer y un hombre pudieran encerrarse solos. Eso sí: los autos de antes eran enormes y también teníamos los paseos del campo y los botes que se alquilaban en el Tigre y los departamentos que iban heredando los amigos. Pero lo que más abundaba por entonces eran las vírgenes, infinidad de ellas había, y tantas, que buena parte de las personas —jóvenes y mayores— creía tenazmente en la existencia del virgo. ¿Qué sería el virgo? Para mí, el virgo era algo que existía como un animalito de lengua bífida y cuerpo de molusco surcado por gruesas arterias cuya rotura producía un ruido idéntico al de una petaca al cerrarse y desencadenaba una hemorragia más que difícil de parar. Para mí, y para cualquier muchacho de mi clase, o de mis condiciones, habría bastado con detenerse a reflexionar por un instante para concluir que en un ser humano, por más mujer que fuese, no podían habitar impunemente animalitos de lengua bífida y que si ninguna jamás moría en la noche de bodas ni al perder su “honestidad”, las famosas arterias no debían ser tan gruesas. Pero esos tiempos eran así y nadie, por mejores condiciones sociales o culturales que tuviese, iba a poner en tela de juicio la consistencia lógica de un saber que, por necesario o por justificable, había que “dar por descontado”, como solía decirse entonces. Siempre lo supe, y siempre supe que el virgo tarde o temprano debía romperse, y aprendí que romperlo era una de las misiones del varón.

Los virgos, al quebrarse, producían un ruido idéntico al de una petaca de metal cuando se cierra. Esto lo conocíamos todos. Rodney Plunkett, que era de familia agnóstica y que por tener una educación liberal nos merecía mucha confianza en estas cuestiones, después de una reunión de mi grupo de oficios de la FORA, nos explicó que a las mujeres vírgenes se las podía reconocer por el olfato, porque mientras las que habían perdido la virginidad soltaban un olor a pescado podrido que se volvía olor a carne de chancho podrida durante la menstruación —algo doloroso—, entre las piernas de las vírgenes predominaba un olor parecido al del queso roquefort y no cambiaba mayormente con la menstruación, que en ellas se manifestaba con apenas una gotita de sangre que les manchaba las bombachas y se llamaba “choni”. Años después me presentaron a una tal Choni, y aunque la vida me probó que Rodney nos había engatusado a todos, igual pensé que las ropas de esa señora tendrían, en algún pliegue, una mancha de sangre del tamaño de una monedita roja. Imagino a un lector de estos tiempos:

—¡No me venga ahora con historia de chiquilines…! —podrá decir.

Pero ésta no es una historia de chiquilines: la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) era una organización que hacia 1952 operaba en la clandestinidad, los que íbamos allí, Plunket, yo y no sé cuántos más, teníamos la edad de la política —diecisiete, diecinueve, veinte y hasta veintiún años— y la FORA nos atraía por el prestigio de haber generado, por así decir, la Semana Trágica y el de albergar a los sobrevivientes de los grupos Antorcha y de las gloriosas bandas de Di Giovanni y Scarfó, y hasta a sobrevivientes de la guerra de España, entre ellos, a comandos destacados de la brigada Durruty, que se batió en Guadarrama. Éramos grandes; cualquiera de esas noches, a la salida de las reuniones, algunos armados con revólveres .32, los más fuertes con Star 9 mm españolas, o con pistolas Mauser .765 que tiraban aquellas balas “botella”, inconseguibles, todos salíamos convencidos de que éramos hombres.

Y éramos hombres: ninguno de nosotros era virgen. Para estudiar, para trabajar y estudiar y además militar y conspirar contra el gobierno, la libertad sexual era algo tan necesario como el aire que respirábamos. Y aunque vivíamos rodeados de mujeres vírgenes, ninguno de nosotros era virgen, porque cada mes, generalmente los primeros viernes de cada mes, íbamos al departamento de Raúl, que conseguía mujeres.

Hacíamos dos o tres turnos. Raúl citaba a las dos mujeres a las ocho, y los cuatro, o los seis de ese viernes, recién volvíamos a reunirnos en la confitería de la esquina a las doce de la noche. Esas noches, después de haber tenido nuestro desahogo sexual, íbamos a comer a Chiquín. Era una norma: comer ensalada, un bife ancho, huevos fritos, papas, un gran helado de postre, y tomar medio litro de vino, y al día siguiente dormir hasta las dos de la tarde para recuperar la energía. Al departamento de Raúl estuve yendo desde los dieciséis hasta los veinte años. En esa etapa, algunas veces, conseguí citas, pero me las llevé a la amueblada de Viamonte.

Como me parecía peligroso ir en el auto de la familia, iba en remise y todo el trámite salía costando el equivalente de diez horas de vuelo en el club universitario, más o menos el precio de una guitarra de buena calidad. De vuelta del hotel, llegaba al bar, y viéndome bajar de un auto con chofer todos sabían que venía de un desahogo. Pero en esos años habré ido al hotel no más de cuatro veces. Lo más común era que las reuniones con los socialistas de Agronomía se hicieran en un café de Chacarita, y cuando llegaba al bar todos imaginaban que venía de una cita y algunos, los más viejos, me decían que me iba a volver tísico.

De mi tío Pablo se decía que había muerto tísico, pero murió loco por negarse a comer. Vivía doblado de dolor, y tenía el color de la tiza, así que vengan ahora, pasados los sesenta y siete años de edad, a librarme de la asociación entre la tisis y el color blanco. Todavía hoy, queda gente que cree que algunas prácticas sexuales —la masturbación, por ejemplo— predisponen a las enfermedades infecciosas. Yo estaría muerto, en ese caso. Hacia 1952 no éramos tan ingenuos como para creer que la masturbación produjese tisis, pero estábamos convencidos de que afectaba el pulso, y de que por masturbarse se perdía la puntería.

Colombo decía que los católicos se masturbaban, porque eran masoquistas, para sentir pecado a solas con Dios. Después se hizo psicoanalista y dejó la política. Por entonces era anarquista, y sostenía que masturbarse era aceptar el juego de la burguesía, que privaba a los pueblos del placer sexual. Los anarquistas viejos no conocían nuestras idas al departamento de Raúl, pero como algo debían sospechar siempre repetían que pagarse una mujer era falsificar el amor y ser como cualquier capitalista, cómplice de los explotadores. Colombo decía que el fin del acto sexual justificaba cualquier medio, y que había que practicarlo porque los revolucionarios necesitaban tener todo el tiempo la cabeza fresca. Papá una vez me reprochó que no sabía en qué cosas andaba yo y pidió que me cuidase. Yo di vuelta la cara, sentí que me atragantaba, creyendo que el viejo se refería a la revolución de Rawson y Menéndez, que después no se hizo, pero más tarde me di cuenta de que pedía que me cuidara de las enfermedades. Porque en aquellos tiempos los que tenían actividad sexual podían enfermarse.

