Dos historias. Ambas novelas, con matices, describen experiencias de vida que podríamos sintetizar en una frase: una lucha por la existencia con apego a la naturaleza de cada protagonista, y un crecimiento.

En estas novelas se afrontan riesgos diferentes y, entre duelos, cada protagonista exhibe con claridad rasgos de su personalidad, de su carácter.

Ambas novelas hablan de la libertad.

Carlos, un ladrón hecho y deshecho; después, un ser extenuado y abatido. Una vida dividida y, finalmente, un hombre derecho.

Carlos anda el camino de la tentación por sus pretensiones; luego atraviesa todas las pérdidas de lo más preciado y, en la recta final, desde una libertad realmente adquirida – esa libertad que le asegura a él su propio ser – muestra su historia, su destino, su relación con los afectos y con aquel peligro constante de perderlo todo a punto de poder hacer, de la vida, una escena desierta.

Otra realidad es la de Mira; un instinto de libertad que enfrenta hechos políticos. Entre las reglas y el fuego – frente a ese oprimir y reprimir que ejecuta el nazismo –Mira reacciona de manera activa y acompaña el esfuerzo heroico de Edek, su hombre, su compañero, su esposo. Aquel desastre histórico despierta en ella un carácter que, obviamente, está en su naturaleza pero que se impone por condición para sobrevivir y vivir en libertad.

Ambas novelas comienzan presentando víctimas futuras arrastradas a un peligro extendido. Ambas historias son contadas maravillosamente bien porque el autor de estas novelas – Alejandro Parisi – logra un equilibrio inteligente entre lo objetivo y lo subjetivo.

Parisi le da la mano a Frattini _ en Un caballero en el purgatorio – y mira a los ojos a Ostromogilska – en El ghetto de las ocho puertas -.

Seguramente Parisi asume que estas historias noveladas son, al fin y al cabo, fotos del alma de Carlos y de Mira, y no un reflejo de esas vidas en alguna dimensión del pensamiento. Sabe también que recién ahora es oportuno contar estas historias porque, más allá de los secretos, no habría óptima noción, de espacio y tiempo, sin mediar distancia suficiente.

Si tuvieras que hacer un paralelo entre estas historias – la de Carlos Frattini y la de Mira Ostromogilska – ¿dónde pondrías el acento?

Las dos historias tienen en común la fuerza de voluntad que ambos personajes tuvieron para salir de cada una de sus desgracias. A los dos los conocí y entrevisté cuando tenían más de 80 años, y seguían viviendo con ese mismo ímpetu. Mira murió unos meses antes de que se publicara su libro, Carlos está vivo y tiene una salud de hierro. Pero ambos tenían una energía tan juvenil que me hicieron sentir que el viejo era yo.

1945 es el año en que a Carlos, su padre lo deja sin libertad y, al mismo tiempo, en otra parte del mundo, Mira comienza a ser nuevamente libre. ¿Qué reflexión te merece esta coincidencia alrededor de libertades que pierden y recuperan los protagonistas de tus novelas?

Es cierto, no había reparado en esta coincidencia. Para Mira, la caída del nazismo en 1945 fue un nuevo nacimiento: podía ir por la calle sin temor a que la mataran por ser judía. A Frattini, en cambio, en 1945 lo empujaron a la calle y tuvo que buscarse su propia vida sin la protección familiar.

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Alejandro Parisi

¿Qué pensás de la fragilidad de la libertad?

La libertad en sí me parece un concepto muy abstracto. Sí creo en la libertad subjetiva, la que puede construir cada individuo a partir de su voluntad y, sobre todo, de las condiciones materiales en las que vive. Es más difícil ser libre cuando se es pobre o cuando se pertenece a un grupo perseguido o menospreciado.

Retratás una misma época en dos escenarios – Buenos Aires y Europa- ¿alcanzó para ello escuchar el relato de los protagonistas, o apelaste a otros recursos?

