Mario Segade es un hombre polifacético: hace teatro, televisión, cine; escribe desde siempre. Irrumpió en la escena televisiva en la década del ’90 –junto con Gustavo Belatti- con ese unitario que a tantos conmovió y que fue Verdad consecuencia, después vinieron otros, como Vulnerables o Resistiré, y ahora escribe El puntero, el nuevo unitario de Pol-ka que protagoniza Julio Chávez.

En 2009 estrenó en el San Martín su primera obra de teatro: Un poco muerto, una historia sórdida y simpática a la vez donde el vínculo fraternal, junto a otros lazos, se pone en juego desde el rencor, los recuerdos, el amor y el desquicie. Y hace poco estrenó, en el Camarín de las musas, Vitello Tonatto, una especie de farsa en la que cualquier hijo de vecino podría encontrar rasgos de su propio clan, ese en el que a veces permanecemos fijos casi sin darnos cuenta, casi sin posibilidad de escape.

En un bar del sobrepoblado Palermo, una tarde de marzo -calurosa si las hay-, café y aire acondicionado de por medio, Segade se abre al diálogo y nos cuenta acerca de sus comienzos, sus obras y los temas que lo convocan. “Estamos domesticados”, dispara al centro de las relaciones humanas. Habrá que ver cuan posible es corrernos de ese sitio, habremos de seguir cuestionándonos la herencia.

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Mario Segade

¿Cómo empieza la escritura en tu vida?

Siempre escribí y siempre fui muy vanidoso con eso, porque sabía que escribía bien; puede sonar algo soberbio, pero siempre tuve la percepción de que con eso podía, es así. Escribía en el colegio y usaba las redacciones para seducir a las maestras y ese tipo de cosas. También leía muy bien, con lo cual ahí encontré un camino. Y nunca dejé de escribir. En el secundario tuve una etapa de escribir pelotudeces –de esas que escriben los adolescentes-, y a la vez me agarró una cuestión de timidez, no me animaba a mucho más que eso, lo tomaba como algo muy privado, me daba vergüenza. Más tarde ya empecé a hacer algún taller de escritura, a vincularme con el periodismo y a trabajar en eso. Paralelamente, en esos años –alrededor de los ’90- tenía una actividad de militancia política y colaboraba en algunos medios escritos. Eso duró un tiempo, y después me fui.

Tenía un amigo que se dedicaba a hacer dinero, en la época de Menem. Él compraba cosas de afuera, las traía y las vendía. A mí algo de eso me pareció novedoso, me subí a ese tren y me hice unos viajes de dealer de motos y conocí todo el submundo de los fierros -que me encanta-. Y eso de vuelta me llevó a escribir. Me había desconectado del todo y volví, fueron casi tres años. Hasta entonces yo nunca había escrito ficción todavía, mi escritura era en prosa, algo amateur. Escribía cuentos, poesía, tuve algún arranque de novela… Cuando volví, estaba muy mal de guita -me había dedicado a gastar todo lo que había ganado-, y estaba mal de laburo, entonces un amigo que tenía una productora -originalmente de fotografía- me propuso incorporarme a su productora para escribir. Estando con él en la productora lo conocí a Suar y empecé a laburar con él y a escribir televisión. Lo audiovisual enseguida me encantó. Primero fue Verdad consecuencia, y ahí arranqué con la tele.

¿Cuándo comenzaste a incursionar en teatro?

El teatro empezó un poco después, pero siempre me gustó. De hecho, muy de niño me encantaba la actuación, era super personaje, de esos niños insoportables que actúan, hacen de San Martín, Sarmiento, y todo eso. En la adolescencia me pasó algo parecido que con la escritura, me agarró una etapa retraída, de timidez, y no profundicé en eso. Más tarde cayó en mi vida [Augusto] Fernandes, pero más en relación a la dirección. Yo nunca había entrenado como actor, y después de hacer dirección muchos años con él, empecé a estudiar actuación. Cada tanto entreno, mantengo la actuación porque me sirve para dirigir, y también porque me gusta mucho.

¿Tenés en mente la puesta mientras vas escribiendo o primero está el texto?

Mientras escribo, en la puesta pienso poco y nada. Digamos que primero hago una obra que me interese como autor. Sé que la voy a dirigir, claro, y después, sobre la marcha, hago muchos cambios, todo el tiempo estoy reescribiendo la obra.