Enfermos, tísicos, con el pulso alterado y las ideas confusas, y días y noches enteros rodeados por un ejército de mujeres que había que desvirgar: así vivíamos. La revolución necesitaba mentes claras y pulsos serenos y los hombres debían desvirgar. Y yo quería hacer la revolución y soñaba con un confuso olor y con el ruido de la petaca que se cerraba hermética sobre mí.

Fue durante el verano de 1953, poco después de Navidad, cuando encontré la petaca.

Era una cajita de bronce, bañada en oro. Estaba en un baúl del altillo de la casa Tudor del campo. Tenía un espejito de cristal, un cisne de tela algodonosa casi impalpable, y todavía guardaba restos de un talco de color lila y con perfume de magnolias. Recuerdo que me llevé la polvera al cuarto y que unas cuantas veces usé su espejo para mirarme entre las piernas mientras olía el polvillo lila y usaba el tacto suavísimo del cisne para invocar la sensación de algo muy suave, de algo muy tenue y delicado como capullo o nube rozándome la pija y las pelotas.

Escondí la petaca en el cajón donde guardaba mis espejos de aumento, los condones y una caja de balas Mauser que habíamos rellenado con mercurio y corcho molido para volverlas explosivas y venenosas. Mi hermana las había visto un día y las llamábamos “las balas de Perón”.

Por esos días, cerca del bebedero de los potreros del fondo, encontré una culebra. Cuando la vi en el pasto creí que era una pulserita de Victoria. Tenía una serie de cuentas verdes, como bolitas unidas por bandas color magenta, amarillo y blanco. Desmonté y, cuando iba a agacharme, la pulserita se movió. Me dio miedo. Quise pisarla, pero se protegía bajo los tallos secos de pasto, duros como cañas. Se erguía toda haciendo equilibrio sobre la cola y sacaba su lengüita doble, de un color que parecía una llamarada de fuego.

Uno podría preguntarse qué otra clase de llamarada hay, pero en aquel momento, con el corazón encabritado, medio ciego por una mezcla de rabia y miedo que ni sentí en las peores manifestaciones de la FUBA, pensé así —que la lengua tenía el color de una llamarada de fuego— y me convencí de que yo no sería un hombre si no era capaz de cazar viva una culebra. “Si la cazo, desvirgo; si la cazo, volteamos a Perón; si la cazo, hacemos la revolución social”, me comprometí con el corazón galopándome en la garganta, agachado, cerca del bebedero del que una manada de chivitos, que habrían olfateado el miedo, empezaban a alejarse despacio. Traté de taparla con el pañuelo del cuello; se me escapaba. La perseguí, todo agachado. Los chivos apuraron el paso. Yo sudaba y me ahogaba, agachado, hasta que ella llegó a una parte de tierra —barro seco— apisonada por las vacas y allí jugué entero y la aplasté con el taco de mi bota contra aquel piso polvoriento de bosta.

No murió. Para que dejase de retorcerse y para matarla definitivamente, la ahogué en un frasco de remedio contra las garrapatas, pero aun sumergida en ese líquido aceitoso tardó un buen rato en dejar de sacudirse y recién cuando me aseguré de que estaba muerta, la saqué y la enjuagué bajo el chorro de la bomba del jardín. No fue fácil quitarle todo ese olor a DDT.

Medía doce centímetros de largo. Tenía el calibre de una balita 22 y cuando estuvo seca se acortó y se afinó más o menos a la mitad, pero seguía pareciendo una pulsera. Los ojitos se le habían hinchado por causa del veneno, y la lengua, que le había quedado afuera, pronto perdió su color de llama y fue poniéndose marrón. En los labios, mirándola con atención, podían descubrírsele dos puntitos blancos, que serían los colmillos. Revisándola con lupa y hurgando con la aguja, no se podía hallar nada parecido a una glándula de veneno. Desde la primera noche la guardé en la petaca.

Al día siguiente la culebra se había impregnado del olor a flores podridas del cisne lila. Apreté con rabia la petaca, porque empecé a sentir que pronto esa culebra que tanto susto me había dado se reduciría a la forma de un gusano podrido y quedaría pudriéndose como testimonio de la irracionalidad de los miedos y de las rabias (Perón, Desfloración, Revolución) y el ruido de los resortes de la trabita de la petaca al cerrarse me pareció la burla de las cosas contra algo que nunca podría llegar a ser un hombre.

Yo acababa de cumplir dieciocho, estaba en segundo de Derecho, quinto de violín, séptimo curso de la Alliance. Esa mañana, me la pasé tirando tiros con la carabina halcón de Funes, el administrador de papá. Apuntando a monedas de cincuenta centavos, a veinticinco metros, con un pulso pésimo, dilapidé mas de cien balas inútiles que después hubo que reponerle a Funes.

A la siesta se me ocurrió que el virgo podía ser una culebra así, no un molusco. Busqué la polvera. La olí: magnolia triste. Guardé el cisne lila entre los libros, lavé la polvera muchas veces con coñac hasta que se le fue el olor a magnolia y le quedó tan sólo tufo a borracho y bajé a buscar roquefort en la heladera. No había. En casa siempre teníamos roquefort en alguna heladera, pero en la Tudor del campo sólo había queso mantecoso y queso de rallar. A la tarde vi que no había nadie en la casita del capataz, y busqué en su heladera a querosén. No tenían roquefort, pero había quesillo de cabra. Robé un pedazo. El queso de cabra no olía a roquefort, pero era lo más parecido a roquefort a mi alcance. Yo sabía algo de quesos: mezclé miga de pan con quesillo de cabra, le agregué una pizca de levadura y un chorrito de cuajo para hacer yogur de nuestra cocina, amasé el queso y lo guardé en vuelto con papel dentro de la petaca.

Durante varios días estuve guardando la petaca con el quesillo fermentando bajo la tierra. Mientras, la culebra seguía secándose en mi cajón escondida en un sobre de fotografías. Se había afinado; estaba dura y quebradiza. El magenta y el amarillo de las bandas se había opacado; en cambio, el verde estaba más brillosos y viéndolo con la lupa se le notaban las vetas de un tono más claro, que señalaban el nacimiento de las escamitas. La lengua ya se había convertido en una tirita marrón que iba deshilachándose por donde antes aparecían las dos vertientes de la llamarada de fuego.

