En las últimas semanas apareció en nuestro país la última novela firmada por Benjamin Black, el seudónimo con el que el prestigioso escritor John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) se ha internado en el corazón del género negro. Retoma con ella, luego del impasse de El lémur (Alfaguara 2009), la saga de Quirke, el patólogo forense protagonista de El secreto de Christine (Alfaguara 2007) y El otro nombre de Laura (Alfaguara 2008). Agradecemos a Verónica Barrueco el permitirnos reproducir a continuación las primeras páginas de la novela.

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Era el tiempo más crudo del invierno, y April La­timer parecía haber desaparecido.

Por espacio de varios días, la niebla de febrero se había asentado y no daba el menor indicio de que fue­se a levantar. En el silencio embozado la ciudad parecía presa del desconcierto, como un hombre al que de pron­to le fallara la vista. Los transeúntes, como inválidos, avanzaban a tientas en medio de una oscuridad perma­nente, pegándose a las fachadas de las casas y a las baran­dillas y deteniéndose con incertidumbre en las esquinas, para pisar con cautela las aceras en busca del bordillo. Los automóviles con los faros encendidos aparecían de pronto como si fueran insectos gigantes, dejando a su paso un reguero lácteo de humo de escape. El periódico de la tarde traía a diario el cómputo y la relación de los contratiempos sufridos. Se había producido una colisión de gravedad en el extremo del canal de Rathgar Road, en la que estuvieron involucrados tres vehículos y un motorista del Ejército. Un chiquillo fue atropellado por un camión de carbón en Five Lamps, aunque no perdió la vida; la madre juró y perjuró ante el periodista que fue a entrevistarla que se había salvado por la milagrosa medalla de la Virgen que le había obligado a llevar col­gada del cuello. En Clanbrassil Street fue asaltado un viejo prestamista a plena luz del día, aparentemente por una banda de amas de casa; la Guardia seguía una línea de investigación precisa. Una esquinera de Moore Street fue atropellada por un furgón que ni siquiera se detuvo, y la mujer estaba en coma en el hospital de St. James.

Y durante el día entero atronaban en la bahía las bocinas para avisar de la niebla.

Phoebe Griffin se consideraba la mejor amiga de April, pero llevaba una semana sin noticias suyas, y esta­ba convencida de que había tenido que pasarle algo. No sabía qué hacer. Desde luego, April bien podía haberse largado a donde fuera sin decir nada a nadie, así era April: en opinión de algunos nada convencional, y al decir de otros una bala perdida, aunque Phoebe estaba segura de que ése no había sido el caso.

Las ventanas del primer piso en que vivía April, en Herbert Place, tenían ese aspecto impávido de los interio­res que nada dan a conocer, y no sólo debido a la niebla: las ventanas tienen ese aspecto cuando las habitaciones que hay tras ellas están desiertas. Phoebe no sabría decir cómo, pero así era. Cruzó al otro lado de la calle y se plan­tó con la barandilla del canal a la espalda y miró la hilera de altas casas, los exteriores de ladrillo oscuro, amenazador, que brillaban húmedos en el aire velado. No estaba muy segura de qué era lo que tenía la esperanza de ver, acaso un inapreciable movimiento en una cortina, una cara en una ventana, pero allí no había nadie, no había nada. La humedad se le filtraba bajo la ropa y contrajo los hom­bros para protegerse del frío. Oyó pasos a su espalda en el camino de sirga, pero al darse la vuelta no vio a nadie en medio de las colgaduras de un gris impenetrable. Los árboles sin hojas, con las ramas desnudas en alto, parecían casi humanos. El caminante al que no vio tosió una vez, y sonó como el ladrido de un zorro.

