El regreso de Yen-Tchin-King

Por Lafcadio Hearn

En los últimos años, la obra de Lafcadio Hearn, infatigable difusor de la cultura japonesa, fue redescubierta por los lectores y reeditada por distintos sellos en el marco del renovado interés por las letras niponas. Éste escritor, que terminaría su vida habiendo adoptado el nombre de Yakumo Koizumi, escribió también un libro menos famoso, pero mencionado por Borges como uno de sus libros de cabecera. Fantasmas de la China llega a nuestro mercado en la elegante edición de La Compañía. Agradecemos al señor Salvador Biedma el permitirnos reproducir el relato que sigue a continuación.

Ante mí corre, como lo hace un heraldo,

el Líder de la Luna;

Y el Espíritu del Viento me persigue,

apurando su vuelo.

LI-SAO

 

En el capítulo 38 del libro sagrado, Kan-ingp’ien, donde se trata de la Recompensa de la Inmortalidad, puede encontrarse la leyenda de Yen-Tchin-King. Han transcurrido mil años desde la muerte del buen Tchin-King; pues fue en el apogeo del período Tang cuando vivió y murió.

En aquellos días en que Yen-Tchin-King era Juez Supremo de uno de los Seis Augustos Tribunales, cierto Li-hi-lié, un soldado de una perversidad prodigiosa, levantó la bandera negra de la revuelta y arrastró con él, como una marea de destrucción, a millones de habitantes de las provincias del norte. Al enterarse de estas noticias y sabiendo que Hi-lié era el más feroz de los hombres, que nada respetaba sobre la tierra salvo la intrepidez, el Hijo de los Cielos le ordenó a Tchin-King que visitara a Hi-lié, tratara de llamar al orden al rebelde y leyera ante los pueblos que lo habían seguido en la revuelta una carta de reprobación y amenaza del Emperador. Como Tchin-King era famoso a lo largo y lo ancho de las provincias por su sabiduría, su rectitud y su temeridad, el Hijo de los Cielos pensó que, si Hi-lié habría de escuchar las palabras de algún hombre de lealtad y virtud firmes, las únicas palabras que habría de escuchar eran las de Tchin-King. De modo que Tchin-King se alistó con su uniforme de funcionario, puso su casa en orden y, tras abrazar a su esposa y sus hijos, montó en su caballo y se dirigió solo hacia el vociferante campamento de los rebeldes, llevando la carta del Emperador junto al pecho. «He de regresar, no temas», fueron sus palabras al anciano sirviente que lo contemplaba avanzar desde la terraza.

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Tchin-King finalmente bajó del caballo, entró al campamento rebelde y, luego de pasar en medio del enorme grupo guerrero, se halló en presencia de Hi-lié. El rebelde ocupaba un lugar elevado entre sus jefes, rodeado por el brillo ondulante de las espadas y el estruendo de diez mil gongs; sobre él flameaban las banderas de seda del Dragón Negro, mientras un enorme fuego se alzaba amenazante ante él. Vio también Tchin-King que las lenguas de ese fuego lamían huesos humanos y que había calaveras ennegreciéndose entre las brasas. Pero no lo atemorizó mirar ese espectáculo, ni contemplar los ojos de Hi-lié. Sacó del pecho el rollo de seda amarilla y perfumada en el que se hallaban escritas las palabras del Emperador. Lo besó mientras la multitud se mantenía silenciosa, y comenzó a leerlo con voz fuerte y clara:

–Las palabras del Augusto y Celestial, el Hijo de los Cielos, el Divino Ko-Tsu-Tchin-Yao-ti, dirigidas al rebelde Hi-lié y a quienes lo siguen…

Se escuchó un rugido, similar al bramido del mar, un rugido de rabia y el canto furioso de batalla, como el aullido de un bosque durante una tormenta: ¡Hoo! ¡Hoo-oo-oo-oo! Se desataron los rayos de las espadas y el estruendo de los gongs hizo temblar la tierra bajo los pies del mensajero. Pero Hi-lié agitó su bastón dorado y volvió a reinar el silencio.

