Verano de 1968. Martin Luther King y Robert Kennedy están muertos. Las conspiraciones empiezan a aclararse. Un grupo de­dicado al juego sucio está listo para desplegarse en la Conven­ción Demócrata de Chicago. Los militantes negros están com­batiendo en el sur de Los Ángeles. Los federales se disponen a tomar medidas drásticas para evitarlo. Y el destino ha colocado a tres hombres en el vórtice de la Historia.

Dwight Holly es el matón preferido de J. Edgar Hoover. Obsesio­nado con un oscuro personaje de izquierdas llamado Joan Rosen Klein, pone en práctica los planes racistas de Hoover. Wayne Tedrow, ex policía y traficante de heroína, está construyendo una meca del juego para la mafia en la República Dominicana, y cada vez es más radical. Don Crutchfield es un joven mirón y detective privado al alcance de asesinos de derechas, revolucionarios de izquierdas y manipuladores del poder de una época incendiaria. Sus vidas chocan al tratar de dar caza a la Diosa Roja Joan, y cada uno de ellos pagará «un precio elevado y feroz por formar parte de la Historia».

Sangre vagabunda es una novela negra de un alcance y una pro­fundidad asombrosos, un gran relato de corrupción y castigo, de ideales opuestos y del amor llevado al extremo, con ella, el maestro del hard boiled da cierre a su Trilogía Americana comenzada por América y Seis de los grandes. A continuación reproducimos el primer capítulo del libro. Agradecemos a María Estomba, de ediciones B por permitirnos hacerlo.

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Los Ángeles, 24/2/64

De repente:

El camión de la leche giró bruscamente a la derecha y rozó el bor­dillo. El conductor perdió el control del volante. Presa del pánico, pisó los frenos. Las ruedas traseras patinaron. Un furgón blindado de Wells Fargo colisionó con el camión frontolateralmente.

Anota ahora:

7:16 horas. Los Ángeles Sur. La Ochenta y Cuatro con Budlong. Negrolandia residencial. Chozas de mierda con patios delanteros de tierra.

Los dos vehículos se detuvieron por el impacto. El conductor del camión de la leche se golpeó contra el salpicadero. La puerta de su lado se abrió del todo. El conductor se desplomó y cayó en la acera. Era un negro de unos cuarenta tacos.

El furgón blindado se hizo unas abolladuras en el capó. Se apea­ron tres vigilantes a inspeccionar los daños. Eran blancos, vestidos con pantalones ajustados de color caqui. Llevaban cinturones con pisto­leras abotonadas y correajes.

Se arrodillaron junto al conductor del camión de la leche. El tipo dio unas sacudidas y jadeó. El golpe contra el salpicadero le había abierto un corte en la frente. La sangre le caía sobre los ojos.

Anota ahora:

7:17 de la mañana. Cielo nublado invernal. La calle está tranqui­la. No hay peatones. El choque aún no ha despertado curiosidad.

El camión de la leche exhaló. El radiador resopló. El vapor silbó y se dispersó ampliamente. Los vigilantes tosieron y se restregaron los ojos. Tres hombres se apearon de un Ford del 62 aparcado unos metros más atrás.

Llevaban máscaras. Llevaban guantes y zapatos con suela de crepe. Llevaban cinturones de trabajo con bombas de gas en las bolsas. Iban en manga larga y abotonados de arriba abajo. Llevaban tizna­da la piel.

El vapor los envolvió. Se acercaron y sacaron pistolas con silen­ciador. Los vigilantes tosieron. Aquello suministró cobertura sonora a los enmascarados. El conductor del camión de la leche sacó una pipa con silenciador y disparó en la cara al vigilante más cercano.

El ruido fue un golpe seco. La frente del vigilante estalló. Sus dos compañeros se llevaron la mano a la pistolera. Los enmascarados les dispararon por la espalda. Se doblaron y cayeron hacia delante. Los en­mascarados les dispararon en la cabeza a quemarropa. Los disparos y los crujidos de los cráneos resonaron apagados.

Son las 7:19. Todo sigue tranquilo. No hay peatones y el choque aún no ha despertado curiosidad.

Ahora, ruido: dos disparos y fuertes ecos. Llamaradas de una boca de cañón de arma, extrañas: disparos por una aspillera apaisada del furgón blindado.

Las balas rebotaron en el asfalto. Los tipos de las máscaras y el conductor del camión de la leche se arrojaron al suelo. Rodaron ha­cia el furgón blindado. El furgón escupió fuego. Sonaron cuatro dis­paros más. Cuatro más dos: una carga de revólver.

El enmascarado número uno era alto y delgado. El enmascarado número dos era de estatura media. El enmascarado número tres era corpulento. Son las 7:20. Todavía no hay tráfico de peatones. Un gran dirigible en lo alto del cielo arrastraba publicidad de unos grandes al­macenes.

El enmascarado número uno se levantó y se agachó debajo de la aspillera. Sacó una bomba de gas de la bolsa y le arrancó el tapón. Los vapores chisporrotearon. Metió la bomba por la rendija. El vigilante que estaba dentro chilló y se oyeron sus náuseas. La puerta trasera re­ventó hacia fuera. El vigilante saltó y cayó de rodillas en el asfalto. Sangraba por la nariz y la boca. El enmascarado número dos le dis­paró dos veces en la cabeza.