Volvió y ascendió los peldaños de piedra de acceso al portal, y aún apretó otra vez el timbre colocado encima de la tarjeta que ostentaba el nombre de April, aunque supo que no obtendría respuesta. Algunos granos de mica brillaban en el granito de los peldaños; qué raros, esos mí­nimos destellos, tan secretos bajo la niebla. Un chirrido desgarrador le llegó desde la serrería del otro lado del ca­nal y se dio cuenta entonces del olor que había percibido antes sin saberlo, el aroma de la madera recién cortada. Echó a caminar por Baggot Street y dobló a la derecha, alejándose del canal. Los talones de sus zapatos planos hacían un ruido sordo en las aceras. Era la hora de almorzar de un día laborable, pero más semejaba un do- mingo al amanecer. La ciudad parecía que estuviera casi desierta, y las pocas personas con que se topó pasaron de largo en un visto y no visto, siniestras como espectros. Iba razonando. El hecho de que no hubiera visto a April desde mediados de la semana anterior, el hecho de no tener noticias suyas, no significaba que April llevara ausente tanto tiempo; ni siquiera significaba que se hubiera ausentado. A pesar de todo, ¿ni una palabra desde entonces, ni siquiera una llamada telefónica? En el caso de cualquier otra persona, una semana de silencio tal vez no tuviera mayor relevancia, pero April era una de esas personas de las que se suelen preocupar los demás, y no porque no fuera capaz de cuidarse por sí sola, sino porque estaba demasiado segura de que era muy capaz. Las luces estaban encendidas a ambos lados de la puerta del hotel Shelbourne, relucían de un modo extraño, como gigantescos dientes de león a punto de esparcirse en el aire. El portero, con librea y capote, inmóvil ante la puerta, se llevó la mano al sombrero de copa gris y la saludó. De buena gana habría propuesto a Jimmy Minor que se reuniese con ella en el hotel, sólo que Jimmy desdeñaba esos sitios que consideraba de puro lucimiento y no ponía el pie en ellos a no ser que anduviera investigando una posible noticia, o que fuera a entrevistar a un notable de visita en la ciudad. Siguió adelante, cruzando Kildare Street, y se encaminó hacia las escaleras de baja- da al Country Shop. A pesar del guante, percibió lo fría y grasienta que estaba la barandilla de las escaleras. En el interior, en cambio, el pequeño café le ofreció calor y luminosidad, y un acogedor aroma de té y de pan recién hecho y de pasteles. Ocupó una mesa junto a la venta­na. Había muy pocos clientes más, mujeres todas ellas, con sus sombreros, sus bolsas de la compra, sus paquetes. Phoebe pidió una tetera y un sándwich de huevo. Podría haber esperado a que llegara Jimmy, pero ya sabía que se iba a retrasar, como siempre; sospechaba que lo hacía adrede, pues le gustaba dar la sensación de que andaba mucho más ajetreado que el resto del mundo. La cama­rera era una chica grandullona y sonrosada, con papada y una sonrisa amable. Tenía un lobanillo encajado en la hendidura de la aleta nasal al que Phoebe procuró no mi­rar demasiado. El té que le llevó era casi negro, amargo, con fuertes taninos. El sándwich, cortado en dos triángu­los, se rizaba levemente por las esquinas.

¿Dónde estaría April en ese preciso instante, qué podía estar haciendo? En alguna parte tenía que estar, ya que no se encontraba allí. No cabía pensar en ninguna posibilidad distinta.

Pasó media hora antes de que llegara Jimmy. Lo vio por la ventana bajar a saltos las escaleras y le sorpren­dió como siempre su ligereza, una persona en miniatura, más bien un colegial arrugado que un hombre de verdad. Llevaba un impermeable de plástico transparente, del co­lor de la tinta aguada. Tenía el cabello rojizo y ralo, la cara pecosa, y siempre iba desaliñado, como si hubiera dormido sin quitarse la ropa y se acabara de levantar de repente. Prendía un cigarrillo con una cerilla cuando en­tró por la puerta. La vio y se acercó a su mesa, sentándose enseguida y aplastando el impermeable en forma de pelo­ta que colocó bajo la silla. Jimmy todo lo hacía deprisa, como si cada instante fuera la hora tope de entrega a la que tanto temía no llegar.

