Traducción exclusiva: Axel Gasquet.

A finales del siglo diecinueve el joven oficial de la marina portuguesa Wenceslau de Moraes desembarca en Macao (China) y es destinado a la capitanía del puerto. En esa colonia se casa con una nativa, Vong-Io-Chann, con la que tiene dos hijos. Sobre China escribe algunos libros, pero cuando en misión oficial con el gobernador de Macao, visita el Japón (1887), se queda fascinado. Regresa en numerosas ocasiones, hasta que finalmente abandona a su familia china y se instala definitivamente en Osaka, de donde consigue que lo nombren cónsul. En el Japón conoce al amor de su vida, O-Yoné, cuyo fallecimiento prematuro dejaría en el marino una herida incurable. Para estar cerca de su tumba, deja entonces su puesto de cónsul y se retira a la ciudad natal de O-Yoné, Tokushima, donde conoce a una sobrina de aquella, Ko-Haru, la cual fallece también de forma dramática. Wenceslau de Moraes fallece en Tokushima el 1 de junio de 1929, veinticinco años después que Lafcadio Hearn, dejando como legado una de las obras más entrañables en lo que al orientalismo europeo respecta. Las siguientes impresiones de este decimonónico caballero Lisboeta fueron traducidas y gentilmente cedidas por Axel Gasquet, autor del minucioso ensayo Oriente al sur y son publicadas por primera vez por Revista Seda.

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Nos ocuparemos aquí del Japón. Por otra parte, con franqueza, no debe esperarse que hable de ningún país occidental, en donde florece nuestra raza blanca.

Es en Oriente, y especialmente en Extremo Oriente, que las cosas banales de la creación, los usos y costumbres triviales de la vida han suscitado tales refinamientos, sentimientos profundos y ceremonias rituales que constituyen un verdadero culto. En el espíritu de los europeos, despoetizado por la chatura de los ideales de nuestra época, perturbado por las múltiples exigencias de la vida, pervertido por la fiebre de los negocios, hace mucho tiempo que los cultos ya no florecen. Más particularmente en lo que atañe al té, debemos decir que este artículo comercial, que viene de tan lejos, deliberadamente adulterado por nuestro gusto, se limita al fin y al cabo a ser una detestable infusión de moda en el juego social, simple pretexto para ágapes frugales, para reuniones vulgares o vanas conversaciones.

En Asia es todo lo contrario: en múltiples aspectos si se quiere aún sumergida en la barbarie. Con mil defectos y mil errores, que la sabihonda Europa señala y a menudo corrige —cuando puede— con la lógica de sus cánones, Asia todavía conserva, indiscutiblemente, su carácter ancestral, ni ordinario ni degradado, palpitante de orgullo, complaciéndose en sueños y quimeras, acariciando la leyenda, divinizando las cosas, pródiga en creencias y cultos. En todo caso, es éste un modo amable de comprender la vida.

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¡Oh, fe de los tiempos antiguos! ¡Oh, santos patriarcas de países tan diversos y de secretos tan variados, campeones tenaces que han inculcado a la gente sencilla la creencia, el espíritu, el amor —bálsamos que consuelan las duras miserias de este bajo mundo—, mientras existan ¡os amo a todos!

Mis pensamientos piadosos en este instante se elevan a Daruma. Según la tradición japonesa, Daruma, el gran apóstol hindú del budismo, llega a China a comienzos del siglo VI de nuestra era cristiana, profesó la verdad, iluminando el espíritu de las multitudes.

Se cuenta que renunciando voluntariamente a las efímeras alegrías terrestres, Daruma hizo votos de pasar el resto de su vida arrodillado en el suelo rocoso, absorto en contemplaciones místicas, sin permitirse siquiera el simple confort del sueño. Permaneció en esta postura durante largos años, de tal modo que sus piernas se atrofiaron. Es de esta forma, sin piernas y reducido a la sola cabeza y el tronco, envuelto en un largo abrigo carmesí, que todavía hoy se lo representa. La imagen se popularizó y es estimada por la gente de bien. Es incluso un juguete que se observa a menudo colgando de las muñecas de los niños —los santos y los niños hacen una buena combinación—, y que nos recuerda nuestro tentetieso que, como Daruma, persiste en volver a su posición inicial. Hay que saber que Daruma, desde los tiempos remotos hasta hoy, ha sido motivo iconográfico de los más grandes maestros de la pintura. Hokusai fue uno de ellos. Pintó a Daruma en una hoja de papel cuya superficie era de alrededor doscientos metros cuadrados, utilizando ochenta litros de tinta para el dibujo, y empleando cinco escobillones a manera de pinceles. La tela fue puesta en un campo y, desde el techo de un templo, la multitud admiraba la obra y aplaudía al maestro.

Pero volvamos a lo que nos interesa, al motivo del venerable personaje que he evocado, de rodillas entre las piedras. Se cuenta que una noche los párpados del buen Daruma se cerraron de cansancio y que se durmió hasta el amanecer. Entonces, cogiendo de alguien las tijeras o cosa semejante, se cortó los párpados indignos y las arrojó al piso con gesto despechado… Los párpados, de milagro, echaron raíces dando nacimiento a un simpático arbusto desconocido que creció rápidamente y cuyas hojas, preparadas en infusión caliente, se revelaron un remedio eficaz contra el sueño y la fatiga de las vigilias. Se descubrió de este modo el té, que tiene sus orígenes en China y es un elemento sagrado, como acabamos de verlo. Somos libres de creer o no en lo dicho, pero debo advertir al lector que este libro está destinado a los creyentes.