Ayer, sábado 2 de julio, en el nuevo diario de los Bulgheroni, el escritor argentino de más éxito se jactaba de que su personaje Samantha era “muy creíble”, como si la verdad tuviera alguna importancia en los libros, ahora que la ha perdido en las cosas del mundo. Imagino al crítico que lea esto, pensando que es imposible que alguien que escribe como yo a los sesenta y nueve años, a los dieciocho anduviera todavía haciendo conjuros con petacas, fermentos y culebras. Y sin embargo fue posible. Yo, a los dieciocho, escribía bien, redactaba arengas y manifiestos que siguen siendo piezas de valor en su género, componía los poemas de amor que publiqué en 1957 y ya había escrito partes que después salieron en mis novelas de los años sesenta, y sin embargo, fermentaba queso en mi petaca y estudiaba mi culebra como el salvaje que tranquilo interroga las vísceras de un enemigo muerto. La vida es un raro aprendizaje que se produce a saltos desiguales y combinados, como repetía Hermes Radio cuando trataba de influir sobre Colombo y sobre mí con sus ideas marxistas.

Se fueron unos parientes, llegaron otros. Osorio cazó un puma justo la noche que no quisimos acompañarlo y a la madrugada lo ayudé a cuerearlo y a salar la cabeza para mandarla al embalsamador del pueblo. Al día siguiente desenterré por última vez la petaca. Se había impregnado del olor del quesillo. En algo se estaba pareciendo al roquefort, pero, como no había roquefort en el campo, y las pocas veces que fui al pueblo lo hice de noche y el almacén estaba cerrado, ya no tenía más que la memoria para comparar.

Tiré el papel con el queso antes de que acabara de pudrirse, guardé la culebra en la petaca y volví a esconderla en el cajón. La llevaba en un bolsillo cuando salíamos al campo de noche, y de tanto menear y sacudir la caja, a la culebra se le soltó la lengua, que ya suelta parecía un alambrecito de cobre retorcido contra el espejo.

Durante alguna de mis inspecciones debió caerse al abrir o al cerrar la petaca, porque no sé bien cuando desapareció. A la culebra, en lugar de ojos, le quedaron dos agujeritos oscuros. Los labios ni se le notaban. El olor era fuerte y podía impregnar el pañuelo y el forro del bolsillo en un ratito.

Tendría que volver a dedicarme a la música: “ratito” me parece una palabra pésima.

Mi violín en el campo sonaba mejor. Por el aire seco, llegaba al campo y las cuerdas se estiraban y se desafinaba rápido. Pero después, cada día sonaba mejor y empezaba a exhalar el olor de esa resina que los ópticos llaman “bálsamo de Canadá”. Cada vez que me encuentro con ese olor recuerdo el violín y el estuche del violín, pero sólo me los represento sobre mi cómoda en el cuarto piso alto de la Tudor del campo. No en otra parte. Aquel olor emanaba solamente en Córdoba.

De vuelta a Buenos Aires, no se sentía más el olor, solía desafinarse menos pero sonaba muy mal. Dice Kröpfl que mi violín no sólo se modificaba con el cambio del tenor de humedad, sino que los mensajes químicos de la zona —sería el polen de los quebrachos y jacarandáes, la resina volátil del bosquecito de cedros o las sales que el viento traía desde las cuestas— alteraban los solventes naturales que hacía más de noventa años habían impregnado mi viejo Schmidt & Hapte en Stuttgart. Le digo: ¿Te imaginás si el campo le hace esto a un violín de noventa años, lo que puede llegar a producirle a una persona de dieciocho? y la mujer de él dice que no, que nada, que a las personas sólo les hacen efecto las cosas que ellas quieren, y que los efectos que hacen las cosas son sólo cosas que inventan los otros, y alguien opina lo contrario y todos se ponen a opinar sobre el poder y terminan hablando de Alfonsín y de Pony Rodríguez Larreta y me recuerdan a la FUBA de 1952. Por eso subí al cuarto a escribir, aunque ahora interrumpo porque alguien se ha puesto a improvisar en el piano eléctrico de Andrés y desde el living me llega el olor de los cigarrillitos de porro que estuvo armando Paula, y aunque rían con estrépito y estén gritando como imbéciles, me vienen ganas de bajar.

En los tiempos de mi petaca y de los fermentos de la libertad, una tarde que no pude usar mi canasto, porque Funes había entrado a ducharse en mi baño, fui a dejar mi camisa en el canasto del baño de mamá. Había una blusa de Magdalena —la amiga de Victoria—, varios pares de medias de mujer y una bombacha. ¿A qué olería? Sentí curiosidad, la toqué y ya estaba a punto de olerla cuando se me ocurrió que podía ser de mamá y la hice desaparecer envolviéndola entre los pliegues de una sábana arrugada. Era negra, de una de esas telas elásticas gruesas como las que se usan para confeccionar trajes de baño. Podía ser de Vicky, de Magdalena o de mamá, pero pensar en esta última posibilidad me impidió avanzar con la prueba. Me prometí esperar otra oportunidad y revisar aquel canasto todos los días hasta que apareciesen los pantalones de brin que usaban las chicas.

Mamá sólo usaba breeches; al atardecer, después del baño, volvía a sus polleras y a sus zapatos de taco alto y por eso jamás bajaba al campo de noche.

Nosotros sí: después de la comida, tomábamos el café en la galería, tocábamos música y más tarde bajábamos al campo. Yo iba con Vicky y con su amiga Magdalena a los potreros de alfalfa y nos sentábamos a mirar las estrellas y buscar luz mala.

Era toda una historia: como la gente de la zona temía a la luz mala, papá nos había llevado una noche con unos chicos del pueblo, amigos de los hijos de Leoni —el capataz—, y con un tal León, compadre de Leoni, que al viejo le caía simpático porque era conservador. Nos había hecho buscar luz mala, para convencernos de que eran fosforescencias naturales que salían de los huesos de animales en ciertas condiciones, y aunque eso había ocurrido mucho antes —por el cuarenta y seis—, la costumbre de ir a buscar luz mala nos duró muchos años, durante los cuales los peones, Leoni y hasta los hijos de Leoni, que ya eran grandes, seguían recelándole a luz mala y siempre estaban encontrando excusas para evitar andar solos de noche por el campo.

