Una pequeña torre de marfil es el refugio, y es también el destino equivocado de un anuncio fúnebre.

Pero aquel error es como un rayo de luz que invita a ser aprovechado, pensado y repensado.

El funeral es el epílogo de un amor vencido y el inicio de otro imaginado, por quien se trepa a una historia verdadera para escribirla, como propia, aunque con tinta ajena.

Así aparece y crece la nostalgia de lo que nunca fue y el interés por saber, a cada paso, un poco más de esa mujer ideal que, al morir, perdió dos vidas.

La mentira, la máscara y el fraude siguen su curso hasta que dan la vuelta, y aquella incapacidad de mantener una relación estable; aquella limitación de un ser que no se involucra seriamente con nada ni con nadie, por alguna razón, se va desdibujando.

Entre pausas nocturnas, en su terraza, tal vez Samuel descubra un sentimiento nuevo que le permita dejar de estar lleno de nada.

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En tu trayectoria has recibido muchos premios, ¿qué proyección te da este último, el Premio Alfaguara?

Creo que es uno de los más importantes que he tenido, sobre todo por su proyección en América. Yo soy un escritor español, si bien hablamos el mismo idioma, los mercado están muy segmentados y uno llega con sus libros de manera muy esporádica. Sí ha habido libros míos en Argentina, pero ya no sé hace cuántos años, y entonces –salvo que seas un best seller, que no es el caso- es muy difícil mantener una presencia en los países latinoamericanos. Así que para mí una de las cosas fundamentales de haber ganado este premio es la presencia de la novela en América Latina, y no sólo eso sino el hecho de que también arrastra otras novelas anteriores.

¿Hace cuánto que te dedicás a la literatura?

He escrito siempre y de manera regular desde los veinte. Lo que pasa es que yo he vivido fuera de España casi toda mi vida adulta hasta hace dos meses, que he vuelto. Eso supongo que dificultó mi entrada no en la literatura pero sí en el mercado literario; yo no publiqué hasta los treinta y cinco, más o menos, y desde entonces vengo publicando regularmente.

¿Cómo nace la idea de esta última novela?

Sencillamente se me ocurrió una escena en la que un tipo está en su ático, después de una fiesta, lo llaman por teléfono y le anuncian la muerte de una mujer a la que él no conoce, y en lugar de deshacer el malentendido, él sigue la corriente de quien lo ha llamado. Ese es el punto de partida, la escena que se me ocurrió, y me puse a escribir. Normalmente mis novelas salen de ese tipo de situaciones, yo no pienso en un tema, no pienso “quiero contar una historia de amor”, o “quiero contar una historia sobre determinado tema”, sino que se me ocurre una escena en la que hay algún tipo de tensión y de ahí parto.

¿A partir de ahí armás una estructura o vas escribiendo y la historia fluye?

Pues a mis alumnos de escritura creativa les digo que armen una estructura, pero yo no lo hago. Creo que está bien tener una estructura, sobre todo cuando estás empezando, para saber de dónde irte agarrando, y saber hacia dónde va la novela. Sin embargo, digamos que he escrito suficientes libros como para tener esa confianza de que voy a ir encontrando mi camino. Eso no significa que la estructura no sea importante, para mí es muy importante, pero la monto después; elimino escenas, añado otras. Pero primero escribo, a ver qué sale, a ver qué es lo que se me ocurre, y luego ya empiezo la labor de arquitecto, la de montar una casa con esos materiales que he ido recogiendo.

Cuando el jurado del veredicto menciona Una historia de amor, ¿te parece que la novela es una historia de amor, o es una historia de soledad?

Es lo mismo. Quiero decir, no existe el amor perfecto, no existe el amor que lo abarca todo. Precisamente creo que una de las cosas que muestra el amor es esa parte en la que estamos absolutamente solos, esa parte que no podemos comunicar. Es como con la escritura, la escritura parte de un deseo de comunicación que te lleva a mostrar lo incomunicable, eso que no has podido ni sabido contar y que no sabrás nunca. Entones, una historia de amor de verdad, no de esas románticas en que la pasión y la comunión entre las dos almas son absoluta, es siempre una historia de soledad.

Esa bipolaridad, esa tensión en la figura de las dos hermanas, una que representa la vida y la otra, simbólicamente, la muerte, ¿cómo se gesta en tu imaginario?