–¡No! –habló el jefe rebelde–. Dejen que el perro ladre.

Entonces habló Tchin-King:

–¿No saben acaso, hombres temerarios y dementes, que dirigen a la gente hacia las fauces del Dragón de la Destrucción? ¿No se dan cuenta de que el pueblo de mi reino es la primera generación nacida del Amo de los Cielos? Está escrito que el Cielo no tolerará que siga viviendo aquel que arrastra sin necesidad al pueblo al dolor y a la muerte. Aquellos que se atrevan a desobedecer esas leyes establecidas por el sabio –esas leyes cuya obediencia es el único camino para encontrar la felicidad y la prosperidad– cometerán el mayor de todos los crímenes, un crimen que jamás será perdonado.

–Pueblo mío, no creáis que yo, vuestro Emperador, vuestro Padre, busco vuestra destrucción. Sólo deseo vuestra felicidad, vuestra prosperidad, vuestra grandeza; que vuestra locura no provoque la severidad de vuestro Padre Celestial. No os guiéis por la locura y la rabia ciega; lo mejor es que prestéis atención a las sabias palabras de mi mensajero.

«¡Hoo! Hoo-oo-oo-oo», rugió el pueblo, cuya furia iba en aumento. «¡Hoo! Hoo-oooo-oo», hasta que las montañas devolvieron el grito como el ulular de un tifón y una vez más el repique de los gongs paralizó las gargantas y los oídos. Entonces Tchin-King, mirando a Hi-lié, vio que éste se reía y que nadie volvería a prestar atención a las palabras de la carta. En consecuencia la leyó hasta el final sin que ninguna persona lo mirara y decidió cumplir con su misión en todo lo que estuviera a su alcance. Después de haber leído todo el texto, le entregó la carta a Hi-lié, pero éste no extendió la mano para tomarla. De modo que Tchi-King la volvió a guardar en el pecho y, desenfundando las armas, miró con calma a Hi-lié y esperó. Hi-lié volvió a agitar su bastón dorado y el estruendo se acalló, lo mismo que el bramido de los gongs, por lo que lo único que se escuchaba era el flamear de la bandera del Dragón. Entonces habló Hi-lié, con maligna sonrisa.

–Tchin-King. ¡Oh, hijo de un perro! Si no me juras lealtad ya y te inclinas ante mí y me brindas el saludo que se da a los Emperadores –incluso el luh-kao, la triple postración–, te he de arrojar a aquella hoguera.

Tchin-King, dándole la espalda al usurpador, se inclinó por un momento como gesto de devoción al Cielo y a la Tierra; pero súbitamente se puso de pie, por lo que ningún hombre pudo detenerlo, saltó a las altas llamas y permaneció allí con las armas enfundadas, semejante a un dios.

Hi-lié también se puso de pie por el asombro y les gritó a sus hombres, quienes quitaron a Tchin-King del fuego y apagaron las llamas de sus ropas con sus manos desnudas, lo ensalzaron y reverenciaron por su valor. Hasta Hi-lié se bajó de su trono y le dijo agradables palabras:

–Oh, Tchin-King, veo que eres realmente un hombre valiente y sincero y digno de todos los honores. Siéntate con nosotros, te lo ruego, y comparte lo que estamos en condiciones de ofrecerte.

Pero Tchin-King, mirándolo de soslayo, respondió con una voz clara como el sonido de una gran campana:

–Nunca, oh, Hi-lié, aceptaré algo de tu mano, salvo la muerte, mientras continúes en el sendero de la ira y la locura. Y nunca habrá de decirse que Tchin-King se sentó entre rebeldes y traidores, entre asesinos y ladrones.

Con repentina furia, Hi-lié lo golpeó con su espada. Tchin-King cayó a tierra y, antes de morir, logró que su cabeza se inclinara hacia el Sur: hacia el lugar del palacio del Emperador, hacia la presencia de su adorado Amo.