La mayoría de las noches encontrábamos luz mala: eran huesos desparramados de vacas muertas en la sequía del cincuenta, o esqueletos todavía enteros de vizcachas que mataron los perros, o que los cazadores habrían herido en la cuesta y que vinieron a morir al llano. A la vizcacha recién muerta la devoran los perros hasta dejar sólo huesos pelados, pegados entre sí por los cartílagos y sostenidos como en un envase por el cuero duro y áspero del lomo. Cuando hubo mucho sol, y al anochecer refrescó de golpe, los restos de vizcacha fosforecen y son la fuente más común de luz mala que se puede descubrir por esas zonas. La hija de Leoni, que era feísima, cuando nos veía pasar pos su casita yendo al alfalfar se escondía en la cocina, y la vez que la invitamos no se atrevió a venir. Como toda la gente de la región, temía no sólo a la luz mala, sino a La Viuda, que se aparece a medianoche, al hombre tigre, que dicen que baja desde Catamarca a robar chicos y mata a todo el que se le cruza por el camino, y especialmente tenía terror a la niña Juana.

—¿Pero no es milagrosa? ¡Si se le reza!

—Sí —decía ella—, le rezan pero igual se puede aparecer y matarte del susto

Nos reíamos. Yo llevaba la linterna y una pistola del .12 que me había regalado papá. Cargada con cartuchos comunes, podía arrancarle la cabeza a un cordero a veinte metros de distancia; tenía dos caños.

Raro, papá: nos quería tanto y sin embargo, si yo tuviera un hijo —y a veces imagino que un hijo idéntico a mí cuando tenía doce años me acompaña mientras duermo solo— jamás le dejaría usar un arma tan tentadora. No entiendo cómo yo mismo no me…

Pero en aquella época a mí no se me hubiera ocurrido. Además, era muy prudente, llevaba los cartuchos en el bolsillo de la campera y, en la oscuridad, siempre volvía a hurgar con un dedo en las recámaras para confirmar cada tanto que la Webley seguía descargada.

Tomábamos: algunas noches traíamos vino blanco cordobés, otras guindado. Tomábamos guindado, que les gustaba más a ellas que a mí, o vino —que ellas aceptaban sólo las noches de calor—, y nos sentábamos a fumar.

Primero prendía yo. Fumábamos American Club, la mejor marca de la época. Cada nuevo cigarrillo lo iba prendiendo con la brasa del otro. Un fósforo, o la llamita corta del Monopol, bastaba para encandilar a cualquiera dejándolo fuera de combate por varios minutos hasta que los ojos se volvían a acostumbrar a la negrura.

Jugábamos a quién descubría antes una luz mala y acertaba a marcar justo su posición. Después jugábamos a encontrar la osamenta o el cuero con huesos pegados que la había producido.

Cada uno elegía un sector. Yo prefería el de la cuesta, que aunque tenía menos luz mala permitía ver la región norte del cielo, la más poblada de estrellas. Vicky prefería mirar hacia la casa, para ver cómo iban apagando las luces a medida que la gente se iba a dormir, hasta que sólo quedaba prendido el farolito de querosén amarillo de la galería. A Magdalena le dejábamos la parte más fácil, donde era más común ver la luz mala, la del llano.

Cuando nos sentábamos, yo sacaba los American Club y los ponía cerca de Magdalena; dejaba la pistola delante de mis pies, y volvía a abrirla para volver a revisar si estaba descargada. Después ponía la linterna entre Vicky y yo. No nos veíamos: cada uno miraba su sector. Nos pasábamos los puchos para prender. Nos pasábamos la botellita de guindado o el termo de vino blanco para tomar, y hablábamos de cualquier cosa. A veces discutíamos. Me gustaba sentir la espalda flaca de Vicky, en contraste con los músculos de Magdalena. Magdalena practicaba atletismo en el colegio; las paletillas —esas placas de huesos subcutáneos que se llaman omóplatos y que jamás alguien nombraría en un relato literario sin una justificación— eran fuertes y redondas. Las mías y las de Vicky tenían ese corte típico de huesos de la familia Wolf. Los hombros de Magdalena eran redondeados y fuertes. Practicaba disco y jabalina; para arrojar piedras tenía más fuerza y más puntería que yo.

En esa época hablábamos en voz baja, aunque discutiéramos por cosas importantes. No como ahora. Me sube desde el living un diálogo entre Diana y Carlos: hablan de un general Merlo, de un almirante Massera y de otras cosas que ni a ella ni a él tendrían que importarles, y gritan. Interviene por momentos Marcelo y también él alza la voz: nosotros hablábamos en voz bastante baja… A menudo veíamos caer estrellas y, cuando descubría una, yo pedía tres gracias. Generalmente, pedía primero la muerte de Perón, después desvirgar y por último dirigir la revolución. Si caía otra estrella les avisaba a las chicas:

—¡Miren! —decía, tocando a Magdalena para orientarle la cabeza hacia el lugar del cielo donde había aparecido la estrella.

—¡No tenés que avisar…! ¡Pedí tres gracias! —me reprochaba ella, o Vicky, y yo les contestaba que era una estupidez, que no creía en esas supersticiones y que si estuviera dispuesto a creer en pavadas me habría hecho cura para dedicarme al violín en un monasterio alpino.

Otras veces, al caer la estrella me olvidaba de Perón y de la revolución y pedía amor, dinero y pareja libre. Yo quería tener una pareja libre. Hablábamos de eso.

—¿Qué es una pareja libre? —me preguntaba Magdalena.

Les explicaba que mi amigo Gellon tenía una pareja libre: se amaban, vivían juntos, eran fieles, pero no se casaban ni se casarían nunca y siempre imaginaban que al día siguiente podrían separarse y ser felices con otro hombre o con otra mujer. Trataba de que Vicky comprendiera que el amor era algo demasiado noble para permitir que el Estado lo regulase. Magdalena compartía conmigo la opinión de que la Iglesia no debía intervenir: le bastaba saber que los curas eran peronistas y que su jefe —el cardenal Copello— estaba siempre cerca de Perón, para odiar a los curas, pero pensaba que había que casarse por civil, porque si no los hijos “pagaban el pato”.

—¿Qué pato…? —preguntaba yo, y Vicky, mi hermana, decía que yo siempre seguiría siendo un idiota.

Pero una noche apareció un pato. Estaba nublado, no se veían estrellas, sentimos un aleteo sobre nuestras cabezas y yo busqué la pistola y estuve a punto de cargarla. Pensé que sería un carancho o un buitre que se acercaba entusiasmado, creyendo que nosotros éramos tres animales muertos. El aleteo volvió a pasar dos veces cerca de nuestras cabezas y fue como si unas enormes alas blancas nos echaran encima un viento helado: el terror.

Vicky gritó. La espalda de Magdalena se endureció y su garganta soltó un chillido. Yo rastreé el cielo con la linterna y nos pareció ver una forma descomunal, huyendo hacia la cuesta. Pero pronto las alas bajaron a la alfalfa y vimos que era un pato, casi pichón.