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De China, sin que sepamos cuándo, el té llegó a tierras niponas.

Antiguas crónicas mencionan (según los expertos en este espinoso asunto) que en el año 729 de nuestra era cristiana, con motivo de una festividad religiosa de gran importancia, el emperador Sh?mu[1] les ofreció té a los bonzos de alto rango; pero se ignora si la infusión ya era conocida. Se afirma que un monje budista, Dengy? Daishi[2], fue el primero en cultivar la planta de té en suelo japonés, en el año 805. El té era entonces un de los brebajes favoritos de los bonzos chinos, que lo consumían durante las largas vigilias exigidas por sus prácticas. Más tarde, otro bonzo, Eisei, que había viajado por China, trajo semillas que sembró en el Monte Sefuri, en Chikuzen[3]. Poco después, otro bonzo (¡siempre los monjes!), de nombre Mioye, que aprendió de Eisei diversos secretos, se procuró nuevas semillas y en Toganoo y en Uji, pueblos de las cercanías de Kioto, se dedicó al cultivo del té. Los resultados fueron excelentes, sobre todo en Uji. Dos siglos después, alrededor del 1400, el generalísimo Ashikaga Yoshimitsu[4], dio un vigoroso impulso a las plantaciones de Uji, que gracias a la riqueza del terreno prosperaron mucho. Desde entonces y hasta hoy dicho té es reconocido como el mejor de todo el imperio nipón. Es el único que se le sirve al Emperador.

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Japón es el país de las camelias: camelia japonica, como se dice en mal latín de botanista.

A fines de noviembre, cuando comienza el gran frío y que la escarcha y la nieve se aprestan a blanquear los flancos de las colinas, cuando cesan las últimas flores de los jardines, surgen las bellas flores de la espléndida familia de las camelias. Aparecen primero las “sakanzas” de minúsculos pétalos frisados, algunos blancos y otros rosados. Luego vienen las camelias simples, color de sangre, que aparecen entre el follaje de árboles gigantes diseminados a través de los campos. Por último, florecen las flores más delicadas, de lujo, que toman numerosas formas de incalculables tonalidades, del blanco leche al rosa casi negro. Es en este momento que florece la flor del té, que también es una camelia, sutilmente perfumada, compuesta de cinco pétalos blancos que envuelven y protegen el haz de estambres dorados.

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En el transcurso de mis caminatas, durante las horas de ocio, cerca de las plantaciones de té donde tengo el placer de pasearme, hablo con los aldeanos y aprendo diversas cuestiones sobre la delicada planta. El té no puede ser transplantado, tampoco se reproduce ni por gajos ni por injerto; sólo se propaga por las plantas de semillero. Los países cálidos como los países fríos le son nocivos. Sólo prospera en climas templados, en espacios aireados y luminosos, en las cercanías de ríos; de preferencia en terrenos con una leve inclinación. Los arbustos están dispuestos en hileras paralelas, de norte hacia el sur, de modo en que estén bien expuestos al sol matutino y del atardecer. Las plantas más frágiles reclaman, durante la primavera, la protección de toldos de paja para proteger sus hojas tiernas de la escarcha. Durante el primer año no necesitan fertilizantes, que más tarde se emplean regularmente. El combate contra gusanos e insectos requieren un cuidado constante. Al cabo de cuatro años, el arbusto está listo para su primer cosecha. Pero sólo las viejas plantas de cien o doscientos años, producen el mejor té y el más abundante.

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Quien desee conocer las plantaciones de té en el momento de mayor prosperidad, durante ceremonias bellas y pintorescas, debe ir a Uji, a diez millas de Kioto, escogiendo de preferencia los primeros días de mayo, cuando los retoños comienzan a brotar, que es la época en que se inicia el trabajo de recolección. Trabajo y festejo: todo el pueblo despierta de su adormecimiento provincial para dedicarse al cuidado de la preciosa hoja, henchido de esperanza y regocijo, en una actividad frenética. Con buena lógica, debemos admitir que el período vivificante de la primavera en flor, con brisas saturadas de aromas y de calores fecundos, es la repentina causa para que el semblante de la gente cobre vigor.

El cuadro es verdaderamente encantador. Tras una banal estación de ferrocarril, se extiende una coqueta aldea con callejuelas limpias y una serie de pequeños comercios, abarrotados con mercaderías diversas. Poco más allá está la riviera de aguas límpidas y frescas, rica de tradiciones y de gloria; cruzamos el puente en forma de arco y penetramos en el barrio de los chayas, de los hoteles, poblados en esta época del año por clientes juguetones y mujeres llenas de gracia, por geishas que entonan canciones acompañadas por sus inseparables shamisen[5]; luego aparecen los campos, vastos campos de té que se pierden a la distancia, cuidados como jardines, con largas hileras de arbustos redondos y rebosantes, semejantes a albahacas gigantes y con delicados ramilletes verde oscuro; en el azul del horizonte, se dibujan las siluetas de algunos templos célebres.

