Por Martín Lo Coco y Darío Durban

Se dice de Gautama Siddharta, de la casta de los kshatriya, príncipe de la tribu de los Shakyas, que después de siete años de atormentar su cuerpo con las prácticas ascéticas más extremas, terminó por comprender que no era esa la vía por la que llegaría a la liberación del sufrimiento. Se alejó entonces de los disgustos disciplinarios de la vida anacoreta como antes se había alejado de los placeres sensuales de la vida cortesana, y fortaleció su cuerpo para poder dedicar sus energías a buscar la verdad a través de la meditación. Fue así que sentado en posición padmâsana bajo una higuera de la zona de Bodh Gaya, una noche clara del mes de mayo, Siddharta despertó.

Pero su despertar no fue un proceso simple. Se comenta que Siddharta permaneció en meditación durante cuarenta y cinco días y sus noches. En ningún momento rompió su postura ni su concentración. Semejante esfuerzo llamó la atención de Mara, el Señor de la Ilusión. Se cuenta que Mara, descreyendo de la capacidad humana para liberarse de los lazos de lo ilusorio, atacó al joven príncipe con todas sus huestes.

mara1 El soñar, en Occidente, es un elemento positivo. Hablamos del American´s dream, de luchar por nuestros sueños, de animarse a soñar, y por el contrario, tildamos de “muerto en vida” a la persona que no tiene sueños o que los ha abandonado. Convertir nuestros sueños en realidad, es decir, lograr sacar algo del mundo imaginario y trasladarlo o gestarlo en nuestro mundo real, es un ideal de vida. En diversas tradiciones orientales, por el contrario, el campo onírico tanto como el vigílico, son postulados negativos, en tanto irreales. Conforman el universo de las formas, que mantienen al individuo distraído de su esencia, inconsciente de su realidad última, lo que nosotros denominaríamos: “muerto en vida”.

Pero ¿quién es Mara? Se lo ha llamado con muchos nombres: el Señor de la Muerte, el Dios de la Destrucción, el Rey de la Ilusión. Pero todos esos títulos altisonantes riñen con la simpleza del significado puro de su nombre: destrucción. Este demonio de la tradición budista puede haber tenido su origen en las antiguas religiones que el Buddha vino a reformar, ya que la existencia de un ser responsable de la muerte y el mal es una constante en las tradiciones brahmánicas y no brahmánicas.

Esa noche de luna llena en que Siddharta alcanzó la iluminación, debió de luchar arduamente. Al principio, el demonio se le presentó como Kama, el Deseo, que le envió sus tres hermosas hijas para tentarlo. Siddharta conservó una calma divina. Luego se le acercó como la misma Destrucción, Mara, quien envió sobre el Shakyamuni sus ejércitos de devastación. Pero sus flechas insidiosas se convirtieron en flores que llovieron sobre Siddharta. Finalmente, en un último intento desesperado, se le presentó como Dharma, la Virtud. Como tal, intentó desanimar al futuro Buddha preguntándole qué derecho tenía él a la iluminación. Siddharta respondió que le asistía el derecho por haber practicado las perfecciones durante edades sin tiempo. Mara replicó que también él las había practicado, y que tenía testigos para dar fe del hecho. Sus huestes gritaron al unísono dando testimonio. ¿Quién atestiguaría por él?, quiso saber Mara. Y entonces el Buddha, sin descuidar su padmâsana, estiró una mano y posó dos dedos en el suelo. La misma Tierra, presente desde el principio de los tiempos, apareció en la figura de una hermosa diosa y avaló los méritos del Tath?gata. Siddharta despertó, y tuvo conocimiento directo de Lo Incondicionado. Mara se retiró derrotado.

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[learn_more caption=”Kama y Mara, antecesores de Eros y Tánatos” state=”open”] En su teoría psiconoalítica, Sigmund Freud, contraponía dos términos extraídos de la mitología griega: Eros y Tánatos. En la India, ya se relacionaba ambos términos, aunque en su caso igualándolos, seis siglos antes de la Era Cristiana. En efecto, en el hinduismo, Kama, era la diosa de la sensualidad (de allí, kama-sutra, o tratado de erótica). Cuando la nueva religión surgida de su seno, el budismo, centraliza su mitología del mal en la figura de Mara (la muerte), sus seguidores la identificaron automáticamente con la diosa hindú del amor sensual. Para ellos, toda existencia sensorial implica una finalización. O como nos explica Heinrich Zimmer: “Kama y Mara, el goce de la vida y el zarpazo de la muerte son, respectivamente, la carnada y el anzuelo: los placeres de la mesa colmada y el precio que hay que pagar por ella”. En un cuento de Alejandro Dolina, la relación de equivalencia de este dúo vuelve a ponerse de manifiesto: dos hombres nacidos el mismo día se baten a duelo por una mujer obteniendo uno el amor y el otro la muerte. Siendo que el horóscopo les había pronosticado lo mismo para ese día, se pregunta el autor, si amor y muerte no serán una y la misma cosa.[/learn_more]

El relato de lo sucedido ese día, pormenorizado en incontables versiones y detallado en multitud de representaciones pictóricas, íconos, estelas, tankas, así como inmortalizado en templos, stupas y esculturas, nos da una idea del horror del que es capaz este demonio, y de los muchos rostros con los que se presenta. Pero en este artículo quisiéramos dar un paso más y relacionarlo con la experiencia más inmediata del lector a través de un subterfugio idiomático.

Mara es un vocablo pali, idioma en el que fueron canonizados los textos budistas. El pali es una deformación del sánscrito, que pertenece a la familia de lenguas indoeuropeas. En la otra punta del mapa lingüístico indoeuropeo, durante centurias se utilizó una palabra de la misma raíz para designar a una entidad femenina, una especie de demonio que atacaba durante la noche recostándose sobre la persona dormida para robarle el aliento: literalmente, un íncubo. Esta palabra mare se encuentra escrita en inglés por primera vez hacia el año 1300. Cuando la entidad atacaba de noche, se le añadía el prefijo night. Hacia el siglo XVI su significado cambió y pasó a expresar la sensación de sofocación que se producía al ser atacado por una mare. Más adelante, en 1829, nightmarefue utilizado por primera vez de forma escrita con el significado de “un muy mal sueño”, y en 1831 se lo encuentra denotando “una experiencia perturbadora”.

Así que, subterfugio mediante, cada vez que tenemos una pesadilla podemos reconocer un atisbo de la batalla épica que el Buddha debió librar contra el Señor de la Ilusión hace más de 2.500 años. Y cada vez que despertamos de un sueño terrible, podemos experimentar en grado mínimo la paz, seguridad y alegría infinitas que el Shakyamuni debió haber sentido al despertar del sueño del Samsara.

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[learn_more caption=”Reencarnar ¿salvación o condena?” state=”open”] Tanto en Occidente como en Oriente se ha dado respuesta a la muerte mediante el concepto de reencarnación. Sin embargo, sus consideraciones sobre la vida postmortum son diametralmente opuestas. Mientras que en el judeocristianismo, el hombre nace mortal, y aspira a la inmortalidad a través de la reencarnación, en las tradiciones indias, el hombre nace virtualmente eterno, y se afana por evitar el círculo de repetidas muertes y renacimientos. En el cristianismo, el justo es salvo mediante una postrera vida en el cielo, “a la vera de Dios Padre”. En la India, la vida del justo también puedo ser recompensada con un renacimiento en el cielo, o incluso con la adquisición de status divino, pero todo ello sigue siendo perecedero, una condena más feliz, pero condena al fin. [/learn_more]

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