Mis abuelos paternos llegaron a Argentina en 1947/8, y mis abuelos maternos nacieron acá. Además de las charlas con mis abuelas, leí mucha literatura sobre el tema, vi películas, documentales… pero el relato de los personajes fue fundamental. Buenos Aires y Europa, son “sus” escenarios, no míos, ni siquiera los escenarios de la gente que vivía en ellos. Por lo tanto, en las dos novelas la visión de los personajes tiene más importancia que mi propia visión o la de un historiador que describa esa época. Si bien son historias ubicadas dentro de la Historia, no dejan de ser literatura, y ahí la relación entre personaje/contexto es fundamental y particular.

El peronismo aparece, tangencialmente, en las dos novelas; se mete en las dos historias. ¿Qué representa en cada caso, qué moviliza esa llegada de Cámpora al gobierno?

En la historia de Mira, la religiosidad del peronismo automáticamente llevaba a los personajes a pensar en el fascismo. Eso es claro. Los personajes de esa novela sufrieron demasiado como para abstraerse y buscar el lado bueno de un movimiento que, por más reivindicaciones sociales y obreras que trajo para el país, obligaba a los empresarios (como ellos) a poner tal poster, a adorar tales símbolos. Esa reacción es natural en un personaje con esa historia de vida.

Distinto es el caso de Frattini, que nació en un conventillo y pudo ver las mejoras que el peronismo le trajo a los de su clase. En el conventillo todos eran peronistas. Después, eso cambió. Durante los meses previos a la llegada de Cámpora, Frattini y los demás presos comunes habían ayudado mucho a los presos políticos de Devoto: gritaban sus nombres para que los vecinos los identificaran, se amotinaban en contra de las violaciones, las torturas… por eso, cuando Cámpora firmó la amnistía para los presos políticos, los presos comunes como Frattini se ilusionaron. ¿Acaso no los habían ayudado a sobrevivir? Pero los montoneros tenían cosas más importantes que hacer: el día que sus compañeros tomaron el penal para liberarlos, los militantes se fueron cantando la Marcha Peronista sin mirar, porque atrás porque la revolución no podía esperar ni un solo minuto. Me pareció increíble esa escena. Muy representativa de esos tiempos, de la izquierda… el peronismo de los 40, cuando Frattini vivía en el conventillo, era un peronismo obrero, de base, pobrísimo, pero el peronismo que vio salir Frattini desde la ventana enrejada de Devoto en el 73 era de clase media. Y la clase media, sabemos, no se mezcla con los delincuentes que no tienen ideales.

No conociste, obviamente, a los padres de Mira ni de Carlos, pero tenés referencias de ellos ¿cuánto crees que pesó, en estas historias, el origen y la pertenencia de los protagonistas?

Mira no hubiera tenido esa vida sin ese padre, sin esa madre, sin esa familia judía. El caso de Frattini es idéntico: quizá suene a poético, cursi, de psicoanálisis barato, de libro de autoayuda, pero estoy convencido de que si el viejo de Frattini le hubiera abierto la puerta de su casa, él no hubiera pasado la vida abriendo puertas ajenas.

La subjetividad se construye a partir de eso: de las condiciones materiales y emocionales en las que cada uno, personaje real o de ficción, nace, crece y muere.

Compartiste con los dueños de estas vidas un tiempo que podría medirse al por mayor, ¿qué sentimientos fueron despertando en vos los relatos parciales a medida que se desarrollaba cada historia?

A Mira la entrevisté durante un año. 12 encuentros de aproximadamente 2 horas cada uno. Fue un verdadero lujo tener a mi personaje contándome cosas que recordaba con tanta claridad y que nunca le había contado a nadie. Había días en que lloraba ella, otros días yo me masticaba los dientes para no quebrarme… Fue increíble poder ayudarla a sacar todos esos recuerdos. No pudo ver el libro publicado, pero llegó a leer la versión final. Me dijo: “fue así”.

Con Frattini fue distinto. Dado que él vive en Cipolletti y debía viajar para vernos, las conversaciones transcurrieron en menos días pero se prolongaron por más tiempo. El día que nos conocimos le hice tres preguntas y a la cuarta se largó a llorar. Después, mientras escribía, yo también me quebré en determinados momentos.