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Las muchachitas de Uji visten en la ocasión kimonos nuevos, haciendo remontar sus mangas con cintas escarlatas; colocan alrededor de sus cabellos, a guisa de turbante, toallitas de color azul y blanco; así ataviadas, esbeltas y graciosas, en grupos de a diez o doce, van a trabajar a los campos. Es puro encanto para la vista sorprenderlas atareadas en sus ocupaciones, desperdigadas en la llanura como mariposas, yendo de una rama a otra, de un arbusto a otro, escondiéndose a menudo en el verdor del follaje. La frescura de sus dedos menudos, húmedos por el rocío, se multiplican en gestos delicados, colectando los tiernos retoños de té y arrojándolos en los grandes cestos dispuestos por el suelo; bocas sonrientes, mostrando las inmaculadas filas de sus dientecitos blancos; los ojos centelleantes de inconfesables amores juveniles; las voces entonan al unísono conmovedoras antiguas cantilenas locales:

Cuando el sol asoma

Resplandece en la colina

Vemos repentinamente incendiarse

El agua de la corriente !…

 

El agua del arroyo de Uji

De sorprendentes poderes

Sanan todos los males

Sufridos por el corazón…

En los campos, las jovencitas; en las casas, los hombres, las mujeres viejas y los niños. Pocas son las familias que no participan en este trabajo; las grandes fábricas constituyen una excepción, como en todas las otras industrias primitivas japonesas; en cada hogar se improvisa la manufactura, modesta y familiar, en donde todos trabajan, riendo y conversando. Las hojas de té son seleccionadas, escaldadas, puestas a secar, torrefaccionadas en hornos, apelmazadas o reducidas en polvo. Después el té embalado es puesto y conservado en cajas metálicas, de madera o en frascos. Es un procedimiento complejo que exige manos infatigables y dedos hábiles, precauciones inauditas, secretos de fabricación, meticulosidades devotas que sorprenden a los profanos, tareas en las que participan toda la gente válida de las cercanías.

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Esta es la graciosa industria y este el té que beben los japoneses. Observen ahora los diferentes usos que del té hacen los japoneses y los occidentales. Los japoneses tienen en la otra orilla del Pacífico un gran consumidor de este producto: los yanquis. La delicadeza y los cuidados en la cosecha de la hoja y en la preparación de la infusión no son suficientes. El té que los norteamericanos beberán viene de Uji y de otros sitios, tal como lo preparan los japoneses, por intermedio de firmas extranjeras de Kobe y Yokohama, que lo someten a nuevas operaciones, para adecuarlo al gusto refinado de Nueva York o de Chicago. No son ya los campesinos esbeltos vestidos con ropas nuevas quienes realizan esta tarea; trabajan máquinas de vapor, chimeneas humeantes y engranajes chirriantes; se utiliza un personal femenino numeroso, residuo humano de las ciudades, harapientos, piojosos, horripilantes, que vemos salir de las fábricas al final del día como una horda de mendigos, llenos de polvo, de pústulas, de miseria. La fabricación del té según al paladar americano consiste en calentarle una segunda vez en grandes hornos, añadiéndole diferentes productos como el polvo de una piedra llamada soapstone[6], y el azul de Persia. El té se exporta acondicionado de esta forma.

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La introducción y la vulgarización del té en el Japón impulsó una industria, la cerámica, practicada desde épocas remotas —aunque de modo rudimentario— y que alcanzará por este medio, con el correr del tiempo, un alto grado de perfección elevado al rango de arte nacional. La conservación de la preciosa hoja, que exigía infinitas precauciones para preservar su perfume, fue el punto de inicio. Fue Toshiro, un ceramista de la aldea de Seto, en la provincia de Owari[7], quien fabricó los primeros potes para almacenar el té, empleando técnicas aprendidas en China, en cuanto a la perfección de la arcilla y los esmaltes. Esto aconteció siete siglos atrás; y resulta curioso constatar que seto-mono (objeto de Seto) es todavía hoy, el nombre consagrado para designar todo artículo en cerámica.

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De los potes se pasó gradualmente a las tazas, teteras, a la vajilla fina y compleja que la infusión requiere y que el lujo puso de moda. Es así como la cerámica japonesa —de loza o porcelana, que alcanza el refinamiento de un arte sublime— le debe al té y al agua tibia sus progresos más importantes.

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Cuando los japoneses comenzaron a beber té, éste se consumía en la forma de un polvillo impalpable, con el que se preparaba el brebaje. Luego, adoptaron la costumbre de utilizar las hojas enteras, simplemente seleccionadas y pasadas por el horno. Hoy en día es aún la forma más popular para preparar la infusión.

En Japón todo el mundo bebe té —ricos y pobres, nobles y plebeyos—. Se bebe a toda hora y acompañando todas las comidas del día, en pequeños sorbos. En el hogar, cuando se acoge a una visita, después de las acostumbradas reverencias se le ofrece un cojín y una taza de té. El comerciante, cuando quiere mostrarse amable con un cliente, le sirve ante todo una taza de té, conversa, habla del tiempo y otras menudencias; sólo más tarde hablarán de negocios. En los templos reputados, en Kioto por ejemplo, el bonzo ofrece té al peregrino antes de mostrarle las reliquias y el museo. Recorriendo los caminos más agrestes, en lo alto de la colina, existen por todas partes refugios rústicos donde el caminante puede guarecerse un instante y beber una taza de té, recibe una sonrisa y deja a cambio una moneda en la esterilla. Un restaurante, en el pintoresco lenguaje japonés, es una chaya —que significa “casa de té”—. La taza de té, que acompaña el “buen día” acogedor para los clientes, no es tan sólo una convención social de rutina, una costumbre banal, sino que se ha convertido en el símbolo de la dulce hospitalidad japonesa, un rito de la bondad de este pueblo, ejercido religiosamente con los amigos y también con los extranjeros. Al viajero que deja sus sandalias delante de la puerta de casa, que penetra en nuestro hogar y nos saluda, se le debe al menos una sonrisa y un poco de confort.

