César Vallejo, el mismo que con Trilce cambiara para siempre el rumbo de la poesía latinoamericana, aparece en Escalas, su primer libro en prosa, como cuentista no menos genial y desgarrador. Reflexiones sobre la injusticia, el sentimiento de orfandad, el regreso al hogar y la libertad se encarnan en estampas y cuentos magistralmente logrados. Publicado por primera vez en 1923 en los Talleres Tipográficos de la Penitenciaría de Lima, el libro presenta ya algunos rasgos vanguardistas, adelantándose así en muchos aspectos a la nueva narrativa latinoamericana con la elaboración de universos donde conviven lo mítico y lo real, lo narrativo y lo ensayístico, lo fantástico y lo documental, lo massmediático y lo poético en el sentido de despliegue de imágenes de totalidad que producen un efecto de sorpresa y extrañamiento en el lector. Editorial Serapis recupera este monumento literario en una hermosa edición.

SERAPIS escalas

El deseo nos imanta.

Ella, a mi lado, en la alcoba, carga y carga el circui­to misterioso de mil en mil voltios por segundo. Hay una gota imponderable que corre y se encrespa y arde en todos mis vasos, pugnando por salir; que no está en ninguna parte y vibra, canta, llora y muge en mis cinco sentidos y en mi corazón; y que, por fin, afluye, como corriente eléctrica a las puntas…

De pronto me incorporo, salto sobre la mujer tum­bada, que me franquea dulcemente su calurosa acogi­da, y luego… una gota tibia que resbala por mi carne, me separa de mi hermana que se queda en el ambiente del sueño del cual despierto sobresaltado.

Sofocado, confundido, toriondas las sienes, aguda­mente el corazón me duele.

Dos… Tres… Cuáaaaaatroooooo!… Sólo las irritadas voces de los centinelas llegan hasta la tumbal oscuridad del calabozo. Poco después, el reloj de la catedral da las dos de la madrugada.

¿Por qué con mi hermana? ¿Por qué con ella, que a esta hora estará seguramente durmiendo en apacible e inocente sosiego? ¿Por qué, pues, precisamente con ella?

Me revuelvo en el lecho. Rebullen en la sombra perspectivas extrañas, borrosos fantasmas; oigo que empieza a llover.

¿Por qué con mi hermana? Creo que tengo fiebre. Sufro.

Ahora oigo mi propia respiración que choca, sube y baja rasguñando la almohada. ¿Es mi respiración? Un aliento cartilaginoso de invisible moribundo parece mezclarse a mi aliento, descolgándose acaso de un sistema pulmonar de Soles y trasegándose luego sudoroso en las primeras porosidades de la tierra… ¿Y aquel anciano que de súbito deja de clamar? ¿Qué va a hacer? Ah! Dirígese hacia un franciscano joven que se yergue, hincadas las rodillas imperiales en el fondo de un crepúsculo, como a los pies de ruidoso altar mayor; va a él, y arranca con airado ademán el manteo de am­plio corte cardenalicio que vestía el sacerdote… Vuel­vo la cara. ¡Ah inmenso palpitante cono de sombra, en cuyo lejano vértice nebuloso resplandece, último lindero, una mujer desnuda en carne viva!…

¡Oh mujer! Deja que nos amemos a toda totalidad. Deja que nos abrasemos en todos los crisoles. Deja que nos lavemos en todas las tempestades. Deja que nos unamos en alma y cuerpo. Deja que nos amemos absolutamente, a toda muerte.

¡Oh carne de mis carnes y hueso de mis huesos! ¿Te acuerdas de aquellos deseos en botón, de aquellas an­sias vendadas de nuestros ocho años? Acuérdate de aquella mañana vernal, de sol y salvajez de sierra, cuando, habiendo jugado tanto la noche anterior, y quedándonos dormidos los dos en un mismo lecho, despertamos abrazados, y, luego de advertirnos a so­las, nos dimos un beso desnudo en todo el cogollo de nuestros labios vírgenes; acuérdate que allí nuestras carnes atrajéronse, restregándose duramente y a cie­gas; y acuérdate también que ambos seguimos des­pués siendo buenos y puros con pureza intangible de animales…

Uno mismo el cabo de nuestra partida; uno mismo el ecuador albino de nuestra travesía, tú adelante, yo más tarde. Ambos nos hemos querido ¿no recuerdas? cuando aún el minuto no se había hecho vida para nosotros; ambos luego en el mundo hemos venido a reconocernos como dos amantes después de oscura ausencia.

¡Oh Soberana! Lava tus pupilas verdaderas del pol­vo de los recodos del camino que las cubre y, cegándo­las, tergiversa tus sesgos sustanciales. ¡Y sube arriba, más arriba, todavía! ¡Sé toda la mujer, toda la cuerda! ¡Oh carne de mi carne y hueso de mis huesos!… ¡Oh hermana mía, esposa mía, madre mía!…

Y me suelto a llorar hasta el alba.

-Buenos días, señor alcalde…

cesar_vallejo

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