¿Cómo es ese pasaje de la propia obra del texto al escenario?

Hay un momento de autor que me puede llevar varias versiones pero en un momento termina. Yo no trabajo con los actores sobre inseguridades de autor. No dejo nada a resolver dramáticamente en el actor. Sí puedo decir ‘Vamos a ver qué pasa en esta escena’, pero yo dramáticamente confío en el texto. Y con eso voy al trabajo como director. En primer lugar, hago mucha mesa y lectura, los reviento a lectura y ahí ya me voy dando cuenta de algunas cosas. Y después voy al ensayo sin ningún mapa. Recibo mucho del actor, eso es fundamental. A partir de ahí vamos juntos. Hay directores que te arman el mapa y después te hacen actuar. A mí no me sale así. Claro que sí me imagino algo, pero más bien voy a ver qué pasa.

En tus dos obras de teatro aparece la figura de la familia con una fuerza animal. ¿Qué pensás sobre esa institución?

Ese tema me interesa mucho desde lo vincular, lo que se cree que es o debiera ser, lo que heredamos de la cultura, la cuestión de la monogamia, lo domesticados que estamos con respecto a la idea de padres, hermanos, hijos… Son todos vínculos de seres domesticados, hay algo de lo natural que se pierde ahí, el ser humano no es ese. Me gusta ese cruce, esa bipolaridad y esa disfuncionalidad que aparece a partir de algo que debe ser de una manera pero que no es así, esto de que los padres quieren a sus hijos y los hijos se sienten queridos y protegidos por sus padres, los hermanos se quieren y el vínculo es de tal forma… En fin, me interesa bucear un poco en eso. En Vitello Tonatto hay una presencia muy marcada de la institución materna, y en Un poco muerto está muy presente el padre –y a la madre no se la menciona en toda la obra-. De todos modos creo que ya está, que me voy a retirar un poco de ese tema.

¿Hay algo de autobiográfico –en el sentido estricto- en tus obras de teatro?

No, no tengo esa familia. Ojalá la tuviera, hubiera escrito mucho mejor sobre eso. Pero sí creo que uno escribe de aquello que conoce. Hay algo de la festividad, del festejo navideño y todo ese asunto que sin duda resuena en algún lado, hay algo de ese mundo que conozco mucho.

Otra figura omnipresente en tu obra es la del padre, y ligada a él, la de la herencia. Casi todos los personajes manifiestan en tu obra -explícita o implícitamente- cierta orfandad, ¿cuánto de eso creés que vivimos hoy en día?

Es cierto, los personajes están ahí totalmente solos. En el caso de Un poco muerto eso se da simultáneamente con una especie de pretensión de multitud, de una familia gigante que nos está esperando –de hecho la gráfica de Un poco muerto tenía que ver con eso, yo había hecho una grada con mucha gente- y hay como un anhelo de multitud, siempre se habla de los parientes que van a venir, se nombra gente… En Vitello Tonatto al contrario, quise poner muchos personajes en escena –son siete-.

¿Cómo nace Vitello Tonatto?

Surge de una imagen que tuve de una madre con un hijo obeso que en una navidad, desde el más profundo amor, le pega un cachetazo porque había agarrado un pedazo más de pan dulce del que correspondía. Me pareció genial. Y a partir de ahí, empecé a registrar ciertos comportamientos: de algunas madres grandes, de las suegras y ese tipo de relaciones. Me interesó también esa cosa de la navidad en que toda la gente se junta, uno no sabe muy bien por qué pero la gente se reúne. Y entonces dije: ‘Yo voy a escribir una obra que se llame “Mátenlas”, y que suceda en una noche navideña’. Y terminó en esto.

 

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Un poco muerto

¿Y Un poco muerto, cómo surge?

Me llevó mucho tiempo escribirla, como cuatro años. La abandonaba, iba y volvía. La imagen disparadora fue la de un tipo muerto, descomponiéndose, en un verano muy caluroso, un cuerpo en escena con el que nadie terminaba de hacer algo. En mi escritura siempre hay mucho cadáver, me encanta lo muerto, me seducen mucho los cementerios.

Vitello Tonatto es una comedia, o más bien una farsa, ¿cómo trabajás ese registro en escena?