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En la casa, desprovista de muebles pero de una pulcritud refinada, hay siempre una estufilla sobre una estera y, en las brasas, una tetera de hierro llena de agua; el bon (bandeja) está al lado, con la tetera, cinco tazas de té (¿por qué cinco? ¿quizá por los cinco dedos en cada mano japonesa?), cinco platillos de madera o metálicos, y un cofrecillo en estaño conteniendo las hojas de té y el pequeñísimo recipiente de porcelana —llamado yuzamashi—, del que explicaré en breve su utilidad. El sentimiento artístico japonés se corrompe naturalmente con la industria actual, destinada en gran parte a ser exportada a Europa y América. Es en los utensilios ordinarios empleados por los nativos —ámbito en donde la modernidad no interviene— que todavía reside el gusto estético, puro y singular, de los japoneses, revelador de un complejo conjunto de refinamientos, elegancias y quimeras, en el cual se deleita el alma de este pueblo. En lo que hace al servicio de té, no podemos describir el encanto de todo este arsenal de trivialidades minúsculas… ¡que creeríamos destinado a un banquete de muñecas!

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El agua pasa del hervidor al yuzamashi donde se enfría, pues la regla es que debe prepararse el té con agua hervida pero que no bulle. Se prepara a continuación en la tetera la infusión, que se ofrece a los invitados en pequeños pocillos de porcelana fina.

Esta es la costumbre ingenua, la modesta ofrenda; actos de la vida íntima, repetidos varias veces por día, de la mañana a la noche. Podríamos creer estos gestos indignos de toda atención y de comentario por parte de un extranjero, pero no es cierto. Para el placer de los ojos, la simple preparación del té imprime un delicioso relieve a la gracilidad innata de la musmé, en su actitud más habitual, arrodillada en la esterilla, cerca de la estufilla. La mímica es inimitable, única; privilegio de esta figura suave y ondulante y de esta mano juguetona, de finos contornos, en fin, de la japonesa que es, la Eva más amablemente y pueril, la más deliciosamente quimérica, la más femenina de todas las Evas de este mundo. Parece cosa cierta que el japonés, que ignora el beso, no haya puesto nunca su boca sobre esta mano que hace gala de gracia para servirle el té; el extranjero, en esta atmósfera serena e íntima, puede intentar la galantería si la fantasía lo tienta, y verá entonces quizá la manita de la musmé, en reconocimiento de la caricia, acurrucarse contra sus labios y allí demorarse, como una dócil tórtola golosa de ternura.

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El té japonés, servido invariablemente sin leche ni azúcar, que perjudicarían su aroma, es la bebida más suave, la más agradable que jamás podamos degustar (no para todos los gustos, sino para un gusto sentimental, ensoñador… pues en lo que hace a nuestros órganos sensoriales, hay temperamentos y disposiciones afectivas diferentes…). El guyokuró, por ejemplo, que el es té más reputado de Uji y de todo el Japón, instila en su sabor tantas sutilezas balsámicas que se asemeja a un perfume; se diría que una alquimia maravillosa ha logrado licuar los aromas de las flores —flores de jardines, flores silvestres— transfiriendo el placer del olfato al del gusto. Tal es el guyokuró; por cierto, las palabras apenas logran traducir, sino por comparación, los emociones experimentadas. Y la sensación agridulce, deliciosa, que permanece en nuestros labios, persistiendo, como en la memoria persiste una reminiscencia, un pesar, dicha sensación es incomparable…

El té japonés posee la virtud de apagar la sed, lo que explica la costumbre japonesa de no beber nunca agua; incluso durante la canícula más intensa, en pleno mes de agosto, cuando lo saboreamos en pequeños sorbos, nos satisface plenamente. Se le atribuyen igualmente otras propiedades: el té excita levemente el organismo, combate las fatigas de las vigilias, predispone al bienestar, instila en el cerebro una sutil y lúcida embriaguez, que nos hace más sensibles a las sensaciones agradables y más aptos a las elaboraciones del pensamiento.

La manera de preparar la infusión del té en polvo y el arte de servirlo constituyen la famosa ceremonia del cha-no-yu. Así es como el uso del té introducido en el Japón como una práctica litúrgica de los monjes budistas de la secta Daisu, fue ejercitada con el fin de prolongar las preconizadas veladas místicas. Sirve al mismo tiempo como pretexto para las reuniones íntimas, que eran, lo imaginamos, una agradable diversión en la proverbial monotonía de los conventos y una manera eficaz de reforzar los vínculos de estima, mediante el intercambio de susurros confidenciales y sonrisas de beatitud, mientras que la taza única circulaba de mano en mano, de boca en boca, fraternalmente, hasta vaciarla.

Más tarde, el pueblo adoptó el uso de las hojas enteras; en las cofradías de bonzos el cha-no-yu persistió y también penetró en las costumbres de los profanos, pero ya como un lujo fastuoso y exuberante que apasionaba a la alta nobleza. En nuestros días, el té sigue estando de moda sin distinción de clases; es una costumbre de cortesía heredada de los tiempo antiguos y a la cual todos pueden aficionarse, valorizada por la delicadeza estética del decoro y aureolada incluso por el prestigio de la ortodoxia fundada en la tradición ancestral.

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El cha-no-yu, si podemos definirlo, es el arte de preparar la infusión del té en polvo, con escrúpulos de pulcritud, de refinamiento y de elegancia, de la que sólo los japoneses son capaces; la bebida es ofrecida a los amigos selectos, reunidos a propósito en un pabellón especialmente concebido para la paz del pensamiento y la satisfacción de los sentidos.

