Van Gogh trabajó como marchante de arte con escaso éxito, intentó convertirse en predicador, hizo incursiones como ilustrador de revistas y, por último, tuvo una carrera de pintor tan brillante como corta. Cuando murió en Francia a los 37 años sus cuadros se amontonaban, sin que casi nadie los mirase, en los armarios, desvanes y habitaciones de sus parientes, amigos y acreedores. Sin embargo, en su breve y tempestuosa vida, Vincent van Gogh había cambiado el curso del arte occidental para siempre.

Trabajando con la plena colaboración del Museo Van Gogh de Ámsterdam, Steven Naifeh y Gregory White Smith, ganadores del Premio Pulitzer por su biografía de Jackson Pollock, han tenido acceso a materiales inéditos, incluyendo correspondencia familiar hasta ahora desconocida, para recrear, con increíble viveza y una sorprendente precisión psicológica, la extraordinaria vida del pintor.

Los autores arrojan nueva luz sobre muchos de los aspectos inexplorados de la existencia de Van Gogh: su permanente lucha para encontrar su lugar en el mundo, su intensa relación con su hermano Theo, su errática y tumultuosa vida sentimental y sus ataques de depresión y problemas mentales. Ofrecen además un convincente e inesperado relato sobre las circunstancias de su muerte que da un vuelco a las teorías manejadas hasta ahora.

Esta monumental biografía es, sin duda, el retrato definitivo de uno de los grandes genios de la historia del arte. Agradecemos a Verónica Barrueco el permiso de reproducir el siguiente fragmento.

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Prólogo: Un corazón de fanático.

Theo imaginó lo peor. La nota sólo decía que Vincent se «había herido». Mientras corría hacia la estación para coger el siguiente tren a Auvers, su mente se proyectaba hacia atrás y hacia delante. La última vez que recibió un mensaje así era un telegrama de Paul Gauguin informándole de que Vincent estaba «gravemente enfermo».

Cuando Theo llegó a la ciudad meridional de Arlés encontró a su hermano en la sala de infecciosos de un hospital con la oreja vendada y la cabeza ida.

¿Qué le esperaría al bajarse del tren esta vez?

En circunstancias como éstas, frecuentes en su vida, Theo solía recordar al Vincent de su infancia y juventud: un hermano mayor apasionado e inquieto, pero también un bromista gamberro, sensible ante el dolor ajeno y dotado de una curiosidad in8nita. De niños, hacían excursiones por los campos y los bosques cercanos al pueblo holandés de Zundert, donde ambos habían nacido, y fue Vincent el que le enseñó a apreciar la belleza y el misterio de la naturaleza. En invierno su hermano le llevaba a patinar sobre hielo y a montar en trineo. En verano Vincent le enseñaba a hacer castillos con la arena de los senderos. En la misa de los domingos y cuando se reunían en casa en torno al piano del salón, cantaba con una voz clara y firme.

En la habitación que compartían ambos hermanos en la buhardilla,

Vincent hablaba hasta altas horas de la noche, lo que creó entre ellos un vínculo que los demás hermanos cali8caban irónicamente de «veneración». Theo no sólo lo reconocería décadas más tarde, sino que puntualizó que era auténtica «adoración».

Ése era el Vincent con quien Theo se había criado: un líder aventurero, que le inspiraba tanto como le regañaba; un entusiasta con una cultura enciclopédica, un crítico socarrón, un compañero de juegos con una visión del mundo apasionante. ¿Cómo era posible que Vincent, su Vincent de siempre, se hubiera convertido en un ser tan atormentado?

Theo creía saber la respuesta: Vincent era víctima de su propio fanatismo. «Tiene una forma de hablar que hace que la gente le adore o le odie nada más oírle», explicaba. «Nada ni nadie le es indiferente». Cuando ya todos sus familiares y amigos habían superado las vehemencias y manías de la juventud, Vincent las seguía considerando ineludibles. Su vida se regía por pasiones titánicas, indomables.

«¡Soy un fanático!», declaró Vincent en 1881. «Tengo una enorme fuerza interior… Es un fuego que no debo apagar sino avivar». Buscar escarabajos en la orilla del arroyo de Zundert, coleccionar y catalogar grabados, predicar el evangelio cristiano, leer febrilmente a Shakespeare y Balzac o aprender a combinar los colores… todo lo hacía con la urgencia e ingenuidad de un niño. Hasta el periódico lo leía con el mismo furor.

Los arrebatos de entusiasmo convirtieron al niño impetuoso en un ser rebelde, torturado, alienado del mundo, exiliado de su familia, enemigo de sí mismo. Nadie conocía como Theo, seguidor de la torturada trayectoria de su hermano a través de casi un millar de cartas, las implacables exigencias que Vincent se imponía a sí mismo y a los demás, y los in8nitos problemas que le había dado esta forma de ser.

Nadie sabía mejor que Theo el alto precio que Vincent pagaba por ello: la tremenda soledad en la que vivía y el constante fracaso en su ajuste de cuentas con la vida, tan implacable como contraproducente. Pero también sabía mejor que nadie lo inútil que era advertirle del peligro.

