Ritos funerarios en Japón

Por Guillermo Quartucci.


En el presente artículo, que apareciera por primera vez publicado en la revista Estudios de Asia y Africa – Vol XXIII, Set./Dic. 1988 Nº3., su autor nos acerca a los rituales que los distintos sistemas filosófico-religiosos de Japón proponen ante el hecho de la muerte. Agradecemos al Colegio de México por su autorización de reproducir este texto para los lectores de Seda.

La idea del alma

En Japón hay básicamente tres sistemas filosófico-religiosos que sirven de sustento a la creencia en la supervivencia más allá de la muerte de lo que denominaremos —por no haber un término más adecuado en español— “alma”: el shintoísmo, el budismo y el neo- confucianismo.

Para el shintoísmo, creencia religiosa anterior a la introducción del budismo, el alma del muerto va a dar a un lugar subterráneo y oscuro, no localizado con precisión, denominado “el país de la sombra (yomi no kuni o meido), lugar impuro y contaminado (kegare) al que llegan todas las almas (tamashii) sin excepción. Sin embargo, la muerte, a pesar de su alto grado de contaminación, no es considerada un acontecimiento nefasto, pues existe una promesa de salvación de la oscuridad mediante ritos oficiados por los familiares y la comunidad local del muerto, en el momento de la muerte y en aniversarios sucesivos, al cabo de los cuales el alma se purifica y pasa a formar parte del mundo de los altos espíritus (kami) integrado por las fuerzas de la naturaleza y las almas de los ancestros.

Para el budismo, introducido en Japón a mediados del siglo VI (552 d.C.), muy pronto adaptado a las necesidades espirituales y a las creencias locales.

En un principio el alma de los muertos iba a dar a un paraíso ó infierno budistas, según la calidad de las acciones del individuo, pero ya en el siglo XIII, con la aparición de la secta del Paraíso (Jôdo, lit. “tie­rra pura”), se comenzó a hablar de Paraíso del Oeste (saihô jôdo), o simplemente del Paraíso (gokuraku), donde mora Amida (un avatar de Buda) y reina la per­fecta armonía, al que se llega tan sólo repitiendo incesantemente las palabras mágicas Namu Amida Butsu (“Salve, Buda Amida”), por parte de los familiares en el momento de la muerte y en las ceremonias especiales que más adelante analizaremos con detenimiento. Tam­bién estas palabras sirven para salir indemne en los momentos de peligro, cuando las recita la persona cuya vida se halla en riesgo. En realidad, el budismo pri­mitivo nada había dicho sobre los pasos a seguir cuan­do moría una persona, ni sobre la construcción de mo­numentos funerarios, y menos aún sobre lo que sucedía después de la muerte. Pero en Japón, a partir de la época Muromachi (siglos XV y XVI) se generalizó la costumbre de oficiar ritos funerarios de carácter budista -especialmente según las indicaciones de la Secta del Paraíso-, y desde entonces esta secta, que en la actualidad cuenta con el mayor número de segui­dores, se halla fuertemente asociada a la idea que en el Japón existe acerca de la muerte.

El neoconfucianismo de los siglos XI y XII (que de China pasó a Japón), con su fuerte énfasis en las je­rarquías sociales y en las obligaciones y deberes de unas para con otras, de las cuales la piedad filial es la más importante, echó profundas raíces en Japón de­bido a la tradición local de culto a los ancestros y sirvió de soporte ideológico a la sociedad de la época premoderna, modificando con su presencia al shintoísmo y al budismo.

 

Las ofrendas funerarias

En este marco, las ofrendas funerarias, sean de carácter budista o shintoísta (las más comunes en Ja­pón), tienen lugar básicamente en tres ocasiones: en la ceremonia fúnebre inmediata a la muerte, en deter­minados aniversarios de la muerte de una persona y en la fiesta de muertos que se celebra anualmente a lo largo y ancho de Japón. Las dos primeras son de carác­ter individualizado y en ellas participan familiares y allegados del muerto. La fiesta de muertos tiene un carácter comunitario y se celebra en una fecha fija.

