Buenos Aires, 1806. Mientras la ciudad se inunda de rumores que hablan de navíos ingleses que podrían atacar las costas, don Octavio Vázquez y López –librero, lector voraz de Rousseau- es convocado por el virrey Sobremonte para dilucidar un asesinato ocurrido en la Plaza de Toros. Lo que ni el virrey ni el investigador –al que ayudan su hija Mercedes y sus dos esclavos- saben, es que ese cuerpo al que le han arrancado el pulgar de la mano derecha será el primero de una serie de asesinatos, que llevarán a don Octavio tras los pasos de un asesino serial, mientras se desarrolla la primera invasión inglesa, la reconquista de la ciudad y su defensa. Don Octavio – inexperto Sherlock Holmes del virreinato del Río de la Plata- debe investigar a sus amigos. Juan José Castelli, Martín de Álzaga y Jacques Liniers, en una trama que no sólo relata pormenorizadamente cómo fueron las invasiones inglesas, sino que también muestra cómo era esa misteriosa Buenos Aires, una tierra plagada de contrabando, logias dispares, conspiraciones y deseos. Mientas aguardamos la segunda novela de esta excelente saga policial en las librerías de Buenos Aires, conversamos con el autor sobre la génesis del proyecto, sus influencias y su visión de la actualidad literaria del género en nuestro país.

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Enmarcados en un renovado interés de los lectores por el género negro y en torno al bicentenario surgen varias obras ambientadas en las invasiones inglesas entre las que se destacan especialmente tu novela y las de Mercedes Giuffre, a quien ya entrevistamos en un número anterior de Evaristo cultural. ¿A qué atribuís esta especie de revisionismo? ¿Qué te llevó a vos a escribir sobre este periodo de nuestra historia?

Me enteré de la novela de Giuffré cuando apareció, en marzo del 2010. Me sorprendió que justo ambos hubiéramos abordado el mismo período histórico cruzándolo con el género policial en su vertiente inglesa. Yo había empezado la novela en el 2004, el año en que se publicó La joven guardia, con la esperanza de que integrar la antología me facilitaría la publicación. No fue así. Antes de ser publicada, Crímenes coloniales I fue rechazada por Norma, Random House y Alfaguara. En el 2008 fue finalista del Premio Emecé de Novela, pero me ganó –con justicia- Federico Jeanmaire. Por suerte di con Carlos Sáez, editor de Del Nuevo Extremo, quien enseguida aceptó la novela y el proyecto general de cinco novelas. Y digo “por suerte” porque una cosa fue ver la alegre casualidad de que se publicaran casi en simultáneo las novelas de Giuffré y la mía y otra muy distinta hubiera sido si Crímenes… hubiese quedado en mi profuso cajón de los inéditos. La novela histórica de carácter revisionista fue una moda en los ´90. Fue una década extraña, en la que pareciera que buena parte de los intelectuales, al estar incapacitados de que los escucharan en relación a lo que ocurría en el país, se pusieron a hablar de otros tiempos. Y los lectores respondieron. Creo que, se conjugó el espanto ante lo que pasaba o simplemente hacerse los tontos en relación a un contexto desaforado. En lo personal, considero que ese revisionismo no fue demasiado productivo a nivel histórico ni literario. El estudio historiográfico revisionista sirve para desacartonar y desmitificar los conceptos que se difundieron masivamente en otras décadas con seres de bronce para así reinterpretar los procesos históricos; sin embargo, en nuestro país esa revisión de la historia fue pobre, apuntando más que nada a los entretelones de las vidas privadas –por ejemplo, cuántas mujeres tuvo Urquiza, dato no sólo intrascendente sino íntimo-. En su momento, cuando leía esas novelas, me daba la sensación de que se trataba de una especie de Intrusos en el espectáculo dedicado a la historia. En lo personal, desembocar en la novela histórica fue una consecuencia lógica, más que una elección inicial. En la literatura argentina hay proliferación de “policial negro/americano” pero, a excepción de los Seis problemas para don Isidoro Parodi de Borges y Bioy y algún cuento de Walsh, hay muy poco del “policial deductivo/inglés”. Me propuse hacerlo, y pronto me descubrí en un problema: en la Argentina actual no es difícil descubrir a un ladrón o asesino, sino meterlo preso. Hacer a un detective que busca pistas en nuestro presente, creí, resultaba inverosímil. Fue entonces que decidí viajar al pasado y hacer lo que creo es una novela histórica, que permita revisitar el período para comprender el proceso y sus consecuencias. Por otro lado, para que no fuese una estafa para el lector o una vulgar estrategia de mercado, me propuse que el caso policial debía ser de tal modo que no pudiese ocurrir en ningún otro contexto histórico que ése.