Es oportuno precisar ahora que los códigos tocantes a un asunto tan importante son numerosos, las escuelas diversas y los grandes profesionales, chajin (hombres del chá ó té) de renombre eterno, han escrito centenas de volúmenes sobre el tema.

Todo fue reglamentado, todo comporta un precepto que es ilícito olvidar. En la edad del oro del cha-no-yu, el pabellón en el que los huéspedes eran recibidos se encontraba en un jardín y obedecía a reglas arquitectónicas muy estrictas. Había prescripciones a seguir en lo que hace a la decoración interior, el color de las paredes, la disposición de la luz, la cantidad de alfombrillas, del florero con flores o de un ramillete; el kakemono (pintura suspendida a la pared) debía representar un paisaje que impresionase la pupila con ternura; o también una sencilla frase escrita por el pincel del maestro calígrafo, pues nada conmueve tanto la aguda sensibilidad de este pueblo que estos caracteres de extraña composición, representando cada uno una síntesis de las ideas y predisponiendo, mediante la contemplación —ya sea por la soltura del trazo, ya sea por la ondulación de la curva—, a la errancia vaporosa del alma ensoñadora.

El plano del jardín estaba sometido a reglas precisas, a través de las que el ingenio nativo se desplegaba en prodigiosas gracias: aquí en el contorno del lago y los puentecitos que lo atravesaban, más allá por la selección de arbustos y piedras, con la intensión ingenua y conmovedora de imponer a la mirada la ilusión de un paisaje rústico, reducido a proporciones minúsculas. Más todavía que eso: el alma de las cosas, aquello inexplicable y sutil que parece exhalar todo lo que los ojos observan —la tranquilidad de las sombras, la arrogancia de un tronco, la ternura de la hierba…—, debe emanar de modo sugestivo del pequeño jardín japonés, darle un carácter, una filosofía, despertar en el espíritu del visitante un sentimiento de paz, de triunfo y de nostalgia… Las flores de lujo, como las rosas, las camelias, las peonías, estaban naturalmente excluidas, pues no cuadraban con la intensión del cuadro rupestre.

La monumental linterna de piedra, como la que se observa en los templos, era indispensable y valía mucho más por estar verdosa y carcomida por venerables musgos; irradiaba en la noche, a través de sus ranuritas cubiertas de papel, tenues brillos tamizados. A los japoneses les encanta contemplas después de la nevada, las amplias cúpulas de los paraguas de las linternas en templos y jardines, receptáculos en donde la nieve cae y se demora, en suaves copos de formas extrañas, diáfanos y enceguecedores. Otro accesorio se encuentra cercano al pabellón: un pedazo de roca bruta con un hueco lleno de agua, en donde los huéspedes antiguamente se lavaban las manos antes de entrar, como si se tratase de una purificación litúrgica.

Incluso el lenguaje empleado entre los invitados obedecía a reglas pragmáticas: los temas religiosos y políticos estaban proscriptos; la oración debía modularse en un agradable discurso, sin herir las susceptibilidades de ningún huésped. La cortesía era obligada: el huésped profería elogiosas palabras sobre todo lo observado —mobiliario, disposición del cuarto, sobre el entorno—, pero sin insistir jamás demasiado, lo que podría parecer poco sincero o al menos inoportuno.

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Diversos objetos deben estar en el cuarto, como el calentador, la reserva de carbón en una cestilla, el hervidor, el abanico de plumas, la pipa, el tabaco, el pincel, el papel y el secreter. Los artículos destinados a la preparación del té, a menudo ordenados en un estuche especial, son los siguientes: la cajita que contiene los perfumes que se arrojan previamente a las brasas para aromatizar la atmósfera; el recipiente con agua fría y su cuchara correspondiente, confeccionada en bambú; el té en polvo en un cofrecillo laqueado y la cucharita que la acompañan, dos pocillos de barro cocido o en porcelana, uno que se utiliza en verano, de color claro, y el otro oscuro, utilizado durante el invierno; un curioso ustensillo hecho de finas hojas de bambú reunidas en haz, con el cual se remueve en la taza la mezcla de té en polvo y agua caliente; por último, el cuenco en donde se lavan todos los estos objetos y el trozo de seda, de un paño muy fino, con el que se los seca.

Es el dueño de casa quien debe preparar con solemnidad el té, sin contar con la más mínima ayuda del personal doméstico; es él quien recibe y ofrece el té a los invitados. En un cha-no-yu considerado como simple, la mano ejecuta setenta y cinco movimientos… y cuando la ortodoxia quiere que se cumplan todas las formalidades, trescientos.

En la época del generalísimo imperial llamado Toyotomi Hideyoshi[8], más conocido en la historia bajo el nombre de gran Taiko-sama, casi todos los generales eran chaijin, es decir fervientes adeptos de la ceremonia del cha-no-yu. En 1585, Taiko-sama en persona organiza un cha-no-yu grandioso en las cercanías de Kioto, evocado hasta el día de hoy como una recepción de esplendor inigualado. El ágape ocupaba una extensión de quince kilómetros cuadrados, con numerosísimos quioscos en donde los generales preparaban el té. Todos, nobles y gente plebeya, ricos y mendigos —¡un enjambre humano!— podían entrar y participar; Hideyoshi visitó todos los quioscos y preparó con sus propias manos el té, que ofrecía a sus jefes favoritos.