 

La ceremonia fúnebre (osôshiki)

I. La ceremonia budista es la más generalizada en Japón: primero se despoja al cadáver de la ropa y sus familiares lavan el cuerpo detrás de un biombo inver­tido (los kakemono de la sala también se invierten y la ropa del difunto, con el revés hacia afuera, se tiende al sol). Se le viste con una túnica blanca, como la que usan los peregrinos, se le coloca en el ataúd con las mano? cruzadas al pecho y un rosario, y con una bolsita que contiene un par de monedas que habrán de servir para pagar al barquero que lo trans­portará al otro mundo. También se pone en el ataúd el abanico del muerto, así como algún objeto particular­mente apreciado en vida por él. Si la persona muere en un día non (tomobiki), que es mal agüero, entonces se agrega una muñeca de paja para evitar que pronto muera algún familiar. Finalizados estos preparativos se encienden varitas de incienso y se llama al sacerdote budista para que inicie la ceremonia (en la actualidad también se encienden velas). El sacerdote se sienta en el lugar de honor, junto al nicho (tokonoma) que forma parte de la sala principal de la casa, dando inicio al banquete funerario. Mientras tanto, los participantes se han vestido con sus mejores galas y las mujeres se han arreglado el cabello de manera especial para la ocasión. El banquete consiste en pasteles de arroz, un guisado denominado onishime que incluye konnyaku, queso de soya (tôfu) y algas (onori). Los presentes intercambian copas de aguardiente de arroz (shôchû) con el sacerdote, con la condición de no repetir hasta que llegue el turno, porque esto también es de mal agüero.

A continuación el sacerdote se sienta frente al ataúd y comienza a recitar sutras (okyô) no inteligi­bles para los presentes, aunque sí comprenden que el objetivo es hacer que el alma del muerto llegue sin tropiezos al Paraíso (de Amida, se trata de la sectaJôdo). Cuando la ceremonia termina, el ataúd es sacado de la casa y el lugar donde estaba situado, barrido con una escoba. Los hombres que portan el ataúd, antes de iniciar la marcha hacia el panteón, teman una copa de aguardiente servida por las mujeres de la familia. El ataúd se entierra con banderines de colores con inscripciones de sutras.

Pero las ceremonias no se acaban con el entierro. Al día siguiente, los parientes vuelven a reunirse, sin haber pasado la noche en vela. El sacerdote vuelve a la casa para arreglar con ellos los siete responsos (kuyô) que habrá de oficiar en siete sananas sucesivas (lo que sucede en un plazo de 49 días), durante las cuales los familiares tendrán que guardar luto y abs­tenerse de comidas animales. En estas ceremonias el sacerdote recita sutras frente al altar budista fami­liar (butsudan), donde se ha colocado la tableta (ihai) con el nombre póstumo del muerto. Al finalizar el séptimo responso se dan por cumplidas las obligaciones de la primera etapa y la vida vuelve a la normali­dad.

El alma del muerto no abandona inmediatamente la casa sino que queda como flotando sobre ella hasta que se produce el entierro; a partir de éste es cuando inicia su viaje hacia el Paraíso, dependiendo el feliz arribo de la dedicación con que los parientes vivos cumplan sus obligaciones. La creencia más difundida es que las almas se congregan en el regazo de Buda Amida, en el Paraíso del Oeste, transformándose ellas mismas en Buda y alcanzando el nirvana (nehan).

Sin embargo, las obligaciones familiares con el muerto no se acaban después del 49º día. En ceremonias de responso, también denominadas kuyô, o hôji, celebradas por un sacerdote budista en el primero, segun­do, sexto, decimosegundo, decimosexto, vigésimo cuar­to, trigésimo segundo y cuadragésimo noveno aniversario de la muerte, también se sirven banquetes funera­rios como en ocasión de las siete primeras semanas.

