La criminología ha debatido durante siglos sobre cómo se construye un asesino, cómo se forja su deseo de matar y cómo transita el camino que va del deseo a la concreción.Los asesinos seriales matan tres o más personas y dejan pasar un tiempo entre cada asesinato. Las motivaciones son variadas y complejas, suelen matar de una forma similar y sus víctimas, en general, comparten alguna característica. Nombres como los de Barbazul, Drácula, Jack el destripador, el Petiso Orejudo, el hijo de Sam y el Payaso Asesino, entre otros, han llegado a convertirse en leyendas. Pero existieron y sus actos fueron atroces: degollaban, empalaban, desollaban o descuartizaban a sus víctimas. A otros, les alcanzaba con drogarlas antes de matarlas. Algunos pre­rieron enterrarlas en sus casas y otros llegaron a tener sexo con ellas después de muertas. Hubo quienes ultimaron a un par de decenas, pero también está quien alcanzó la marca de trescientas. Cada uno tuvo su signo y su número, pero todos tuvieron algo en común: fueron los asesinos más brutales de todos los tiempos.Néstor Durigon compila cronológicamente la mayor información difundida sobre los nombres y las historias de cerca de noventa de ellos. Los más famosos, los más prolíferos, los más sangrientos. Vidas, patologías, destinos y crímenes: todo está en estas páginas, hasta los detalles más escalofriantes. 

De las bellas artes a la publicidad y de ahí al asesinato. ¿Contamos cómo se gesta Asesinos seriales?

Si bien mi esencia creativa me impulsó a estudiar y desarrollarme profesionalmente en el área de las artes publicitarias, siempre tuvieron un espacio importante entre mis apetencias personales el cine, la literatura y la investigación. Creo entonces que la gestación de este libro es el resultado de la combinación de todos ellos. La redacción publicitaria me proveyó de las herramientas necesarias para atreverme a incursionar en otras formas de escritura; el cine y la literatura me permitieron acceder al conocimiento y disfrute de los atractivos de la novela negra, y la investigación no es otra cosa del resultado de mi permanente curiosidad por descubrir los porqué de todo aquello que me presenta un interrogante.

Fue así que viendo películas y series televisivas del género policial terminó intrigándome que se nombrara con cierta asiduidad a personajes como Ted Bundy, John Gacy o Ed Gein; o casos tales como los del asesino de la autopista, los asesinos de Sunset Strip o el destripador de Yorkshire. Esa intriga me condujo a investigar sobre ellos, y en esa búsqueda fueron apareciendo otros casos, y esos casos se fueron encadenando hasta que terminé encontrándolos a todos. Decidí recopilarlos, y así nació Asesinos Seriales.

En el mundo moderno Estados Unidos se erige como la gran factoría de homicidas, desde los más variopintos, como John Wayne Gacy, hasta los más jóvenes –Columbine incluido-. ¿Por qué pensás que justo del corazón del Imperio surgen estos desestabilizadores sociales?

No es que los Estados Unidos tengan el “privilegio” de ser la cuna de los asesinos en serie del mundo, lo que sí tienen es el patrimonio de la difusión informativa y comercial de los episodios singulares allí ocurridos (que les interesa divulgar); con la capacidad de envestirlos de una espectacularidad mediática que, a la vista de los receptores de la noticia, alcanzan una magnitud conmocionate que no solo produce un efecto asociativo entre el caso y el lugar del acontecimiento, sino que también perdura (o hacen perdurar) en el recuerdo. Uno de los más despiadados criminales de todos los tiempos fue Andrei Chikatilo, el carnicero de Rostov; pero los soviéticos, al contrario de los norteamericanos, siempre resultaron muy reticentes en divulgar nombres y hechos que ensombrecieran la imagen de su sistema y, si uno quiere conocer la historia de este siniestro personaje, la mejor aproximación la encontrará justamente en una película norteamericana de 1994, “Ciudadano X”, con Donald Sutherland como protagonista. Y tampoco hay nada que haga referencia a Phoolan Devi, la reina de los bandidos –salvo una película local–, simplemente porque sus actos se llevaron a cabo en la India. En el libro Asesinos Seriales puede comprobarse que su historia, comparada por ejemplo con la “asesina estrella” norteamericana Aileen Wuornos (reflejada en la película “Monster” de 2003, que a Charlize Theron le valió el Oscar a la mejor actriz), la de esta última parece un cuento de hadas.

Desde Norman Bates hasta Dexter, pasando por El loco de la motosierra y el Dr. Lecter, los asesinos seriales han conquistado las pantallas –grandes y pequeñas– fascinando a varias generaciones de espectadores. ¿Qué es lo que nos atrae de estos personajes siniestros?

