Vínculos, sentimientos, pensamientos. La vida, la de hoy, la de ayer; posiblemente –con matices- la de siempre.

La realidad que se oculta detrás de la ficción, y la ficción que obliga a la realidad a dar un paso al frente y a dar la cara. Y en este doble dar de la realidad, se corre el riesgo de reflejarse en algún espejo de estos cuentos, en los que Alejandra Laurencich nos cuenta historias de mujeres –principalmente de mujeres-, con sus alas abiertas y cerradas. Apariencias y sueños agotados. Mujeres en el tiempo y contra el tiempo. Niñas, adolescentes y maduras. Mujeres “coronadas de gloria; sin ruidos de cadenas rotas”. Entrampadas, paradas entre el primer umbral y los que siguen; quietas de amor hasta oscurecerse. Resignadas, o no, maquillándose heridas; quién sabe “lo que dicen cuando callan”.

entrevista laurencich

 

El punto de partida de cada cuento reconoce un momento exacto. ¿Cómo se produce en vos esa experiencia? Y, después, ¿cómo se da ese proceso de maduración?

A veces el disparador de un cuento está en una frase, propia o ajena, o en una imagen o asociación que me cruza por la mente, o que intercepto por ahí, mientras hago alguna otra tarea cotidiana. No llega gracias a un estado contemplativo o singular –aunque claro que estos estados también pueden disparar ideas- ni de la experiencia de una situación completa. De todos modos, es cierto que cuando uno se dedica a escribir vive en un estado de alerta constante; vivo como si fuera una cámara de fotos con el diafragma permanentemente abierto -hacia afuera y hacia adentro también-. Todo lo que registra la lente, lo que sucede frente a esa cámara, impacta en la película. Entonces, cuando algo ocurre, ya sea una frase que cruza, un impacto emocional, una situación o asociación de imágenes, cuando ese germen de cuento o idea se presenta frente al objetivo, yo lo aíslo, lo saco del cuarto oscuro para llevarlo al laboratorio de bioquímica. Pongo bajo la lupa ese germen, esa bacteria rara, nueva, y la observo, la analizo; queda dando vueltas en mi interior hasta que le encuentro el punto clave, el núcleo, el instante en que todo se transforma. Le busco un portador, alguien que pueda vivir ese momento con sentido literario, trato de precisar el instante en el que ese conflicto que porta la idea podría haberse iniciado en la vida de alguien y cuando tengo todo esto, el quién, el cómo, el cuándo, la forma de narrarlo, cómo cierra ese conflicto, cómo rompe o sella una vida, etc., etc., me siento a escribir la primera versión de ese cuento. Luego viene todo el trabajo de corrección, de mejorar la forma, de hacerla precisa, de quitar excedente, y el trabajo con la magia que producen las palabras, las oraciones una junto a la otra, las decisiones sobre la materia narrada. Así hasta que creo que es un cuento para dar a leer. Del primer momento en que entreví el germen hasta este instante de finalización del texto, pueden pasar meses o incluso años. Recuerdo por ejemplo cómo se inició el cuento “La decisión”, que está en el último libro, el que le da título a los tres volúmenes. Yo acompañaba a mi papá en una de sus internaciones y en la habitación de al lado había una médica, que también tenía a su papá internado. El hombre, que había tenido un bar en su juventud, un bar que se llenaba de artistas y gente del espectáculo. Todo esto contado por su hija que se refería a ese ambiente tan vital y alegre con mucha nostalgia, estaba ahora sobre un colchón neumático, conectado a todo tipo de aparatos, parecía un pájaro agonizando, y ella, su hija, estaba absolutamente perturbada porque le habían dado la noticia de que no había nada que hacer, a su padre le tenían que amputar la cadera. Ella, como médica, sabía que esto era lo único que la ciencia podía hacer, pero se rebelaba como hija. Yo pensé en esa imagen, un padre sin cadera, qué espanto, un padre al que yo empecé a imaginar en sus años mozos, detrás del mostrador del bar, en noches de bohemia y felicidad, donde todo era posible. Y supe que ahí, en esa devastación de la hija, había un cuento. Porque ¿qué puede hacer uno frente a algo así? Se me ocurrió que había una sola posibilidad, que es lo que narro en ese relato. Pero tardé dos años en poder sentarme a escribir esa historia, que mientras tanto daba vueltas en mi cabeza, y un año más en pulirla y dejarla lista, como cuento.