—Bueno, Pheeb —dijo—. ¿Qué pasa?

Tenía brillos de humedad en el cabello, por lo general inerte. El cuello de la chaqueta de pana marrón ostentaba una mínima nevada de caspa, y cuando se adelantó sobre la mesa a ella le llegó su aliento, que olía a tabaco rancio. Sin embargo, tenía la sonrisa más dul­ce del mundo, siempre sorprendente por el modo en que le iluminaba ese rostro comprimido, pequeño, vivo. Una de las cosas que más le divertían era fingir que estaba ena­morado de Phoebe, y teatralmente se quejaba ante todo el que quisiera escucharle diciendo que era una mujer cruel, de duro corazón, pues se negaba de plano a conce­derle el más mínimo avance en sus pretensiones. Era re­portero de la sección de sucesos del Evening Mail, aunque era más que probable que en esta ciudad adormilada no se produjeran suficientes sucesos delictivos para tenerlo tan ajetreado como a todas horas afirmaba estar.

Ella le dijo lo de April, le contó el tiempo que ha­bía pasado desde la última vez que hablaron.

—¿Sólo una semana? —dijo Jimmy—. Pues segu­ramente se habrá ido a dar un garbeo con alguno. No sé si lo sabes, pero es que de eso tiene fama.

Jimmy afectaba un acento copiado de las pelícu­las; empezó siendo una broma que parecía gastarse a sí mismo —«Jimmy Minor, el as de los reporteros, a su ser­vicio, señora»—, pero ya se había convertido en un hábi­to, y a estas alturas ni siquiera parecía darse cuenta de lo irritante que resultaba a quienes estaban con él y tenían que aguantar ese retintín impostado.

—Si se hubiera marchado a donde sea —dijo Phoebe—, me lo habría dicho. Estoy segurísima.

Se acercó la camarera y Jimmy pidió un vaso de cerveza de jengibre y un sándwich de ternera.

—Con mucha salsa de rábano picante, encanto. Bien de salsa. Me gusta que pique —lo pronunció a su manera, diciendo «capica». La chica rió con disimulo—. Vaya verruga —dijo cuando se marchó la camarera, tras un silbido apenas audible.

—Lobanillo —dijo Phoebe.

—¿Cómo?

—Es un lobanillo, no una verruga. Jimmy acababa de terminarse el cigarro y prendió uno nuevo. No había nadie que fumara tanto como Jimmy; una vez le contó a Phoebe que a menudo le daban ganas de fumar cuando ya estaba fumando, y en más de una ocasión, por descontado, había prendido un cigarro pese a tener otro encendido en el cenicero, delante de donde estaba. Se retrepó en la silla y cruzó una pierna fina como un palillo, expeliendo una bocanada de humo en forma de corneta a la vez que miraba al techo. —¿Entonces tú qué crees? —dijo. Phoebe removía con la cucharilla los restos fríos del té. —Creo que ha tenido que pasarle algo —dijo con voz queda. Él le lanzó una mirada veloz, de soslayo. —¿De verdad estás preocupada? Quiero decir, ¿de verdad de la buena? Ella se encogió de hombros. No quería parecer melodramática, no quería darle motivos para que él se riese de ella. La miraba aún de soslayo, con el ceño fruncido. Una noche, en una fiesta que dio en su piso, él le había dicho que la amistad que tenía ella con April Latimer no dejaba de tener su gracia, y añadió: «Quiero decir que tiene gracia por lo peculiar que es, o sea, que no es que tenga gracia para mondarse de risa». Estaba aquella vez un poco achispado, y después acordaron tácitamente olvidar ese diálogo, aunque lo que había dado a entender de manera un tanto esquinada siguió pesando sobre los dos de un modo que les causaba cierta incomodidad. Y por más que pudiera ella reírse del comentario y restarle importancia, a Phoebe le dio que pensar, y ese recuerdo aún la contrariaba un poco. —Lo más probable es que tengas razón, claro —dijo ella entonces—. Lo más seguro es que sea una de las típicas chaladuras de April, que por algo es como es. Se habrá ido a pasar fuera unos días y se habrá olvi­dado de decírselo a nadie.