Evocando el pasado, justamente en un período de efervescencia guerrera exacerbada, puede parecer extraño, puede parecer cómico, que los rudos héroes de tan grandes epopeyas, los indómitos veteranos de las guerras de China y Corea, se despojasen de sus armaduras, quitaran sus dos sables de su cinturón, para dedicar sus horas de reposo a calentar agua sobre las brasas y preparar té… Pero el contraste explica de por sí el fenómeno: era precisamente esta dura existencia de batallas y de episodios sangrientos, de rigores de la vida nómade, de largas reflexiones sobre los estratagemas y las tretas de guerra, que imponían a los dirigentes la dulce tregua del cha-no-yu. La compañía de camaradas y amigos, el desfile del pueblo alegre y reverencioso, el apacible y verde paisaje, la solemnidad hipnótica de los gestos, todo contribuía a ofrecer un breve momento de calma a esta gente, que borraban de este modo de sus memorias las amarguras y tristezas vividas, estableciendo amistades y complicidades, recobrando fuerzas para los combates venideros.

El cha-no-yu alcanzó después durante el largo período de paz de la dinastía sh?gun de los Tokugawa, fastuosas exageraciones y paradójica disipación. Se escogía la vajilla entre los objetos antiguos y firmada por célebres artesanos, siendo por ende rarísima y en grado sumo preciosa; estaba de moda entonces ofrecerlos en el momento de la despedida, a las bellas mujeres del festín que habían animado con sus guitarras y sus canciones, sus gracias profesionales, embrujando a los huéspedes… Fortunas enteras desaparecieron en este abismo.

Se cuenta que en aquella época un aficionado utilizó en un cha-no-yu ustensillos por valor de treinta mil yenes, lo que es superior a cuatro mil libras esterlinas; y también que otro ¡gastó treinta mil yenes en la compra de una sola tetera!…

Hace apenas tres o cuatro años, en un remate público de Tokio, un japonés compró una taza de cha-no-yu por tres mil yenes; esto es prueba fehaciente de que aún hay chajin devotos. En efecto, si el dispendioso lujo desenfrenado que caracterizó a los cha-no-yu de los tiempos feudales desapareció para siempre con el cambio de régimen y la evolución de las costumbres, esta elegante práctica continúa siendo todavía muy apreciada. En nuestros días, ambos sexos se abandonan a estos festines y podemos incluso afirmar que forman parte de la buena educación de una muchacha, exigiéndole seis o siete años de aprendizaje. Las geishas también son iniciadas en esta ceremonia; los célebres bailes de primavera de Kioto, conocidos con el nombre de Miyako-odori, son siempre precedidos de un celebrado cha-no-yu a cargo de una encantadora geisha del lugar; y las muchedumbres se precipitan, con una diligencia devota, para saborear el té perfumado.

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No me pidan a mí, profano en la materia y viajero cansado por las variadas impresiones recogidas en todo el mundo, una opinión personal sobre los cha-no-yu. He ido en una ocasión, junto a dos o tres amigos, a una de las chayas más renombradas de la ciudad de Kobe; Tama-Guiku (margarita preciosa) fue la esplendorosa maestra de ceremonias. La impresión que me dejó esta velada es indefinida, fugaz, como de ensueño. Me quedan vagas reminiscencias del lujo sobrio y armonioso, y de la extrema pulcritud de acontecimientos impregnados de exotismo en los que mi atención se detuvo. Bajo la luz tamizada del cuarto calmo, amplio y silencioso como un templo, se dibujaba a lo lejos una silueta femenina, de rodillas y envuelta en magníficos atuendos de seda. Las miradas, presas de una atracción casi hipnótica estaban detenidas en sus finas manos, blancas como el marfil, que cogían utensilios extraños, preparando no sé qué filtro mágico y realizando mímicas hieráticas —eran las manos de una sacerdotisa mística de una religión desconocida—. Al final, invitado a participar en el sacrificio, acepté el ofrecimiento de una taza de té que llevé a mis labios con emoción, con no sé qué escrúpulos de apostata dubitativo…

Tama-Guiku había terminado. Se levantó, esplendorosa de gracia, de atuendos, de majestuosidad. Su pequeño rostro afable, iluminado por una exaltación beatífica que electrizaba el espíritu, dirigió hacia nosotros la oscura llamarada de sus ojos y nos saludó con una reverencia…

Reverenciosa no porque nosotros fuésemos dignos de la más ínfima cortesía —¡pobres occidentales ignorantes!—, sino por estricta obediencia a los preceptos rituales; y desapareció a continuación de la escena.

Prosiguiendo estas divagaciones sobre el té y su ceremonial, recuerdo un episodio dramático de la existencia íntima japonesa que me fue relatado hace tres años y que aún hoy me conmueve. Intentaré describirlo.

Era finales de mayo. Estaba en Kobe. Uno de mis amigos japoneses, chajin apasionado, había ido a Uji, donde debía asistir a una reunión dedicada a la cha-no-yu, en la casa de un pariente cuya hija, la encantadora O-Hana, era una experta en dicho arte. Yo debía ir a su encuentro tres semanas después, en Nara, donde nos ocuparíamos a estudiar monumentos antiguos.

Habían trascurrido apenas tres días, cuando recibí una nota de su parte, diciendo aproximadamente esto: «Puedes ir a Nara, me encontrarás allí. El cha-no-yu no se llevó a cabo. O-Hana se suicidó. Pesaba sobre ella un infortunio semejante al de la pobre Oshichi de la leyenda…»

Yo conocía a O-Hana; y la leyenda, que es además el tema de una pieza de teatro estupenda, no me era del todo desconocido.

