Alocución en recuerdo de Isaac Rabin

Por David Grossman.

David Grossman (Jerusalén, 1954) está considerado uno de los escritores más importantes de la literatura israelí contemporánea. Sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas. Ha recibido, entre otros, los premios literarios Grinzane Cavour, Mondello, Flaiano y Sappir. Ha cultivado la novela, el ensayo periodístico y la crítica literaria. En los últimos meses Random House Mondadori ha distribuído en nuestro país una buena parte de su obra editada por el sello Debols!llo. El texto que reproducimos a continuación, pertenece al libro de ensayos Escribir en la oscuridad, considerado por varios críticos como el manifiesto político del autor. Agradecemos a Daniela Morel el permitirnos reproducir el siguiente fragmento.

Grossman - Autor

La ceremonia anual en recuerdo de Isaac Rabin es la ocasión para hacer una pequeña pausa y recordarle como hombre y como di­rigente. Y también para pensar en nosotros, para observar el comportamiento de la sociedad israelí, el estado de ánimo nacio­nal, la situación del proceso de paz, nuestra posición como indi­viduos en los grandes procesos nacionales.

Hacerlo este año no es una tarea fácil.

Ha habido una guerra. Israel ha desplegado una enorme po­tencia militar, pero ha dejado en evidencia su impotencia, su fra­gilidad. Hemos comprobado que, a fin de cuentas, el ejército no podía por sí solo garantizar nuestra existencia. Sobre todo hemos descubierto que Israel se encuentra en una crisis más profunda de lo que podíamos imaginar, y en casi todos los aspectos.

Esta tarde les hablo como alguien que siente por este país un amor difícil y complicado, pero inequívoco. El pacto que siempre he establecido con Israel se ha transformado, por desgracia, en un pacto de sangre. Soy un laico convencido, pero para mí la creación —y la existencia— del Estado de Israel son una especie de milagro que nos ha sucedido como pueblo, un milagro político, nacional y humano. No me olvido de esto ni un solo momento. Aunque muchas cosas de nuestra existencia me irriten y me depri­man, aunque el milagro se haya fragmentado en pedazos de coti­dianidad, miseria, corrupción y cinismo, aunque la realidad solo parezca una triste parodia del milagro, no dejo de recordarlo.

Es en este estado de ánimo que hablo esta tarde.

«¡Mira, tierra, cuán derrochadores fuimos!», escribió el poeta Saúl Tchernijovski en 1938, deplorando que en el seno de la tie­rra, en la Tierra de Israel, enterráramos a tantos jóvenes en la flor de la vida.

La muerte de los jóvenes es un terrible derroche. Pero no es menos terrible el sentimiento de que ya hace muchos años el Es­tado de Israel dilapida de forma atroz no solo la vida de sus hijos, sino también el milagro que le aconteció, la gran y extraordinaria oportunidad que le brindó la historia de establecer aquí un Esta­do progresista, de derecho y democrático basado en los valores judíos y universales. Un Estado que debería ser un hogar nacio­nal y un refugio, pero no solamente un refugio, sino también un lugar que diera un nuevo sentido a la existencia judía. Un Estado en el que una parte importante y esencial de su identidad, de su ethos judío, sería dar un trato de absoluta igualdad y de respeto a sus ciudadanos no judíos.

Y miren lo que ha pasado.

Miren lo que le ha pasado a este joven, audaz y entusiasta país que aquí había. Como en un proceso de envejecimiento acelera­do, Israel ha pasado de ser un bebé, un joven y un adolescente a ser un anciano, a estar permanentemente en un estado de male­dicencia, de debilidad y de acritud. ¿Cómo ha sucedido? ¿Cuán­do perdimos incluso la esperanza de poder tener alguna vez una vida distinta, mejor? Peor todavía, ¿cómo podemos seguir con­templando, como hipnotizados, sin reaccionar, la locura, la vulgaridad, la violencia y el racismo que hay en nuestro hogar?

¿Cómo es posible que un pueblo tan creativo e innovador como el nuestro, un pueblo que ha sabido renacer de sus cenizas una y otra vez, actualmente se encuentre —justo cuando su po­tencia militar es tan grande— en tal estado de debilidad y de impotencia? ¿En una situación en la que vuelve a ser la víctima, pero esta vez víctima de sí mismo, de sus miedos, sus angustias y su ob­cecación?

