Los laberintos del deseo

Por Damián Blas Vives.

De raigambre árabe andaluza en su estética y como si de una de las ciudades invisibles de Calvino se tratara, Mogador se acrecienta desde hace años en el imaginario de los lectores mexicanos y franceses. Asciende, peldaño a peldaño, por el ardiente simbolismo creado por su arquitecto, Alberto Ruy Sánchez, para erigirse como una utópica capital del deseo.

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De momento, Los jardines secretos de Mogador es el primero de tus libros en ingresar al mercado argentino, pero es parte de una obra más compleja llamada El ciclo de Mogador…

Sí, es el eje de una pentalogía que incluye los cuatro elementos conocidos; cada novela se ordena bajo uno de los cuatro elementos conocidos, más el quinto elemento, que es el asombro, obedeciendo el conjunto a una poética del asombro. El primer libro —Los nombres del aire, que es el primero cronológicamente pero no necesariamente el primero que se tiene que leer—… La geometría de esta pentalogía está hecha para que cada libro sea completamente independiente y, al mismo tiempo, leídos en conjunto, se multiplican sus posibilidades. Entonces, el primero se llama Los nombres del aire porque, cuando tú estás enamorado, el aire que entra por la ventana lleva el nombre de la persona que amas, aunque nadie lo sepa, y plantea una pregunta sobre la naturaleza del deseo en el amor. El segundo —En los labios del agua— plantea una pregunta sobre el deseo masculino y tiene que ver con el agua que cambia de forma según donde la pongas: en un vaso, en la mano… Pero si la aprietas? Se te sale de las manos… Es un poco la metáfora del hombre posesivo… El tercero trata de explorar la posibilidad de construir un paraíso, la posibilidad de que los enamorados puedan construir algo que perdure. El cuarto —La mano del fuego, que acaba de salir—, trata de examinar la posibilidad de hablarle a Mogador, de abordarlo, de pensarlo, de poseer al deseo. Y el quinto —el quinto el elemento— es el asombro; es un libro con 81 párrafos, 9 capítulos que son las 81 preguntas más frecuentes que he tenido sobre Mogador.

¿En todo el ciclo Mogador está presente el tema árabe?

Sí. En el origen mismo del proyecto está la idea de reivindicar la presencia de la cultura árabe o andaluza en la cultura hispanoamericana de todos los días, sobre todo en México, en donde fue tan fuerte la presencia de objetos fabricados como tecnología de la época. La tecnología española de la época, por ejemplo para tejer, para hacer cerámica, para construir techos; ahora la identificamos como árabe, pero en aquel momento era la tecnología más usual de todos los días. Eso marcó no solamente a los objetos y al entorno del momento sino que, además, marcó a nuestra lengua. Antonio Alatorre, lingüista mejicano, que ha hecho ese libro maravillosos que se llama Los 1001 años de la lengua española, habla de 4.000 palabras de origen árabe, que están todavía vivas en el español, a pesar de que Antonio de Nebrija, autor del primer diccionario y la primera gramática del español en 1492, trató de hacer una limpieza de sangre de la lengua quitando todas las palabras de origen árabe que podían tener un equivalente latino, lo que fue de una violencia tremenda, ¿no?

Más allá de la presencia andaluza en Hispanoamérica, en la novela hay una fuerte presencia del imaginario árabe…

Más que el imaginario árabe, para mí lo que hay es parte de una idea de composición de la vida propia del mundo arábigo-andaluz, que es muy diferente, por ejemplo, del mundo árabe del medio oriente. Es España, lo que fue dos terceras partes de España y Portugal, y Marruecos actualmente. Para mí, la fascinación con Marruecos tiene que ver con encontrar otro Méjico, es decir, más que documentarme sobre una alteridad, es sobre una relación de alteridad e identidad al mismo tiempo. Es algo mucho más erótico…

De por sí la literatura árabe participa de una estética erótica, como puede verse en Las mil y una noches o en El collar de la paloma.

Muy sensorial… Por supuesto que ése es un tema que me interesa… Pero, por ejemplo, me interesa más El collar de la paloma que El jardín perfumado; son dos concepciones del erotismo opuestas. El jardín perfumado tiene un punto de vista mucho más fundamentalista, es un libro mucho más masculino en el sentido de violento, mientras que El collar de la paloma es un libro de filosofía poética, es un Kamasutra con un capítulo que se llama «De las señas del amor que se hacen con los ojos». Es algo mucho más sutil que el Kamasutra de la India, mucho menos práctico aparentemente, pero mucho más profundo. Y entonces, ese mundo es el que me interesa, el de la poesía, el de la arquitectura, el de lo arábigo-andaluz, y la manera en la que todo eso está vivo en Marruecos y en Méjico.