A la misma hora el Hijo del Cielo, a solas en la cámara interior de su palacio, se dio cuenta de que una Silueta se postraba ante sus pies y, cuando le habló, la Silueta se levantó y permaneció frente a él, por lo que pudo ver que se trataba de Tchin-King. El Emperador lo interrogó. Apenas lo hizo, la voz familiar repuso:

–Hijo de los Cielos, he llevado a cabo la misión que me fue encargada y vuestra orden fue cumplida en la medida del débil poder de vuestro humilde servidor. Pero ahora he de partir, pues debo entrar al servicio de un nuevo Amo.

Al mirar, el Emperador percibió que los Tigres Dorados de la pared resultaban visibles a través de la forma de Tchin-King y una extraña frialdad, como un viento invernal, atravesó la cámara antes de que la figura se desvaneciera. En ese momento, el Emperador se dio cuenta de que el Amo del que hablaba su fiel servidor no era sino el Amo de los Cielos.

También a la misma hora el anciano sirviente de la casa de Tchin-King lo vio pasar a través de los apartamentos, sonriendo como solía hacerlo cuando veía que todas las cosas se correspondían con sus deseos. «¿Está todo bien para vos, mi señor?», preguntó el anciano. Y una voz le respondió: «Está bien», pero la presencia de Tchin-King se había desvanecido antes de que la respuesta llegara a destino.

Los ejércitos del Hijo de los Cielos chocaron contra los rebeldes. La tierra se empapó de sangre y ennegreció por el fuego. Cadáveres de poblaciones enteras fueron llevados hasta las orillas para alimentar a los peces del mar y la guerra se extendió por más de un largo y sangriento año. Luego llegaron en ayuda del Hijo de los Cielos las hordas que habitan en los desiertos del Oeste y del Norte. Nacidos como jinetes, conformaban una nación de feroces arqueros, cada uno capaz de torcer un arco de doscientas libras hasta que las puntas se unieran. Como un torbellino se lanzaron contra los rebeldes, haciendo llover flechas negras en una tormenta de muerte y terminaron por imponerse a Hi-lié y su gente. Luego aquellos que sobrevivieron a la destrucción y la derrota se sometieron y prometieron lealtad, por lo que una vez más quedó restaurada la ley correcta. Pero Tchin-King había muerto varios veranos atrás.

El Hijo de los Cielos había instruido a sus generales victoriosos para que regresaran con los restos de su fiel servidor y que éstos fueran guardados con todos los honores en un mausoleo erigido por un decreto imperial. Los generales del Celestial y Augusto buscaron la tumba sin nombre y la hallaron; quitaron la tierra y sacaron el ataúd.

Pero el ataúd se transformó en polvo ante sus ojos, pues los gusanos lo habían comido y la tierra hambrienta había devorado su contenido, dejando sólo una concha que se desvaneció en contacto con la luz. Mientras desaparecía, todos contemplaron allí la perfecta forma y los rasgos del buen Tchin-King. La corrupción no lo había afectado, ni los gusanos habían atacado sus restos ni el color de la vida había huido de su rostro. Sólo parecía estar soñando, con ese aspecto agradable que había tenido en la mañana de su boda, y sonreía tal como sonríen las imágenes sagradas, con los párpados cerrados en la luminosidad de las grandes pagodas.

Entonces, ante la tumba, habló un sacerdote.

–Oh, mis muchachos, es éste realmente un Signo del Señor de los Cielos, con semejante sabiduría los Poderes Celestiales preservan a aquellos que son elegidos para formar parte de los Inmortales. La Muerte no los vence, ni la corrupción los afecta. Por cierto, el bendito Tchin-King ha ocupado su lugar entre las divinidades del Cielo.

Llevaron a Tchin-King de regreso a su tierra natal y lo colocaron con los mayores honores en el mausoleo que el Emperador había ordenado construir. Allí descansa, incorruptible para siempre, vestido con sus ropas de funcionario. Sobre su tumba están esculpidos los emblemas de su grandeza, su sabiduría y sus virtudes, además de los signos de su oficio y los Cuatro Objetos Preciosos. También están allí los monstruos, símbolos sagrados que montan guardia a su alrededor. Los extraños Perros de Fo lo custodian, como en los templos de los dioses.

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