Una de las cosas más difíciles que ha puesto en evidencia la última guerra es la sensación de que no hay rey en Israel, de que nuestros dirigentes, políticos y militares, están vacíos. No hablo de las flagrantes negligencias cometidas en la dirección de la guerra y en el abandono de la retaguardia, ni tampoco de las peque­ñas o grandes corruptelas. Hablo de que nuestros actuales diri­gentes no son capaces de vincular a los israelíes con su identidad, con los aspectos sanos, vivos y fértiles de esa identidad; con los elementos de la identidad, de la memoria y de los valores funda­mentales que les darían fuerza y esperanza porque son un antído­to contra el debilitamiento de la solidaridad y del sentimiento de afinidad con el país, y darían significado a la agotadora y desespe­rante lucha por la supervivencia.

Los contenidos fundamentales con los que los actuales diri­gentes de Israel llenan la cáscara de su gobierno son, esencialmente, el miedo y la intimidación. También la fascinación del poder y de los negocios turbios, y el trapicheo de lo que más queremos. No son unos dirigentes consistentes, y por supuesto tampoco son los que un pueblo en una situación tan compleja y confusa necesita. A veces parece que la caja de resonancia de su pensamiento, de su memoria histórica, de su visión del mundo, de lo que realmente les importa, únicamente existiera en el pe­queño espacio que separa dos titulares de un periódico o dos in­vestigaciones del fiscal general del Estado.

Fíjense en ellos. No todos, por supuesto, pero la mayoría de ellos tienen una forma de actuar inquieta, desconfiada y reticente en su conducta defensiva y fraudulenta. Incluso es ridículo espe­rar de ellos una decisión, una visión, ni siquiera una idea original, creativa, audaz e imaginativa. ¿Cuándo ha sido la última vez que el primer ministro ha expresado o ha llevado a cabo una iniciati­va que pueda abrir nuevas perspectivas a los israelíes? ¿O un futu­ro mejor? ¿Cuándo ha emprendido alguna iniciativa social, cul­tural o ética que no sea una respuesta desesperada a lo que otros le obligan?

Señor primer ministro, no digo todo esto desde un senti­miento de rabia o de venganza. He esperado bastante para no de­jarme llevar por el impulso del momento. No podrá refutar mis palabras diciendo que «no se puede acusar de sus actos a un hom­bre sumido en el dolor». Es evidente que estoy muy apenado. Pero me siento más dolido que airado. Siento dolor por este país y por lo que usted y sus colegas le hacen. Créame, me importa mucho que usted tenga éxitos, porque nuestro futuro depende de su capacidad de actuación.

Isaac Rabin emprendió el camino hacia la paz con los pales­tinos no porque sintiera un gran afecto hacia ellos y sus dirigen­tes. Como recordará, entonces la opinión general era que no teníamos ningún aliado entre los palestinos, nadie con quien dialogar. Rabin decidió actuar porque comprendió, muy acer­tadamente, que la sociedad israelí no podría seguir existiendo en una situación de conflicto no resuelto. Él comprendió, mucho antes que nadie, que vivir en un clima permanente de violencia, ocupación, terrorismo, miedo y falta de esperanza, tenía un cos­te que Israel no podía afrontar.

Estos argumentos siguen siendo actuales y más intensos. Pero antes de hablar de los aliados que tenemos o no tenemos, miré­monos a nosotros mismos.

Hace más de un siglo que vivimos en lucha. Nosotros, los ciudadanos de este conflicto, nacimos y crecimos en medio de una guerra, y en cierto sentido hemos sido programados para ella. Tal vez sea debido a esto que a veces pensamos que la locura en la que vivimos desde hace ya un siglo es la única cosa real, la úni­ca vida que podemos tener, que no tenemos ninguna posibilidad, quizás incluso ningún derecho, de aspirar a otro tipo de vida; por la espada viviremos y por la espada moriremos, y la espada nos devorará para siempre.