Lo vamos viendo. Lo que siento es que tiene que ser de verdad, pero no lo vivimos como una comedia, lo que sí: yo le voy agregando cosas que hacen la parodia. Más allá de eso, a mí me gusta que el resultado sea el de la risa, pero me interesa más esa risa en la que uno se termina preguntando ‘¿de qué nos estamos riendo?’.

Yo lo pensaba también en términos de un grotesco, un poco esa línea donde lo cómico y lo dramático se cruzan, o quizás más bien donde lo dramático se cuenta desde lo cómico, ¿hay una elección estética en eso?

No sé, va pasando. Cuando hablé con el escenógrafo [Gonzálo Córdoba], él me propuso llenar el espacio de arbolitos de navidad. Eso no tiene un verosímil claro, pero a la vez hay ahí algo de mucho para nada que me atrae. En esta obra me gustaba que apareciera una actuación muy de verdad. Y junto con esa idea le fui metiendo cosas de Tandarica, desde que un personaje se tropiece al entrar, o que alguien repita cuatro veces la misma frase… Yo no quiero jugar esta obra en serio, en términos de la verdad de la crisis de la familia argentina. Que el espectador haga su viaje, a mí no me interesa acentuar eso, no quiero hacer un drama sobre el abandono. En ese sentido, desde la dramaturgia, tengo una mirada un poco descreída sobre los vínculos.

¿Hay algo así como una intensión de liviandad?

En Vitello Tonatto puede ser, en Un poco muerto la gente salía más tomada. Era otro público también. El San Martín es el San Martín. Y era genial cómo cambiaba el público de las funciones día a día, los miércoles –que es mitad de precio- venían más bien estudiantes y ese tipo de público, los jueves –que es el día más bajo- sale la gente que va al teatro muy puntualmente, y no te regalan ni medio, el viernes es parecido, y el sábado la gente va al teatro a reírse, a pasarla bien. A mí me encanta ese público que se ríe tanto, será porque como espectador yo la paso bien en el teatro cuando me río.

 

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Vitello Tonatto

Recién hablabas de la verdad, ¿cómo percibís esa verdad en escena?

Viéndolo lo compruebo más fácil, se trata de si me lo creo o no. Pienso que hay, sobre todo en estos imaginarios familiares, mucho de identificación. Enseguida te acordás de la tía pirula, del primo, del hermano… con lo cual ahí tiene que haber un grado de transmisión de estados y de sensaciones que el actor tiene que darle al personaje que me tiene que sonar posible y verdadero, aún en el disparate más grande. Yo les digo a mis actores que le pidan prestado a la persona que ellos son, letra.

En Vittelo Tonatto sobre todo -y también en Un poco muerto– aparece una violencia en los vínculos, un modo de relacionarse entre los personajes en los que late cierta impunidad, algo como de ‘sálvese quien pueda’, un profundo egoísmo del ser humano… ¿Hay algo de eso en tu visión del mundo?

Cuando yo escribo no lo pienso en esos términos, no es que yo diga ‘Voy a escribir una obra sobre el desamor, o me interesa indagar en vínculos de tal tipo’. No parto de ahí, no escribo así. Parto de algún lugar y eso me va llevando. Soy un tanto escéptico en relación a los vínculos, creo que hay que trabajar mucho para vincularse, creo que el ser humano no está atravesado, no es fácil vincularse. La sensación que tengo es que uno construye al otro ser, pero rara vez se vincula realmente con el otro, rara vez el vínculo es verdadero y no parte de algunas premisas como querer poseer o cambiar al otro en tal o cual sentido, siempre las relaciones –porque estamos domesticados así y hace falta trabajar mucho sobre eso- se construyen un poco sobre la culpa y el poder, entre otras cosas. Creo que esta idea del deseo que está tan presente –ya hablando más por fuera de la obra- es una cosa que nos quisieron meter, desde el psicoanálisis para acá. Yo creo que el deseo tiene mucho que ver con la apropiación, y ahí me parece que, en cualquier vínculo, ya la relación se plantea de un modo que no está muy bueno, ahí es donde empiezan los rollos y el querer modificar al otro. Poder vincularse con el otro desde lo que el otro es y es para conmigo, y ver si eso me interesa o no. Es muy difícil. Por eso pienso que las relaciones fracasan mucho. Y eso lo vuelco en los ensayos, hablo mucho de estas cosas con los actores. Me interesa mucho ese asunto. Yo me vinculo muy bien con actores y actrices que estén dispuestos a entregarse y a probar, a mí la persona que veo que se está cuidando no me interesa como actor.