Cuando nos acercamos, hinchó las alas y tiraba picotazos amenazantes, pero no se animó a volar. Tendría el tamaño de un pollo de tres meses. Era blanco. Temblaba.

Aquella tarde habíamos oído tiros cerca del dique. Tal vez los cazadores lo habían herido, pero resultaba muy raro que anduviese volando en la oscuridad, y fue una pena que no apareciese la noche de nuestra discusión sobre los hijos y las parejas libres.

Como le sucedía al violín, la oscuridad, el olor de la alfalfa temprana crecida a fuerza de riego y tozudez, el silencio de las noches sin viento, el humo de los rubios, el guindado o el vino, según las noches, todo eso actuaba sobre nosotros. Por ejemplo, Vicky, que en Buenos Aires siempre quería discutir y acababa llorando cuando mis opiniones se imponían, durante esas noches de campo abierto escuchaba callada y hasta a veces me daba la razón. Tal vez porque quería lucir a su hermano ante su amiga, que era hija única, tal vez por el “mensaje químico”, como diría Kröpfl.

Fumábamos, tomábamos, a Magdalena se le erizaba la piel de los brazos y yo sentía su hombro contra mi espalda, y fingiendo mirar el cielo buscaba que sus huesos rozasen contra mi espalda y contra mi brazo, y a veces me volvía hacia su lado buscando que su pelo suelto me hiciera cosquillas y se enredase en las puntas de mi barba de dos días.

Dejaba la pistola a unos centímetros de los pies y la linterna bien cerca de mi mano derecha. Tomaba la linterna y la alejaba, la ponía junto a la pistola. Tocaba los cartuchos en mi bolsillo. Ponía la cantimplora entre mis piernas y me soltaba los botones del pantalón, y después de tomar un trago de vino o de guindado, me pasaba el pico de vidrio de la cantimplora por la cabeza inflamada de la pija. El vidrio frío me estimulaba más y cuando Magdalena me reclamaba la cantimplora, volvía a frotarle el pico contra la pija.

—¿Cómo está…? —preguntaba, imaginando que ella, como hacía con todas las cosas, olería primero el pico antes de llevárselo a la boca—. ¡Delicioso! —decía ella si era guindado. Cuando era vino tomaba apenas un sorbito y decía con repugnancia—: ¡Ej vino cordobé…!

Que imitara la tonada de la zona me excitaba más, porque oyéndola podía imaginar que era una chica de la región —una criada de la casa— dispuesta a obedecer mis órdenes, y yo siempre le hablaba en cordobés para que ella me respondiera como una cordobesa y me ayudara a pensar que si le exigía que me tocara o que me la besara, de puro sumisa, sería capaz de hacerlo. Así se me hacía más fácil acabar.

Porque en aquella posición, tocando apenas con la mano para que el movimiento no se reflejase más allá de la muñeca y no fuese percibido por ellas, sentado mirando el cielo negro y fingiendo buscar una luz mala en la cuesta invisible, se hacía difícil terminar. Algunas noches se volvía imposible.

Necesitaba sacudir, hacer fuerza y estirar las piernas, porque pasaba el tiempo, venía llegando la hora de volver a casa y quería terminar.

A veces aullaba. Imitaba el bramido de un puma, haciéndoles creer que quería asustar a las vacas y a las ovejas, y aprovechaba el ruido y los sacudones de mi cuerpo imitando a un puma para acabar dentro de mi pañuelo.

Y otras veces me paraba, diciendo que necesitaba estirar las piernas, y cerca de ellas, mirando por encima del hombro la brasa del cigarrillo de Magdalena que por momentos alumbraba su cara, acababa sobre la alfalfa y recién después buscaba mi pañuelo para secarme los dedos antes de enjuagarlos con guindado, o con vino.

Una vez Magdalena me tocó la mano para alertarme de una luz mala y preguntó qué tenía:

—Guindado —dije yo, y le acerqué la mano a la boca, para que la oliese, y le dejé una gota de guindado en la punta de la nariz. Pensando en eso tuve que volver a empezar, pero como era la segunda vez me fui a terminar cerca del bosque de cedros. Ellas habrán pensado que había ido a mear.

Otra noche llevé la petaca. La abrí sobre la alfalfa y volví a abrirla y cerrarla varias veces. Ellas escucharon el ruido, pero no preguntaron nada. Después, antes de volver a casa —no habíamos visto estrellas ni luz mala esa vez—, volví a abrir la petaca y la alumbré con la linterna. El espejo reflejó un chorro de luz directamente hacia el cielo: los tres quedamos encandilados por un rato. Después las hice mirar.

Se arrodillaron sobre la alfalfa seca para mirar la culebra, Magdalena se acercó y dijo que despedía un olor horrible. A mí, que estaba arrodillado, pensando que el olor que salía del espejo era una nube que le entraba a ella por la nariz y por la boca, se me paró.

—¿Qué es? —preguntaba Victoria.

—No sé… me la dio Menditeguy… dicen que se llama Tirgo.

—¿Tirgo? ¡Es una viborita! —dijo Magdalena.

—Un lagarto —dijo Vicky y se puso a porfiar que la petaca era una vieja polvera suya.

Dije que no, que era mía, que hacía años que la venía guardando en un baúl y que ahora la usaba para guardar el Tirgo.

Seguíamos arrodillados, sentía el olor a petaca resaltando sobre el fondo de la alfalfa y sentía desde atrás un enorme toro invisible que me estaba montando, y entraba un tubo de carne caliente para inundarme con su sangre, que bajaba a la bolsa de mis bolas haciéndome crecer y crecer tanto la pija que se me hizo muy fácil acabar arrodillado, mientras ellas avanzaban por el camino de los alambrados hacia casa.

—Me la arruinaste con ese bicho podrido… ¡Qué olor! —se quejaba Vicky cuando las alcancé. Se olía la mano—: Ahora devolvémela —pedía.

Yo le decía que no.

—¡Devolvésela! —reclamaba Magdalena.

—¡Es mía…! —insistí yo. Y Vicky, enojada, apuró el paso y se alejó adelante, seguida por el halo de mi linterna. Mag volvió a insistir y en un momento debió estirar una mano tratando de quitármela del bolsillo trasero del pantalón. Oí un grito: el brazo atlético se encogió, chupado por su hombro.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—¡Asco! ¡Te sentaste arriba de algo! Tenés pegado algo atrás…

Palpé. Eran los bordes de mi pañuelo empapados de semen. Alumbré mis dedos pegajosos.

—¿Qué algo? —pregunté.

—Algo pegajoso… Asqueroso… ¡Mierda de un pájaro…! —aseguró.