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Vayamos por partes. La leyenda es la siguiente:

No sé cuántos siglos atrás ni en qué lugar —tampoco importa saberlo—, había en una misma calle dos tiendas, del tipo llamado Yaoya en japonés, en donde se venden provisiones, frutas y verduras, huevos, pescados y muchas otras cosas. Se encontraban una frente a la otra. En una, vivía una pareja con una hija única, Oshichi; en el otro, otra pareja con un hijo único, Kichisa. La desgracia quiso que ambos se enamorasen perdidamente.

¿Desgracia? Sí, aunque a primera vista no se comprenda, sabiendo que ambos eran muy jóvenes, amables, y animados por la intensa ternura de los enamorados. Sin embargo… Me explico. Los antiguos códigos nipones, hasta ahora respetados, imponen a la descendencia heredar el apellido de sus padres; el hijo mayor hereda también de la carga de jefe de familia, con la administración de los bienes y la superintendencia del piadoso culto de los ancestros. Gracias a esto las genealogías no tienen misterio y las familias se perpetúan conservando religiosamente el mismo apellido durante largos siglos; dejando de existir sólo en los casos excepcionales en que no hubiere descendencia alguna, consanguíneos o no, pues es una costumbre muy admitida dar su apellido, en un hogar, a los hijos de otros. El hijo único puede casarse, y su esposa toma el apellido de su marido. La hija única también puede casarse, y en este caso es el esposo quien toma el apellido de su mujer. Comprendemos así que, para Oshichi y Kichisa, el asunto era excesivamente complicado, pues ambos eran hijos únicos. Sólo quedaba una solución: que una de las familias adoptase un niño extranjero, el que asumiría la carga de primogénito. Pero esto era casi imposible en aquellos tiempos feudales en donde dependía de la sanción suprema de daimy?[9], que sin duda la rechazaría porque nunca se había visto un caso semejante. Y esto sin contar además con el sobresalto de orgullo de los padres de la novia o de los padres del novio, en fin, de la familia que, para evitar su extinción, se vería obligada a depositar en un niño ajeno los deberes y las cargas que le incumben a la descendencia legítima.

Ambas familias se opusieron con vehemencia al amor de los jóvenes novios, y para Oshichi el hogar familiar se trasformó en una férrea prisión y la estima de los suyos en continuas agresiones. Fue entonces que la pobre musmé, cautiva en una alcoba, desesperada, enloquecida de amor, pensó en prenderle fuego a su casa de tormentos, creyendo que las llamas le aportarían la libertad y la ocasión de unirse a quien ella había prometido todo su amor. Como sucede a menudo a los quince años, cuando el pensamiento hace acrobacias en el mundo de las quimeras, se equivocó sin embargo en sus cálculos: su crimen fue descubierto después de haberlo acometido, siendo sometida a la justicia de la ciudad y condenada a muerte.

Debemos mencionar aquí un detalle curioso, que me conmueve en medio de esta tragedia. La desgraciada avanzaba, como era ordinario entonces, en medio de calles colmadas de gente, amaniatada en el lomo de un caballo, para testimoniar de su ignominia y servir de lección al populacho; poco después será ejecutada. Durante este recorrido expiatorio, su larga cabellera suelta, como se la llevaba en aquel entonces, caía desordenadamente sobre su frente, sudorosa y llena del polvo de los caminos, fustigándole la cara. Entonces, ya sea porque quiso evitarse un tormento suplementario, o quizá —¿quién sabe?— por un resto de vanidad femenina, se le vio arrancarse, con sus bellos dedos temblorosos, un trozo de seda carmesí del dobladillo de su vestido y, levantando los brazos, anudar sus cabellos cerca de la nuca… La idea tuvo inmediato efecto entre las jovencitas que estaban reunidas en grupos para presenciar el cortejo; desde entonces las japonesas llevan este accesorio, que utilizan siempre y que se llama hikidashi —o “andrajo”, literalmente— en recuerdo de Oshichi, la desafortunada enamorada de Kichisa.

***

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Apresuremos la conclusión de la historia.

Cuando me reencontré con mi amigo en Nara, el triste final de O-Hana se esclareció rápidamente.

Había en Uji dos familias afortunadas, Fukumoto y Yamaguchi, que poseían los más bellos cultivos de té en la campiña circundante. Los Fukumoto juraban que su té era el mejor del imperio y los Yamaguchi decían otro tanto del suyo; eran gente obcecada, demasiados orgullosos de sus apellidos y dedicados con un celo excesivo a su oficio. Debido a esto —o a pesar de esto— ambas familias no se estimaban para nada, confirmando así la justeza del dicho portugués que en todas partes tiene su equivalente: “los practicantes de la misma práctica no se entienden nunca”…

El matrimonio Fukumoto tenía una única hija, O-Hana; el matrimonio Yamaguchi un único hijo, Naotar?. Este era, según aquellos que lo conocían, un joven perfecto, amable e inteligente. O-Hana era una musmé en la flor de su edad, dotada de todas las cualidades que hacen de una jovencita una muchacha exquisita. Nadie sacaba sonidos tan bellos y dulces del koto, el arpa nacional; no había manos tan hábiles como las de ella para reunir en un florero de bronce algunas ramas de pino o algunas flores de lis del jardín; en el arte del cha-no-yu era incomparable.

