La Biblioteca Nacional acaba de publicar una edición facsimilar completa de Los Libros, revista de crítica literaria, ensayo social y político, publicada entre los años 1969 y 1976, dirigida por Héctor Schmucler, en la que participaron Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia, Josefina Ludmer, entre otros. Esta revista tradujo obras fundamentales del pensamiento social europeo, a la vez que produjo significativos ensayos sobre el acontecer del país. El número 18 de dicha publicación, con fecha de abril de 1971, dedica su portada y su nota central a las torturas inflingidas por efectivos del ejército norteamericano a civiles vietnamitas. A continuación del mencionado informe y presentado tan solo como “un cuento vietnamita” se encuentra el relato que presentamos a continuación, enmarcado claramente en el realismo socialista y elusivamente firmado por Nguyen Sang, autor de quien no se dan más detalles. ¿Incursión en las letras del célebre pintor nacido en la provincia de Tien Giang?

Agradecemos al señor Sebastián Scolnik el permiso para reproducir el texto.

Sang 1

En una cárcel de Viet Nam del Sur por el año de 1956, un prisionero quedó mudo a causa de las torturas recibidas. Se llamaba Ba Hoanh y tenía más de cuarenta años. Había sido comunista y miembro del Comité de la Asociación de Campesinos en su poblado durante la resistencia contra los colonialistas franceses. El enemigo lo detuvo por sus actividades en la repartición de tierra a los campesinos pobres. Hoanh había recibido su parcela de 300 metros cuadrados. Lo torturaron tres meses, pero no dijo ni una palabra.

Cierto día un traidor denunció a su propia sobrina de dieciséis años que le servía de enlace. La niña fue torturada salvajemente. Después la condujeron a la celda de los hombres, donde le preguntaron delante del traidor:

-¿Conoces a este tipo?

-No.

El verdugo dio un ligero puntapié sobre la mandíbula del delator:

-¿Qué dices a eso?

Este no se atrevió a mirar a la muchachita. La punta de la bota del enemigo le alzó la cabeza:

-¿No hablas? ¿Quieres que repita el juego de ayer?

El día anterior los torturadores lo habían colocado en un estrecho conducto de agua, de­jándole libres sólo los pies y la cabeza. En esta posición le dijeron:

-Vamos a criarte como un pato en un tubo de bambú. Así crecerán tus muslos y se apretará tu cuerpo. ¿Hablas o no?

El prisionero asintió con la cabeza. Rompieron el conducto del agua y lo devolvieron a la celda.

Ahora, al oír que podía ser de nuevo torturado, tuvo miedo. Dirigió una mirada furtiva a la muchachita y balbuceó:

-Diles que sí, sobrina…

Ella levantó súbitamente la cabeza, echando hacia atrás su cabello y gritó:

-Tío, Hai, temes a la muerte, ¿verdad? ¡Mírame!

Acto seguido sacó la lengua y se dio un fuerte puñetazo en el mentón. La punta de la lengua quedó cortada y la niña cayó de espaldas al suelo. La sangre brotó. Su trágica muerte reaccionar a todos los prisioneros a pesar de las cadenas en los pies. Se abalanzaron sobre los torturadores, que huyeron asustados, dejando el cadáver de la muchachita. Las rejas fueron nuevamente cerradas tras ellos.

Ba Hoanh escupió la cara del traidor, cogió la punta de la lengua, la puso en la palma de su mano temblorosa, la levantó lentamente a la vista de todos, y comenzó a llorar.

A los pocos días, después de recibir una terrible golpiza cayó boquiabierto y no respon­dió más a ningún interrogatorio. Sólo tartamu­deaba torpemente algunas palabras.

Lo devolvieron a la celda. Con los demás también mostró ese mismo aire indiferente y esa semimudez. Volvieron a torturarlo de nuevo para que hablara. A la tercera tortura quedó completamente mudo. Lo enviaron al hospital. Allí emplearon drogas que lo atormentaban. Por fin, los médicos concluyeron: «Este prisionero está completamente mudo». Como no podían sacarle nada, le dieron de alta. Era inútil dete­nerlo más tiempo.

Ba Hoanh había sido un hombre colosal, un excelente machetero. Al salir de la cárcel pare­cía un esqueleto. No tenía fuerzas .para empu­ñar la pala y el arado. Pero aunque la tuviera no habría podido hacerlo, pues su tierra había sido arrasada.