¿Qué reflexión te merece este reverdecer del género noir en nuestro país?

El género negro siempre gozó de buena salud en la Argentina. Por suerte. Ya desde Borges, Bioy o Walsh, pasando por Juan Martini, Elvio Gandolfo y unos cuantos más.

Lo que creo ocurrió en los últimos años fue que surgieron dos escritores que enaltecen al género: Ernesto Mallo y Leonardo Oyola. Uno por medio de la novela negra más clásica revisitada por ejemplo en El delincuente argentino y el otro a través de una genial reinvención del género en genialidades como Chamamé, donde hay un excepcional uso dramático y discursivo de los bajos fondos. De todas formas, estos dos escritores aún no recibieron la justicia de ser recibidos por el público masivo –lo cual no sólo espero sino que deseo se produzca-, por lo que este “reverdecer”, creo, se refiere más a la producción que a la interacción entre autores y lectores.

Más allá de eso, creo que el género negro es más que útil en contextos opresivos o donde el delito es moneda corriente en las prácticas sociales. Por lo tanto, dado el contexto en el que vivimos, no dudo que esa comunión autores/lectores se producirá en un cortísimo plazo.

 

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¿Cómo encaraste la reconstrucción de época más allá de las lecturas que declaras en la nota de autor? ¿Cómo fue el trabajo de investigación para encarar este proyecto?

Mientras escribía Crímenes coloniales I tuve la suerte de ser empleado público: esto es, cobraba pero realmente tenía poco por hacer. Eso me permitió contar con un tsunami de tiempo libre que me permitió desarrollar la investigación. Los textos que abordé, están aclarados en las notas finales. El proceso fue, fundamentalmente, recorrer bibliotecas y también caminar y tomar notas de los sitios donde se habían producido los hechos. Fruto de esas caminatas fue la ubicación de la librería de don Octavio Vázquez y López, protagonista de la novela: intentaba ver el ancho de las calles frente al Nacional Buenos Aires –para ver cómo se habían desarrollado las escaramuzas para la reconquista de la ciudad- cuando descubrí en la esquina una librería que, en su cartel, anunciaba que existía desde el tiempo de la colonia. Y ahí la ubiqué, nomás. Tuve la suerte de ser despedido de mi empleo público, lo que me obligó a un rol activo y así conseguí mi actual empleo de periodista. Si bien es más digno e interesante, también me deja mucho menos tiempo libre, por lo que para Crímenes coloniales II conté con la ayuda de la historiadora Mariana Paganini para contextualizar los hechos. La verdad, al haber contado con esa colaboración descubrí una metodología mucho más productiva, que me permitió concentrarme en la trama y la psicología de los personajes. En lo personal, creo que el resultado de Crímenes coloniales II es superior al I. Y repetiré la metodología en los siguientes tres volúmenes.

Salvo que me despidan de mi actual empleo y vuelva a gozar de un exceso de tiempo libre, claro.

Tu novela está atravesada por muchos elementos del folletín clásico tanto en las escenas de acción como en la relación de los personajes, como es el caso de Mercedes con Héctor. Así también, la lógica de don Octavio Vázquez y López está imbuida de cierto positivismo victoriano muy a la Conan Doyle. ¿Cuáles fueron tus influencias y tus lecturas a la hora de encarar la escritura?