Pues uno de los problemas que me planteaba la novela era que yo estaba escribiendo la historia de una pasión, de una obsesión por alguien que no está. Entonces me pasó como a Cervantes (risas), valgan las distancias. Él está contando la historia de un Don Quijote enamorado de Dulcinea, pero Dulcinea no aparece. ¿Cómo mantienes la verosimilitud, el interés del lector por ese personaje que no existe? Pues Cervantes recurre a tres historias en las que aparece ella, aunque sea otra Dulcinea, aunque no es lo que él ha imaginado, aunque sea otra en un momento de locura. Entonces con Clara me pasaba lo mismo, de alguna manera tenía que salir, porque si no, no era creíble. Así pues, estoy escribiendo alrededor de un vacío al que decido darle forma, ¿y cómo? Con las narraciones de otros. Así se me ocurre el encuentro con Karina, y es ella quien va a contar la historia de Clara; y una vez que tienes a Karina allí como personaje tampoco es fácil librarte de él, ¿no?, claro; de pronto tienes allí a otra persona, pero no puedes utilizarla sólo para contar historias. Entonces, poco a poco lo que voy haciendo es convertir a Clara en esa especie de obsesión ideal y perfecta, porque no está, y a Karina en esa relación imperfecta, conflictiva, que es la que está; es la que está viva, la que está ahí, con la que Samuel realmente tiene una relación. Y se convierten en esos dos polos, sin que yo lo hubiera buscado pero casi por lógica narrativa.

 

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José Ovejero

Hay una coyuntura que acompaña a toda la narración, que es la actualidad española, que es una actualidad muy singular, ¿cómo influye esa actualidad en la narración?

De manera inevitable, es como si hubieses intentado contar una historia de amor en Buenos Aires en el 2001, el año del corralito. Pues a esos dos individuos algo les pasaba, y si no a ellos, a sus familiares, hay problemas que están de trasfondo y que destiñen sobre los personajes. No es una novela sobre la crisis, no entro en profundidad sobre qué es lo que está sucediendo y por qué, pero mis personajes, como no quiero que vivan en una burbuja, viven en un contexto, y al ser en el Madrid de ahora, era inevitable que saliera así.

Hay un personaje en la novela que es la sirvienta latinoamericana…

Sí, es una ecuatoriana que no aparece pero se la menciona…

Acá en Argentina el personal doméstico suele también ser de países vecinos. ¿Cómo es la situación político social de estos inmigrantes en España? Acá por ejemplo, durante el último gobierno, se afianzó mucho el tema de sus derechos laborales y se generó un cambio importante, que hasta hace diez años no existía; ahora el empleador debe hacer los aportes jubilatorios, etc., ¿existe ya esta estructura en España?

Sí, primero hubo una ley muy controvertida según la cual sólo se podía dar asistencia médica de urgencia a quien estuviese en situación ilegal, que es una cosa que fue un escándalo, porque es lo último que puedes quitar a la gente, ¿no?, el derecho a la salud, da igual en qué situación se encuentre, es un deber de justicia dar ese acceso a la salud a cualquier persona, es como si dijeses que porque alguien está en la cárcel no debería tener derecho a la salud. Entonces ha habido varias iniciativas en ese sentido, cuando una sociedad atraviesa una crisis puede volverse más solidaria para con los miembros del grupo y mucho más egoísta para los que o se consideran tales, aunque habría que preguntarse por qué demonio alguien que está trabajando en España, por el hecho de tener otra nacionalidad, no es miembro de ese grupo. Entonces sí, eso se ha endurecido, y también en cuanto a la afiliación a la seguridad social de quienes realizan labores en las casas de otros, etc. Hay una tendencia a la expulsión de todos esos que antes estaban haciendo trabajos que los españoles no querían; ahora los españoles se matan por esos trabajos, entonces de pronto descubrimos que queremos también esas labores para nosotros. Pero luego, además, casi diría que por una lógica económica, hay muchos inmigrantes que se están marchando. Por ejemplo, había muchos ecuatorianos en la construcción, la construcción se ha hundido, pues muchos se vuelven a sus casas, porque no consiguen aquello que suponían que iban a conseguir. Yo había escrito una novela que es Nunca pasa nada, en la que la protagonista es precisamente una inmigrante ecuatoriana en situación ilegal; el tema de los inmigrantes es un tema que ha aparecido varias veces en novelas y cuentos míos.

¿Aparece un horizonte de futuro en esta crisis?

Bueno, la historia nos enseña que las crisis acaban pasando todas, incluso las más graves, aunque dejen montones de víctimas. Entonces pues habrá un futuro, sí. Lo que pasa es que ahora es poco visible. No sólo por la crisis económica sino por la crisis política, que es casi más grave.