Los relatos policiales en sí han fascinado al gran público desde mucho antes que Hitchcock sorprendiera con “Psicosis” o que Anthony Hopkins aterrara en “El silencio de los Inocentes”. Sir Arthur Connan Doyle creó a Sherlock Holmes en 1887, mientras que su contemporáneo Maurice Leblanc cautivaba a los lectores franceses con sus relatos sobre Arsenio Lupin. Eran los mismos tiempos en los que Jack el destripador conmocionaba Londres matando prostitutas, y Joseph Vacher descuartizaba mujeres en Francia. Tanto las novelas y folletines de entonces, como los casos reales, ya producían una particular demanda popular que aún se mantiene vigente –y creo que perdurará por siempre. Una respuesta certera a esta particular inclinación la podría dar con mayor autoridad y academicismo un profesional de la psicología pero, personalmente, puedo aventurar una apreciación, coincidente con la de algunos especialistas: pienso que simplemente se debe a que detonan uno de los principales componentes de nuestra condición humana: la morbosidad. Existen dos pilares básicos en nuestra vida psíquica, el sexo y la muerte; dos procesos que culturalmente nos fueron encubiertos o vedados desde niños fomentando, con el tiempo, una irrefrenable curiosidad por descubrir lo que oculta todo aquello que se nos dijo que era cruel, desagradable, prohibido o contrario a la moral. Y, lejos de los casos patológicos, creo que ahí radica la fascinación natural por estar en contacto con todo aquello “escandaloso”, aunque tan solo sea en el rol de inocentes testigos.

¿Cómo seleccionaste a los asesinos que forman parte de tu libro y cómo te documentaste para realizarlo?

Los asesinos en serie seleccionados para el libro son todos aquellos cuyas vidas particulares son más sustanciosas, o cuyos crímenes alcanzaron mayor trascendencia; todos ordenados cronológicamente, con el fin de compilar la historia de sus historias, desde la primera documentada hasta las últimas de nuestros días. La metodología empleada al efecto comprende varias etapas. Una vez obtenida la lista completa de los criminales más descollantes, recurrí a fuentes fidedignas (como el FBI) para constatar la veracidad de los datos obtenidos. Seguidamente realicé la selección anteriormente referida y, posteriormente, a adentrarme caso por caso en la literatura existente sobre cada uno, en las noticias periodísticas sobre ellos publicadas, en las transcripciones de los juicios que se les llevaron a cabo, en los informes que psicólogos y criminólogos presentaron sobre sus casos y en los testimonios de quienes los conocieron. Tanta diversidad de información da como resultado el descubrimiento de discrepancias diversas (como fechas, parentescos o lugares) que exigen un rastreo más profundo en documentos de registros civiles, árboles genealógicos, etc. Cumplida esta tarea solo me quedó estructurar cada historia en forma de relato biográfico para que todo el libro presente una uniformidad narrativa.

Néstor Durigon

Sin lugar a dudas la Unidad de Análisis de la Conducta de Quántico es el centro de análisis criminalístico más importante del mundo, o por lo menos así lo muestran series y películas. ¿Tenés idea qué distancia nos separa con ellos a los países de la periferia en calidad de formación y tecnología?

Es cierto, la Unidad de Análisis de Conducta (UAC) del FBI es, tal vez, el centro especializado en el análisis de la investigación criminal más prestigioso del mundo, y si bien en series de TV como “Mentes criminales” sus técnicas y eficiencia mostradas generalmente no son más que producto de la imaginación de los guionistas, no cabe duda de que cuenta con un profesionalismo envidiable, como así también de tecnología de la que nosotros carecemos (sin olvidarnos de los recursos económicos, claro).

¿Cuál te parece el asesino más memorable de la historia?

Sin lugar a dudas la condesa húngara Elizabeth Báthory, que cuenta con el récord Guinness de la mujer que más ha asesinado en la historia de la humanidad, alcanzando la increíble cifra de 630 muertes en el siglo XVII. Pero no solo es memorable por la cantidad de sus crímenes sino también por las particularidades de los mismos. Obsesionada por mantener su belleza y juventud, creía que el secreto para lograrlas estaba en bañarse en la sangre de mujeres jóvenes, y para obtenerla llegó a valerse de artilugios inimaginables como la creación de una máquina de tortura que se conoció como “la dama de hierro”: una jaula mecánica ideada para estrujar a sus víctimas.

En los últimos años muchos autores hablan de una criminología mediática. Se trata de cómo los medios masivos analizan distintos crímenes y construyen un discurso que afecta a la realidad anticipando veredictos, muchas veces sin los elementos pertinentes. ¿Considerás esta llamada criminología mediática un problema o un aporte?

 Ambos a la vez. En muchos episodios delictivos los criminólogos mediáticos resultan útiles al actuar como motor revitalizador de investigaciones estancadas, o como agentes de presión para obligar a que las pesquisas se realicen con mayor profundidad y seriedad, al menos en los casos que son expuestos en la vidriera pública. Pero también pueden ser contraproducentes divulgando datos (ya sean ciertos o erróneos) o aventurando hipótesis (ya sean brillantes o aventuradas), cuyo conocimiento masivo puede obstaculizar la tarea policial, brindar información útil para los prófugos, instruir en técnicas y recursos ilegales a delincuentes, generar presiones innecesarias a los fiscales, exacerbar a la población o interferir en la labor de la Justicia. Todo es relativo. El accionar de los criminólogos mediáticos depende básicamente de la idoneidad, el profesionalismo y la responsabilidad de cada uno, quienes, a mi modo de ver, deberían limitar su función a comunicar los datos oficiales, cuando la investigación está en proceso, y actuar con absoluta rigurosidad cuando sean conocedores de anomalías, irregularidades, ineptitud o cualquier otra circunstancia que consideren que pueda llegar a entorpecer el esclarecimiento del hecho.

Por Ángel Alza

 

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