Pero en el fondo no se lo podía creer; sencillamen­te no podía. Al margen de todo lo que pudiera ser, April no era tan desconsiderada, o no de ese modo, y menos cuando se trataba de sus amigas.

Llegó la camarera con el pedido de Jimmy. Dio un mordisco en forma de media luna al sándwich, y, mas­ticando, dio una honda calada al cigarrillo.

—¿Y qué hay del Príncipe de Bongo-Bongolan­dia? —preguntó sin vocalizar. Tragó rápidamente, pesta­ñeando por el esfuerzo—. ¿No has ido a preguntarle nada a Su Majestad?

Lo dijo sonriendo, aunque con un brillo raro en la sonrisa, y la punta de un colmillo afilado le asomó un segundo por la comisura de la boca. Estaba celoso de Pa­trick Ojukwu; todos los hombres de su círculo de amista­des estaban celosos de Patrick, al que apodaban el Prínci­pe. Más de una vez, Phoebe se había preguntado, de una manera turbada y turbadora, por Patrick y April. ¿Se lo habían… o no se lo habían…? Aquello tenía todas las tra­zas de ser un jugosísimo escándalo, la chica blanca que en el fondo era una bala perdida y el hombre negro, lustroso y llamativo.

—Yendo más a lo que iba —dijo Phoebe—, ¿qué hay de la señora Latimer?

Jimmy afectó un ataque de pánico, dando un res­pingo y levantando una mano.

—¡Un momento! —exclamó—. Una cosa es el moro, y otra muy distinta es Morgana.

La madre de April tenía una reputación temible entre las amistades de su hija.

—Creo que debería llamarla por teléfono, en se­rio. Ella tiene que saber dónde está April.

Jimmy enarcó una ceja con todo su escepticismo.

—¿De verdad te lo parece?

Tenía razón al ponerlo en duda, y ella lo sabía. April había dejado de confiar en su madre tiempo atrás; de hecho, las dos apenas se hablaban.

—¿Y el hermano? —dijo ella.

Jimmy se rió con ganas.

—¿El Gran Ginecólogo de Fitzwilliam Square, fontanero de la crème de la crème, para el que no hay tube­ría que se resista, por pequeña que sea?

—No seas repugnante, Jimmy —dijo. Dio un sorbo del té, pero estaba frío—. Aunque ya sé que April no le tiene ningún aprecio.

—¿Que no le tiene aprecio? ¿Por qué no pruebas a decir que lo aborrece?

—Bueno, ¿y entonces qué quieres que haga? —pre­guntó.

Él dio un sorbo de cerveza de jengibre.

—¿Por qué no podrás —dijo en tono plañidero— quedar conmigo como una persona normal, en un pub como es debido? No lo entiendo.

Parecía que hubiese perdido todo interés por el paradero de April. Habló con desgana de otros asuntos durante un rato, y luego recogió el tabaco y las cerillas y pescó el impermeable de debajo de la silla, diciendo que tenía que marcharse. Phoebe hizo una señal a la camarera para que le llevase la cuenta. Ya sabía que le tocaría pagar a ella, Jimmy andaba siempre sin blanca, y no tardaron en subir por las escaleras húmedas y resbaladizas a la calle. Arriba, Jimmy le puso una mano en el brazo.

—Tú no te preocupes —dijo—. Sobre April, quiero decir. Ya aparecerá.