En ambos casos pude identificarme con los dos protagonistas. Las dos novelas pueden ser literariamente buenas o malas, pero Frattini y Mira se sintieron reflejadas en ellas, y eso era un desafío para mí.

¿En algún momento y en algún rincón muy íntimo de tu ser, llegaste a juzgar a Frattini?

No. Nunca. Y la forma en que está estructurada la novela apunta a eso. Quizá otro autor hubiera elegido un principio más glamoroso: Soldi entrando a Devoto, Frattini dibujando a Gordo Pichuco, o sirviendo mate cocido en el velorio de Evita… Yo no. Somos lo que somos por la historia que tenemos. Y la historia tiene un principio que tenemos que conocer para entender cada final.

Por eso elegí ese principio.

Además, Frattini se juzgó tanto a él mismo por sus errores, que no deja lugar a que nadie pueda juzgarlo, y menos sentado frente a un teclado con el mate caliente y sin ningún pasarela insultándome desde arriba. No soy de juzgar a mis personajes. Creo que eso lo tiene que hacer el lector. Yo a mis personajes los defiendo hasta la muerte.

El torrente narrativo de tu pluma es visible a pesar de la reconstrucción de las voces de tus protagonistas ¿Qué es lo que te mantiene alejado del terreno de la ficción?

Sinceramente, a mí me gusta escribir, narrar. Es lo que más disfruto. Tengo muchas novelas empezadas a partir de una idea o una imagen, y me siento a escribir y entonces llego a la página 100 (siempre es ese número) y digo “¿y esto a dónde va?” Muchas, terminan yendo a una carpeta que se llama “Textos en proceso”, porque el hecho de dejar de escribir para pensar me deprime, me aburre.

Cuando conocí a Mira y a Carlos, y me contaron sus vidas en el primer encuentro, antes de aceptar escribirlas, me di cuenta de que eran historias increíbles que me ahorraban todo eso que detesto y que es la parte geométrica de la escritura: pensar puntos clave, unirlos, ese trabajo de laboratorio que es la cuestión argumental. Me sirvieron en bandeja dos historias enormes y lo único que yo tenía que hacer, en lo único que tenía que gastar energía, era en escribir. Siempre voy a estar muy agradecido a los dos por permitirme hacer eso.

Las dos novelas son dos primeras versiones retocadas, pero primeras versiones al fin. Es decir que pude hacer lo que más me gusta: escribir sin parar. En la ficción, no se puede. Al menos yo creo eso. No soy un autor que escribe con el lema “voy donde el texto me lleve”. Cuando hago eso el texto siempre me lleva a la carpeta “Textos en proceso”. Cuando escribo ficción, me gusta saber qué tengo que escribir: generalmente trabajo con una escaleta que me dice qué tengo que contar en cada capítulo, en cada escena. Las tres novelas que publiqué las escribí de esa forma. Si sé qué tengo que contar, puedo dedicarme de llena a contarlo de la mejor manera. Eso es lo que más disfruto de la escritura

Las dos novelas, pero pienso que la del guetto más que la del ladrón urbano, tiene imágenes cinematográficas, ¿tenés algún proyecto en tal sentido?

Son dos novelas filmables, pero carísimas de hacer. Quizá sea más fácil la de Frattini. Siempre escribo pensando imágenes y acciones. No me atrae escribir páginas y páginas de pensamientos, de reflexiones… quizá sea por ese deseo de escribir, de narrar. La narración, para mí, exige movimiento, acciones. Además, soy guionista. Pero primero escribí literatura y luego guiones. Sin embargo, tengo que aceptar que la literatura impostada, sacrosanta, esa de metáforas y reflexiones interminables no me interesa, ni como autor ni como lector.

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¿En algún momento y en algún rincón muy íntimo de tu ser, llegaste a juzgar a Frattini?