Me olí los dedos. Dije que no con la cabeza.

—Un huevito… ¡Ya sé…! ¡Aplastaste un huevo…!

Vicky, curiosa, se quedó esperándonos en la barranca del cerro, y cuando la alcanzamos, olió mis dedos, alumbró mi pantalón con la linterna y también opinó que al sentarme había reventado un huevo o un animalito.

Bromeando, me puse una gota en la punta de la nariz, y le puse otra en la punta de la nariz a Mag, que se limpió con la manga de su blusa, enojada. Siguieron caminando adelante y cuando entramos en la casa se fueron a dormir sin saludarme.

Yo estaba cansado. Subí a bañarme, me puse el pijama, tiré la ropa sucia en el canasto de la lavandera y me encerré en el cuarto, lleno de planes de leer algo y dormir. Prendí mi lámpara de querosén, porque a las once y media dejaba de llegar la luz de la Cooperativa, y me acosté a leer. Había escondido la polvera en mi cajón, previendo que en algún momento Vicky trataría de recuperarla. No se la pensaba dar: en Buenos Aires le compraría una nueva.

Estaba leyendo un libro inglés y acababan de cortar la luz eléctrica cuando me golpearon la puerta. Adiviné que vendría Vicky a buscar su polvera. Las dejé entrar. Ya estaban vestidas para dormir, con esos camisones largos que por entonces usaban las chicas.

—¡La polvera! —reclamó Vicky al entrar. Había acertado. Mag me miraba.

—¡Es mía! Está guardada. ¡No molesten! —les ordené.

Magdalena se acercó y levantó la lámpara sobre mi cabeza. Su brazo había formado una línea, como un solo músculo, que arrancando de su largo pulgar se sumergía en la bocamanga alta del camisón y bajaba hasta el pecho.

Pensé que no tendría corpiño. Ella, desde arriba, me miraba con rabia:

—No seas turro y devolvésela, o te chorreo el querosén encima —amenazó destornillando la tapa del tanquecito de bronce.

Justo en ese momento la llama titiló y creció de golpe. Me cubrí con la manta y aproveché para tocarme. Fue instantáneo: mi pija, limpia, recibió por tercera vez en la noche —sería tal vez la cuarta del día— un envión de sangre y se hinchó. Asomé la cara cuando ella inclinaba más la lámpara. Exigía que le dijera a Vicky dónde estaba su petaca, o me quemaría vivo. Gritó a Vicky pidiéndole los fósforos. Vicky revisaba como loca los cajones de la cómoda y sacudía la cabeza.

—¡Traé fósforos —gritaba Mag— y lo quemamos con querosén…!

Cayó una gota de querosén sobre mi almohada. Vicky, que había tomado la pistola, nos dio la espalda y sentí el ruido del cerrojo al trabarse y los dos ruidos de los martillos al levantarse. Era una Webley, no tenía seguro de gatillo. Mucha gente debe de haber muerto destrozada al cabo de una escena así.

Magdalena corrió hacia la ventana y dejó la lámpara sobre el piso. La luz de querosén transparentó el camisón y las tetas se le movieron al saltar, pero ya mi erección había desaparecido: sólo sentía miedo y la certidumbre de que muchos, antes de mí, debieron de haber muerto en el desenlace de alguna escena parecida.

—¡No apuntés, esa pistola no tiene seguro! —grité.

—¡Callate o tiro! —me gritaba sosteniendo la Webley con las dos manos. Se había sentado sobre la cómoda y apuntaba directo hacia mi cara. Nada puede quedar de lo que fue una cara al cabo del impacto de una andanada de perdigones de un cartucho de 12.

Mag, desde la ventana, se mordía un dedo mientras la boca se le estiraba en una mezcla de sonrisa y de miedo. Aquella noche habían tomado mucho. Detrás del vaho de querosén y de mecha quemada creí percibir el aliento a guindado de las dos, y ahí sentí como nunca que mi iban a matar. Vicky insistía:

—Ya mismo: la polvera o tiro…

No me iba a ser posible llegar hasta la cómoda sin peligro. Salí de la cama lentamente, para no provocarla. Las piernas me temblaban; quise hablar pero no me salió la voz. El aire frío entró por la bragueta floja de mi pijama, pero encontró sólo vacío. Mag miró hacia el campo.

—Y no se te ocurra hacernos trampa… —dijo Vicky. Nunca le había oído esa voz tan gruesa de borracha o de loca. Me acuerdo que a la luz del farol me pareció verle la comisura de los labios empapada de espuma blanca, como la de un perro rabioso. No podía hablar, pero dentro de mí sonó mi voz gritando “perra rabiosa” mientras mis piernas se disolvían abajo y me sentía derrumbar. Cuando pude llegar al ropero, busqué la llave y abrí el cajón, evitando que mirasen; pedí despacio que no apuntara más y le pasé la polvera a Mag.

Vicky me seguía apuntando. Pensé que recibir el tiro desde atrás sería lo menos peligroso, y que verme con la cabeza cubierta por la almohada, la cara contra la sábana y el cuerpo extendido la impulsaría a dejar la pistola. Me acosté. Mordí la almohada.

Seguía mordiéndola y temblando cuando se acercó Mag. Reía. Traía los dos cartuchos bailoteando entre sus dedos. Desde la cómoda, Vicky se reía y me miraba, y sacudiendo la cabeza y sin dejar de apuntarme, disparó los dos gatillos y entre sus carcajadas pude entender que decía maricón:

—Maricón… cagón… —volvió a decir después, cuando depositó la Webley sobre la cómoda, mostrando las dos recámaras vacías.

Entonces empecé a gritar —no me importó que mamá oyera los gritos— que eran unas hijas de puta, que les iba a cortar las tetas y que las iba a matar. Vicky se acercó y me tapó la boca con la mano tratando de callarme, de tranquilizarme. El corazón, ahora, me latía, loco. La mano de ella también temblaba, pero olía a petaca, a culebra y a queso podrido, y seguía riéndose. Magdalena salió y cuando cerraba la puerta me gritó “boludo”, de modo que toda la casa debió de haberla oído.

Nunca antes una mujer me había dicho boludo: se me volvió a parar. La rabia continuaba: pensé que si apretaba más el bracito de Vicky podría llegar a arrancarle uno de sus delgados músculos. Debía dolerle, pero no se quejaba. Se me pasaba el miedo. Le clavé las uñas cuando sentí que se me estaba volviendo a parar. Ella me miraba el pijama con los ojos enormes y seguía riéndose cuando a los gritos llamó a la otra:

—Vení… ¡Vení pronto… Magda…!