II. En la ceremonia shintoísta, que prácticamente sigue los pasos de la budista, el cadáver se viste con ropa especial: una especie de babero (tafusagi); una camisa larga que llega a las rodillas (hadagi); la parte inferior (shitagi) y superior (uwagi) que con­forman un antiguo traje japonés; una faja (obi), y unos calcetines en forma de zapato (shitagutsu). Una vez vestido el cadáver es colocado en el ataúd de ma­dera, en posición horizontal, como si estuviera dur­miendo (nekan) o en posición de sentado (zakan). A continuación comienzan las diferentes etapas de la ceremonia fúnebre: primero se escribe en una tableta (tamashiro) el nombre del muerto. De esto se encarga un sacerdote shintoísta ataviado de oscuro, con un traje (hitatare) similar al usado por los cortesanos de Heian y un sombrero (eboshi) de la misma época. El sacerdote recita el norito, canto litúrgico shintoís­ta, con el cual invita al alma del muerto a participar en el banquete fúnebre, que, al igual que el budista, es vegetariano. También se toma aguardiente de arroz. Finalizado el banquete, la tableta se coloca en el altar shintoísta familiar (kamidana), donde se hacen ofrendas de ramas del árbol sagrado shintoísta (tamagushi, sakaki). Finalmente, el ataúd es retirado de la casa y mientras el sacerdote purifica el lugar, es enterrado. Los dolientes regresan a la casa y se puri­fican echándose sal sobre la ropa antes de entrar. Esto también se hace en el budismo.

Durante los 49 días subsiguientes se hacen ofren­das de flores, incienso y alimentos en el kamidana, mientras se ruega a los demás ancestros que reciban en su seno el alma recién llegada. En años sucesivos se ofician responsos similares a los budistas, y final­mente el alma pasa a convertirse en kami.

En la actualidad, ambas ceremonias fúnebres se si­guen llevando a cabo, pero simplificadas, y muchos de sus pasos quedan a cargo de personas ajenas a la fa­milia, como el lavado y vestido del cuerpo, y su co­locación en el ataúd, que corren por cuenta de la em­presa fúnebre. El banquete funerario generalmente se encarga a un restaurante y los alimentos tabú (carne y pescado) han dejado de serlo. Sushi y sandwiches se incluyen entre los platillos. En ocasión de los res­ponsos, realizados en los templos a los que se adscri­be la familia, el banquete funerario es encargado al mismo templo o se efectúa en un restaurante. El número de altares budistas (butsudan) y shintoístas (kamida­na) familiares ha disminuido notablemente en la pos­guerra, con la modernización urbana, las migraciones del campo y el cambio de las características de la vivienda (multifamiliares en lugar de casas): en la actualidad, el 16 por ciento de las casa conserva el butsudan y el 15 por ciento el kamidana. Algunos afir­man que el televisor ha venido a ocupar el lugar de estos altares. Las tabletas con los nombres de los ancestros que antes se guardaban en estos altares do­mésticos, ahora se dejan en custodia del templo de la familia. También se ha generalizado cremar el cadá­ver, pero en algunos distritos rurales todavía se entierra el cuerpo.


La fiesta de muertos (obon)

Se celebra en la época más tórrida del verano, en­tre el 13 y 15 de julio, o el 13 y 15 de agosto, según se tome en cuenta el calendario antiguo o moderno. Durante esos tres días, la comunidad en su conjunto celebra la reunión con las almas de los muertos, que deben viajar desde donde se encuentren hasta la casa donde se guarda su memoria. Por esta razón, es impor­tante en Japón tener descendientes: un alma sin nadie que cuide de su memoria puede convertirse en una pre­sencia maléfica y destructiva para la comunidad. En Japón hay una larga tradición literaria alrededor de estas almas en pena. Pero, además de tener descendien­tes que se encarguen de los ritos funerarios, éstos deben ser ejecutados de manera correcta. De lo que se trata, en definitiva, es de mantener en paz las almas de los muertos para que no molesten.