Mudo y casi sin fuerzas, pero vivo. Tenía que vivir para asegurar la vida de su mujer y sus tres hijos y para algo más que nadie sabía. Se había casado tarde porque era pobre. Cuando joven lo amó una linda muchacha de familia holgada, que tenía arrozal y huerto. Ella lo amaba a pesar de su pobreza. ¿Era él digno amor de la muchacha? No lo sabía. Sólo veía que ella se había enamorado. Muchos solían decirle: «Cada harina tiene su costal. No subas tanto que puedes caerte». Pero a él no le im­portaba eso. Sentía que la amaba. Su ilusión lo hacía pensar en el día de la boda. Sin embargo, después ella se casó con un funcionario. Enton­ces el joven se dio cuenta de su pobreza.

Por fin se casó en 1950, a los treinta y seis años. Ella tenía treinta. No era fea, y poseía cierta gracia. Había esperado largo tiempo a su amante, un combatiente del ejército popular muerto en el campo de batalla. En cinco años de matrimonio, tuvieron tres hijos. Al ser detenido el hijo mayor tenía cinco años y el menor acababa de nacer. Su mujer comenzó a servir de doméstica; pero con un pobre salario no pudo mantener a los tres hijos, ni pagar los gastos médicos del marido. Cuando salió de la cárcel gravemente enfermo, Ba Hoanh buscó trabajo. Pero en el estado en que se encontraba, ¿qué podría hacer? Se hizo comerciante. Con un poco de dinero prestado abrió una tabernilla. Le costó mucho trabajo a él, un mudo, realizar tal cosa. Por suerte, durante la resisten­cia, cuando desempeñaba un cargo en el comité de la Asociación de Campesinos, aprendió a leer y escribir. Los enemigos no lo dejaban vivir tranquilo. De noche vigilaban afuera con la intención de poder escuchar algo.

Llevaba una vida muy difícil en su tabernilla, que se levantaba a la ribera del río. Era una choza cobijada con hojas de cocotero secas. Por muebles tenía sólo una mesa, dos bancos y un sofá cama para los clientes. Dos caminos condu­cían a ella: un puentecito de troncos de cocote­ro que daba al río para los que vinieran en botes o en canoas de motor, y un trillo que atravesaba el cañaveral hasta alcanzar la carrete­ra comunal.

En esa pobre tabernilla había gran variedad de aguardientes. El tabernero, a pesar de su defecto, era muy amable. Invitaba al cliente una copita sin cobrarle, o brindaba con él cuando se sentía alegre. Sobre la mesa colgaba un pequeño block de papel sacado de un viejo calendario o de algún cuaderno medio usado, y un bolígrafo. A los parroquianos que acostumbraban quedarse y bebían demasiado, el tabernero les presentaba un papelito con la cuenta. Era extraño que no quisiera vender mucho. Así el bebedor conocía que estaba a punto de emborracharse. El taber­nero escribía mal, con una escritura deforme, casi ilegible. Y a veces el cliente, después de pagar, tenía que llevarse el comprobante a casa para descifrarlo.

Los parroquianos de la tabernilla permane­cían largo tiempo, a veces horas enteras, ante su copita. El tabernero conocía bien el gusto de sus clientes, pues había puesto los bancos de manera que todo el mundo se sentara frente al río de Cuu Long y pudiera contemplar la fila lejana de árboles allá en el horizonte, observar las velas, ver y oír las espumosas, centelleantes y ruidosas olas a lo largo del río. Las más grandes hundían botes, que por eso buscaban refugio en las riberas. Era un río extenso, triste y solitario, lleno sólo del murmullo continuo de las olas.

Una numerosa clientela frecuentaba la tabernilla, debido quizá al buen aguardiente, a los asientos para la contemplación del paisaje o a la cortesía muda del tabernero. Casi todos los be­bedores del poblado acudían allí. La administra­ción local consideraba como reunión comunista todos los encuentros de más de tres personas, y apresaba a los que violaban esta prohibición. Pero en la tabernilla del mudo podían beber hasta emborracharse, quitarse los pantalones pa­ra usarlos como bufanda y reunirse hasta tres o cuatro sin problemas. Por esta época había tan­to dolor y tristeza que hasta las mujeres llega­ron a tomar alcohol. Las muchachas aún no bebían pero a veces compraban aguardiente. «Si entra el alcohol, salen las palabras» era una lógica que la administración yanqui-títere no podía impedir. ¡Pobre tabernero mudo! Tenía que oír todos los cuentos de borrachos. Pero era una felicidad también poder escuchar las verdaderas historias, pues los borrachos se atre­vían a decir la verdad. Fuera de la embriaguez eran incapaces de hablar: pero cuando se embo­rrachaban, lo decían todo, sin miedo de nada. Esos clientes borrachos revelaron lo que sucedía dentro y fuera del poblado…

-Ese fulano del extremo de la aldea fue encarcelado. El jefe del fortín vino a su casa para violar a la mujer.