Cuando era adolescente, mi abuelo hijo de inmigrantes me insistía que, por más que deseara ser escritor, debía estudiar algo. Fue así como hice sociología en la UBA y luego maestrías diversas. Ese conocimiento –fundamentalmente el de la carrera de grado-, que en su momento supuse me resultaría absolutamente inútil, fue vital para Crímenes coloniales. Yo sabía que don Octavio, para poseer una capacidad deductiva superior al resto, debía ser un hombre instruido. De ahí su trabajo de librero, que le permite estar en contacto con todo lo que se publicaba en la época. Deduje que era un hombre que conocía a los contractualistas y sentía cierta fascinación por la obra de Rousseau, aunque también reconocía la utilidad de Thomas Hobbes. Es un hombre interesado en la libertad, y por lo tanto en el poder y cómo limitarlo. Todo eso que había aprendido en la licenciatura me sirvió para saber bien cuáles eran las implicancias de las acciones de los personajes a medida que debían decidir qué hacer durante las invasiones inglesas en Crímenes coloniales I y la semana de mayo en Crímenes coloniales II.

Crímenes coloniales llegó a editarse en España ¿Cuál fue su acogida?

Crímenes coloniales I se distribuye en España mientras te respondo esto, por lo cual es un poco prematuro hablar de acogidas.

Sí puedo decirte que se publica en la Serie Negra de RBA, que goza de cierto prestigio en la península –publica las obras completas de Chandler, de Jim Thompson, de Agatha Christie-. Soy el primer argentino que incluyen en la colección, con lo cual estoy tan contento como sorprendido.

 

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Edición española

¿Cómo imaginas la relación del lector español con un texto ambientado en el ocaso del virreinato?

No tengo la más remota idea. De hecho, ni siquiera me he comunicado mucho con la gente de RBA. Tuve sólo una reunión, cuando uno de los dueños visitó Buenos Aires. Por lo que me dicen, para el español va a ser sorprendente o impactante comprobar o recordar que en otros tiempos ellos fueron la mayor potencia mundial.

En lo personal, escribo para argentinos. Publicar afuera es más que bienvenido, pero no lo tomo en cuenta a la hora de elegir sobre qué escribir y cómo abordarlo. De hecho, siempre supuse que Crímenes coloniales jamás iba a interesar más allá de nuestras fronteras.

Sociólogo, periodista y narrador. ¿Cómo vez la actualidad cultural y literaria del país?

Me preocupa y me da pena. Mi sensación es que hay pocos intelectuales de relevancia, pese a la proliferación de escritores y poetas. Perdimos muchísimo el año pasado con el fallecimiento de Fogwill, que no sólo escribía como los dioses sino que se permitía –intuyo que se obligaba- a hacer lo que creo debe hacer un intelectual: poner el dedo en la llaga social. Al vivir en un territorio donde la práctica político-económica se desarrolla en base a la consecución de delitos de variado tipo y tenor uno pensaría, viéndolo desde afuera, que la gente abocada a la actividad cultural y literaria conformaría una estructura crítica. No parece ser así. Si el clientelismo ha demostrado conseguir adhesiones con electrodomésticos, colchones o zapatillas entre los sectores populares, con los sectores supuestamente intelectuales el equivalente han sido subsidios o pasajes a Frankfurt en clase turista.

Terminás el relato con una velada promesa de continuidad ¿Cuándo podremos internarnos en la lectura del segundo cuaderno de Mercedes?

Crímenes coloniales II. Muerte anunciada en la Semana de Mayo se está distribuyendo mientras te escribo esto.

El proyecto fueron siempre cinco libros. La idea es publicar el tercero, en el 2012, ambientado durante la Asamblea del Año XIII y en una trama donde la locura tendrá mucha importancia. El cuarto, en 2013, ambientado durante el Congreso de Tucumán en el que se declaró la independencia y en una trama donde ocupará un lugar central una compañía teatral especializada en poner en escena obras de Shakespeare. Finalmente, el quinto –sobre el que no adelantaré nada- debería ser para el 2014. Todo esto depende, claro, de los tiempos editoriales y de los míos propios. Por una cuestión de no aburrirme en escribir siempre en el mismo tono de Merceditas Vázquez y López, decidí intercalar los Crímenes coloniales con la escritura de una trilogía que abordará el “policial de mafia”. Una especie de El padrino pero con los intendentes del conurbano bonaerense. Se llama –por ahora, al menos- La mafia política y estoy promediando la escritura del primer volumen, que abarca el período 1983-1989. El segundo sería entre el ´89 y el 2001, y el tercero desde el 2002 hasta nuestros días.

 

 

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Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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