El ciclo de Mogador tiene que ver con el erotismo, con la seducción, la mujer… y, no sé si es un mito o no, pero se suele definir a Méjico como una cultura machista…

Sí, la masculinidad exacerbada…

¿Cómo se recibió entonces tu obra en tu país?

Es un hecho que la mayoría del público de mis libros es un público femenino. Y es un hecho también que a veces, incluso algunos escritores de mi generación, o no lo entendieron o no lo vieron con simpatía al principio; tuvo que pasar hasta otra generación para que los escritores empezaran a apreciarlo. Hay una concepción del erotismo que muchos considerarían soft o débil, porque habla mucho más de la sensualidad que de la violencia. El erotismo del que yo hablo no tiene nada que ver con Bataille, no hay transgresión. El erotismo para mí no es ni transgresión ni violencia, para mí es algo solar, creo en un erotismo solar, en la sensualidad como erotismo, como afirmación de la vida…

¿De donde sacaste la fotografía de la abuela de Jassiba?

Un día, paseando por París, encontré en una galería una exposición de estos fotógrafos, son dos, uno suizo y uno alemán, que murieron en el Norte de África. Estaba esta fotografía y me pareció maravillosa, porque es una fotografía que, siendo antigua, tiene algo contemporáneo, y al mismo tiempo es una mujer que se entrega pero que al mismo tiempo tiene en el gesto de la cara y la mirada algo de pudor. Es extraño, es una fotografía llena de paradojas…

La estructura del libro me hizo recordar, por momentos, a Las ciudades invisibles de Calvino, unas ciudades invisibles del erotismo y la sensualidad…

Sí, por supuesto que Calvino es una de las presencias en este libro. Con esta diferencia: que las ciudades invisibles están contadas todas en el mismo registro narrativo, y aquí cada uno de los jardines tiene un registro narrativo distinto. Cuando yo le pregunté a Ítalo Calvino —a quien conocí en Francia e hizo una lectura de Las ciudades invisibles antes de publicarla— yo le pregunté por qué todas estaban contadas de la misma manera, y me dijo que era para darle unidad al libro. Entonces yo me preocupé por hacer una coda, que fuera como el hilo del collar de piezas diferentes. Y esa coda es una traducción a una carta de amor, que toma el registro de San Juan de La Cruz, para darle unidad a la diversidad. Pero hay un cuidado de responder a los dos retos que le plantea Jassiba al narrador: no inventar ningún deseo y, después, contar cada deseo de una manera que sea fiel a la naturaleza del deseo. Es decir, lo que hay aquí es la idea que a mí me inquietaba leer en Las ciudades invisibles de Calvino, que es que cada ciudad es tan distinta en su manera de ser que podría ser contada de otra manera, y que algunas de las ciudades me hubiera gustado que él desarrollara más, o desarrollara menos, o que me contara desde otro ángulo, mientras que él tiene la cámara puesta siempre en el mismo lugar. Eso no me parecía un defecto, por supuesto, pero me parecía que había ahí un intersticio que permitía hacer una exploración narrativa de otro tipo, y yo, al buscar registros narrativos que fueran fieles al deseo, podía de alguna manera añadir algo a la exploración literaria de lo posible.

En el trascurso de Los jardines… mencionás a la abuela y al padre de Jassiba. ¿Aparecen como personajes en alguno de los otros libros? ¿Hay una continuidad genealógica?

Sí, hay relación entre todos los personajes, hay una geometría que se ve si los lees todos. Pero hay una abuela que es clave, que aparece desde este libro, que se llama Aisha, porque en la tradición marroquí hay una especie de bruja que se llama Aisha Kandisha —incluso a los niños cuando no quieren irse de las plazas les dicen «No hay que quedarse hasta el anochecer porque sale Aisha Kandisha»—. Yo la pongo como abuela de la protagonista, y la pongo a leerle la «baraja» —que es una palabra árabe— a la mujer al principio, y a decirle lo que va a vivir. En clave, le está contando lo que va a ser el libro (Los nombres del aire), pero con una baraja árabe. Y este personaje tiene relación con cada uno de los otros. La fotografía no es de Jassiba sino de la abuela de Jassiba, entonces hay ahí una relación con las abuelas… Ahora, cada relato, cada libro está incluido dentro de otro como ficción. Entonces, este libro, que está escrito en tercera persona, cuando tú lo cierras parece que lo escribí yo, porque aquí está mi nombre. Pero si lees el segundo libro descubres que lo escribió un personaje… Y el tercero también. A partir del cuarto, La mano del fuego, hay un cambio. Este libro lo escribe el mismo hombre que cuenta en Los jardines…, pero como aquí es muy seductor y muy simpático ya me cayó mal, entonces en el otro lo trato de mostrar desde otros ángulos, que no son tan simpáticos ni agradables, pensando que uno es muchas personas, ¿no? Y entonces lo pongo en situaciones diversas. Y aparece Jassiba también, pero aquí como un personaje menor.