El conductor del camión de la leche se puso una máscara de gas. Los enmascarados se pusieron una máscara de gas sobre la máscara de la cara. El gas salió silbando por la puerta trasera. El enmascarado nú­mero uno sacó la bomba de gas número dos y la lanzó al interior.

Los vapores se expandieron y se asentaron en una niebla ácida, roja, rosa, transparente. La calle empezó a despertar. Mirones en las ventanas, algunas puertas abiertas, tipos de color en los porches.

Son las 7:22. Los gases se han dispersado. Dentro no hay un se­gundo vigilante.

Ahora entran.

Apenas cabían. Era un espacio muy aprovechado. Estanterías con sacas de dinero y maletines amontonados. El enmascarado número uno los contó: dieciséis sacas y catorce maletines.

Los agarraron. El enmascarado número dos llevaba un saco de yute metido en los pantalones. Lo sacó y lo abrió.

Arramblaron con todo. Llenaron el saco. Un maletín se abrió. Vie­ron montones de esmeraldas en bolsitas de plástico.

El enmascarado número tres abrió una saca de dinero. Asomó un rollo de billetes de cien. Tiró de la goma elástica. Unos chorros de tin­ta lo rociaron y le alcanzaron los agujeros de la máscara. Le entró tinta en la boca y en los ojos.

Jadeó, escupió tinta, se restregó los ojos y salió trastabillando. Se cagó en los pantalones y se quedó plantado en medio de la calle, agi­tando los brazos. El enmascarado número uno se apartó de la puerta y le disparó dos veces en la espalda.

Son las 7:24. Ahora hay expectación. Es un estruendo selvático li­mitado a los porches.

El enmascarado número uno se encaminó hacia allí. Sacó cuatro bombas de gas, las destapó y las lanzó. Las arrojó a derecha y a iz­quierda. Se elevaron vapores rojos, rosados y transparentes. Un cie­lo ácido. Un sistema frontal de minitormentas, un arco iris. Los idio­tas de los porches gritaron y tosieron y entraron corriendo en sus casuchas.

El conductor del camión de la leche y el enmascarado número dos llenaron cuatro sacos hasta arriba. Se llevaron toda la carga, las sacas y los portafolios, treinta en total. Se dirigieron hacia el Ford del 62. El enmascarado número dos abrió el maletero. Metieron los sa­cos dentro.

7:26.

Se levantó una brisa. El viento arremolinó las nubes de gas con­virtiéndolas en colores frenéticos que se fusionaban. El conductor del camión y el enmascarado número dos observaban con los ojos muy abiertos detrás de las gafas protectoras.

El enmascarado número uno se plantó ante ellos. Se cabrearon. ¿Qué pasa? No nos tapes el espectáculo de luz. El enmascarado nú­mero uno les disparó a los dos en la cara. Las balas rompieron los cris­tales de las gafas y los tubos de las máscaras y los colores se extin­guieron en un instante.

Anótalo ahora:

Las 7:27. Cuatro vigilantes muertos, tres atracadores muertos. Nu­bes de gas rosa. Lluvia ácida. Los vapores teñían los matorrales de gris maligno.

El enmascarado número uno abrió la puerta del conductor y me­tió la mano debajo del asiento. Exactamente allí: un soplete y una bol­sa marrón llena de perdigones. Los perdigones parecían comida para pájaros/un híbrido de gominolas.

Trabajó despacio.

Se acercó al enmascarado número tres. Le puso perdigones en la espalda y le metió otros en la boca. Encendió el soplete y flambeó el cadáver. Se acercó al conductor del camión de la leche y al enmasca­rado número dos. Les puso perdigones en la espalda, les metió otros en la boca y flambeó los cadáveres con el soplete.

El sol ya estaba alto. Los vapores del gas atraparon los rayos y convirtieron en un gran prisma una pequeña franja de cielo. El en­mascarado número uno se marchó, conduciendo en dirección sur.

Fue el primero en llegar a la escena. Siempre lo hacía. Pinchaba la radio de las patrullas y se enteraba de todo lo que ocurría en el barrio negro. Llevaba su propia radio multifrecuencia.

Se detuvo junto al furgón blindado y el camión de la leche. Miró calle abajo. Vio a unos negros de mierda mirando la masacre. El aire era irritante. Su primera suposición: bombas de gas y un choque simulado.

Los negros asquerosos lo vieron. Pusieron su cara habitual de «¡oh, mierda!». Oyó sirenas. La superposición le dijo que eran seis o siete unidades. Newton con la calle Setenta y Siete. Dos divisiones iban ha­cia allí. Tenía tres minutos para inspeccionar.

Vio a los cuatro vigilantes muertos. Vio dos hombres calcinados junto al bordillo de la acera este, unos cuantos coches más atrás.

Hizo caso omiso de los vigilantes. Estudió a los quemados. Esta­ban bien socarrados, con la piel resquebrajada y las ropas desordena­das. Su primer pensamiento: traición instantánea. Jodamos la identi­ficación de unos socios desechables.

Las sirenas sonaron más cerca. Calle abajo, un chico lo saludó. Agachó la cabeza y le devolvió el saludo.

Ya había captado la gestalt. Hay cosas que esperas toda la vida. Y, cuando llegan, las reconoces.

Era un tipo grande. Vestía un traje de sarga de lana y una pajarita de tartán. Llevaba cosidos en la tela unos pequeños catorces. Había disparado y matado a catorce atracadores armados.

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James Ellroy

 

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