Yo pensé que desde la otra ala del piso mamá estaría oyéndolas, que la despertaría el ruido que hizo Mag con la puerta cuando entró atropellando todo, porque venía a defender a mi hermana. Pero la expresión le cambió cuando Vicky le dijo, señalándome casi hasta tocarme con la uña:

—¡Mirá, Maggy! ¡Es enorme…!

Y la otra miró, después subió e farol para mirar de nuevo, se le transparentó el camisón, y me calentó más cuando dijo, sin dejar de alumbrarme:

—¡Es horrible…!

Quería decirles que si me tocaban era capaz de seguir creciendo, pero no tenía voz, no pude hablar. Maggy apoyó el farol en el piso y salió al balcón. Yo seguía apretando el brazo de Victoria, en una mezcla de odio, rabia y confusión. Al fin pude hablar:

—¡No hay que apuntar…! ¡Nunca hay que apuntar, puta…! —le dije, y ella dejó de reír, seguía mirándome, pero por la sombra que proyectaban la mesa de noche y el borde de la cama, mucho no podría ver.

Con la llamita del farol temblequeando en el piso, había oscurecido en ese momento, yo podía mirarle el pelo y el brazo que le seguía torciendo y apretando, y pensar que era Magdalena, no Victoria, la que estaba sobre mi cama. Tomé su mano libre y la acerqué a mi pija.

—¡Tocá! —pedí, guiándole la mano y procurando aflojar sus dedos para que me acariciasen.

Tocó mal. Yo puse mi mano entre sus piernas, jugué a que mis dedos le subían caminando y empecé a tocar a través de la bombacha como me había enseñado Anita, una de las chicas de Raúl. Fue todo simultáneo: empezó a aparecer una materia untuosa, que en ella me pareció más limpia, su voz empezó a quejarse y a jadear y sus dedos se crisparon torpes, alrededor de la base de mi pija. La mano se había muerto: ella seguía jadeando y yo pensaba que sus dedos, que imaginaba que eran los dedos de Mag, se iban a endurecer, que después se iban a encoger y a retorcer como culebras muertas anudadas a mí. Le hablé contra la oreja:

—¡No hay que apuntar… puta! ¿Ves, puta, lo que pasa por apuntar…?

Y apretaba la boca contra su oreja, porque tenía miedo de besarle la boca, o porque no quería verle la cara. Empecé a moverme. Mi mano se había librado de la bombacha y seguía acariciándola. Mi dedo índice se había internado en un tubito de carne húmeda. Me ubiqué entre sus piernas. Tardé en liberarme de la torpe presión de sus dedos y con la mano izquierda libre empecé a frotar mi pija contra la sábana, justo debajo de sus nalgas. Ella jadeaba más. La posición no era muy cómoda, ya sólo podía acariciarla con el pulgar y sentía que en cualquier momento mi cuerpo perdería el equilibrio sobre esa cama demasiado elástica. Ella sacudía la cabeza a los lados de la almohada, el largo pelo se le volaba a los costados y yo, para detenerla, hacía fuerza con la boca contra su oreja, sintiendo cómo el tornillo de su arito se le clavaba en la piel del cuello.

—¡No apuntar! ¿Ves que no hay que apuntar? ¿Ves? —repetía yo, frotando, ya sin tocarla, porque sus piernas se cruzaron tras mis piernas, obligándome a caer sobre ella cuando ya ni el pulgar cabía entre nosotros. Con mi mano inmovilizada levanté la pija y la froté en su zona húmeda. Ella se sacudía más, jadeaba más, y la cabeza de mi pija estaba entrándole —sin ruido— justo cuando yo empezaba a terminar y corría leche en su tubito de carne, y desde la zona de sus pelos de rulos apretados y ásperos desbordaba sobre la colcha. Debió de haber sido la cuarta vez que acabé aquel día.

Y ahora pueden pasar día y semanas enteras sin que acabe ni una sola vez.

¿Habría oído algo mamá? Tuve miedo. Sentía ganas de mear. Vicky seguía sentada a los pies de mi cama, quejándose, jadeando. Estaba empapada del sudor suyo y el mío, mezclados. Mi pija se había vuelto un animalito muerto, infinitesimal, sin ojos. Toda su zona y el pantalón alrededor eran una sola humedad de los dos. En el cuadro de la ventana del balcón, se veía la cabeza de Mag, amarilla por el reflejo del farol: el pelo seco se hinchaba por el viento. Había muy poca luz. Ella, mucho no debió de habernos visto desde el balcón, si es que había mirado.

Al rato, una ráfaga de viento entró en la pieza. Atrás llegaba Mag. Levantó el faro, y mientras nos miraba, atornillaba con indiferencia la tapa del tanquecito de querosén. Sentí frío y vacío en la bragueta cuando ella inclinó la lámpara para mirarme. Debí justificar:

—¡Se murió! —le expliqué.

—¿A ver cómo es…? —miraba ella, pero como no podía ver, le saqué el cigarrillo de los dedos y puse su mano en mi pelambre. ¿Tendría asco?, temí, pero ella dejó su mano quieta mientras la sangre comenzó a hincharme, y le quité el farol, lo apoyé sobre la mesa de noche, y después le abracé la cintura para hacerla sentar entre Vicky y yo.

Ya la tenía bien dura cuando Vicky fue a la cómoda a buscar cigarrillos. Yo me abracé con Mag y apoyé la cara contra su pelo amarillito y sentí un pecho elástico apretándose contra mi cuello. No tenía corpiño y sus dedos acariciaban mejor que Vicky. Pero yo ya sentía unas ganas insoportables de mear.

Vicky nos dio cigarrillos y guindado, y cada sorbo parecía caer dentro de mi vejiga como la última gota que desborda un lago de dolor. Fumábamos. Los movimientos de la mano de Mag me repercutían dentro y las ganas de mear ya eran sólo un dolor terminal. Pero, ¿podría salir? Si dejaba la pieza ya no podría volver a empezar con la mano de Mag. Recordé la llave, que estaba sobre la cómoda, y salté de la cama.