¿Los tatuajes femeninos y su simbolismo forman parte del universo narrativo o te documentaste en el tema?

Es un tema que me inquietó muchísimo porque en el primer viaje que yo hice a Marruecos me tocó ver mujeres tatuadas, incluso en el pubis, y eso me dejó muy marcado. Entonces empecé a averiguar el sentido ritual de los tatuajes —hay mujeres que llevan tatuajes en la cara, con signos muy precisos…—. Entonces empecé a investigar sobre eso y como pago inesperado, al publicar Los jardines secretos en Mogador, empezó a haber una cantidad inmensa de mujeres que se han puesto en sus cuerpos tatuajes tomados del libro. Algunas de ellas me han mandado sus fotografías y las he puesto en mi blog (albertoruysanchez.blogspot.com).

Uno de los elementos que contribuyen a la mística del libro son las caligrafías…

Sí, fueron realizadas por Hassan Massoudy, un artista iraquí que conocí en París. En una exposición pude ver estas caligrafías que me han parecido preciosas. Y nos hemos hecho amigos, él me ha permitido ponerlas en muchos de los libros…

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El jardín perdido

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Nosotros somos el jardín

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Un mismo porvenir

La prosa de Los jardines secretos… reboza de referencias y palabras árabes que no están presentes en el castellano cotidiano…

Sí, una que otra en realidad, comparado con las que están presentes… Por ejemplo, hay palabras que no tenemos conciencia de dónde vienen… La palabra aceite, que en árabe se dice azzait. Y como ésa hay muchísimas…

Me refería más bien a conceptos como Ryad. ¿Cómo te acercaste a este concepto de jardín?

Bueno, tiene que ver con la inquietud de que el jardín árabe es una cosa impresionante. Tú vas al Generalife, en Alhambra, y está atravesado por el concepto de modular: las fuentes como instrumentos de musicales, hay jardines de colores, de olores… En fin, hay toda una riqueza sensorial que es muy impresionante. Y hay un jardín —que creo que es de la Fundación Rodrigo Martínez— en el Albaicin —que es el barrio de Granada que está frente a Alhambra—, donde por ejemplo el requisito es que no haya colores, todo es blanco… Y después fui desplazando el concepto de jardín hacia un siguiente paso que es descubrir que cuando hay un jardín así, detrás hay una persona que es completamente apasionada, excéntrica, extravagante, es decir, que está invirtiendo un deseo inmenso en transformar un espacio a la medida de sus sueños. Y después, ya lo llevo a que no solamente es un jardín, una colección, cualquier espacio que tú transformas, real o imaginario, en algo que tú consideres tu paraíso, hasta una relación; el paraíso es la relación entre los amantes… En todos mis libros hay como una polisignificación, significados múltiples, simbólicos, metafóricos, de todas las cosas; y de todo en doble sentido, o sea, la mujer es una ciudad, la ciudad es una mujer…

Es esa confluencia entre la figura del jardín —que en la cultura árabe andaluza tiene mucho que ver con las escrituras, con el Jardín del Edén, el Paraíso— y el cuerpo la que me pareció más interesante del libro.

Pues es un placer que yo me daba al encontrar que eso existe en la cultura arábigo-andaluza, no necesariamente en todo lo árabe, pero por supuesto está en el Corán… Y luego, en la práctica arábigo-andaluza. Me llamó mucho la atención que cuando hay un jardín así, dividido en cuatro partes, en Marruecos, lo llaman jardín andaluz.

En Los jardines… hay un parlamento de algún personaje que dice algo así como que la lucidez no está en la mente sino en el corazón… Si esbozásemos una política del amor, como la que está presente en el espíritu del libro, ¿cuál sería esta política de Alberto Ruy Sánchez?

Es en realidad una política que parte de la necesidad de escuchar, no solamente lo que dicen las otras personas sino lo que dicen a través de sus silencios, a través del cuerpo, en el acto amoroso…, escuchar los deseos, lo cual es una posición de disponibilidad a la diversidad, a lo que es cada quien, y no esperar que la gente y las personas amadas, sobre todo, sean quienes tú quieres, sino realmente tratar de averiguar qué son. Es decir, una política de respeto, pero no por el respeto en sí mismo, sino porque eres más feliz así.

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