He visto a O-Hana una sola vez, en los parques de Kioto, cuando en la primavera se realiza el peregrinaje para contemplar, a la luz de la luna, el célebre cerezo de Gion, recubierto de finos pétalos.

O-Hana era una de esas japonesitas impregnadas de encanto y exotismo, tal como pueden verse en los abanicos y en las pantallas. Esto alcanza, a falta de mejor comparación, para describir su silueta minúscula, espigada y ondulante, recubierta de sedas preciosas; y a imaginar su semblante pálido en forma de semilla de melón, sus ojitos casi cerrados, los finos rasgos de sus cejas inclinadas, su pequeña boca sonriente, roja, que semejaba una cereza, y su peinado… su peinado colosal, como una inmensa mariposa de jaspe que se hubiera posado, con las alas abiertas, en su nuca. Se reía, se plegaba en reverencias, agitando en el aire las desmesuradas mangas de su kimono, y prosiguiendo su camino rodeada de amigas, o más bien zigzagueando sin propósito con pasitos indecisos. Yo me decía que era ella, en carne y hueso, la compañera deliciosa, cual ángel gracioso y hada sonriente, para aquel suspirante —evidentemente japonés— que pudiera ofrecerle una modesta casa en papel, de extremada pulcritud y en donde habría dos esteras en el suelo, una tetera llena, un platillo repleto de confites, un florero con ramos verdes y frescos; y delante de la casa, un jardincito —de bambúes rebosantes de hojas, de azaleas, de piedras recubiertas de musgo, un pequeño lago en donde los pececillos rojos nadarían con pereza y las ranas croarían durante las noches de verano.

O-Hana y Naotar? se amaban. No sabemos por qué motivo. Quizá porque ambos eran jóvenes, vecinos, que se conocían y que, en semejantes circunstancias, la juventud atrae a la juventud.

Cuando estos sentimientos fueron públicos, ambas familias no disimularon su amargura. El casamiento era imposible. Si la adopción de un niño extranjero a la familia en teoría podía resolver el problema, ¿quién haría tremendo sacrificio? ¿Los Yamaguchi? ¿Los Fukumoto? Evidentemente, ni unos ni otros… Los apellidos de ambas familias, provenientes de linajes tan antiguos que en vano se buscaban sus orígenes, gozaban en todo el imperio de prestigio incomparable, conquistado a lo largo de incalculables años gracias a la probidad en los negocios, por la excelencia de sus tés y por la noble clientela. Sólo podía uno interrogarse acerca de si el té de los Fukumoto era superior al de los Yamaguchi, o el de los Yamaguchi preferible al de los Fukumoto. Ahora bien, ¿era necesario a causa de dos necios atolondrados ponerle el apellido de alguna de estas familias a un desconocido surgido de una adopción azarosa, y confiarle las obligaciones que incumbían al futuro jefe de las familias Fukumoto y Yamaguchi?… O-Hana y Naotar? podían casarse; esto era incluso uno de sus deberes: perpetuar los apellidos de sus ancestros a través de sus descendencias. Pero para esto debían tener confianza en el buen tino de sus padres, que sabrían escoger pretendientes a su gusto, de forma tal que el compromiso no perturbase la paz entre las dos familias, ni infringir el respeto de las tradiciones.

Y bien, cuando ambos enamorados estuvieron convencidos de la imposibilidad de unir sus destinos, mantuvieron una noche una entrevista furtiva en las orillas del Ishigawa, el pintoresco y serpenteante arroyo, entonces en plena creciente pues las recientes lluvias fueron abundantes. Se estrecharon las manos, y según parece se sonrieron y se dijeron en secreto algo que ignoramos pues nadie estaba allí para escucharlos…

Al instante del amanecer, cuando las jovencitas de Uji se encaminan hacia los campos para asegurar la cosecha del té, reunidas en grupos juguetones, se detuvieron repentinamente cerca del río, embargadas por la sorpresa y el espanto, mientras observaban dos cuerpos flotando retenidos por el enjambre de juncos, rígidos, lívidos, muertos, y sin embargo todavía sonrientes y dándose las manos.

El agua del arroyo de Uji

De poderes sorprendentes

Sanan de todos los males

Sufridos por el corazón…

© Axel Gasquet, por la traducción del portugués al castellano.

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[1] El emperador Sh?mu (701-756 d. C.) fue el 45º Emperador de Japón, reinando entre 724 y 749. (N. del T.)

[2] Dengy? Daishi es el nombre póstumo del monje Saich? (767-822 d. C.), que fundó la rama nipona de la Escuela Budista de Tiantai. (N. del T.)

[3] Chizuken es una antigua provincia japonesa que hoy forma parte de la Prefectura de Fukuoka, en la región de Ky?sh?, sur del Japón. (N. del T.)

[4] El “generalísimo” Ashikaga Yoshimitsu (1358-1408) fue el tercer sh?gun del shogunato Ashikaga. Gobernó entre 1368 y 1394. (N. del T.)

[5] Laúd japonés con cuerdas de seda. (N. del T.)

[6] Se reafiera a la saponita o esteatita, que es la piedra del talco, perteneciente a la familia de los silicatos. (N. del. T.)

[7] Owari era una antigua provincia de Japón. Actualmente pertenece a la prefectura de Aichi. (N. del T.)

[8] Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), fue un daimy? del período Sengoku que unificó Japón. Sus reformas políticas efectivamente pacificaron el país y sentaron las bases del shogunato Tokugawa. (N. del T.)

[9] Señor local en el Japón antiguo. (N. del T.)

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