Tal vez sea esta la explicación de nuestra indiferencia ante el rotundo fracaso del proceso de paz, una situación que dura desde hace años y que cada vez ocasiona más víctimas. Tal vez así po­dría explicarse que la mayoría de nosotros no hayamos reacciona­do ante el brutal desprecio hacia la democracia que supuso el nombramiento como superministro del señor Avigdor Lieberman, que fue como nombrar director de los servicios de bombe­ros del Estado a un pirómano.

Esto también es la causa de que, en un período de tiempo sor­prendentemente breve, el Estado de Israel se haya deteriorado tanto y muestre tanta brutalidad con respecto a los más débiles, pobres y desgraciados. La indiferencia por la suerte de la gente que pasa hambre, los ancianos, los enfermos y los minusválidos. La impasibilidad del Estado de Israel ante la trata de mujeres, por poner un ejemplo; la explotación, en condiciones de esclavitud, de los trabajadores extranjeros; el profundo, e institucionalizado, racismo con respecto a la minoría árabe. Cuando estas cosas su­ceden con total normalidad, sin agitaciones ni protestas, empiezo a temer que, aunque la paz llegue mañana, aunque alguna vez volvamos a cierta normalidad, tal vez ya hayamos llegado tarde para reponernos de todo esto.

***

Grossman 1

La desgracia que nos sobrevino, a mi familia y a mí, con la pérdi­da de nuestro hijo Uri, no me da forzosamente derecho a opinar públicamente. Pero me parece que enfrentarse a la muerte y a la pérdida de un ser querido conlleva una especie de lucidez y de cla­rividencia, por lo menos para distinguir entre lo esencial y lo superfluo, lo alcanzable y lo inalcanzable, la realidad y la fantasía.

Cualquier persona sensata en Israel —y añadiría que también en Palestina— sabe exactamente cuál sería una posible solución al conflicto entre los dos pueblos. Cualquier persona sensata, israelí o palestina, sabe, en el fondo de su corazón, cuál es la diferencia entre los sueños, los anhelos, y lo que será posible alcanzar al tér­mino de las negociaciones. Quien lo ignore, sea judío o árabe, ya no es un interlocutor. Es prisionero de su fanatismo hermético, por eso no puede ser un aliado.

Observemos un momento quién puede ser nuestro aliado. Los palestinos pusieron a su cabeza a Hamás, que no está dispuesto ni a negociar ni a reconocernos. ¿Qué se puede hacer en una situa­ción así? ¿Qué más podemos hacer? ¿Seguir asfixiándoles cada vez más? ¿Seguir matando a centenares de palestinos en Gaza, en su inmensa mayoría ciudadanos inocentes como nosotros?

Diríjase a los palestinos, señor Olmert. Diríjase a ellos pasando por encima de Hamás. Diríjase a los que son moderados, a los que, como usted y como yo, se oponen a Hamás y a sus métodos. Diríjase al pueblo palestino. Reconozca su profunda herida y su sufrimiento continuo. Nadie saldrá perjudicado, ni usted ni la po­sición de Israel en las futuras negociaciones. Lo único que pasará es que los corazones se abrirán un poco, y esta apertura tendrá mucha fuerza. La sencilla compasión humana tiene una fuerza inagotable, especialmente en una situación de estancamiento y de odio.

Por una vez, no los observe a través del punto de mira de un arma o desde detrás de una barrera cerrada. Verá un pueblo no menos atormentado que nosotros. Un pueblo ocupado, oprimi­do y sin esperanza. Cierto, los palestinos también son culpables de este callejón sin salida y de una parte del fracaso del proceso de paz. Pero, por un instante, mírelos de otra forma. No a los extre­mistas ni a los que mantienen una alianza de intereses con nues­tros extremistas. Mire a la determinante mayoría de este pueblo desgraciado, cuya suerte está estrechamente unida a la nuestra, queramos o no.

Acérquese a los palestinos, señor Olmert. No siga buscando excusas para no hablar con ellos. Hizo usted bien renunciando a una retirada unilateral. Pero no deje un espacio vacío, porque en­seguida se llenará de violencia y destrucción. Hable con ellos. Há­gales una propuesta que puedan aceptar los moderados (son mu­chos más de lo que nos muestran los medios de comunicación). Presénteles una propuesta así y que ellos decidan si la aceptan o si prefieren seguir siendo rehenes del islamismo fanático. Vaya a ver­les con el plan más audaz y serio que Israel pueda presentar. Con el proyecto que cualquier israelí o palestino con la cabeza en su si­tio sabrá que es el límite de las negativas y de las concesiones, las nuestras y las de ellos. Si se demora, tardaremos poco tiempo en extrañar el diletantismo del terrorismo palestino. Nos golpeare­mos la cabeza contra la pared lamentándonos por no haber em­pleado toda nuestra flexibilidad de pensamiento ni nuestro inge­nio para arrancar a nuestros enemigos de su propia trampa.