Y respecto al trabajo con los actores, ¿cómo encarás la dirección?

En principio parto de actores que tengan cierto tránsito, que hayan vivido sus procesos. Les pido un imaginario abierto, lo cual ayuda mucho a la hora de componer y representar. Y necesito actores que no se estén agarrando todo el tiempo a lo que yo digo, por ahí hoy digo una cosa, y mañana llevo otra mirada, soy de modificar mucho, de no terminar nunca –claro que llega un momento en el que suelto, si no es imposible-. También soy de estar muy encima, voy a las funciones, anoto, corrijo, siempre digo algo.

¿Cómo fue tu formación?

En dramaturgia, principalmente con Kartun. Y en dirección, mucho con Augusto [Fernandes]. Y creo en eso, creo que es el mejor. Es el que más representa lo que yo pienso, y el que me enseñó y me abrió la cabeza. Augusto conoce mucho lo que él llama “la cosa”, el fenómeno del teatro, sabe de eso. Y todo lo que él dice a mí me cautiva mucho, es un universo inmenso. También me gusta mucho Bartis.

¿Cómo ves el panorama actual del teatro?

Me parece que hay buenas cosas, y también que hay una carente y fea ausencia del estado como generador. Más allá de las propuestas del San Martín o del Cervantes, creo que falta mucho. Hay que tener mucho empuje hoy para llevar a cabo una obra. De todos modos yo soy de la idea de que hay que estar y hay que hacer, no me gusta quedarme en la queja. Hay que hacer. Hacer y equivocarse, si es necesario, hay algo de eso que también está bueno.

¿Tenés algún proyecto para la pantalla grande?

Es probable que el año que viene dirija Un poco muerto. Sería mi Opera Prima. Ese asunto está un poco demorado por un tema de presupuestos. Hace poco tuve una charla con el productor que está interesado en hacerla y me vinculó con una productora de cine independiente que trabaja con la Martel, le dio el guión y les gustó mucho, así que se filmaría -en principio- para el último trimestre del 2012.

¿Y de la tele qué pensás? ¿Mirás televisión?

Hago zapping, veo cada vez menos. No tengo una gran fidelidad de espectador, hace rato que no sigo un programa, no me engancho mucho. Cuando hay series que me interesan, las veo en DVD. Hay algo de hacer tele como autor que me gusta mucho. Algunas veces me encanta lo que hago –como el proyecto en el que estoy trabajando ahora [El puntero]- y hay veces que no, pero de todos modos es laburo y le pongo lo mejor de mí. Creo que la tele es como un gran supermercado, con lo cual hay que meter de todo, tienen que convivir los shows de Tinelli con ficciones llevaderas y comedias. No tengo esa mirada de que la tele es una mierda.

A la hora de la escritura para T.V., ¿cómo te llevás con los tiempos?

Yo trabajo bien bajo presión, soy bueno para eso. Cuando la leña arde soy un buen bombero. Si hay un páramo por delante quizás me nublo más. A veces soy de los que dejan para último momento, y ahí resuelvo -y generalmente resuelvo de modo bastante original-. Si tengo la nada por delante me cuesta un poco más. Ahora, por ejemplo, ya tengo escritos siete capítulos [de El puntero], son capítulos largos y muy complicados de armar. Estoy como en un momento de padecimiento, pero eso es parte del proceso, que yo padezca es parte del plan. En este momento se están grabando esos primeros capítulos –lo que llevará un mes y algo- y después tengo que armar uno por semana. Eso es mortal. Armarlo, pensarlo, estructurarlo, resoplar para que caiga alguna ficha, ponerme a dialogar… Es un trabajo difícil, y me encanta.

¿Y cuándo escribías en colaboración? ¿Era otra historia?