Obon 1

La fiesta de muertos no es más que una combinación de la tradición local de culto a los muertos, de ca­rácter shintoísta, y el vocabulario ritual introduci­do con el budismo, aunque habitualmente se la conside­ra una festividad budista. Sobre ella hay en Occidente testimonios tan tempranos como los de los primeros misioneros cristianos que llegaron a Japón en el siglo XVI. Es notable observar cómo, a pesar de los cuatro y medio siglos transcurridos, los relatos que nos han dejado aquellos misioneros no varían sustancialmente de lo que sucede en la actualidad.

Tradicionalmente, durante el obon, los vecinos de una aldea rural visitaban a las familias que hablan sufrido una pérdida en el último año, llevando consigo dinero y lámparas de papel, aguardiente de arroz, in­cienso y pasteles especiales para la ocasión, ysômen, una clase de spaghetti que se come en estos días. En la casa servían el, resto de la comida, similar a la servida en los banquetes funerarios (onishime).

Las tumbas se limpiaban algunos días antes, y el día 13 se colocaban flores en vasos de bambú, ramas de sakaki, agua e incienso. También se ofrendaba arroz y berenjenas o pepinos picados (ahora se incluyen fru­tas), y se colocaba al anochecer una lámpara de papel para guiar el alma del muerto hasta la tumba. En el frente de las casas donde se celebraba la fiesta tam­bién se ponía una lámpara iluminada, para guiar el alma del cementerio a la casa. Dentro, el butsudan se adornaba con los mismos elementos que la tumba, y en la mesa de la sala se servía la comida.

En la actualidad se siguen los mismos pasos pero es cada familia la que celebra la festividad. El banquete se ha hecho más espléndido e incluye todo tipo de alimentos y bebidas. Es la ocasión del año en que más se come y se bebe en Japón, junto con el Año Nuevo. Algu­nas casas llaman a un sacerdote a oficiar la ceremo­nia.

En los templos del lugar se llevan a cabo todas las tardes reuniones donde se baila (bon odori). El último día de la fiesta, cuando ya se ha puesto el sol, todos los vecinos se dirigen al lago, arroyo, río o playa más próximos para dar el adiós a las almas. Con el objetivo de guiarlas al país de las sombras, echan al agua pequeñas embarcaciones con lámparas (tôrô nagashi) y el nombre del familiar escrito en una tablilla, que se pierden en la noche. De regreso a casa, para evitar que algún alma haya quedado rezagada, arrojan piedritas al techo, para indicarles, que es hora de partir.

[author] [author_image timthumb=’on’]http://sedamagazine.files.wordpress.com/2013/04/obon-autor.jpg[/author_image] [author_info]Guillermo Quartucci. Nací en el sur de la provincia de Santa Fe, Argentina, en Máximo Paz, una comunidad rural cercana al Arroyo del Medio, que separa esta provincia de la de Buenos Aires. Hice todos mis estudios en Argentina, incluida la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional del Sur, ubicada en Bahía Blanca. En 1976, después del golpe del 24 de marzo, emigré a México en circunstancias complejas y singulares, que conjugaban persecución política y planes de estudiar japonés en el programa de maestría de El Colegio de México, cosa esta última que pude concretar felizmente. Obtuve mi grado de Maestro en Estudios de Asia y África en 1979, y a partir de entonces, no sin tropiezos derivados de mi condición de perseguido político, mi vida, hasta el presente, transcurrió entre México y Japón. En estos momentos estoy embarcado en la redacción de mi tesis de doctorado para la Universidad Nacional Autónoma de México, sobre el tema de orientalismo y género, concretamente, la representación que se ha hecho en América Hispana de la mujer japonesa en la literatura. El tema me ha permitido acercarme a especialistas que trabajan en la misma dirección, muchos más de lo que cabría imaginar y que demuestra que siempre hay filones inexplorados que permiten ampliar el horizonte crítico. También estoy traduciendo a un autor japonés muy poco conocido en español, traducción que espero publicar en Argentina, donde estoy seguro tendrá una buena acogida. Mis colaboraciones para la revista TOKONOMA, editada por Amalia Sato, me han permitido constatar que existe allí una masa selecta de lectores con la sensibilidad y apertura para recibir nuestras propuestas. [/author_info] [/author]

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