No. Nunca. Y la forma en que está estructurada la novela apunta a eso. Quizá otro autor hubiera elegido un principio más glamoroso: Soldi entrando a Devoto, Frattini dibujando a Gordo Pichuco, o sirviendo mate cocido en el velorio de Evita… Yo no. Somos lo que somos por la historia que tenemos. Y la historia tiene un principio que tenemos que conocer para entender cada final. Por eso elegí ese principio. Además, Frattini se juzgó tanto a él mismo por sus errores, que no deja lugar a que nadie pueda juzgarlo, y menos sentado frente a un teclado con el mate caliente y sin ninguna pasarela insultándome desde arriba. No soy de juzgar a mis personajes. Creo que eso lo tiene que hacer el lector. Yo a mis personajes los defiendo hasta la muerte.

El torrente narrativo de tu pluma es visible a pesar de la reconstrucción de las voces de tus protagonistas ¿Qué es lo que te mantiene alejado del terreno de la ficción?

Sinceramente, a mí me gusta escribir, narrar. Es lo que más disfruto. Tengo muchas novelas empezadas a partir de una idea o una imagen, y me siento a escribir y entonces llego a la página 100 (siempre es ese número) y digo “¿y esto a dónde va?” Muchas, terminan yendo a una carpeta que se llama “Textos en proceso”, porque el hecho de dejar de escribir para pensar me deprime, me aburre.

Cuando conocí a Mira y a Carlos, y me contaron sus vidas en el primer encuentro, antes de aceptar escribirlas, me di cuenta de que eran historias increíbles que me ahorraban todo eso que detesto y que es la parte geométrica de la escritura: pensar puntos clave, unirlos, ese trabajo de laboratorio que es la cuestión argumental. Me sirvieron en bandeja dos historias enormes y lo único que yo tenía que hacer, en lo único que tenía que gastar energía, era en escribir. Siempre voy a estar muy agradecido a los dos por permitirme hacer eso.

Las dos novelas son dos primeras versiones retocadas, pero primeras versiones al fin. Es decir que pude hacer lo que más me gusta: escribir sin parar. En la ficción, no se puede. Al menos yo creo eso. No soy un autor que escribe con el lema “voy donde el texto me lleve”. Cuando hago eso el texto siempre me lleva a la carpeta “Textos en proceso”. Cuando escribo ficción, me gusta saber qué tengo que escribir: generalmente trabajo con una escaleta que me dice qué tengo que contar en cada capítulo, en cada escena. Las tres novelas que publiqué las escribí de esa forma. Si sé qué tengo que contar, puedo dedicarme de llena a contarlo de la mejor manera. Eso es lo que más disfruto de la escritura

Las dos novelas tienen imágenes cinematográficas, ¿tenés algún proyecto en tal sentido?

Son dos novelas filmables, pero carísimas de hacer. Quizá sea más fácil la de Frattini. Siempre escribo pensando imágenes y acciones. No me atrae escribir páginas y páginas de pensamientos, de reflexiones… quizá sea por ese deseo de escribir, de narrar. La narración, para mí, exige movimiento, acciones. Además, soy guionista. Pero primero escribí literatura y luego guiones. Sin embargo, tengo que aceptar que la literatura impostada, sacrosanta, esa de metáforas y reflexiones interminables no me interesa, ni como autor ni como lector.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Acabo de terminar un policial negro, una ficción que tiene como protagonista a un detective uruguayo radicado en Buenos Aires. La escribí hace unos 4 cuatro años, justo después de escribir el Ghetto, porque necesitaba un poco de maldad, un personaje cínico, necesitaba contar algo que me permitiera escribir con veneno, burlarme de la injusticia, de los defectos físicos… algo que en mi primera novela (Delivery, 2002) estaba muy presente y que, tengo que hacerme cargo, me gusta hacer. Tiene un título tentativo: Los placeres del muerto, y estuvo 4 años en “Textos en proceso”, hasta que hace unos meses la volví a laburar con cuidado, y me gustó mucho como quedó. Ahora tengo que buscar editor, así que si conocés alguno, avisame.

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