«Me indigna que la gente me diga que es peligroso salir al mar», replicó a Theo en una ocasión en la que quiso entrometerse, «para ponerse a salvo hay que llegar al corazón del peligro», le explicó.

¿Acaso era sorprendente que un corazón fanático crease un arte fanático? Theo estaba al tanto de los rumores que corrían sobre su hermano: «C’est un fou», decían. Es decir, le consideraban un loco.

Hacía un año y medio, incluso antes del incidente de Arlés, la gente consideraba que el arte de su hermano era obra de un demente. Un crítico cali8caba sus formas distorsionadas y colores brillantes como «el producto de una mente enferma». El propio Theo llevaba años intentando, en vano, domesticar los excesos del pincel de su hermano. ¡Si no usara tanta pintura y no la aplicara tan rápidamente! ¡Si se calmara y no creara a un ritmo tan violento! («A veces trabajo excesivamente deprisa», contestaba Vincent, «¿acaso es un defecto?

No puedo evitarlo».) Los coleccionistas quieren cuadros hechos con esmero y bien acabados, le repetía Theo una y otra vez. Nadie compra una interminable sucesión de estudios febriles y convulsos: lo que

Vincent llamaba «cuadros repletos de pintura».

Mientras Theo se iba acercando al lugar donde se había producido la última catástrofe, cada bandazo del tren parecía recordarle el desprecio y el ridículo que Vincent llevaba años soportando. Theo había negado durante mucho tiempo que su hermano estuviera loco, por orgullo familiar y cariño hacia él. En su opinión, Vincent era sencillamente «un hombre excepcional», una especie de Quijote que luchaba contra los molinos de viento; un excéntrico bienintencionado, no un loco. Lo sucedido en Arlés, sin embargo, le impidió seguir utilizando ese argumento. «Muchos pintores se han vuelto locos, pero han creado verdadero arte», escribiría Theo tiempo después. «La genialidad vaga por senderos inescrutables».

Nadie había vagado por senderos más misteriosos que Vincent.

Había empezado como marchante de arte de escaso éxito, optó por el disparatado intento de hacerse sacerdote al sentir una inconstante vocación de misionero, hizo una incursión en la ilustración de revistas y, por último, tuvo una carrera de pintor tan brillante como corta. En ninguna de estas actividades se plasmaba de un modo tan espectacular el corazón volcánico y desa8ante de Vincent como en el ingente número de cuadros que se iban amontonando, sin que casi nadie los mirase, en los armarios, desvanes y habitaciones de sus parientes, amigos y acreedores.

En opinión de Theo, había que conocer bien ese corazón y todas las lágrimas que habían brotado de él para entender hasta qué punto el arte de su hermano era producto de su interior. Era lo que replicaba a todos aquéllos que rechazaban la pintura de Vincent (la mayoría) a8rmando que no era más que el lamento de un pobre desgraciado. Theo insistía en que sólo conociendo a Vincent «desde dentro» cabía ver su arte como él lo veía o, mejor dicho, como él lo sentía. Pocos meses antes de aquel triste viaje en tren, Theo había mandado una carta de agradecimiento al primer crítico que se atrevió a alabar el arte de su hermano: «Ha logrado usted leer los cuadros y, al hacerlo, ha conseguido ver al hombre que hay detrás».

A finales del siglo XIX, el mundo del arte había empezado a relacionar, como el propio Theo, la biografía de los artistas con sus obras.

El pionero en exigir un arte «de carne y hueso», en el que pintor y pintura se fundieran, fue Émile Zola. «Lo que yo busco ante todo en un cuadro es a la persona», escribió Zola. Pero nadie más convencido de la importancia de la biografía del artista que el propio Vincent.

«Es muy bello lo que dice [Zola] sobre el arte», escribía en 1885: «Lo que busco en la obra de arte, lo que amo, es a la persona… al artista».

Nadie se interesaba más por las biografías de los artistas que Vincent van Gogh. Las coleccionaba en todos los formatos, desde el libro voluminoso hasta la leyenda, el cotilleo o la anécdota humorística.

Tomando a Zola al pie de la letra examinaba cada cuadro, buscando indicios del «hombre tras el cuadro». A comienzos de su carrera como artista, en 1881, le dijo a un amigo: «En general, pero sobre todo en el caso de los artistas, me 8jo tanto en el hombre que crea la obra como en la obra en sí».

Para Vincent, su arte daba testimonio de su vida y era más sincero y revelador («profundo, infinitamente profundo») que la riada de cartas que siempre lo acompañaban. Plasmaba en su pintura, o eso creía él, tanto los momentos de «serenidad y alegría» como los de abatimiento y desesperación: cada desgarro se convertía en una desgarradora imagen, cada cuadro en un autorretrato. «Quiero pintar lo que siento», decía, «y sentir lo que pinto».

Mantuvo esta convicción hasta el día de su muerte (pocas horas después de que Theo llegara a Auvers). Pensaba que nadie podría entender su pintura sin conocer la historia de su vida: «Yo soy mi obra», afirmó.

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