Entre la novela y el cuento, la diferencia es obvia pero, como escritora, seguramente esa diferencia encierra algo más que una mera cuestión de género; supongo que la opción radica en otro plano. ¿Cómo sentís internamente la definición entre novela y cuento?

Por lo general las ideas que aparecen para novela son distintas a las que veo que pueden servir para cuento. Incluso las ideas para novela puedo generarlas sin este proceso que describí antes, simplemente pensando en personajes que me obsesionan, hay muchos que se repiten en las novelas que escribí, o en algo que quiero contar, pero ya no son instantes bajo la lupa, sino episodios completos que invento, que se nutren también, por supuesto, de la realidad circundante, de lo que sucede ahí afuera, pero que se inician desde la voluntad de la ficción. Y ahí, cuando me pongo a pensar en esas historias, o ya una vez iniciada la escritura de una novela, en esos fragmentos de historias que se irán sumando, episodios para nutrir el eje narrativo que se me antoja contar, concibo más y más detalles, ahondo en los personajes, en la trama, trato de que todo lo que ocurra responda a un porqué, a una lógica. Y por supuesto, una vez escrito todo eso, me dedico a pulir y podar, a revisar que el tono general sea parejo, a quitar obviedades, a darle riqueza y clima a lo escrito, a darle brillo a la prosa, etc., etc.

¿Cómo elegís los temas, en qué te inspirás y en quiénes?

No elijo los temas, sino que los temas llegan a través de estas obsesiones que necesito expresar. En el caso de las novelas sobre un o unos personajes y las historias que invento para ellos, en los cuentos a través de impactos, frases, imágenes: una mujer que comprende que ya no volverá a ser joven, o el peligro que acechaba a cualquier pobre diablo en tiempos de dictadura, o el enfrentar la responsabilidad de traer un hijo a este mundo desquiciado. Para despojarme de esos impactos emocionales, visuales o hasta físicos que afectaron la “película sensible” utilizo la escritura. Luego, cuando todo está ya escrito, publicado o seleccionado para un libro, puedo distinguir que en ese corpus de cuentos, o en determinada novela, traté algunos temas en particular que vienen a ser siempre los mismos: la desolación del ser humano frente a la vida diaria, la necesidad de ser amado o correspondido, el dolor y la exaltación en la conciencia de estar vivos, el paso del tiempo, la belleza de algunos instantes, la maternidad vista desde adentro, el peligro del desamparo.

7- prensa A.Laurencich- Foto Rocío Pedroza

Alejandra Laurencich. Fotografía de R. Pedroza

¿Cómo ves a las mujeres, hoy, en la construcción de vínculos? ¿Cómo se relacionan entre pares?