Las chicas debieron de asustarse al verme correr hacia la puerta y salir dejándolas encerradas con dos vueltas de llave. Cuento esto porque cuando, como un fantasma loco y apurado volvía del baño trayendo la llave del cuarto en la mano, una parte del pantalón, enchastrado por la humedad de Vicky, y la rodilla y las bocamangas chorreadas por el pis a causa del apuro, en el instante en que cruzaba frente al cuarto de ellas, iluminado a pleno por uno de esos faroles a gas de querosén que se llamaban “sol de noche”, vi que se abría una puerta del cuarto de mamá, y mi corazón, que venía agitado, tuvo un cambio de compás que me detuvo en el aire. Mamá estaba parada frente a su espejo. Tenía puesta una peluca rubia, un vestido muy corto de tela negra, los labios pintarrajeados sostenían un cigarrillo humeante mientras sus manos hacían el gesto teatral de llamar a alguien desesperadamente. Vi que emergía una sombra del cuarto y el capataz Leoni, arreglándose la ropa, pasó a mi lado sin notarme y se perdió en la oscuridad de la escalera. Bajaba teniéndose de los dos pasamanos, para pesar menos sobre las tablas y no hacer ruido. Estoy seguro de que no me vio. Tampoco mamá me había visto, pero yo seguí viendo por mucho tiempo aquella escena, el vestidito negro birllante, con una puntilla de color colgando de la pollera corta, la cara tan pintada y los pelos ajenos y largos. Puedo seguir viendo esta escena inolvidable porque fue la única vez que vi fumar a mamá.

La vieja odiaba el tabaco. Mandaba lavar los ceniceros cada vez que alguien apagaba un pucho y amargó los últimos años de papá obligándolo a abrir las ventanas del living en invierno para hacerlo cagar de frío mientras fumaba su cigarro de sobremesa.

En mi cuarto, las otras dos habían abierto mi caja de alfajores y los comían desparramando las miguitas sobre la sábana. Les quité la botella de guindado, después trabé la puerta, guardé mi caja de alfajores y volví a sentarme entre las dos. Cuando abracé a Mag, Vicky se puso a hacer sombras en la pared imitando con los brazos los movimientos de baile de Mag, una especie de ejercicio de atletismo desarrollado en tiempos asombrosamente lentos. Mag reía. La abracé más y volví a llevar su mano a mi entrepierna. La explosión de sangre fue más fuerte esta vez, porque cuando mis dedos descubrieron que se había quitado la bombacha, pensar que ella había estado esperándome todo ese tiempo me hizo sentir que se me hinchaban también el pecho y la garganta. Me tendí sobre ella, le dije “amor”. No sé por qué, pero le dije “amor” y busqué su boca y encontré su lengüita ágil. Tenía gusto a guindado y estaba cubierta de cascaritas de azúcar de mis alfajores: a ella sí pude besarla en la boca.

Mag era virgen, pero resultaba más fácil entrar en ella que en Vicky. No jadeaba. Apenas le temblaba la mandíbula cuando los brazos fuertes me apretaban, clavando las uñas con una fuerza que solamente ella podía tener. También con Mag acabé en el momento en que estaba entrando, mientras sus ojitos despistados recorrían el cuarto buscando las sombras de mi hermana, que seguía moviéndose a la luz de la llamita amarilla. Y era la quinta o quizá la sexta vez que terminaba aquella noche: pensarlo ahora me parece un sueño, algo que nunca ha sucedido, pero que pronto puede volver a producirse.

Después quedamos abrazados. Había más viento afuera, vibraba la ventana y entraban corrientes de aire helado al cuarto. Vicky llegó a cubrirse con mi manta. Los tres teníamos frío. Prendimos American Clubs y fumamos tirando las cenizas al suelo, alrededor del farol, entre papelitos y migas de alfajores. ¿Qué me importaba la limpieza del cuarto en una noche como aquélla?

Varias veces Vicky me dijo al oído:

—¡Qué bien me tocaste…! —parecía muy borracha y se abrazaba a mí.

Y cuando Mag quiso saber qué me decía, y ella le dijo que nunca lo sabría, porque eso era un secreto de familia y volvió a tocarme la pija, yo sentí que se me estaba volviendo a parar aunque tocaba con torpeza.

Cuando noté que no iba a poder terminar le pedí a Mag que ella también tocase. Las dos tocaban, riéndose.

Pero tampoco ella servía. Las mismas manos, que en otra ocasión podían haber sido un estímulo, en ese momento no eran más que un obstáculo para mí. Entonces, copiando algo que había leído alguna vez, empecé a frotarme con el ruedo del camisón de Mag. Era suave, de tela livianísima. Ella se quejó:

—¡Asqueroso! —me dijo y trató de correrse, pero Vicky le exigió que me dejara en paz y dijo que ella me iba a defender porque yo era su hermanito, y las dos se rieron de mí, mientras jugaban a tocarme como si yo tuviese un botón comandando los mecanismos. Al acabar me salieron apenas unas gotitas transparentes, absurdas: era la quinta, o sexta vez que terminaba. En cambio ahora no puedo terminar ni una sola vez, aunque evoque todos los recuerdos de aquella noche.

Cuando emponchándonos los tres en mi manta de viaje salimos al balcón, el aire frío nos quitó toda la borrachera del guindado. Apretados, temblando, fuimos por el balcón a espiar el cuarto de mamá: nos arrodillamos en el piso de mosaicos. Yo les abrazaba las cinturas y las dos me hablaban al oído echándome el vapor caliente de sus bocas.

Adentro, en el calor de nuestra casa, con sus tetas chatas y desinfladas, mamá le estaba bailando al pobre Leoni, que vestido sólo con su camisita empinaba el porrón de ginebra y se chorreaba el cuello. Ella lo llamaba; él hacía que no con la cabeza —¿no se atrevería a acercarse a la señora del patrón?— y ella le bailaba y le gritaba algo que después coincidimos los tres en que era la frase “Dale, puto” y él seguía negándose —creo que no fingía— hasta que ella fue a la cama y se le montó encima y se le reía, mientras yo bajaba la mano derecha y acariciaba la conchita de Mag que volvía a empaparse, y los tres tratábamos de contener la risa que nos daba ver la cara seria de papá, que desde la sillita enana del rincón, vestido solo con su saco pijama de rayas azules y coloradas, trataba de tener enfocada la linterna sobre la peluca rubia que mamá le sacudía encima al pobre Leoni.

Mag me abrazaba, me acariciaba la espalda, el cuello y las pelotas y a cada instante me buscaba la cara para meter su lengua entre mis labios y los dientes, pero como no pude convencerla de que me chupase la pija —tendría asco, o no querría dejar de espiar lo que ocurría en el cuarto— empecé yo mismo a pajearme de nuevo con la derecha, mientras metía un dedo de la izquierda en el tubito tibio de Vicky y seguía acariciando con el pulgar esa conchita cálida, que se empezaba a mover acompasadamente aunque el resto del cuerpo le temblaba de frío. Acabé pronto, contra la manta impregnada por el olor de la conchita de Vicky, donde mi piel sentía esa humedad nueva y tibiona que me pareció más limpia que cualquiera de las que hasta entonces, con mis otros hermanos, habíamos besado y acariciado tantas veces en el departamento de Raúl.

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