-Los soldados descubrieron un escondite en casa de la viuda Ba donde vivía un ex comba­tiente de la resistencia. La administración la acusó por haber tenido relaciones con un Viet Cong. Detuvieron a los dos y los forzaron a tener relaciones sexuales. El ex combatiente de la resistencia se negó. Entonces los desvistieron, los ataron uno sobre otro y les pasaron corrien­te eléctrica. La viuda Ba murió dejando huérfa­nos a tres hijos…

-La joven Sáu, cuyo marido se reagrupó en el norte, no soportó las incesantes molestias de los soldados, se afeitó el cabello y fue a una pagoda donde vivió como bonza…

-Anoche llegó una lancha. Un grupo de sol­dados entró violentamente en una casa. Después de incendiarla, encañonaron a las mujeres y a los niños, los metieron en la embarcación y los llevaron no se sabe dónde.

-El viejo Nam, un sordo de más de sesenta años, fue recientemente encarcelado sin motivo. En la cárcel no pronunció ni una palabra. Unos dijeron que era un valiente y otros opinaron que no había sido valentía, sino sencillamente que no tenía nada que revelar.

-Estando ausentes la mujer y la hija, Chin cortejó a su sobrina que lo rechazó. En vengan­za, comenzó a calumniarla. Los policías de ca­misa negra la buscan ahora. A los degenerados como Chin, tenemos que vigilarlos.

-Tu has traicionado como buen hijo de pe­rra. Actualmente es agente secreto: se ha puesto espejuelos oscuros y vigila la terminal. Acaba de denunciar a una mujer.

-En la casa del viejo Tam los soldados hallaron el escondite de un cuadro. Tam enfrentó su pecho al fusil del enemigo. El cuadro logró escapar, y el pecho del viejo quedó agujereado por las balas.

Eran hechos que ocurrían cada día en el poblado, en la provincia y en todo el sur. Con la cara un poco levantada y la expresión indife­rente, el tabernero sordo atendía a los que hablaban, mientras bebían, insultaban, daban puñetazos sobre las mesas, suspiraban largamen­te o permanecían absortos a mitad de su relato. El tabernero miraba sin emoción a los clientes. ¿Acaso oía? De vez en cuando bajaba la cabeza y escribía algo sobre un papelito sacado del block de comprobantes. ¿Hacía las cuentas de los clientes o apuntaba esos relatos tristes y dolorosos? Cuando escribía con la cabeza baja, los codos alargados y la boca entreabierta, tenía la apariencia de un verdadero bobo.

Todos los clientes se retiraron. El tabernero quedó solo, llenó hasta desbordar una copa de aguardiente King y no lo saboreó como los que disfrutaban su sabor agridulce, sino que lo tragó de una vez, sin paladearlo. Luego palideció e inmóvil en el asiento, sus ojos miraron el río Cuu Long, peligroso a pesar de su apariencia tranquila. Cansado hasta el hastío, el tabernero apoyó su cabeza sobre la mesita. Los clientes que llegaron de sorpresa lo vieron en tal postura y pensaron que estaba llorando. Se acercaron a él y lo llamaron. El mudo se levantó apresura­damente.

-¿Por qué llora? -le preguntó uno de ellos.

Meneó la cabeza con la boca abierta, tocán­dose los ojos secos como para decirles: «No, no estaba llorando».

En todos los poblados del sur, cada familia tenía por lo menos un pariente preso o asesina­do. Y si aún no estaba en esa situación poco le faltaba. Ya no podían vivir tranquilamente. Por fin, tuvieron que rebelarse. Casi todas las muje­res del poblado, al frente del distrito y de la provincia, fueron en manifestaciones al fortín enemigo y a la ciudad de Saigón en demanda de sus derechos. Si iban en bote, canoa de motor o lancha, tenían que pasar por el embarcadero de la tabernilla del mudo; a pie, las manifestantes tomaban el camino por detrás. El mudo todo lo observaba. Al regreso de las manifestaciones so­lían entrar en la tabernilla donde hablaban y discutían sobre la reciente lucha. El tabernero encendía la lámpara de gas para recibir a su numerosa clientela. Y al tiempo que servía el aguardiente escuchaba detalles de los últimos acontecimientos.