Las mujeres hace tiempo que han salido del hogar, de su rol de madres o esposas, de custodios de una armonía intramuros, y en esa salida han debido incorporar herramientas que parecían destinadas a los hombres, como la de defender posiciones estratégicas, mostrar el propio poder y la capacidad de conquista, mandar o recibir órdenes de otros que no son familia, proyectarse como individualidades y no a través de su prole o dentro de ella. Hay un cuento en el libro en el que intenté mostrar este desgarro entre el terreno familiar y el de afuera, espero haberlo conseguido. Después de Michelle se llama el relato. Ahí la protagonista, una mujer con un alto puesto ejecutivo en una empresa importante siente ese desgarro, la división de ámbitos entre los que debe moverse y actuar. Uno ligado a la infancia, la alegría, ese territorio de sensibilidad y confianza, y el actual, en el que la apodan La Hiena. El cuento no es sólo la muestra de ese doble ámbito, claro, hay una historia particular en él, pero creo que es un buen ejemplo de esto que hablamos. En muchas mujeres, esta agresividad que antes guardaban en caso de ataque a su familia es parte cotidiana de su conquista laboral, de la protección de sus espacios personales. Han salido al mundo y han debido hacerlo bien, porque el mandato parece ser: no dejar las tareas en las que se desempeñaban antes; las mujeres se largaron a avanzar en un territorio nuevo pero sin abandonar aquel en el que reinaban con eficacia y beneplácito social. Esto creo que lleva a un estrés muy fuerte, porque la mayoría de las mujeres saben que además de desarrollar su profesión o sus placeres o vocaciones, tienen que atender impecablemente la marcha de su núcleo hogareño, a riesgo de que todo ese núcleo se les venga encima con reclamos de todo tipo y algo peor: afectándolas seria y genuinamente. Y aunque los hombres colaboran mucho más que hace unas décadas en la tarea de llevar adelante un hogar, digamos en la distribución de tareas que corresponden a esa empresa familiar, sigue habiendo una expectativa despareja sobre el desempeño de esas tareas. Es casi un lugar común, por ejemplo, que en situaciones donde uno de los hijos altera su rutina por algún percance, sea la mujer la que inmediatamente se las ingenia para alterar sus propias obligaciones con el fin de ocuparse del asunto. Eso lo veo cotidianamente. A nadie se le ocurre que la mujer no puede hacerlo, como a nadie se le ocurre (y hablo de la generalidad, por suerte tenemos cada vez más excepciones) que en una comida de amigos, incluso amigos que departen sobre cuestiones intelectuales de las más progresistas, las mujeres se queden luego haciendo sobremesa mientras los varones levantan platos y van a lavarlos. Salvo negociaciones previas, esto sigue siendo como en la época de nuestras abuelas. Quizá por todo esto las mujeres necesitan apoyo “gremial”, me refiero a esta forma de apoyo que buscan en sus pares, casi como una necesidad terapéutica, la de volcar su intimidad o analizarla con otras. Sigue estando vigente este modelo de: los varones se juntan y hablan de fútbol o libros, fantasías sexuales o cuestiones laborales, las mujeres se juntan y hablan de todo eso más de sus angustias personales en el ámbito hogareño, sus hijos, sus padres, su pareja, etc. Un ejemplo de esto que digo podría verse en el cuento “Ceci en la noche del milenio”, donde en la fiesta de año nuevo, dos mujeres se juntan a hablar de un episodio íntimo mientras sus parejas andan por ahí, divirtiéndose al lado de la parrilla, como chicos. No es que a los hombres no les importe lo que viven, también a ellos los afecta, pero lo procesan de un modo distinto. Y algunas mujeres aceptan este no poder hablar de ciertas cosas con su compañero, o este modo varonil de cerrar un tema y seguir adelante, como algo incluso atractivo, seductor. En vez de reclamar diálogo sobre estas cuestiones con sus novios o esposos, lo que hacen, es rumiar esos asuntos con amigas, tratar de comprender qué pasó. 

A partir de los 60 en adelante, ¿Cómo ves a la mujer como agente cultural?

Podría decir tanto como podría decir del varón en la cultura. Y creo que en cualquier caso estaría simplificando. Hay nombres sobresalientes, hay singularidades que todos conocemos y otras desconocidas que habrán, desde las sombras, contribuido al desarrollo de la cultura. Si tengo que hablar desde mi trayectoria particular, puedo decir que desde la figura de mi madre recitándome poesía mientras me bañaba o peinaba o hablando del Quijote o de Beatriz Guido, de Cortázar o de las Ocampo hasta la actual editora de mi libro (Julia Saltzmann), pasando por mi hermana con la que compartíamos apasionadas invenciones de una historia secreta (Diana Laurencich); la primera escritora que leyó un manuscrito mío (Ana María Shua); la maestra de taller que me formó (Liliana Heker), las narradoras que me ayudaron a consolidar mi escritura con sus lecturas detalladas y críticas (Romina Doval, Fernanda García Curten entre muchas otras); la primera editora que me publicó (Alejandra Procupet); las que confiaron en mis cuentos cuando casi no se publicaban libros de cuentos (Gabriela Franco y Leonora Djament); las escritoras que me premiaron, las que me influenciaron, las que me difundieron o difunden (desde Elsa Drucaroff hasta Jorgelina Núñez, Vlady Kociancich, Irene Chikiar Bauer entre muchísimas otras); hubo una enormidad de mujeres que fueron fundamentales para que yo esté ahora en el lugar que estoy. Pero sería injusta si dijera que fueron sólo mujeres las que posibilitaron mi trayectoria, porque hay también un muchísmos varones que de no haber estado acompañándome, ya sea desde su obra o desde su apuesta o consejo literario o editorial, estoy segura de que otro hubiera sido mi camino. La literatura es una y a la hora de escribir o leer, de publicar o pedir consejo, jamás se me ocurrió pensar a qué género pertenecía la persona a la que me acercaba, me dirigía o leía.

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Sobre El Autor

Imagen de perfil de Luis Adrian Vives

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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