Es como si se agotara un modelo…

Sí, bueno, Latinoamérica parece que menos, ¿no? Se está experimentando con otros modelos, el chavismo, Morales, otros experimentos en Perú, también en Brasil… Una política menos neoliberal, aunque habría que ver en detalle, porque a veces la retórica no es neoliberal, pero lo que sucede de verdad no se distancia tanto. Pero estos experimentos que desde Europa miramos con cierta desconfianza hacia ese aspecto de caudillismo -menos en Brasil, claro-, y al mismo tiempo con interés. Puede que sintamos desconfianza pero esto que tenemos aquí es un desastre, quiero decir, la pretendida democracia española,nos hemos dado cuenta de hasta qué punto estaba corrupta; no era sólo corrupta porque haya individuos concretos que se hayan beneficiado sino que todo el sistema se basa para mí en algo absolutamente monstruoso, que es que hay partidos que se financian ilegalmente y que por ello impiden que otros partidos puedan emerger, porque tienen cientos de millones a su disposición, que obtienen ilegalmente, pero que eso además los convierte en rehenes de aquellos que les dan el dinero, con lo cual uno se pregunta: ¿cuál es la democracia?

¿Existe la verdadera democracia?

No, bueno, no pienso que tenga que existir una democracia perfecta, pero hay cosas que son daños a la democracia muy graves que se deberían eliminar. Uno: la forma en la que se financian los partidos, eso es una de las cosas que espero que cambie en España luego de todo este lío; y dos: los paraísos fiscales. Si eliminas esas dos cosas, has eliminado ya los males fundamentales de las democracias. En cualquier sistema va a seguir habiendo gente que se aprovecha, que va a intentar tergiversar el modelo a su favor, etc. Pero esas dos cosas, y una nueva ley sobre las cadenas públicas, que sean realmente independientes en la información. Son tres.

Fíjate que es una de las pocas cosas que Zapatero intentó, que la televisión española fuese televisión española, no la televisión del Partido Socialista. En cuanto llegó el Partido Popular, pues se acabó, claro. Pero sí, también es una utopía pensar que los paraísos fiscales vayan a desaparecer completamente, pero es realmente un daño tremendo ese para las economías de los países, no se va a hacer por bondad ni por deseo de justicia sino únicamente asumiendo el daño que nos causa a todos.

 ¿Cómo ves el equilibrio entre países en la Comunidad Económica Europea?

Bueno, ese equilibrio no existe; lo que hay es un desequilibrio enorme entre el poder de Alemania, Francia y el Reino Unido y todos los demás, incluso si me apuras Alemania y el Reino Unido. Cada uno con sus intereses nacionales, como tienen todos –no hay que echarse las manos a la cabeza-, y con el Reino Unido que es un serio obstáculo a cualquier avance, por ejemplo en la legislación contra los paraísos fiscales, porque la city de Londres se beneficia enormemente de ellos. Yo siempre he pensado que si el Reino Unido no estuviese en Europa, habríamos llegado bastante más lejos, pero está ahí, y es un poder con el que hay que contar.

¿Estás trabajando en algún proyecto nuevo?

No, no quiero trabajar en ningún proyecto nuevo hasta que no termine toda esta etapa de promoción, porque no tengo tiempo, porque me voy a estresar más, porque he decidido intentar disfrutar la promoción en lugar de sufrirla. Entonces intento estar aquí, hacer mis entrevistas, y no agobiarme con que además tengo que sacer un nuevo proyecto. Y además he publicado ahora esta novela, el año pasado publiqué un ensayo en Anagrama, publiqué un libro de poemas… Bueno, me merezco un descanso, y mis lectores también.

¿Alguna de tus obras llegó a medios audiovisulales?

Pues acaban de comprar los derechos para una dramatización de radio, en Alemania, de La invención del amor; y luego tengo una larga lista de frustraciones con el cine: tres veces han comprado obras mías, que luego por esas razones de la complejidad de la producción nunca han llegado a hacerse. Ahora estoy en conversaciones con un productor que está interesado también en La invención del amor, y un director de teatro al que veré en octubre, porque vive en México, pero me dijo también que quería hacer La invención del amor en teatro.

 

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¿Cómo ves la actualidad de la narrativa española?

Pues es curioso, yo solía responder esta pregunta diciendo que no somos ni muy malos ni muy buenos; no creía que la narrativa española fuese una referencia ahora mismo; sí lo fue en los años ’50 a lo mejor, claro que hay nombres como Vila Matas, Marías -pues todo país tiene sus nombres-. Pero no me parecía que fuese un momento particularmente bueno, y sin embargo creo que está sucediendo lo que sucede en los países en crisis, y es que florece el arte. Entonces durante los últimos años me he encontrado con más novelas interesantes de las que me había encontrado en los diez años anteriores. En fin, como pasó en Cuba, como pasó en Alemania después de la caída del muro; la crisis nos empuja a ir un poquito más allá de nuestro hábito de escritores, y creo que está generándose un nuevo movimiento

 

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