«…A despecho de los disparos enemigos, todo el mundo siguió avanzando como olas. Detuvieron a uno, pero miles de manifestantes, gritando a coro, bloquearon la puerta del jefe distrital hasta que tuvo que soltarlo. Los títeres comprendieron la fuerza incomparable de las mujeres insurgentes y aunque les temían pronto se dieron cuenta de su debilidad. Las mujeres no sentían temor ante las detenciones, la cárcel, el fusil o la muerte, pero temblaban ante la humillación. El enemigo, pues, no les disparó, sino que mandó a los soldados a cortarles el cabello. Tradicionalmente, el cabello largo y el moño en la nuca han sido símbolos de belleza de la mujer vietnamita; pero al entrar en la lucha ésta supo que se exponía a perderlo, y no se desanimó. Entonces, los traidores recurrieron a otro método. En una manifestación encañonaron con un fusil a una mujer, y la obligaron a quitarse los pantalones en medio del mercado. Intentaban así humillarla y hacer huir a las demás. De repente, la señora Tu Trau se desvis­tió y ordenó a sus compañeras hacer lo mismo. Inmediatamente, todas, ancianas y muchachas la imitaron. Luego formaron una estrecha fila que valientemente se colocó entre los enemigos, quienes no tuvieron más remedio que marcharse».

Después de oír este relato, el tabernero mudo llenó varias copitas de un licor rojizo-pardo y las ofreció respetuosamente a la señora Tu Trau y a sus compañeras.

Los enemigos llevaron la guillotina al poblado. Mataron a la señora Tu Trau y a muchos otros. Los huérfanos aumentaron.

La tabernilla del mudo no tuvo el movimiento de antes; aunque siempre había clientes. Un día se encontró de repente vacía. Por la carretera no circulaba nadie, y los embarcaderos estaban desiertos. Una absoluta tranquilidad que duró hasta medianoche dominó todo et poblado. Pero de pronto, como una respiración detenida hacía ya tiempo, el pueblo se levantó: las campanas de las iglesias y pagodas doblaron, batieron los tan-tan, resonaron los güiros, cho­caron las latas, retumbaron las cazuelas y sonaron todas las cosas que podían hacer ruido. Los ciudadanos, portando todo tipo de armas rústicas, se dirigían al combate con el grito de «Dong Khoi». De las aldeas y de todas partes salía la gente. Eran una inmensa muchedumbre dispuesta a acabar de una vez con la explotación a la que se veía sometida.

Los enemigos se asustaron. Recordaban instintivamente a los que habían masacrado, apresado, torturado y a las familias saqueadas por ellos. Esos mismos eran los que atacaban sus puestos ahora. Viendo que a pesar de sus armas y municiones no podrían contener a miles de manifestantes, los enemigos se rindieron.

Poco a poco, la población fue conquistando todos los fortines. Por fin ganada la batalla, encendieron antorchas y fueron al campo a levantar una tribuna.

Allí esperaron a una persona que todos querían conocer: el dirigente de la sublevación. Había un silencio absoluto. Sólo se oía el chisporroteo de millares de antorchas. Casi nadie conocía aún a su comandante; pero todos se lo imaginaban de manera distinta.

Cuando apareció, la gente quedó estupefacta. El comandante de la realidad era totalmente diferente al de la imaginación. Después de un segundo de sorpresa, la muchedumbre prorrumpió en aclamaciones y fue acercándose a la tribuna. A la luz de miles de flamas, la figura de aquel hombre se distinguió claramente: esbelto, delgado, de pelo hirsuto y vestido con una ropa negra vieja. Se llamaba Ba Hoanh: El mudo la tabernilla del poblado.

Saludó al pueblo y comenzó a hablar:

-Hace cuatro años que no hablo. No soy mudo, pero tuve que guardar silencio. Ya llegó el momento en que nosotros debemos…

La voz cuatro años callada emocionó al pueblo congregado.

Las antorchas comenzaron a moverse, y se unieron en un inmenso fuego, que iluminó el cielo de la noche.

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