Un lejano, cálido olor a estiércol les llegó desde la calle, desde el lugar donde, junto a la barandilla del Green, había una hilera de coches de caballos que se ofre­cían a los turistas para dar una vuelta por la ciudad. En la niebla tenían un aire espectral, los caballos quietos de una manera antinatural, con la cabeza gacha, abatidos, y los cocheros con capote y sombrero de copa encaramados al pescante en actitud de inmovilidad completa, a la expectativa, como si esperasen la orden ya inminente para emprender camino hacia el Paso del Borgo o hacia el do­micilio del doctor Jekyll.

—¿Vuelves al trabajo? —le preguntó Jimmy. Mi­raba alrededor con los ojos entornados; estaba claramente pensando en otra cosa.

—No —dijo Phoebe—. Hoy libro por la tarde —dio una calada al cigarrillo y notó que el aire húmedo le entraba con frialdad en el pecho—. He de ir a ver a al­guien. A… a mi padre, de hecho. Supongo que no te apete­cerá acompañarme, claro.

Él no la miró a los ojos, y se afanó en prender un cigarro más, volviéndose de lado y encorvándose sobre las manos, con las que formó pantalla.

—Lo siento —dijo a la vez que se enderezaba—. Hay delitos que denunciar, historias que cocinar, reputa­ciones que mancillar… No hay descanso para el sabueso que husmea en pos de la noticia, ya lo sabes —dijo. Ella le sacaba fácilmente una cabeza de estatura. Su impermea­ble de plástico olía a productos químicos—. Nos vemos, niña.

Echó a caminar hacia Grafton Street, pero se paró en seco y se dio la vuelta y regresó.

—Por cierto —dijo—, ¿qué diferencia hay entre un lobanillo y una verruga?

Cuando se marchó, ella se quedó un rato sin saber qué hacer, mientras terminaba de ponerse despacio los guantes de piel. Tuvo ese sentimiento descorazonador y compungido que tenía todos los jueves a esas horas, cuan­do se avecinaba el momento de ir a hacerle a su padre la visita semanal. Ese día, sin embargo, se había sumado a su sentimiento una sensación de inquietud. No lograba en­tender por qué había propuesto a Jimmy que se reuniera con ella: ¿qué había imaginado que le diría, qué supuso que podría hacer para disipar sus temores? Algo extraño le pareció notar en su manera de comportarse, lo supo desde el instante en que le habló de April y de sus días de silencio; había sido algo evasivo, incluso algo furtivo. Era muy consciente de la antipatía que bajo la superficie existía entre sus dos amigos, tan disímiles entre sí. En cierto modo daba la impresión de que Jimmy estuviera celoso de April, como lo estaba de Patrick Ojukwu. ¿O era más bien resentimiento que celos? De ser así, ¿qué era lo que encontraba en April, qué era lo que le producía ese resentimiento? Los Latimer de Dun Laoghaire eran una familia respetabilísima, terratenientes, cómo no, pero daba la impresión de que a juicio de Jimmy ella también lo fuese, y eso era algo que no parecía echárselo en cara. Miró hacia el otro lado de la calle, a los coches de caballos, a los cocheros que esperaban con aplomo. Estaba segura de que algo malo, algo muy malo, quién sabe si, tal vez, lo peor de todo, había tenido que ocurrirle a su amiga. De pronto, un nuevo pensamiento se formó en su mente y la hizo sentirse aún más intranquila. ¿Y si Jimmy decidiera ver en la desaparición de April la posibilidad de una noticia, «una historia estupenda», como él mismo diría? ¿Y si tan sólo hubiera fingido indiferencia, y se hubiese precipitado a la redacción para decirle a su jefe que April Latimer, una médico residente del Hospital de la Sagrada Familia, la «bastante famosa» hija del difunto, del llorado Conor Latimer, y sobrina por añadidura del actual ministro de Sanidad, no había dado señales de vida en más de una semana? Dios santo, pensó desolada, ¿qué es lo que he hecho?

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Benjamin Black

 

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