Sí, en un punto es un trabajo más descansado -siempre que hablemos de unitarios, la tira diaria es otro esquema-. Con [Gustavo] Bellati era lo mismo que hago hoy, sólo que éramos dos cabezas pensando, con lo cual había una parte de preproducción nuestra donde tirábamos ideas, personajes, etc., cosa que hoy hago solo -aunque chequeo siempre con amigos y gente en la que confío-. Después vas estructurando los capítulos, y la mirada de la productora -concretamente la de Suar- para mí es aliviadora, tenemos una charla por semana y eso resulta muy enriquecedor, él lee, me hace una devolución… También anoto mucho, todo el tiempo, y tengo mis manías.

¿Tenés una rutina de escritura?

Ahora está alterada por el teatro, porque ensayamos por la mañana. A mí me gusta mucho escribir a la mañana, ese 9 a 13 me resulta genial, nadie molesta a esa hora. A la noche llego fusilado. El sueño del escritor bohemio que toma whisky y escribe por las noches no es para mí. Trato de armar mi rutina de día, pero si no, escribo cuando puedo.

Estás escribiendo, en un año de elecciones, una serie que tiene de protagonista a un puntero político del conurbano bonaerense. Calculo que –aunque más no sea entre líneas- habrá ahí algún abordaje de la realidad nacional…

No desde el titular del diario. Quizás sí desde la cosita más pequeña, algo de la mezquindad, de la rapiña, de lo que viven estos personajes. Del negociado hablan los noticieros. A mí me interesa cómo es la diaria de estos pibes y espiar por el ojo de lo privado de un personaje público -si bien en la historia Chávez no es un personaje muy reconocido-. Él es un punterito del conurbano, el jefe político de esa zona, que reporta al intendente del lugar; labura para ese intendente a cambio de un compra-venta, lleva-trae, hace sus negocios… y a la vez tiene un laburo social muy fuerte sobre un determinado corte de gente, que es lo que pasa con este tipo de personajes: donde el estado no llega, llegan ellos, ellos consiguen la salud, la educación, la vivienda, todo pasa por ellos, vos si querés algo tenés que hablar con ese puntero, sino, no accedés. Algo de eso es una pared de mucho verosímil. Pero la mirada no está puesta en la cuestión política nacional.

¿Y cómo ves el panorama político actual?

Por un lado veo que hay cosas que el gobierno está llevando adelante que a mí me parecen auspiciosas, sobre todo en termas vinculados con mi actividad. Yo el año pasado participé desde lo autoral en un grupo que labura mucho con el tema de la tv digital y los concursos del Incaa y demás, ahí conocí gente que trabaja muy seriamente en temas muy técnicos de cuestiones muy precisas y puntuales; eso -en este país que uno cree que es de cuarta- para mí tiene un valor. Creo que hay temas que el gobierno maneja muy bien, pero también pienso que se la creen un poco de más de lo que hacen. Yo soy más descreído en ese sentido. De todos modos no sé si se podría hace algo muy diferente, ¿cómo se erradica la pobreza de verdad? ¿Cómo se hace eso? ¿Es posible en un sistema capitalista que haya menos pobres y todo eso, sin la dádiva?

¿Creés que el teatro tiene que tener un compromiso político?

Esto puede sonar un poco mal, pero yo, cuando voy al teatro, primero que nada la quiero pasar bien, eso no quiere decir necesariamente estar flojito y riéndome. El hecho artístico para mí tiene que ver también con el placer, con poder estar a gusto. Hubo una falsa idea sobre el teatro político que tiene que ver con que cuanto más incomprensible resulta mejor es, como si la incomprensión y la profundidad fueran de la mano. Eso me parece que no es así. Creo que el teatro tiene que tener un compromiso, sí, además me gusta eso, pero siempre en la medida en que esté bien contado y bien llevado. Si es panfleto no me interesa, creo que a nadie le interesa eso hoy día.

 

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Vitello Tonatto

Vitello Tonatto puede verse todos los viernes y sábados a las 21 hs. en el Camarín de las musas (Mario Bravo 960).

Ficha técnica

Dirección: Mario Segade

Dramaturgia: Mario Segade

Actúan: Diego Burzomi, Néstor Caniglia, Nara Carreira, Lucrecia Gelardi, Jose Espeche, Livia Fernan y Sofia Palomino

Iluminación: Gonzalo Córdova

Producción: Natalia Bellotto

Vestuario: Laura Singh

Asistencia de dirección: Diego Quiroz

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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