Igual que hay guerras irremediables, hay una paz irremedia­ble. Porque ya no hay más remedio. Ya no nos queda más reme­dio, ni a nosotros ni a ellos. Y una paz irremediable hay que afrontarla con la misma determinación y la misma imaginación con que se afronta una guerra irremediable. Porque no hay más remedio. Y quien piense lo contrario, quien piense que el tiem­po juega a nuestro favor, es que no se da cuenta de lo peligrosos que son los procesos en los que ya estamos metidos.

Además, señor primer ministro, tal vez sea preciso recordarle que si un dirigente árabe le hace alguna señal de paz, por peque­ña e indecisa que sea, debe usted responderle, comprobar inme­diatamente su sinceridad y seriedad. No tiene usted el derecho moral de no responder. Debe hacerlo por todos aquellos a los que les pe­dirá que sacrifiquen su vida si estalla una nueva guerra. Así pues, si el presidente Assad dice que Siria quiere la paz, aunque usted no le crea —y todos nosotros sospechemos de él— debe propo­nerle un encuentro el mismo día. No espere ni un solo día. Cuando inició la última guerra, ni siquiera esperó una hora. Ata­có con todas las fuerzas, con todo el arsenal, con todo el poten­cial de destrucción. ¿Por qué cuando hay una chispa de paz la rechaza usted inmediatamente, diluyéndola? ¿Qué puede usted perder? ¿Desconfía del presidente? Hágale una propuesta que deje al descubierto sus intenciones. Preséntele un plan de paz es­calonado a lo largo de varios años, al término de los cuales, si sigue aceptando todas las condiciones, le devuelve el Golán. Obli­gúele a un proceso de diálogo continuo. Hágalo de manera que su pueblo pueda pensar en esa posibilidad, ayude a los modera­dos, que seguramente también los hay. Intente configurar la rea­lidad, no solo ser partícipe de ella. Para esto fue elegido. Exacta­mente para esto.

***

Por supuesto, no todo depende de nosotros, hay muchas y po­tentes fuerzas que influyen en la región y en el mundo, y algunas de ellas —como Irán y el islam radical— nos desean mal. Sin embargo, hay muchas cosas que dependen de lo que nosotros hace­mos y somos. Actualmente, las divergencias entre la derecha y la izquierda no son realmente significativas. La gran mayoría de los israelíes ya han comprendido —algunos no con demasiado entu­siasmo— cómo debe ser el diseño de la solución del conflicto. La mayoría comprendemos que haya una partición y se establezca un Estado palestino. Siendo así, ¿por qué seguir debilitándonos con enfrentamientos internos desde hace casi cuarenta años? ¿Por qué nuestros dirigentes políticos siguen reflejando la postura de los extremistas y no la de la mayoría de la población? ¿Nuestra si­tuación no sería mucho mejor si llegáramos a un consenso nacio­nal antes de que las circunstancias —las presiones exteriores, una nueva intifada u otra guerra— nos obligaran a ello? Si lo hacemos, nos ahorraremos años de debilitamiento y de errores, unos años en los que no dejaremos de lamentarnos: «¡Mira, tierra, cuán derrochadores fuimos!».

Desde aquí pido y ruego a todos los que me escucháis (a los jóvenes que han vuelto de la guerra y saben que pagarán el pre­cio de la próxima, a los ciudadanos judíos y árabes, a los de dere­chas y a los de izquierdas): deteneos un momento, mirad hacia el borde del abismo, pensad en lo cerca que estamos de perder lo que aquí hemos creado. Preguntaos si no ha llegado el momento de recuperar nuestra compostura, de salir del estancamiento y exigir, por fin, la vida que merecemos vivir.

Plaza Rabin, Tel Aviv, 4 de noviembre de 2006

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